PARTE 1
El sol de mediodía en Madrid no perdonaba.
Era ese tipo de calor que se te pega a la nuca como un recordatorio de todos tus pecados.
Javi sudaba frente a la encimera de la cocina.
No era solo por el vapor de la paella que intentaba perpetrar.
Era por el timbre.
Ese timbre tenía un sonido particular cuando lo pulsaba su madre.
No era un “ding-dong” normal.
Era un toque autoritario, rítmico, casi marcial.
—Ya están aquí —susurró Javi, mirando hacia el pasillo como quien ve acercarse a un pelotón de fusilamiento.
Sandra, su mujer, apareció desde el dormitorio con el pequeño Leo en brazos.
Leo dormía, ajeno a que su alma estaba a punto de convertirse en el epicentro de una guerra civil familiar.
Sandra se ajustó el pelo y miró a Javi con una determinación de acero.
—Ni un paso atrás, Javi —advirtió ella en voz baja.
—Que no, que no… si ya lo hemos hablado mil veces.
—Tu madre viene armada con tres táperes de croquetas y un arsenal de culpa judeocristiana.
—Lo sé, Sandra.
—No dejes que use las croquetas como moneda de cambio por la salvación eterna de mi hijo.
Javi suspiró y caminó hacia la puerta.
Al abrir, el aire del rellano pareció cargarse de incienso invisible.
Allí estaba Doña Concha.
Llevaba el pelo recién cardado en la peluquería “Mari Pili”.
Un collar de perlas que brillaba con luz propia.
Y una bolsa de tela del Mercadona que pesaba más que la conciencia de un político.
—¡Hijo mío! —exclamó Concha, plantándole dos besos que sonaron como disparos en las mejillas de Javi.
Detrás de ella, Paco, el padre de Javi, levantó una mano a modo de saludo silencioso.
Paco era un hombre que había aprendido que, en presencia de Concha, el silencio era la única forma de supervivencia.
—Pasad, pasad… —dijo Javi, apartándose.
Concha entró en el salón como un general inspeccionando las trincheras enemigas.
Su mirada recorrió la estantería de los libros.
Se detuvo un segundo de más en un buda de madera que Sandra había traído de un viaje.
Concha hizo una mueca, una especie de espasmo en la comisura de los labios.
—Qué calor hace en esta casa, ¿no tenéis aire acondicionado o es que ahora los modernos vivís de la energía del universo? —soltó Concha sin saludar.
—Hola, Concha —dijo Sandra, entrando en el salón con una sonrisa diplomática.
—Hola, Sandra, hija. Dame a ese niño, dame a mi nieto antes de que se me olvide qué cara tiene.
Concha depositó la bolsa del Mercadona en la mesa y extendió los brazos.
Sandra le entregó a Leo con la cautela de quien entrega un rehén.
Concha acunó al bebé y empezó a susurrarle cosas al oído.
—Mi cosita… mi vida… mi pobre angelito desamparado…
Sandra arqueó una ceja.
—¿Desamparado, Concha? Está en el percentil noventa.
Concha no levantó la vista del bebé.
—Hay desamparos que no se miden en kilos, Sandra.
El ambiente se volvió denso, como si alguien hubiera encendido una estufa en pleno agosto.
Paco se sentó en el sofá y encendió la televisión, buscando el canal de los toros o cualquier cosa que le permitiera desaparecer.
Javi regresó a la cocina para revisar el arroz.
—¿Te ayudo en algo, Javi? —preguntó Sandra, buscando una vía de escape.
—No, no, quédate ahí… que si me quedo solo con ella me interroga.
Concha se sentó en la butaca de orejas, la que ella consideraba “su” sitio cada vez que venía.
Empezó a balancear a Leo con un ritmo hipnótico.
—¿Sabes a quién me he encontrado en la iglesia esta mañana? —preguntó Concha, lanzando el primer anzuelo.
Sandra suspiró y se sentó frente a ella.
—No lo sé, Concha. Cuéntame.
—A la Virtudes. Su nieto, el de la pelirroja, ya camina. Y lo bautizaron el mes pasado.
Silencio.
Javi, desde la cocina, cortó un pimiento con excesiva violencia.
—Qué bien por la Virtudes —respondió Sandra con voz plana.
—Fue una ceremonia preciosa, dice. El niño no lloró nada cuando le echaron el agua. Es que se nota cuando un niño tiene ganas de recibir la gracia, Sandra.
Sandra miró el buda de la estantería buscando paciencia.
—Leo también tiene mucha gracia, Concha. El otro día se rió mientras miraba una mosca.
Concha cerró los ojos un segundo, pidiendo fuerzas al cielo.
—No me refiero a esa gracia, y tú lo sabes perfectamente.
—Si empezamos con esto otra vez… —empezó Sandra.
—No es empezar, es que no hemos terminado —interrumpió Concha—. Yo anoche no pude dormir.
—¿Por el calor?
—No, por el peso en el pecho. Por pensar en mi nieto.
Sandra se cruzó de brazos.
—Sandra, mírame —dijo Concha con un tono que pretendía ser maternal pero resultaba inquisidor—. Ese niño está viviendo en el pecado porque no lo habéis bautizado.
La frase quedó flotando en el salón, vibrando como una cuerda de piano recién golpeada.
Paco subió el volumen de la tele.
Javi asomó la cabeza por la puerta de la cocina, con la paleta de madera en la mano.
—Mamá, por favor, que acabamos de llegar.
—Yo no he llegado a ningún sitio, Javi. Yo vivo con esta angustia —continuó Concha, ignorando a su hijo—. Un niño de seis meses, sin la señal de la cruz en la frente… Es como tener un coche sin seguro.
Sandra respiró hondo.
Había prometido no perder los nervios antes de los postres.
—No es un coche, Concha. Es una persona.
—Precisamente por eso.
—Y hemos decidido que, cuando sea mayor, que elija él su religión.
Sandra recalcó cada palabra con una lentitud pedagógica.
—No queremos imponerle nada. Queremos que sea libre de decidir en qué creer.
Concha soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor.
—¿Libre? ¿Y quién es libre hoy en día, Sandra?
—Pues nosotros intentamos que él lo sea.
—A un niño no se le deja elegir si quiere ponerse la vacuna del sarampión, ¿a que no?
—Eso es salud pública, Concha. No es lo mismo.
—¡Esto es salud espiritual! —exclamó Concha, elevando un poco el tono—. Que es mucho más importante porque dura toda la eternidad.
Leo se removió un poco en sus brazos, inquieto por el cambio de volumen.
Concha bajó la voz pero mantuvo la intensidad en la mirada.
—Si le dejas elegir, lo que estás haciendo es dejarlo a la intemperie.
—Está bajo un techo, bien alimentado y muy querido —replicó Sandra—. No veo la intemperie por ningún lado.
—El demonio es muy listo, Sandra. Entra por las rendijas que dejamos abiertas.
Javi entró en el salón y se puso al lado de Sandra, intentando formar un frente unido.
—Mamá, de verdad, no va a entrar ningún demonio en el cuarto del niño. Como mucho entra el gato del vecino si nos dejamos la ventana abierta.
—Tú te ríes, Javi, porque te hemos criado en la fe y ahora te crees que el mundo es un jardín de flores.
—Me habéis criado en un colegio de curas que me hizo aborrecer las misas de los domingos, que es distinto.
Concha se llevó la mano al pecho, donde guardaba una medalla de la Virgen de los Desamparados.
—¿Ves? Esto es culpa mía. Por no haber rezado lo suficiente cuando eras adolescente.
—No es culpa de nadie —intervino Sandra—. Es una cuestión de coherencia. Nosotros no vamos a misa, no comulgamos… ¿Para qué vamos a montar un teatro en una iglesia?
—Por la familia, Sandra. Por la tradición. Por no ser los raros del barrio.
—Eso se llama hipocresía, Concha.
—Eso se llama respeto a tus mayores —rebatió la suegra—. Mis padres me bautizaron, yo bauticé a Javi… Es una cadena. Y vosotros la estáis rompiendo.
Concha miró a Leo con una tristeza infinita.
—Pobre criatura. Un pagano en la familia.
—No es un pagano, es un bebé —dijo Javi—. Y no le pasa nada por no tener un papel que diga que es católico.
—¿Y si le pasa algo? —soltó Concha de repente, dejando caer la bomba de profundidad.
El salón se quedó en silencio.
Esa era la frase que Sandra más temía.
La superstición disfrazada de teología.
—¿Qué le va a pasar, Concha? —preguntó Sandra, tratando de mantener la voz firme.
—No quiero ni nombrarlo. Pero la vida es caprichosa.
—Eso es chantaje emocional puro y duro —dijo Sandra.
—Es la realidad. ¡Si le pasa algo, la culpa será vuestra por no tenerlo bendecido!
Concha se levantó de la butaca con el niño todavía en brazos, como si fuera un trofeo que proteger.
—¡La bendición de Dios es un escudo! ¡Y vosotros le estáis quitando el escudo a mi nieto!
Paco, desde el sofá, se atrevió a intervenir.
—Concha, deja a los chicos, que el arroz se va a pasar.
—¡Tú cállate, Paco! Que eres un tibio. De los tibios se olvida el Señor.
Paco volvió a mirar la tele.
Javi se acercó a su madre e intentó quitarle a Leo.
—Venga, mamá, dame al niño y vamos a comer. He hecho una paella de marisco que te vas a morir.
—No me digas “que te vas a morir” en este contexto, Javier, que no tiene ninguna gracia.
Concha le entregó al niño a regañadientes.
Se dirigió a la mesa del comedor y empezó a sacar los táperes de la bolsa del Mercadona.
—He traído croquetas de jamón. De las que te gustan a ti, Javi.
—Gracias, mamá.
—Aunque no sé si deberías comerlas. Igual te sientan mal, estando en pecado mortal por no cumplir con tus obligaciones de padre.
Sandra cerró los ojos y contó hasta diez.
La comida no había hecho más que empezar.
Y el primer asalto ya lo había ganado la tradición por K.O. técnico en intensidad dramática.
PARTE 2
La mesa estaba puesta con el mantel de los domingos.
Ese mantel que Sandra solo sacaba cuando venían los suegros, para evitar comentarios sobre la “dejadez de la juventud”.
El aroma de la paella inundaba el salón, pero el ambiente seguía oliendo a azufre dialéctico.
Javi servía el arroz con una precisión de cirujano, intentando que cada plato tuviera exactamente la misma cantidad de gambas.
Cualquier desequilibrio podía ser interpretado por Concha como un ataque personal.
—Huele bien, Javi —dijo Paco, intentando rebajar la tensión—. Te estás volviendo un experto.
—Gracias, papá. El secreto es el azafrán de verdad, nada de colorante del barato.
Concha miró su plato con sospecha.
Cogió el tenedor y removió un grano de arroz como si buscara un micrófono oculto.
—Está un poco al dente, ¿no? —comentó ella—. A tu padre le gusta el arroz más blandito, que tiene las encías delicadas.
—Está perfecto, mamá. Pruébalo.
Sandra se sentó y empezó a comer en silencio.
Sabía que cualquier palabra suya podía ser el detonante de una nueva explosión.
Pero Concha no necesitaba detonantes.
Ella era la mecha y la pólvora al mismo tiempo.
—Estaba pensando —dijo Concha tras el segundo bocado—, que si el problema es el dinero de la fiesta, yo me hago cargo.
Sandra dejó el tenedor sobre el plato con un ruido metálico.
—No es el dinero, Concha. Lo sabes perfectamente.
—Hija, que hoy en día un bautizo es un dineral. El faldón, el convite, el fotógrafo… Que parece que los niños nacen con un pan bajo el brazo pero con una factura de tres mil euros en la otra.
—Concha, por favor —intervino Javi—. Que no es eso. Que es una decisión ideológica.
—¿Ideológica? —Concha soltó una risita—. Javier, que tú no has tenido una ideología en tu vida más allá de qué equipo de fútbol va a ganar la liga.
—Eso no es verdad, mamá. Tengo mis principios.
—Tus principios son los que te dice Sandra, que para eso tiene más mando que un capitán general.
Sandra sintió que la sangre le subía a las mejillas.
—Concha, yo no le digo a Javi lo que tiene que pensar. Somos una pareja y tomamos decisiones juntos.
—Ya, ya… si yo sé cómo funcionan estas cosas ahora.
Concha se llevó una croqueta a la boca y la masticó con lentitud dramática.
—Lo que me duele —continuó después de tragar— es que no penséis en los abuelos.
—¿En los abuelos? —preguntó Javi.
—En tu abuela Ramona. Noventa y dos años tiene la pobre mujer.
—La abuela Ramona está de maravilla, mamá. El otro día me envió un audio por WhatsApp que duraba tres minutos.
—Está de maravilla por fuera, pero por dentro se consume. El otro día me dijo: “Concha, ¿me voy a ir al otro barrio sin ver al pequeño Leo con el faldón de la familia?“.
Sandra suspiró. El faldón. El arma definitiva.
—Ese faldón tiene cien años —añadió Concha—. Lo llevó tu padre, lo llevaste tú, lo llevaron tus primos… Es historia viva de los García.
—Es una prenda de ropa, Concha —dijo Sandra—. No es el Santo Sudario.
—¡Es un símbolo! —exclamó Concha—. Un símbolo de pertenencia. ¿Qué le vais a decir a Leo cuando vea las fotos de todos sus primos bautizados y él no tenga ni una foto con un cura?
—Le diremos que respetamos su libertad —respondió Sandra con calma forzada.
—Le diréis que vuestro orgullo era más grande que la tradición de su familia —sentenció Concha.
Paco seguía comiendo, concentrado en pelar una gamba como si de ello dependiera la paz mundial.
—Paco, di algo —le instó Concha.
Paco levantó la vista, sorprendido de ser arrastrado a la arena.
—Yo… el arroz está muy sabroso, Javi. Quizás un pelín de sal le faltaría, pero bien.
—¡Del bautizo, Paco! ¡Habla del bautizo!
Paco miró a su hijo y luego a su nuera.
—Bueno… a ver… a mí me daría ilusión, no te voy a engañar. Pero si ellos no quieren…
—¿Ves? —interrumpió Concha—. A tu padre le da ilusión. ¡Le estáis quitando la última ilusión a un hombre que ha trabajado cuarenta años en una oficina sin ventanas!
—No exageres, mamá —dijo Javi—. Papá se jubila y lo primero que hace es apuntarse a clases de petanca y de cata de vinos. Tiene muchas ilusiones.
—¡No es lo mismo! Un nieto es un nieto.
Concha dejó de comer y se limpió las comisuras con la servilleta de tela.
—Y luego está el tema del colegio —soltó, cambiando de táctica.
—¿Qué colegio? —preguntó Sandra.
—Si no está bautizado, no lo podéis meter en el de los Escolapios, que está aquí al lado y es el mejor del barrio.
—No queremos llevarlo a un colegio religioso, Concha —dijo Sandra.
Concha se santiguó tan rápido que casi se saca un ojo con el dedo.
—¿Pero qué os ha dado con la religión? ¿Os ha mordido un cura de pequeños o qué?
—Simplemente queremos una educación laica —explicó Javi—. Ciencia, valores cívicos, esas cosas.
—¿Y quién va a enseñar valores a ese niño si no es la Iglesia? —preguntó Concha genuinamente confundida—. ¿La televisión? ¿Internet? ¿Esos señores que salen en YouTube gritando?
—Nosotros, Concha. Sus padres.
—¡Ay, por favor! Que no tenéis tiempo ni para pasar la mopa. Si el niño se cría sin Dios, se cría sin brújula.
Sandra sintió que la paciencia se le agotaba por el sumidero de la cocina.
—Concha, con todo el respeto. Yo me crié en una familia que no pisaba la iglesia y no creo que sea una persona sin valores.
Concha miró a Sandra con una mezcla de lástima y condescendencia.
—Por eso eres tan… así.
—¿Así cómo? —preguntó Sandra, tensando la mandíbula.
—Tan… firme. Tan de tu opinión. Si hubieras tenido un poco de humildad cristiana, entenderías que hay cosas que están por encima de uno mismo.
—¡Madre de Dios! —exclamó Javi, que rara vez usaba expresiones religiosas salvo para jurar—. ¡Que estamos hablando de echarle un poco de agua en la cabeza a un bebé, no de enviarlo a las Cruzadas!
—Precisamente por eso, Javier. ¡Si es un momento! Media hora en la parroquia, cuatro fotos, una comida con la familia y todos contentos. ¿Tan difícil es hacerme ese favor?
—No es un favor, mamá. Es un sacramento. O eso dices tú. Hacer un sacramento por “hacer un favor” me parece que es faltarle al respeto a tu propia religión.
Concha se quedó callada un momento.
Ese era un argumento que no se esperaba.
Entrecerró los ojos, buscando la réplica en algún rincón de su manual de retórica materna.
—El Señor es misericordioso —dijo finalmente—. Él entiende que a veces hay que entrar por la puerta de atrás para llegar al cielo.
—Nosotros no queremos entrar por ninguna puerta —insistió Sandra—. Queremos que Leo construya su propia casa.
—Pues se le va a caer encima en el primer vendaval —sentenció Concha.
La comida continuó en un silencio incómodo, solo roto por el ruido de los cubiertos contra la porcelana.
Paco intentó cambiar de tema hablando de la subida del precio de la gasolina, pero Concha lo cortó en seco con una mirada.
Ella no había terminado.
Tenía un plan B.
Y el plan B incluía artillería pesada.
—¿Sabéis que el Padre Julián me preguntó por vosotros el otro día? —dijo, retomando el ataque.
—¿El Padre Julián? ¿El de tu parroquia? —preguntó Javi.
—Sí. Me preguntó: “Concha, ¿y ese nieto tuyo? ¿Cuándo lo vamos a recibir en la comunidad?“.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije la verdad. Que sus padres estaban un poco confundidos. Que necesitaban tiempo para reflexionar.
—¡Pero bueno! —exclamó Sandra—. ¡No estamos confundidos! Tenemos las cosas muy claras.
—Eso es lo que dicen todos los que están perdidos —dijo Concha con una sonrisa enigmática.
Se levantó de la mesa y fue hacia su bolso.
Sacó un pequeño frasco de cristal con un tapón de corcho.
—¿Qué es eso? —preguntó Javi con recelo.
—Agua del Jordán —dijo Concha con tono solemne.
—¿Del Jordán? ¿Del río? —Sandra no podía creerlo.
—Me la trajo la Puri de su viaje a Tierra Santa. Está bendecida por tres obispos y un patriarca ortodoxo, por si acaso.
Concha destapó el frasco.
Un olor a humedad y a rancio se extendió por el comedor.
—Mamá, guarda eso —dijo Javi, levantándose.
—Solo le voy a mojar un poco las sienes —dijo Concha, acercándose a la cuna donde Leo empezaba a despertarse—. Un bautizo “de urgencia”, por si las moscas.
—¡Ni se te ocurra! —Sandra se interpuso entre Concha y el bebé.
—¡Es por su bien, mujer! ¡Que me lo vais a dejar sin protección!
—¡Concha, suelta el frasco! —gritó Javi.
—¡No! ¡Que este niño tiene que ser cristiano aunque sea por las malas!
En ese momento, Leo soltó un llanto potente, como si hubiera entendido perfectamente que su autonomía personal estaba en juego.
Paco se levantó del sofá, dejando caer el mando a distancia.
—¡Concha, ya basta! —rugió Paco.
Fue la primera vez en treinta años que Javi oía a su padre gritarle a su madre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso Leo dejó de llorar por la sorpresa.
Concha se quedó petrificada, con el frasco de agua del Jordán a medio camino entre su pecho y la cuna.
Miró a Paco con los ojos muy abiertos.
Miró a Javi.
Miró a Sandra.
Y entonces, hizo lo que mejor sabía hacer cuando se quedaba sin argumentos.
Empezó a sollozar.
—Nadie me quiere en esta casa —dijo entre hipidos—. Solo quiero que mi nieto no se queme en el infierno y me tratáis como a una criminal.
Se sentó de nuevo en la butaca y se tapó la cara con el pañuelo que llevaba guardado en la manga.
Sandra y Javi se miraron.
La fase de “La Gran Ofensa” había comenzado.
Y sabían que esa fase podía durar hasta Navidad.
PARTE 3
El llanto de Concha no era un llanto cualquiera.
Era una actuación digna de los mejores teatros de la Gran Vía.
No eran sollozos descontrolados, sino una serie de gemidos rítmicos, diseñados para generar la máxima culpabilidad en el menor tiempo posible.
Paco, asustado por su propio arrebato de autoridad, volvió a su rincón del sofá, encogido.
Javi se acercó a su madre y le puso una mano en el hombro.
—Mamá, no te pongas así… Nadie dice que seas una criminal.
Concha se apartó la mano de un sacudida dramática.
—¡Déjame! ¡Si soy una extraña para vosotros! ¡Una vieja loca que solo dice tonterías!
—Nadie ha dicho eso —suspiró Javi—. Solo que respetes nuestra decisión.
—¿Y quién respeta mis sentimientos? —preguntó Concha, bajando el pañuelo y mostrando unos ojos ligeramente enrojecidos—. ¿Quién piensa en las noches que paso rezando el rosario por vosotros?
Sandra, que seguía de pie junto a la cuna, decidió que era el momento de intentar un enfoque diferente.
—Concha, escúchame. No se trata de ti. Se trata de Leo.
—¡Precisamente! ¡De mi nieto! El único que tengo.
—Y por eso mismo, porque lo queremos tanto, no queremos que su primer contacto con el mundo sea una imposición.
Concha hizo una mueca de desprecio.
—¿Imposición? ¿Llamáis imposición a darle una identidad? ¿A que pertenezca a algo más grande que vuestras tonterías modernas?
—Es que para nosotros, la identidad no viene de un bautizo —continuó Sandra—. Viene de la educación, del amor, del ejemplo que le demos.
—¡Palabrería! —sentenció Concha—. Todo eso son palabras que habéis leído en libros de esos que venden en el aeropuerto. La fe es otra cosa. La fe es la familia.
Se levantó, secándose las lágrimas con un movimiento brusco.
—Si no lo bautizáis, ¿qué vais a hacer? ¿Un “bienvenida al mundo” en el ayuntamiento? —Concha escupió las palabras con asco—. ¿Con un concejal que no sabe ni quiénes sois leyendo poesías de esas que no riman?
Javi se rascó la nuca.
—Pues… en realidad habíamos pensado en hacer una fiesta, algo sencillo…
—¡Una fiesta! —exclamó Concha—. ¡Como si fuera un cumpleaños! ¡Pero si el niño no se ha enterado de nada todavía!
—Tampoco se entera del bautizo, mamá.
—¡Él no, pero Dios sí!
Concha empezó a caminar de un lado a otro del salón.
Sus pasos eran firmes ahora. El llanto había sido solo una parada técnica para repostar energía bélica.
—Y luego está la tía abuela Matilde —dijo Concha, sacando un nuevo nombre del sombrero.
—¿La tía Matilde? —preguntó Javi—. Pero si hace cinco años que no la vemos.
—Porque vive en el pueblo, pero se entera de todo. El otro día me llamó. “Concha”, me dijo, “me han contado que el niño de Javi todavía no es cristiano. ¿Es que se han vuelto comunistas?”.
Sandra no pudo evitar una carcajada.
—¿Comunistas? ¿Por no bautizar al niño?
—Para la tía Matilde, todo lo que no sea ir a misa de doce es comunismo o drogadicción —explicó Concha sin rastro de ironía—. Y tiene noventa y cinco años. Tiene un testamento, Javi. Un testamento muy jugoso.
—¡Mamá! ¡No me vas a chantajear con la herencia de la tía Matilde!
—Yo no te chantajeo. Te aviso. Ella quiere que sus herederos sigan la tradición. Si ve que Leo es un… un “librepensador”, igual decide dejarle el piso de la calle Alcalá a las Hermanitas de la Caridad.
Javi miró a Sandra.
Sandra le devolvió una mirada de “ni se te ocurra”.
—Nos da igual el piso de la calle Alcalá, mamá —dijo Javi, aunque con un poco menos de convicción que antes.
—Eso lo dices ahora porque eres joven y tienes trabajo. Veremos cuando tengas que pagarle la universidad al niño.
Concha volvió a sentarse, esta vez con una actitud más negociadora.
—Mirad, hagamos una cosa. Un pacto.
Sandra se puso en guardia.
—¿Qué pacto?
—Un bautizo íntimo. Solo nosotros. Sin banquete, sin invitados pesados, sin fotos oficiales. Solo el cura, nosotros cuatro y los padrinos.
—¿Y quiénes serían los padrinos? —preguntó Javi con curiosidad.
—Pues tu primo Curro y la sobrina de Sandra, por ejemplo.
—Mi sobrina es atea militante, Concha —dijo Sandra—. No va a pisar una iglesia ni aunque la inviten a champán.
—Bueno, pues buscamos a otra. La hija de la Virtudes, que es una chica muy centrada.
—¿La hija de la Virtudes? —Javi se echó a reír—. ¡Si no la veo desde que hacíamos la comunión!
—Es familia lejana. Y es muy devota. Sería una madrina excelente.
Sandra negó con la cabeza.
—No, Concha. No vamos a hacer un bautizo “a escondidas” solo para que tú te quedes tranquila. Sería mentirnos a nosotros mismos y mentirle a la institución que tanto defiendes.
—¡Mentira es lo que estáis viviendo ahora! —replicó Concha, volviendo a subir el tono—. Una vida de fachada, sin cimientos.
De repente, Paco se levantó del sofá.
Todos se quedaron mirándolo.
Paco no solía levantarse así, con esa determinación.
Caminó hacia la mesa, cogió una croqueta que quedaba en el plato de servicio y se la comió de un bocado.
—Concha —dijo Paco mientras masticaba—. Déjalos ya.
—¡Paco, tú a lo tuyo!
—No, a lo mío no. A lo nuestro. ¿Te acuerdas de cuando nos casamos?
Concha se quedó descolocada.
—¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Tus padres querían que nos casáramos en la catedral, con trescientos invitados y coro de niños cantores. Y nosotros queríamos algo sencillo en la capilla del barrio.
—Eso era diferente —dijo Concha, aunque su voz perdió algo de fuerza.
—No era diferente. Tus padres nos dieron la tabarra durante meses. Mi madre llegó a decir que si no había coro, el matrimonio no valdría ante los ojos de Dios.
Javi y Sandra escuchaban hipnotizados. Paco nunca contaba estas cosas.
—Y al final —continuó Paco—, lo hicimos a nuestra manera. Y llevamos cuarenta años juntos. Y aquí estamos. Comiendo una paella un poco sosa, pero juntos.
—¡La paella no está sosa, papá! —se quejó Javi por instinto.
—Está perfecta, hijo. Es una forma de hablar.
Paco miró a su mujer a los ojos.
—Concha, el niño es de ellos. No es nuestro. Nosotros ya criamos a Javi. Ahora nos toca otra cosa.
—¿Qué nos toca? —preguntó Concha con un hilo de voz.
—Nos toca malcriarlo. Comprarle juguetes que hagan ruido. Darle dulces a escondidas cuando sus padres no miren. Llevarlo al parque y contarle historias.
Paco hizo una pausa y sonrió.
—Pero no nos toca salvar su alma. Eso es mucha responsabilidad para dos jubilados que solo quieren ver el programa de Juan y Medio.
Concha bajó la mirada hacia su regazo.
Sus dedos jugueteaban con el borde del mantel.
El silencio que siguió no era de tensión, sino de reflexión.
Incluso Leo parecía estar de acuerdo, ya que soltó un pequeño balbuceo y se puso a jugar con sus propios pies en la cuna.
Sandra sintió que una oleada de afecto por su suegro la invadía.
Nunca lo había visto así.
—Gracias, Paco —susurró Sandra.
Concha suspiró profundamente.
—Es que… me da miedo —dijo finalmente Concha.
—¿Miedo de qué, mamá? —preguntó Javi, acercándose y sentándose a su lado.
—De que si no tiene ese vínculo con la tradición, se acabe olvidando de nosotros. De lo que somos. De dónde venimos.
Esa fue la confesión más sincera de toda la tarde.
No se trataba de Dios, ni del pecado, ni del infierno.
Se trataba del miedo al olvido.
Del miedo a que la modernidad fuera un muro que separara las generaciones.
Sandra se acercó y le puso una mano sobre la de Concha.
—No se va a olvidar, Concha. Nosotros nos encargaremos de que sepa quiénes son sus abuelos. De que conozca las historias de la familia.
—¿Aunque no sepa el Padrenuestro? —preguntó Concha con una media sonrisa triste.
—Le enseñaremos a ser una buena persona —dijo Sandra—. Y si un día quiere aprender el Padrenuestro, serás tú la primera en enseñárselo. Te lo prometo.
Concha miró a Sandra.
Por primera vez en mucho tiempo, no la miró como a una enemiga o como a una intrusa.
La miró como a la madre de su nieto.
—Eres muy cabezota, Sandra —dijo Concha.
—Lo sé. Como tú.
Ambas compartieron una mirada de complicidad guerrera.
—Bueno —dijo Concha, recuperando su tono habitual—, pero si no hay bautizo, al menos habrá que celebrar algo, ¿no? No vamos a dejar pasar la ocasión de comer bien.
—¡Claro que sí! —dijo Javi, aliviado—. Haremos una gran fiesta de bienvenida. Con todos.
—¿Y vendrá la tía Matilde? —preguntó Paco.
—Si hay jamón del bueno, Matilde viene aunque sea en ambulancia —sentenció Concha.
La tensión se disolvió como un azucarillo en el café.
Javi empezó a recoger los platos, silbando una melodía.
Sandra volvió a coger a Leo en brazos.
—Mira, Leo —le dijo al bebé—. Parece que te has librado del agua del Jordán por hoy.
Concha miró el frasquito de cristal que aún estaba sobre la mesa.
—Pues me ha costado veinte euros en la tómbola benéfica de la parroquia —refunfuñó—. Qué desperdicio.
—No lo tires, mamá —dijo Javi—. Igual sirve para regar las plantas. Dicen que el agua bendita es muy buena para los geranios.
Concha le lanzó una mirada fulminante, pero esta vez había una chispa de humor en sus ojos.
—No te pases de gracioso, Javier. Que todavía no me he olvidado de lo del arroz al dente.
Parecía que la paz había llegado finalmente al salón.
Pero con Concha, la paz siempre era un armisticio temporal.
PARTE 4
La tarde transcurrió con la languidez propia de las sobremesas españolas.
Ese momento en el que el café se enfría, el licor de hierbas empieza a hacer efecto y las conversaciones derivan hacia temas absurdos.
Paco y Javi estaban en la terraza, discutiendo sobre si era mejor poner césped artificial o dejar las baldosas tal cual.
En el salón, las dos mujeres observaban a Leo, que ahora estaba sobre una manta en el suelo, intentando alcanzar un sonajero con forma de jirafa.
Concha miraba al niño con una mezcla de adoración y todavía un poco de escepticismo residual.
—Sandra —dijo Concha de repente, bajando la voz como si confesara un secreto de estado.
—Dime, Concha.
—Digo yo… que si no lo bautizáis… ¿qué vais a poner en el apartado de “religión” cuando lo apuntéis a la guardería?
Sandra sonrió.
—Pondremos “ninguna”, Concha. O “laica”.
—Es que suena tan… vacío —suspiró la suegra—. Como si al niño le faltara un trozo.
—No le falta nada, de verdad. Míralo. Está sano, está feliz. No necesita un sello oficial para ser un niño completo.
Concha guardó silencio un momento, observando cómo Leo por fin agarraba la jirafa y se la metía directamente en la boca.
—La Virtudes me va a matar cuando se lo cuente —dijo Concha con una sonrisa resignada—. Se va a pasar tres meses dándome el pésame cada vez que me vea en la pescadería.
—Pues dile que hemos decidido que Leo sea el primer embajador de la paz mundial y que por eso no pertenece a ninguna facción —bromeó Sandra.
—No me des ideas, que soy capaz de decírselo solo por verle la cara.
De repente, se oyó un ruido desde la terraza.
Javi y Paco entraron riendo.
—Dice mi padre que el secreto para que los geranios duren es hablarles en francés —contaba Javi entre carcajadas.
—No te rías, que me lo dijo un jardinero que trabajó en la embajada —se defendía Paco.
Concha miró a su marido y luego a su hijo.
Vio la alegría en sus caras, la complicidad sencilla de un domingo cualquiera.
Miró a Sandra, que estaba relajada, sin la armadura de defensa que solía llevar puesta cada vez que ellos venían de visita.
Y comprendió, quizás por primera vez, que la “bendición” no siempre venía de un ritual formal.
A veces, la bendición era simplemente eso.
Estar juntos sin que nadie acabara llorando de verdad.
—Bueno —dijo Concha, levantándose y alisándose la falda—. Ya va siendo hora de que nos vayamos, que a tu padre se le pasa la hora de la pastilla y luego se pone insoportable.
—¡Pero si estoy perfectamente! —protestó Paco.
—Cállate, Paco, que tienes los ojos rojos de tanto ver la tele.
Javi ayudó a sus padres con los abrigos y las bolsas vacías de los táperes.
—Gracias por venir, mamá. Y por la comida.
—Las croquetas han sobrado dos —dijo Concha, señalando la cocina—. Cómetelas mañana, no se te ocurra tirarlas, que llevan jamón del caro.
—No las tiro, te lo prometo.
Al llegar a la puerta,