Le preguntó si estaba bien, si necesitaba algo. Camila dijo que había tomado agua, que el jetlac todavía no cedía del todo. Edward dijo que era normal, que en una semana más iba a estar adaptada. sonró y Camila, de vuelta en su cuarto con la puerta cerrada entendió algo con la claridad específica de los momentos donde el miedo se convierte en decisión, que si Edward sabía lo que ella había encontrado, nunca iba a llegar al aeropuerto.
Los días siguientes, Camila aprendió a tener dos capas simultáneas. La capa de afuera, la estudiante colombiana adaptándose bien, agradecida, participando de las cenas, respondiendo las preguntas de Edward sobre Medellín con la calidez suficiente para no generar preguntas nuevas. la capa de adentro.
Alguien que estaba construyendo un caso con la meticulidad silenciosa de quien entiende que una sola conversación prematura puede destruir todo lo que está reuniendo. Había crecido viendo a su padre trabajar en la notaría. Había aprendido que los documentos mienten, pero que los mienten de formas que dejan rastros si uno sabe dónde mirar.
Y lo que había visto en esos cuatro pasaportes y esas cuatro cédulas no era el trabajo de alguien improvisando, era el trabajo de alguien con acceso a buenos materiales y con práctica. Los nombres, Camila los había buscado uno por uno con el cuidado de alguien que no quiere dejar rastros en el wifi de la casa.
usaba el teléfono en modo avión, conectada a datos móviles colombianos con el plan internacional que había activado antes de viajar y que le costaba más de lo que podía pagar a largo plazo, pero que en ese momento era lo único que la separaba de la red doméstica de Edward. El primer nombre, ningún resultado relevante. El segundo, ningún resultado relevante.
El tercero, el artículo de Texas que había leído en el baño la primera noche. Una mujer venezolana, intercambio universitario, desaparecida en Portland, caso abierto desde hacía 3 años. El cuarto nombre la llevó a algo que no esperaba, un foro de familias de personas desaparecidas, una publicación de una madre en Bogotá buscando a su hija, estudiante de diseño, que había ido a Estados Unidos con un programa de Oper 18 meses antes y que había dejado de responder mensajes después de la primera semana.
La última dirección conocida que la madre había publicado en el foro era una calle de Portland. Camila no pudo verificar si era la misma calle, pero era el mismo barrio. Lo que Camila sabía hasta ese punto era suficiente para entender el contorno de lo que estaba mirando, no suficiente para entender su profundidad. Eso llegó cuando encontró el celular.
Había vuelto a revisar la cavidad de la Sualo tres días después de la primera vez con la precaución de alguien que ha establecido un ritual. Esperaba a que Edward y Brendan salieran. Verificaba los horarios que Edward publicaba en el calendario familiar compartido. Tenía 30 minutos calculados.
En la segunda revisión había movido la pasta hacia un costado y había palpado el fondo de la cavidad con más cuidado. El celular estaba en el fondo, debajo de un cartón doblado que había pasado desapercibido la primera vez porque era casi del mismo color que la madera. Un teléfono Android de modelo viejo, sin chip, batería completamente muerta.
Camila lo envolvió en una media, lo puso en el bolsillo interior de su mochila y esa noche, cuando Edward y Brendan dormían, lo conectó al cargador que había traído de Colombia. Antes de contarles lo que había en ese celular, necesito que hagan algo. Dale like a este video y suscríbite al canal ahora mismo, porque lo que Camila leyó en ese teléfono, las notas, las fechas, la última frase que alguien había empezado a escribir y nunca había terminado, es el tipo de evidencia que cambia completamente la dirección de lo que creías estar
entendiendo. Y no quiero que te lo pierdas. Seguimos. Edward Walsh tenía referencias excelentes. Eso era lo primero que el programa de intercambio mostraba cuando Camila buscó su perfil en el sistema. 6 años como familia anfitriona, 16 estudiantes internacionales recibidos en ese tiempo, calificaciones de cuatro y cinco estrellas, comentarios que usaban palabras como cálido, organizado, atento a las necesidades del estudiante.
Lo que el sistema no mostraba, lo que Camila descubrió cuando empezó a rastrear los nombres de los estudiantes anteriores uno por uno, era que de los 16 había cinco de los que no encontraba ningún rastro posterior al intercambio. No en redes sociales, no en registros universitarios públicos, no en nada. Cinco nombres que simplemente terminaban.
Cuatro de ellos eran mujeres latinoamericanas. El quinto era un hombre de Filipinas que después de una búsqueda más extensa Camila encontró en Facebook viviendo en Manila con fotos de los últimos dos años. Ese descarte la alivió y la perturbó en la misma medida, porque confirmaba que el patrón no era aleatorio, era selectivo.
El calendario familiar compartido al que Edward le había dado acceso para coordinar los horarios de la casa era, sin que Edward lo hubiera calculado, la herramienta que Camila usaba para planificar sus ventanas de investigación. Edward era metódico. Llegaba a las 7:30, salía a las 8:15. Volvía entre las 6:30 y las 7 cero.
Los martes tenía reunión hasta las 8 cereto de la noche. Los jueves hacía ejercicio en un gimnasio que quedaba a 20 minutos y llegaba antes de las 9 Ceto. Camila había mapeado esas ventanas con la precisión de alguien que sabe que el tiempo no es ilimitado. Lo que no había mapeado, lo que no podía mapear porque no tenía forma de saberlo, era que Edward también la estaba observando, no de manera obvia, no de manera que ella pudiera señalar en un momento específico y decir, “Ahí era más sutil forma en que a veces la miraba un segundo más de lo necesario antes de
responder una pregunta. la vez que le preguntó si había dormido bien después de que ella había estado en el baño a las 2 de la mañana. El comentario casual una tarde sobre que los cuartos de huéspedes guardan historias, dicho con una sonrisa que podría interpretarse como humor de anfitrión y que Camila había anotado en su cuaderno esa misma noche, entre comillas.
Eduward creía que una estudiante colombiana de 22 años, sola en un país que no conocía, sin red local, con el inglés suficiente para funcionar, pero no para navegar un sistema legal complejo, era exactamente el tipo de persona que podía encontrar algo y no saber qué hacer con ello. Había calculado mal. La nota que Camila encontró en el cajón del escritorio de Edward no estaba escondida.
Estaba en la segunda gaveta dentro de un folder azul etiquetado como programa de intercambio, temporada actual, entre una copia del contrato del programa y algunas fotos impresas de actividades con estudiantes anteriores que el programa pedía como evidencia de participación. Camila había entrado al escritorio buscando cualquier cosa adicional un jueves por la tarde con 40 minutos de ventana calculada.
El folder parecía administrativo, lo abrió de todas formas. El formulario de su propia inscripción estaba ahí, foto, datos, universidad, programa. Y en el ángulo superior derecho escrito a mano con lapicero azul, había una fecha, una sola fecha. 16 días. A partir de ese jueves, Camila fotografió el formulario, volvió a poner el folder exactamente como estaba.
salió del escritorio, subió a su cuarto, se sentó en la cama y miró la fotografía en su teléfono durante un tiempo. No sabía qué significaba la fecha, pero sabía que no tenía 16 días para descubrirlo. Tenía que actuar antes. El celular cargó durante la noche. Camila lo había conectado a las 11:47 de la noche y había puesto el despertador a las 3:00 de la madrugada para revisarlo cuando la casa estuviera en el silencio más profundo.
Se había quedado dormida sin querer. Cuando despertó eran las 2:53. El teléfono tenía suficiente batería para encenderse. La pantalla de inicio no tenía contraseña, o la había tenido y ya no funcionaba. O quien lo había guardado había decidido que la seguridad de la cavidad era suficiente. No había aplicaciones instaladas fuera de las básicas del sistema.
No había fotos en la galería, no había mensajes en el historial de llamadas, pero había notas. 17 notas en la aplicación de texto numeradas con fechas escritas en español con la ortografía particular de alguien que escribe rápido y no revisa. Camila las leyó en orden. Las primeras cuatro notas eran cotidianas.
Una chica describiendo su llegada a Portland, la casa, el cuarto, el anfitrión que parece buena gente, aunque un poco intenso, el frío que no esperaba en esa época del año. Escribía con el entusiasmo de alguien que está viviendo algo nuevo y que quiere documentarlo. Su nombre no aparecía en las notas.
En los documentos falsificados que Camila había fotografiado, uno de los nombres era Andrea Moreno, venezolana. Camila no podía confirmar que era la misma persona, pero la cronología de las fechas coincidía con el periodo en que ese nombre había aparecido en el registro del programa de intercambio. La quinta nota era diferente en tono.
Describía una conversación con Edward donde él le había preguntado demasiadas cosas sobre su familia, sobre si tenía novio, sobre cuándo había salido por última vez de Venezuela. La nota terminaba con probablemente estoy exagerando, es solo raro. La séptima nota era donde el tono cambiaba definitivamente. Describía haber encontrado en el cajón del baño compartido un frasco de medicamento sin etiqueta.
Lo había fotografiado y buscado el compuesto en internet. Era un sedante de uso veterinario disponible sin receta en algunos estados. No lo había mencionado a Edward. Había empezado a preparar su propio café por la mañana sin usar los insumos de la cocina. La octava nota describía que había visto a Edward entrar a su cuarto cuando ella no estaba.
Lo había notado porque había dejado un cabello cruzado en el marco de la puerta, un truco que había leído en algún lugar y el cabello estaba desplazado cuando volvió. La novena. Busqué mi nombre en los registros del programa. Estoy listada como estudiante activa, pero cuando intenté actualizar mis datos de contacto de emergencia, el sistema me dijo que los cambios debían ser aprobados por el anfitrión.
No entiendo por qué. La decimotercera nota era donde Camila tuvo que dejar el teléfono un momento y respirar. Describía que la chica había intentado contactar al consulado venezolano en Los Ángeles, que había enviado un correo que nadie había respondido en 4 días. que había intentado llamar, pero que Edward había comentado esa tarde en la cena que el wifi tiene problemas con algunas llamadas internacionales.
Es cosa del proveedor. La decimara eh me preguntó esta mañana si había movido la cama, dijo que notó que estaba en otro lugar. Dijo que no tenía importancia. Sonríó la decimquinta. Voy a intentar salir mañana temprano. Hay una biblioteca pública a ocho cuadras. Puedo usar sus computadoras. La 16a estaba en blanco.

Solo tenía una hora, 6:14 a la 17 era la última. Estaba incompleta. Eh, sabe que encontré algo esta mañana. Me preguntó si había dormido bien y la forma en que lo dijo no era una pregunta normal. Si alguien lee esto, mi nombre real es Se cortaba. La nota nunca había terminado de escribirse. Camila pasó los siguientes dos días en un estado que describió en nuestra entrevista como funcionar con piloto automático mientras la mente está en otro lugar completamente.
Desayunaba. Hablaba con Edward. Iba a sus clases en la universidad asociada al programa. volvía, cenaba, subía a su cuarto y en paralelo, en silencio, tomaba decisiones. Había intentado tres canales antes de actuar. El primero, el consulado colombiano en San Francisco. Había encontrado el número oficial. había llamado desde sus datos móviles durante un recreo.
Había hablado con un funcionario que la había escuchado con la paciencia burocrática de alguien que toma notas, pero que al final dice que va a escalar internamente y que le recomienda ir a la policía local si cree que hay un riesgo inmediato. Camila le había preguntado cuánto tardaba el escalamiento interno. El funcionario había dicho que dependía de la urgencia del caso.
Camila había colgado el segundo canal, el programa de intercambio. Había accedido al portal de estudiantes y había intentado reportar una situación de incomodidad con el anfitrión a través del formulario interno. El formulario pedía nombre, número de estudiante y descripción del problema. Pedía también el nombre del anfitrión y al final en letra pequeña había una línea que Camila leyó dos veces para asegurarse de que estaba entendiendo correctamente.
Las denuncias serán revisadas en un plazo de 7 a 10 días hábiles. En casos que involucren al anfitrión, se notificará a este para que pueda presentar su versión antes de tomar cualquier medida. Camila cerró el formulario sin enviarlo. El tercer canal fue el que abrió todo. Un martes por la tarde, mientras Eduward tenía su reunión semanal, que lo dejaba fuera hasta las 8 de la noche y Brendan estaba en casa de un amigo.
Camila se sentó en el escritorio de su cuarto y pasó 40 minutos buscando en internet la manera correcta de reportar una situación a nivel federal en Estados Unidos, sin tener que pasar primero por el anfitrión, el programa o una institución local que pudiera alertarlo. Encontró el formulario de denuncia online del FBI. Leyó las instrucciones tres veces, empezó a escribir.
No envió el formulario esa noche, lo guardó como borrador, porque antes de enviarlo necesitaba una cosa más. Necesitaba tener la evidencia organizada de una manera que una institución federal pudiera leer y entender sin conocer el contexto que ella llevaba semanas construyendo. Pasó esa noche organizando las 23 fotografías, los nombres buscados, los cinco perfiles sin rastro posterior, las notas del celular, la fecha manuscrita en el formulario, armó un documento de cuatro páginas en su teléfono y cuando terminó a las 2:30 de
la madrugada lo envió a tres destinos simultáneos. su correo personal, el correo de su madre en Medellín con una nota que decía, “Si no tenés noticias mías en 48 horas, mandá esto a quien yo te diga.” Y el borrador del formulario del FBI que seguía esperando en su pantalla, cerró los ojos, abrió el formulario, apretó enviar.
No supo en ese momento si alguien lo leería en minutos, en días o nunca, pero sí supo que lo había enviado y que si Edward encontraba ese teléfono cargado antes de que alguien respondiera, las 48 horas que le había dado a su madre iban a ser lo único que se interpondría entre ese cuarto de Portland y el mismo silencio en que habían terminado las 17 notas del celular que seguía guardado en su mochila.
Esa noche, el teléfono de Camila recibió un mensaje automático de confirmación del FBI, un número de caso. Camila lo miró, lo guardó en tres lugares distintos y se permitió, por primera vez en dos semanas cerrar los ojos sin que el corazón le fuera más rápido que el pensamiento. Los agentes del FBI llegaron a la casa de Edward Walsh al día siguiente, no a las 4 de la mañana con un operativo.
A las 2 de la tarde de un miércoles de Civil en un vehículo sin identificación, dos agentes, una de ellos hablaba español. Camila los había esperado en la biblioteca pública a ocho cuadras de la casa, como habían acordado por correo esa mañana. Había salido de la casa con la excusa de ir a estudiar y había caminado las ocho cuadras con la mochila que contenía el celular, las fotografías impresas y el documento de cuatro páginas que había organizado esa madrugada.
La gente que hablaba español se llamaba Vargas. Le preguntó si estaba bien antes de preguntarle cualquier otra cosa. Camila dijo que sí, que estaba bien. Lo dijo de la forma en que se dice cuando es verdad. Pero es una verdad que requiere esfuerzo. La entrevista duró 2 horas en una sala de la biblioteca que la agente Vargas había reservado con anticipación.
Camila presentó cada elemento con el orden que había construido en esas semanas. los documentos, los nombres buscados, los cinco perfiles del programa sin rastro posterior, las notas del celular, la fecha manuscrita en el formulario, los agentes tomaban notas, el otro agente fotografiaba cada documento que Camila mostraba.
Cuando terminó, la agente Vargas le preguntó si podía quedarse en la casa esa noche, que era importante no alterar la rutina mientras se procesaba la información. Camila preguntó si estaba en peligro. Vargas dijo que la fecha del formulario sugería que había un plazo, que eso hacía el caso urgente, que iban a trabajar rápido.
No respondió la pregunta directamente. Camila entendió que la respuesta era sí. Lo que los agentes encontraron cuando entraron a la casa de Edward esa tarde con una orden de registro firmada por un juez federal en tiempo récord. Algo que la agente Vargas me describió como indicador de que el caso tenía suficiente para justificarlo desde el primer documento.
Reganizó el caso de una manera que ninguno de ellos había anticipado completamente. La cavidad de la Sualo era lo que Camila había reportado. pasta, el celular, los cuatro juegos de documentos, pero había algo más que Camila no había encontrado porque no había buscado en ese lugar. En el closet del cuarto de huéspedes, debajo de una segunda tabla en el rincón posterior derecho que requirió que los agentes midieran el espacio y buscaran deliberadamente, había un segundo compartimento más profundo, con un cierre diferente.
Adentro, registros manuscritos en tres cuadernos, fechas que se remontaban a 6 años, nombres en código, letras y números, no palabras, pero con suficiente estructura para que el analista, que los revisó los días siguientes, estableciera que correspondían a por lo menos 12 individuos en ese periodo y valores, números que se anotaban junto a los códigos con la regularidad de alguien que lleva contabilidad.
Edward Walsh detido esa misma tarde. Llegaba a su casa a las 6:47 de la noche, como el calendario compartido indicaba. Los agentes lo esperaban. Camila no estaba ahí. La habían trasladado a una habitación de hotel con protección consular dos horas antes. Me lo contó en nuestra entrevista con la serenidad de alguien que haces el miedo suficiente tiempo como para poder hablar de él sin que lo vuelva a ocupar todo el espacio.
No quería estar ahí cuando llegara, me dijo. No porque tuviera miedo de verlo, sino porque ya había hecho lo que tenía que hacer y no necesitaba ver lo que venía después para que fuera real. El Red Herring del caso tomó forma en las primeras 48 horas de interrogatorio. Brendan, el hijo de 16 años, había avisado a Edward la noche en que Camila había salido a las 4 de la mañana para ir a la biblioteca.
lo había visto desde su cuarto, había escuchado la puerta y había golpeado la puerta de su padre para decírselo. La investigación lo había identificado como un posible cómplice, alguien que monitoreaba los movimientos de las estudiantes y reportaba a su padre. Fue descartado en 72 horas. Los registros de comunicación entre Brendan y Edward mostraban exactamente lo que el menor había declarado, que había avisado porque le preocupó que la chica colombiana saliera sola de noche, que pensó que podía estar en problemas. No sabía nada. Había
vivido en esa casa durante años sin saber lo que su padre hacía. Eso era, según la psicóloga forense que lo evaluó, completamente posible y consistente con el perfil de alguien que mantiene compartimentos estrictos. Los cuadernos tardaron tres semanas en ser descifrados completamente. Lo que revelaron cuando el analista terminó el trabajo era una estructura que ninguno de los agentes iniciales había anticipado en su escala.
Edward Walsh no era el origen de la operación, era un nodo. Durante 6 años había funcionado como punto de recepción de mujeres jóvenes latinoamericanas canalizadas a través de programas legítimos de intercambio y OPER. Su reputación como anfitrión impecable era parte del sistema. Necesitaba las referencias del programa para seguir recibiendo candidatas.
Lo que ocurría con esas candidatas después de cierto punto en su estadía no estaba completamente documentado en los cuadernos. Los registros terminaban, los valores seguían siendo anotados. Dos de los nombres de los documentos de la cavidad fueron conectados a casos de desaparición activos en otros estados. El rastro en ambos casos se cortaba en Portland.
Los otros dos seguían sin identificación completa al momento del juicio. La noche antes de la audiencia de cargos, el abogado de Edward presentó la moción que Camila me había advertido que iba a intentar, que ella había ingresado sin autorización al escritorio de su cliente, que el celular había sido obtenido de manera no autorizada, que la cadena de custodia de las pruebas tenía problemas desde el origen.
El juez tomó la moción bajo consideración durante 48 horas. Camila esperaba en la habitación de hotel. El consulado colombiano le había asignado una funcionaria de acompañamiento que hablaba español nativo y que se sentaba con ella en las horas donde el tiempo se hace largo. La funcionaria le preguntó esa noche si tenía miedo de lo que podía decidir el juez.
Camila pensó durante un momento. Tengo miedo de que importe más cómo conseguí las pruebas que lo que dicen las pruebas, dijo. La funcionaria no respondió de inmediato. Después dijo que ese era exactamente el tipo de pregunta que hacía que algunos casos se ganaran y otros no. Esa noche a las 11:23 el teléfono de Camila recibió un mensaje de un número desconocido, una sola línea. La moción fue rechazada.
El juez federal determinó que el cuarto de huéspedes era un espacio de uso compartido al que Camila tenía acceso legítimo como residente, que el celular había sido encontrado en ese espacio y no en una zona privada exclusiva del acusado, y que la cadena de custodia posterior al hallazgo había sido manejada correctamente por los agentes del FBI desde el momento en que Camila presentó la evidencia.
La defensa apeló. La apelación fue rechazada en 15 días. El proceso avanzó. Edward Walsh fue condenado a 31 años. Tráfico de personas, falsificación de documentos de identidad, dos cargos de secuestro con resultado de desaparición. Los únicos dos casos de los cuatro documentos que pudieron ser conectados formalmente a víctimas identificadas.
Participación en red criminal organizada. Los otros dos casos siguen técnicamente abiertos. La investigación los tiene vinculados a Edward con suficiente evidencia circunstancial, pero la identificación completa de las víctimas no había sido establecida al cierre del proceso. Eso es lo que más cuesta de este caso, ¿no? La condena.
La condena ocurrió. Los dos nombres que siguen sin completarse, el mensaje del número desconocido. Volvé a Colombia. todavía estás a tiempo. Fue rastreado por el FBI en menos de 24 horas. Pertenecía a un teléfono prepago comprado en efectivo en una tienda de Oregon dos semanas antes del mensaje. La cámara de la tienda no tenía suficiente resolución para identificar a quién lo había comprado.
El mensaje nunca fue atribuido a nadie de manera formal. Lo que eso confirmaba. Lo que la agente Vargas me dijo en nuestra conversación de seguimiento, sin decirlo directamente, era que Edward no había actuado solo, que había alguien más que sabía del caso y que había intentado interrumpirlo. Ese alguien nunca fue identificado con certeza.
La investigación sobre la red permaneció activa. Brendan Walsh a vivir con su abuela materna en Seattle. Tenía 16 años cuando su padre fue detenido. Tenía 17 cuando el juicio cerró. Lo que sabía y lo que no sabía de lo que ocurría en esa casa fue evaluado por la psicóloga forense con la conclusión que ya he mencionado. No sabía.
Camila me habló de él una vez brevemente al final de nuestra entrevista. Le pregunté si pensaba en él. A veces, dijo, no con culpa, pero sí hizo una pausa. Él tampoco eligió esa casa. No dije nada porque había algo en esa frase que no necesitaba comentario. Camila volvió a Colombia tres meses después del cierre del juicio.
Había cooperado completamente con el proceso. Había testificado en las audiencias donde fue requerida y había rechazado la propuesta del consulado de tramitar una visa especial de protección de testigos para quedarse en Estados Unidos. Le pregunté por qué. Porque lo que yo quería hacer en Portland ya estaba hecho, dijo.
Y lo que quiero hacer en Medellín todavía está pendiente. Estaba terminando su carrera de administración. Le faltaba un semestre. Lo terminó. El programa de intercambio donde Edward había operado durante 6 años fue sometido a una auditoría federal que resultó en la suspensión de dos directivos que habían procesado las renovaciones anuales de su registro como anfitrión, sin seguir los protocolos de verificación establecidos.
Ninguno de los dos fue procesado penalmente. La investigación determinó negligencia grave, pero no participación activa. El programa modificó sus protocolos. agregó verificaciones independientes cada 6 meses para familias anfitrionas. Agregó un canal de denuncia directa que no pasaba por el anfitrión.
Esos cambios llegaron tarde para cuatro mujeres cuyos nombres estaban en documentos falsificados debajo de una soal en Portland. Llegaron a tiempo por tres semanas y por una estudiante que movió una cama para que no hubiera una quinta. La frase que Camila le había dado al periodista de Medellín en esa entrevista única, la que llegó a mí de fuente secundaria y que me pareció la manera más honesta de cerrar este caso era esta.
Me preguntaron si me arrepentía de haber movido la cama. Les dije que no, que si no la hubiera movido, nadie habría encontrado nada y que eso era lo único que importaba. Pienso en esa frase con frecuencia, no porque sea heroica, sino porque dice algo sobre la diferencia entre encontrar algo y hacer algo con lo que encontrás. Camila encontró la pasta.
Podría haber cerrado la tabla y no vuelto a abrirla. Podría haber pensado que era algo que no le correspondía. Podría haber esperado que alguien más hiciera las preguntas correctas. no lo hizo. Y esa decisión, tomada en un cuarto de Portland a las 11 de la noche con el corazón acelerado y sin nadie que le dijera qué hacer, es lo que hizo que el caso existiera.
El sistema encontró a Edward Walsh porque Camila Restrepo le mostró al sistema a dónde mirar. Si llegaste hasta el final de esta historia, ya sabes que no todos los casos empiezan con una investigación. Algunos empiezan con alguien que decide no ignorar lo que encontró. Suscríbete al canal y deja tu like si estas historias te importan.
Hay personas que las cuentan para que no se repitan. El próximo caso ya está listo y esta vez nadie encontró nada. Eso fue exactamente el problema. Hasta entonces soy el investigador Torres. Edward Walsh tenía 6 años de referencias perfectas. Camila Restrepo tenía una cama que no estaba en el lugar correcto. Ella ganó.
Volvé a Colombia.