Si bien la evidencia confirmaba la agresión sexual en al menos dos de las víctimas con resultado de muerte, existían otros elementos en la escena del crimen que resultaban inquietantes. Las mujeres estaban desnudas, habían sido completamente y a la niña le habían arrancado una de las piernas. Una vez que la macabra noticia se dio a conocer en los medios locales, dos de los tres cuerpos pudieron ser identificados gracias a sus prendas de vestir.
Tres semanas antes, un lugareño había denunciado la desaparición de su esposa y su hija. Se trataba de Fikilotza, una maestra de 37 años y Lindocule, su hija de tan solo un año. Ambas habían sido vistas por última vez el 10 de marzo cuando se dirigían a la casa de unos familiares cerca de la ciudad de Mastafa.
Como no había testigos sospechosos ni demasiadas pistas, comenzaron a surgir las primeras hipótesis de los investigadores a cargo del caso. 9 meses antes, en julio del 2000, dos jóvenes acudieron a la policía para confesar que habían ayudado a un hombre a cavar una fosa y enterrar seis cadáveres en una granja de Malks.
El sospechoso sería identificado como Bongani Vilacati, de 34 años. Sin embargo, se dio a la fuga antes de que los oficiales llegaran al lugar y no pudo ser detenido. Tras confirmarse los crímenes que incluían el asesinato de niños, mujeres y uno de sus hermanos, Vilakat se convirtió en uno de los criminales más buscados del país.
8 meses más tarde, a finales de marzo de 2001, sería localizado por un grupo de agentes en Mancayane, su ciudad natal, y acribillado mientras intentaba huir a través de un campo de maíz. Vila Katy fallecería poco después, el 29 de marzo, en un hospital local. El caso dejó más dudas que respuestas. Se ignoraba por completo el móvil de los crímenes, ya que el asesino jamás tuvo la oportunidad de explicar sus motivaciones.
El hecho de que otros tres cadáveres fueran descubiertos en la misma zona, solo semanas después de la muerte de Vilacati parecía demasiada coincidencia. La policía sospechaba que todo era obra del mismo sujeto y se procedió a abrir una investigación. El objetivo principal era averiguar si en el bosque de Usutu había más restos humanos, ya que existía la posibilidad de que Vilacati fuese en realidad un asesino mucho más prolífico de lo que se pensaba.
Lo cierto era que las autoridades enfrentaban una presión abrumadora debido a las decenas de desapariciones de mujeres y niños reportadas en los últimos años en Mals. El hallazgo de estos tres nuevos cadáveres no solo causó preocupación en los lugareños, sino también entre los oficiales. Todas aquellas personas desaparecidas ya estaban muertas y habían sido víctimas de Vilacati.
Días más tarde, en las inmediaciones del bosque de Usutu, se encontró un cráneo humano dentro de una bolsa. Poco después, el 10 de abril, el hallazgo de seis esqueletos femeninos decapitados y un cadáver putrefacto al interior de una fosa en la misma zona dejó en evidencia la gravedad de la situación. El gobierno de Suasilandia admitió que a la fecha solo se había identificado a dos de los 11 cuerpos encontrados y que no contaban con los medios tecnológicos ni forenses para llevar a cabo una investigación en condiciones.
Fue por este motivo que se vieron obligados a solicitar ayuda a los servicios de la policía sudafricana y la asesoría del Scotland Yard, ya que el país mantenía una relación estrecha con Inglaterra debido a varios tratados. Sin embargo, el equipo forense sudafricano que viajó a Suasilandia a mediados de abril y que realizó los análisis correspondientes, se topó con algo inesperado.
Los cadáveres pertenecían a mujeres y un par de niños que mostraban signos de abuso sexual, estrangulamiento, asfixia con bolsas plásticas y decapitación. En todos los casos faltaban partes del cuerpo. Aquel modus operandi definitivamente no correspondía al del asesino Bongani Vilakati. Al revisar los antecedentes, los expertos en perfilación criminal del Scotland Yard concluyeron que otro depredador estaba rondando la zona.
Para aquel entonces se había organizado una búsqueda masiva en el bosque de Usutu que incluyó la participación de más de 200 agentes y soldados. Se encontraron otros 13 cuerpos, sumando un total de 24 en apenas 3 semanas. Aquello terminó por causar el pánico entre los habitantes del sector, a quienes se les recomendó permanecer en sus casas y no salir solos de noche.
La mayor parte de la población suasi tiene creencias sincréticas que combinan el cristianismo con tradiciones ancestrales africanas y las sangomas son una de las figuras más importantes y respetadas de la sociedad. Estas curanderas y adivinas, en su gran mayoría mujeres, actúan como hechiceras, utilizando tanto pociones como rituales para aliviar problemas de salud espirituales y también económicos.
Una sangoma es capaz de crear un brevaje mágico conocido como muti, el cual se elabora a partir de hierbas, raíces, plantas medicinales y cortezas. Este no solo se usa para tratar dolencias físicas, sino también para protección espiritual, atraer la buena suerte, proteger los hogares de todo tipo de brujerías y asegurar el éxito en el amor, el deporte o los negocios.
Sin embargo, existe una vertiente oscura de esta práctica que ha aterrorizado al sur de África a lo largo de su historia. El asesinato muti es un crimen premeditado en el cual se mata a una persona para recolectar diversos órganos o partes del cuerpo, los cuales son utilizados como ingredientes embrevajes o la confección de amuletos elaborados por las angomas, capaces de otorgar éxito, riqueza, salud y protección.

Manos, pies, cabezas, corazones o genitales deben ser extirpados mientras la víctima aún está con vida, ya que aquello multiplica considerablemente su eficacia. Anualmente se registran en Sudáfrica entre 50 y 300 asesinatos muti, aunque la gran mayoría no son denunciados por el miedo que despiertan en la población.
La noticia de que más de 20 mujeres y un par de niños fueron encontrados muertos y mutilados en el bosque de Usutu se difundió rápido entre las aldeas vecinas. Muchos estaban seguros de que se trataba de una o más personas que trabajaban para una sangoma y que estaban cometiendo asesinatos rituales para obtener partes humanas con las cuales elaborar un poderoso brevaje muti, lo que produjo verdadero terror.
Muchos de los granjeros de la zona, que fueron interrogados en relación al caso, prefirieron guardar silencio entre la población local, el temor a una maldición sobrenatural era tan real como el miedo a las represalias de los asesinos, lo que obstaculizó el avance de las investigaciones. Unos familiares de las desaparecidas declararon ante los oficiales que las mujeres habían planeado reunirse con un sujeto que les ofreció empleo y al que habían conocido apenas unos días antes.
El novio de una de ellas incluso pudo verlo y lo describió como alguien de unos 40 años, estatura media, nariz pequeña y ojos un tanto separados. Aquel hombre se marchó con la mujer y su bebé de 8 meses y nunca más fueron vistos con vida. Si bien el relato del testigo parecía insuficiente, él mismo se comunicó con la policía el 25 de abril después de reconocer al sospechoso en un supermercado en la ciudad de Langano.
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Un par de agentes lo siguieron disimuladamente y lo detuvieron mientras se acercaba al bosque de Usutu, muy cerca del sitio donde días antes se habían encontrado un par de cadáveres. Su nombre era David Tavosimelane, de 45 años. Y si bien en un principio aseguró no estar al tanto de los crímenes, finalmente se dio ante la presión de los investigadores y reconoció ser el asesino que estaban buscando.
No se mostró nervioso ni arrepentido. Sencillamente parecía entender que no tenía escapatoria. Lamentablemente no existen mayores antecedentes de su pasado. Se sabe que se crió en condiciones precarias y nunca terminó sus estudios secundarios. Vivía en una pequeña habitación sin agua ni electricidad. Vestía ropa usada y, de hecho, en el momento de su arresto, llevaba puesta la blusa de una de sus víctimas.
Era un ladrón ocasional que solía deambular por la ciudad y las paradas de autobús, además de pasar horas en un humilde casino local apostando pequeñas sumas de dinero. Tenía antecedentes por hurto y robo, delitos por los cuales fue detenido en 18 ocasiones. Además, había sido sentenciado a 20 años de cárcel por un cargo de violación en 1993, aunque no cumplió ni la mitad de la condena.
Según sus propias palabras, tras salir de prisión en 1999, se convirtió en alguien resentido y violento. Aseguró que jamás abusó sexualmente de la víctima y que esta mintió durante su declaración. A partir de entonces comenzó a matar para vengarse de la sociedad. Supuestamente era el odio hacia las mujeres lo que lo había llevado a cometer los crímenes.
Tras ser arrestado, Simelane accedió a colaborar con los investigadores y los guió por el bosque de Usutu, en donde afirmaba haber escondido otros cuerpos. Lo que las autoridades no sabían era que la cantidad de víctimas se elevaría más del doble. Las operaciones de búsqueda concluirían en el mes de agosto de 2001, tras lo cual se descubrieron un total de 45 cadáveres.
Cuatro de ellos eran niños pequeños que acompañaban a sus madres en el momento del crimen y los otros 41 pertenecían a mujeres, varias embarazadas. El modus operandi de Simelane era tan sencillo como efectivo. Buscaba mujeres jóvenes en zonas urbanas a las que se ducía con la promesa de un empleo bien remunerado.
Luego las conducía al bosque en donde abusaba sexualmente de ellas y las desmembraba o decapitaba con un machete. Mientras aún estaban con vida. Con los niños hizo exactamente lo mismo. El caso produjo indignación y horror en todo el país. Las autoridades intentaban determinar si Simelane era un frío psicópata o un demente incapaz de comprender las consecuencias de sus actos.
Sin embargo, para la población, el hecho de que un sujeto matara de forma tan brutal a 45 personas por odio o mero placer resultaba sencillamente incomprensible. Aquellos asesinatos debían tener un propósito y muchos pensaban que sielane era en realidad un proveedor de partes humanas para rituales muti y que probablemente trabajaba para una sangoma que a su vez se relacionaba con gente poderosa.
Esto explicaría el por qué a los cadáveres les faltaban miembros y órganos internos. Además, varias de las mujeres asesinadas estaban embarazadas y es bien sabido que para los rituales muti, los fetos y los bebés recién nacidos son mucho más preciados debido a su fuerza vital. Lo cierto es que en el mes de junio de 2001, el mismo Simelane se retractó de su declaración inicial y aseguró ante la policía que en realidad mataba por encargo y mencionó el nombre de tres hombres millonarios ligados a la política que le habrían pagado por
conseguir partes humanas para realizar diversos hechizos. Según el asesino, no solo le daban un sueldo equivalente a $370 mensuales, sino que le facilitaban vehículos para trasladar a las víctimas a sitios apartados en mitad del bosque en donde las mataba y desmembraba. Durante las primeras pesquisas, Simelane acudió varias veces junto a un grupo de agentes y militares fuertemente armados a los sitios de los crímenes en donde se encontraron los restos humanos.
En un principio, cientos de personas se acercaban para lanzarle improperios, pero aquello no duró demasiado, ya que muchos comenzaron a temerle. Pensaban que podía estar protegido por la magia de alguna sangoma y si alguien se atrevía a tocarlo, corría el riesgo incluso de morir a causa de una maldición. Curiosamente, aquello comenzó a ocurrir.
En los 10 largos años que duró el juicio contra David Simelane, cinco de los 11 investigadores relacionados al caso fallecieron. Dos de las novias del asesino también murieron antes de testificar en su contra, al igual que el magistrado que había tomado su confesión, quien solo tenía 40 años. La esposa del magistrado murió solo tres meses después.
Periodistas, familiares, abogados y una docena de testigos fallecieron a una edad temprana durante este periodo. El nombre de David Simelane sembró el terror en toda la nación, no solo por los sádicos crímenes que había cometido, sino porque parecía estar haciendo uso de la magia negra para deshacerse de todos aquellos que estaban en su contra.
Surgieron rumores de que cada vez que estaba en el estrado miraba fijamente algunos de los presentes y comenzaba a murmurar frases extrañas como si fuesen maldiciones. Poco después la persona moría. Pero lo cierto es que no solo las personas relacionadas a su caso estaban muriendo, sino que miles en todo el territorio.
A principios de la década del 2000, Suasilandia alcanzó el trágico récord del país con más casos de sida en todo el mundo con un 30% de su población infectada. La esperanza de vida bajó de los 60 hasta los 32 años y muchos fallecieron debido a una epidemia de tuberculosis que también afectó a la región. Evidentemente Simelane no estaba detrás de todo este desastre, pero gran parte de la población había comenzado a temerle.
Se pensaba que el asesino había adquirido algún tipo de poder gracias a los sacrificios de mujeres y bebés y que lo estaba usando para retrasar su juicio. De hecho, el proceso tardó 10 años justamente porque se registraron demasiadas muertes entre testigos, abogados y magistrados. A pesar del temor que había surgido en torno a Simelane, cientos de personas, principalmente mujeres activistas en contra del abuso de género, se acercaban a los tribunales de justicia para seguir el caso.
Le gritaban insultos y se burlaban de él deseándole la muerte. Las autoridades concluyeron que Simelane era un sujeto frío y calculador que se aprovechó de la vulnerabilidad económica de sus víctimas para engañarlas con falsas promesas de trabajo. Y si bien varios investigadores sospechaban que podía estar involucrado con personas poderosas que le pagaban por conseguir partes humanas, demostrarlo resultó imposible.
El 23 de mayo de 2011, David Simelane fue hallado culpable de 28 cargos de asesinato tras haber sido imputado inicialmente por 34. Aunque en el bosque de Usutu se recuperaron 45 cadáveres, las dificultades del proceso judicial obligaron a limitar la acusación solo a aquellos casos que pudieron ser probados feacientemente, convirtiéndose en uno de los juicios más largos y complejos de la historia del país.
El juez Jacobo Usanandale dejó en claro que el acusado jamás demostró arrepentimientos y que intentó dilatar el proceso cambiando constantemente sus testimonios. Pasó de afirmar que mataba por odio para luego decir que trabajaba para brujos que realizaban magia negra. Incluso en cierto momento aseguró que había confesado bajo tortura y que era completamente inocente.

Lo cierto era que él mismo guió a los investigadores hasta varias fosas donde se encontraron otros cadáveres de los cuales no se tenía conocimiento. Tampoco colaboró siendo claro con respecto a por qué los mutilaba y qué hacía con las partes de los cadáveres. Primero de abril, si Melane sería condenado a la pena de muerte por ahorcamiento, una sentencia que no había sido aplicada desde 1986 cuando una mujer identificada como Philip Andl asesinó a la hija de 2 años de su empleada doméstica justamente para
realizar un ritual. El mismo rey Suati no había permitido que se realizara ninguna ejecución hasta la fecha, pero este era un caso excepcional. En el mes de noviembre, la defensa apeló a la sentencia, pero el Tribunal Supremo de su asilantia confirmó la pena de muerte para Simelane.
Tras el fallo, el Ministerio de Justicia publicó una solicitud para contratar a un verdugo joven y fuerte con las aptitudes necesarias para llevar a cabo el procedimiento. Varios ciudadanos postularon al cargo. Sin embargo, la inestabilidad legal y política del país llevó a postergar la ejecución de forma indeterminada.
A día de hoy, David Simelane sigue tras las rejas en la prisión de máxima seguridad de Mastafa. No existe certeza de si la condena finalmente se llevará a cabo. El tráfico de partes humanas para realizar rituales es una realidad que enfrentan varias regiones de África y el terror a los asesinatos muti ha obligado a las autoridades a endurecer las leyes y controles policiales.
Con cientos de muertes registradas al año, la histeria colectiva ha provocado incluso el linchamiento de curanderos inocentes, acusados sin una sola prueba, evidenciando un conflicto social de dimensiones críticas. Este tipo de crímenes aumentan considerablemente en periodos electorales. La creencia de que un amuleto o brevaje elaborado con partes humanas puede garantizar el éxito a líderes o parlamentarios acaudalados es una preocupación constante.
Sin embargo, existen registros de que dichas prácticas también son llevadas a cabo por la población general consecuencias desastrosas. El 16 de agosto de 2012, 34 trabajadores de la mina Lonmin Platinum murieron acribillados y otros 78 resultaron heridos tras protagonizar una violenta protesta en Sudáfrica. Después de varios días de tensiones, debido a una demanda salarial y conflictos sindicales, cientos de mineros se organizaron y abalanzaron contra un grupo de oficiales fuertemente armados, atacándolos con machetes.
Los agentes abrieron fuego de forma indiscriminada, lo que causó la masacre. Poco antes, los mineros habían sido rociados con un poderoso muti que supuestamente los haría inmune a las balas de la policía. Uno de los testigos afirmó que había presenciado cómo se utilizó la mandíbula y la lengua de un guardia asesinado antes del enfrentamiento para elaborar la poción.
Por lo visto, todos estaban convencidos de que no podrían morir. Si este video te gustó, dale like, comenta y suscríbete al canal del crimen, además de compartirlo en tus redes sociales. Esto me ayudaría mucho para seguir subiendo este tipo de contenido. Recuerda activar la campanita para recibir un mensaje cada vez que suba un nuevo video.
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