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DAVID SIMELANE – “EL MONSTRUO DE SUAZILANDIA”

Si bien la evidencia confirmaba la agresión sexual en al menos dos de las víctimas con  resultado de muerte, existían otros elementos en la escena del crimen que resultaban inquietantes. Las mujeres estaban desnudas, habían sido completamente y a la niña le habían arrancado una de las piernas. Una vez que la macabra noticia se dio a conocer en los medios locales, dos de los tres cuerpos pudieron ser identificados gracias a sus prendas de vestir.

Tres semanas antes, un lugareño había denunciado la desaparición de su esposa y su hija. Se trataba de Fikilotza, una maestra de 37 años y Lindocule, su hija de tan solo un año.  Ambas habían sido vistas por última vez el 10 de marzo cuando se dirigían a la casa de unos familiares cerca de la ciudad de Mastafa.

Como no había testigos sospechosos ni demasiadas pistas,  comenzaron a surgir las primeras hipótesis de los investigadores a cargo del caso.  9 meses antes, en julio del 2000, dos jóvenes acudieron a la policía para confesar que habían ayudado a un hombre a cavar una fosa y enterrar seis cadáveres en una granja de Malks.

El sospechoso sería identificado como Bongani Vilacati, de 34 años. Sin embargo, se dio a la fuga antes de que los oficiales llegaran al lugar y no pudo ser detenido.  Tras confirmarse los crímenes que incluían el asesinato de niños, mujeres y uno de sus hermanos, Vilakat se convirtió en uno de los criminales más buscados del país.

8 meses más tarde, a finales de marzo de 2001, sería localizado por un grupo de agentes en Mancayane, su ciudad natal, y acribillado mientras intentaba huir a través de un campo de maíz. Vila Katy fallecería poco después, el 29 de marzo, en un hospital local.  El caso dejó más dudas que respuestas. Se ignoraba por completo el móvil de los crímenes, ya que el asesino jamás tuvo la oportunidad de explicar sus motivaciones.

El hecho de que otros tres cadáveres fueran descubiertos en la misma zona, solo semanas después de la muerte de Vilacati parecía demasiada coincidencia. La policía sospechaba que todo era obra del mismo sujeto y se procedió a abrir una investigación. El objetivo principal era averiguar si en el bosque de Usutu había más restos humanos, ya que existía la posibilidad de que Vilacati fuese en realidad un asesino mucho más prolífico de lo que se pensaba.

Lo cierto era que las autoridades enfrentaban una presión abrumadora debido a las decenas de desapariciones de mujeres y niños reportadas en los últimos años en Mals.  El hallazgo de estos tres nuevos cadáveres no solo causó preocupación en los lugareños, sino también entre los oficiales. Todas aquellas personas desaparecidas ya estaban muertas y habían sido víctimas de Vilacati.

Días más tarde, en las inmediaciones del bosque de Usutu, se encontró un cráneo humano dentro de una bolsa. Poco después, el 10 de abril, el hallazgo de seis esqueletos femeninos decapitados y un cadáver putrefacto al interior de una fosa en la misma zona dejó en evidencia la gravedad de la situación. El gobierno de Suasilandia admitió que a la fecha solo se había identificado a dos de los 11 cuerpos encontrados y que no contaban con los medios tecnológicos ni forenses para llevar a cabo una investigación en condiciones.

Fue por este motivo que se vieron obligados a solicitar ayuda a los servicios de la policía sudafricana y la asesoría del Scotland Yard, ya que el país mantenía una relación estrecha con Inglaterra debido a varios tratados. Sin embargo, el equipo forense sudafricano que viajó a Suasilandia a mediados de abril y que realizó los análisis correspondientes, se topó con algo inesperado.

Los cadáveres pertenecían a mujeres y un par de niños que mostraban signos de abuso sexual, estrangulamiento, asfixia con bolsas plásticas y decapitación. En todos los casos faltaban partes del cuerpo. Aquel modus operandi definitivamente no correspondía al del asesino Bongani Vilakati. Al revisar los antecedentes, los expertos en perfilación criminal del Scotland Yard concluyeron que otro depredador estaba rondando la zona.

Para aquel entonces se había organizado una búsqueda masiva en el bosque de Usutu que incluyó la participación de más de 200 agentes y soldados. Se encontraron otros 13 cuerpos, sumando un total de 24 en apenas 3 semanas. Aquello terminó por causar el pánico entre los habitantes del sector, a quienes se les recomendó permanecer en sus casas y no salir solos de noche.

La mayor parte de la población suasi tiene creencias sincréticas que combinan el cristianismo con tradiciones ancestrales africanas  y las sangomas son una de las figuras más importantes y respetadas de la sociedad. Estas curanderas y adivinas, en su gran mayoría mujeres,  actúan como hechiceras, utilizando tanto pociones como rituales para aliviar problemas de salud espirituales y también económicos.

Una sangoma es capaz de crear un brevaje mágico conocido como muti, el cual se elabora a partir de hierbas, raíces, plantas medicinales y cortezas. Este no solo se usa para tratar dolencias físicas, sino también para protección espiritual, atraer la buena suerte, proteger los hogares de todo tipo de brujerías y asegurar el éxito en el amor, el deporte o los negocios.

Sin embargo, existe una vertiente oscura de esta práctica que ha aterrorizado al sur de África a lo largo de su historia.  El asesinato muti es un crimen premeditado en el cual se mata a una persona para recolectar diversos órganos o partes del cuerpo, los cuales son utilizados como ingredientes embrevajes o la confección de amuletos elaborados por las angomas, capaces de otorgar éxito, riqueza, salud y protección.

Manos, pies, cabezas,  corazones o genitales deben ser extirpados mientras la víctima aún está con vida, ya que aquello multiplica considerablemente su  eficacia. Anualmente se registran en Sudáfrica  entre 50 y 300 asesinatos muti, aunque la gran mayoría no son denunciados por el miedo que despiertan en la población.

La noticia de que más de 20 mujeres y un par de niños fueron encontrados muertos y mutilados en el bosque de Usutu se difundió rápido entre las aldeas vecinas.  Muchos estaban seguros de que se trataba de una o más personas que trabajaban para una sangoma y que estaban cometiendo asesinatos rituales para obtener partes humanas con las cuales elaborar un poderoso brevaje muti, lo que produjo verdadero terror.

Muchos de los granjeros de la zona, que fueron interrogados en relación al caso, prefirieron guardar silencio entre la población local,  el temor a una maldición sobrenatural era tan real como el miedo a las represalias de los asesinos, lo que obstaculizó el avance de las investigaciones. Unos familiares de las desaparecidas declararon ante los oficiales que las mujeres habían planeado reunirse con un sujeto que les ofreció empleo y al que habían conocido apenas unos días antes.

El novio de una de ellas incluso pudo verlo y lo describió como alguien de unos 40 años, estatura media, nariz pequeña y ojos un tanto separados. Aquel hombre se marchó con la mujer y su bebé de 8 meses y nunca más fueron vistos con vida. Si bien el relato del testigo parecía insuficiente, él mismo se comunicó con la policía el 25 de abril después de reconocer al sospechoso en un supermercado en la ciudad de Langano.

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