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‘Caminar no es ganar’ — dijeron las comentaristas… y la mexicana conquistó la marcha de 20 km

Lentamente, muy lentamente, comenzó a mejorar. Del lugar 15 pasó al 12, luego al ocho, después al cinco. Cada posición ganada era una victoria épica. Cada segundo mejorado en sus tiempos era como conquistar una montaña, pero los grandes medios deportivos seguían sin notarla. Para ellos, una marchista de pueblo no era noticia.

Las cámaras seguían enfocándose en otros deportes, en otros atletas que venían de familias con recursos, que entrenaban en instalaciones de primer mundo, que tenían patrocinadores y equipos de apoyo. La primera vez que María Guadalupe llamó verdaderamente la atención fue en los Juegos Panamericanos de Santiago 2023. Nadie esperaba nada de ella.

Los pronósticos la colocaban en el lugar o nueve, muy lejos del podio. Pero esa tarde de marzo, algo mágico sucedió. Desde el kilómetro 5, María Guadalupe se colocó en el pelotón de las líderes, caminando con una elegancia y una fuerza que dejó sorprendidos a los comentaristas internacionales. ¿De dónde salió esta mexicana?, preguntó el comentarista brasileño cuando vio que María Guadalupe no se despegaba de las favoritas.

La peruana Kimberly García, múltiple campeona mundial, y la colombiana Sandra Arenas, medallista olímpica. Nunca la habíamos visto competir a este nivel”, añadió el comentarista argentino con un tono de incredulidad que se podía palpar a través de la televisión. Kilómetro tras kilómetro, María Guadalupe se mantuvo en la pelea. Su técnica era impecable, su respiración controlada, su paso firme y decidido.

En el kilómetro 15, cuando muchas de las favoritas comenzaron a mostrar signos de cansancio, ella parecía estar volando. Sus brazos se movían como pistones perfectamente sincronizados. Sus pies tocaban el suelo con la precisión de un metrónomo y en sus ojos había una determinación que ponía los pelos de punta.

Fue en el kilómetro 18 cuando sucedió lo impensable. Kimberly García, la gran favorita, comenzó a perder ritmo. Sandra Arenas intentó un ataque desesperado, pero no pudo sostenerlo. Y ahí, emergiendo como un huracán silencioso, María Guadalupe González tomó la delantera por primera vez en una competencia internacional de este nivel. Los últimos 2 km fueron una montaña rusa de emociones que te habría destrozado los nervios si los hubieras vivido en persona.

María Guadalupe sabía que tenía a todo el continente americano persiguiéndola. Sabía que cualquier error técnico podía costarle la descalificación. Sabía que estaba a metros de hacer historia, pero también sabía algo que las demás no sabían. Había entrenado para ese momento durante toda su vida. Cada kilómetro caminado en las calles polvorientas de su pueblo, cada madrugada de entrenamiento, cada lágrima derramada por la frustración, todo había sido preparación para esos últimos 2000 m que definirían su destino. Y entonces cruzó la meta.

Primera lugar, medalla de oro, récord de los Juegos Panamericanos, una hora 25 minutos y 48 segundos. un tiempo que la colocaba entre las cinco mejores marchistas del mundo en ese año. Pero la celebración duró poco porque lo que pasó después de esa victoria fue lo que realmente puso a prueba el carácter de María Guadalupe y lo que la preparó para lo que estaba por venir en París.

Los medios mexicanos que la habían ignorado durante años de repente la descubrieron. Pero no para celebrarla como se merecía. No la descubrieron para cuestionar su triunfo. ¿Será que las demás competidoras no estaban en su mejor forma? Escribió un periodista deportivo en uno de los diarios más importantes del país.

No olvidemos que los panamericanos no son el escenario más competitivo del mundo. Habrá que ver qué pasa cuando se enfrenta las verdaderas potencias mundiales en París, añadió otro. Es mejor no crear expectativas falsas. Una golondrina no hace verano, sentenció un tercero. ¿Puedes creer esa crueldad? ¿Puedes imaginar cómo se sintió María Guadalupe al leer esos comentarios después de haber entregado su alma para conseguir esa medalla de oro? En lugar de recibir el apoyo y la confianza de su país, recibió dudas, cuestionamientos y una

presión adicional que habría quebrado a cualquiera. Pero María Guadalupe ya no era la niña de 18 años que había llorado después de quedar en el lugar 15. Ahora era una guerrera forjada en mil batallas, una mujer que había aprendido a convertir el dolor en combustible. Así que tomó todos esos comentarios negativos, los guardó en lo más profundo de su corazón y los convirtió en la motivación más poderosa que jamás había sentido.

Los seis meses que siguieron a su triunfo panamericano fueron los más intensos de su vida. Sabía que París sería diferente. Sabía que se enfrentaría a las mejores marchistas del planeta en el escenario más importante del deporte mundial. Sabía que no habría segundas oportunidades, que todo por lo que había trabajado se definiría en 20 km, que tendría que recorrer bajo la presión más brutal que un deportista puede experimentar.

Su entrenamiento se volvió obsesivo, científico, casi inhumano. Se levantaba a las 4 de la mañana para su primera sesión del día. 2 horas y media de marcha técnica en ayunas, trabajando cada detalle de su biomecánica. perfeccionando cada movimiento hasta convertirlo en un acto reflejo. Después del desayuno, una sesión de gimnasia enfocada en fortalecimiento específico, core, glúteos, pantorrillas, todo lo que necesitaba para mantener su técnica perfecta durante 20 km a ritmo de competencia. Las tardes eran para el

trabajo de velocidad. Series de 1000 m a ritmo de competencia con descansos cronometrados al segundo. Su entrenador, un ex marchista español que había llegado a México después de su retiro, la sometía a simulaciones que te habrían quebrado mentalmente si las hubieras vivido. María le decía con su acento ibérico, “En París no solo vas a competir contra las mejores del mundo.

Vas a competir contra 20 años de prejuicios, contra un sistema que no creen las latinoamericanas, contra comentaristas que ya decidieron quién va a ganar antes de que empiece la competencia. Tu única opción es ser tan superior que no puedan ignorarte.” Y tenía razón porque conforme se acercaban los Juegos Olímpicos, las predicciones internacionales para la prueba de marcha femenil de 20 km no incluían a María Guadalupe ni siquiera entre las 10 primeras.

Las casas de apuestas la colocaban en el lugar 15 o 16. Los expertos internacionales hablaban de una competencia entre la China Liu Hon, múltiple campeona mundial y olímpica, la italiana Antonela Palmizano, campeona olímpica vigente, y la australiana Gemima Montag, la nueva sensación del atletismo mundial. La marcha femenil será una batalla europea asiática”, escribió la prestigiosa revista Tracky Fel análisis previo a París.

“Las latinoamericanas, incluyendo a la mexicana González, podrían pelear por un top 10, pero el podio parece estar reservado para las grandes potencias tradicionales.” Esa frase se clavó en el corazón de María Guadalupe como una espada ardiente. podrían pelear por un top 10 como si llegara a la élite mundial fuera un favor que le hacían, como si su medalla panamericana hubiera sido suerte del principiante.

Pero las verdaderas humillaciones comenzaron cuando llegó a París. La villa Olímpica era un mundo completamente diferente al que estaba acostumbrada. delegaciones con cientos de atletas, equipos de apoyo que parecían ejércitos, instalaciones de recuperación que costaban más que el presupuesto anual de atletismo de México.

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