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La TRAGEDIA que VIVE ALEJANDRA GUZMAN a los 58 AÑOS

 Grabó más de 20 álbumes de estudio, llenó el estadio Azteca. Se presentó en los escenarios más grandes de Estados Unidos, América Latina y Europa. Ganó Grami Latinos. Fue reconocida como una de las artistas de habla hispana más influyentes de los últimos 40 años. Y todo eso lo construyó con una imagen de mujer fuerte, indestructible, que se caía y se levantaba y que era transparente con sus demonios de una manera que sus contemporáneas rara vez se permitían.

Esa imagen de mujer indestructible es exactamente la que hoy enfrenta los límites reales del cuerpo. Y ese contraste es la esencia de la tragedia que vive Alejandra Guzmán en 2026. Hay un detalle que define perfectamente quién fue Alejandra Guzmán en su mejor momento. En 1993 se presentó en el Estadio Azteca ante más de 70,000 personas, una artista de rock femenina mexicana llenando el estadio más grande del país.

 Eso no lo había hecho nadie antes que ella en ese género y en ese formato.  Y lo hizo sin pedir permiso, sin adaptar su imagen a lo que el mercado esperaba, sin suavizar nada. Era exactamente quién quería ser. Arriba de ese escenario, frente a 70,000 personas que la adoraban. Esa mujer, esa energía, ese cuerpo que saltaba y corría y dominaba el escenario como pocos artistas mexicanos han podido hacerlo, es la misma que hoy tiene la columna reconstruida con titanio y que necesitó un año entero lejos de los escenarios para poder seguir en pie. Hay otro

capítulo que no se puede ignorar cuando se habla de quién fue Alejandra Guzmán. En 2007 recibió un diagnóstico de cáncer de mama, lo enfrentó, lo superó y siguió adelante.  2 años después llegó lo de los biopolímeros. Es decir, esta mujer ya había sobrevivido un cáncer cuando tomó la decisión de 2009.

 ya tenía en su historial una batalla mayor y aún así lo que vino con esa inyección resultó ser en términos de impacto acumulativo en su calidad de vida una carga todavía más larga y más pesada porque el cáncer tuvo un tratamiento con inicio y fin. Los biopolímeros no han tenido fin todavía. El origen de todo, la decisión de 2009.

 Todo comenzó con una decisión que parecía simple. En 2009, Alejandra Guzmán acudió a una clínica estética para hacerse un aumento de glúteos, un procedimiento que en ese momento era relativamente común entre figuras del espectáculo. Pero la persona que realizó el procedimiento,  que no era un cirujano certificado para este tipo de intervención, inyectó en su cuerpo una sustancia llamada biopolímeros y ahí empezó todo.

 Los biopolímeros son macromoléculas sintéticas que en ningún país con regulación médica seria están autorizados para procedimientos estéticos. Son ilegales en México y en la mayor parte del mundo. Quien los usa los vende como un producto inofensivo, accesible y con resultados rápidos. Lo que no dice es que esas sustancias migran.

 Se mueven por el cuerpo sin que ningún médico pueda controlarlas. Se encapsulan en tejidos, provocan infecciones crónicas, destruyen músculo y piel. Y una vez que están adentro, sacarlos completamente es prácticamente imposible. Son una bomba de tiempo. Pero hay algo en esta historia que casi nadie menciona y que cambia la forma en que hay que leerla.

Antes de que Alejandra Guzmán llegara a la clínica de Valentina de Albornos, hubo médicos que le dijeron que no, que no era el momento, que las condiciones no eran las ideales. No era un solo doctor con una opinión aislada, eran varios. El argumento era consistente. Un artista en plena actividad, con el estrés de una agenda exigente, no representaba el perfil ideal para someterse a un procedimiento estético de ese tipo.

 Alejandra Guzmán tenía 41 años. Llevaba más de dos décadas trabajando sin parar, con la presión que implica ser quien es, con el desgaste físico de años de escenarios, giras y grabaciones. Los médicos que la revisaron vieron eso y dijeron que esperara. Ella no esperó. Lo que la llevó a insistir no era capricho, era la presión que vive un artista de su nivel cuando siente que su imagen pública no está haciendo lo que quiere que sea.

Alejandra Guzmán construyó una carrera basada en una presencia física imponente, una mujer de cuerpo contundente, sensual, que dominaba el escenario no solo con la voz, sino con todo el cuerpo.  Esa imagen tiene un costo invisible que el público no ve, pero que los artistas sienten todos los días.

 La industria del espectáculo no perdona el paso del tiempo de la misma manera en hombres y en mujeres. Y cuando un artista siente que su físico no está a la altura de lo que se espera de ella, la presión de hacer algo al respecto es enorme. No es una presión que venga solo de afuera, viene de adentro también, de años de construir una identidad que tiene una dimensión física muy concreta.

 Fue a través de su círculo cercano que llegó hasta Valentina de Albornó, quien tenía una clínica especializada en procedimientos estéticos y que le propuso la solución que Alejandra estaba buscando. La sustancia que le inyectaron se llamaba metil metacrilato, un tipo de polímero que se colocó entre la subdermis y el músculo de los glúteos con un costo de 98,000 pes.

 En aquel momento, en 2009, Alejandra no tenía manera de saber lo que esa sustancia iba a hacer dentro de su cuerpo. Nadie se la explicó con la claridad que merecía. o si alguien lo intentó, el contexto en que se tomó la decisión no era el de alguien que estuviera en condiciones de procesar ese nivel de riesgo con frialdad.

 El 7 de octubre de 2009, apenas unos meses después del procedimiento, Alejandra Guzmán llegó al Hospital Ángeles Interlomas, atendida por el Dr. Raúl López Infante. El dolor era intenso, la sustancia ya se había encarnado en el músculo. Esa fue la primera de lo que eventualmente serían más de 50 cirugías. Y en esa primera intervención, ella misma declaró años después que lo que vivió fue una tortura.

 “Me arrancaron todo en vivo”, dijo. El cuerpo estuvo abierto durante 4 meses. Se le reventó una arteria. Los médicos llegaron a considerar la posibilidad de amputarle una pierna. Yo pude haber muerto, la infección se pudo haber ido al cerebro o a los nervios y me  quedo paralítica, o a la sangre y adiós. Alejandra Guzmán estuvo literalmente entre la vida y la muerte por una decisión que tomó porque quería cambiar algo de su cuerpo que vista desde afuera, no necesitaba cambiarse.

 En 2010 llegó a un acuerdo con Valentina de Albornó para resarcir el daño. Parte del dinero de ese acuerdo se destinó al fondo Alejandra Guzmán, con el que se realizaban mastografías gratuitas para mujeres sin recursos. También otorgó el perdón moral y legal al drctor Jeremías Flores, quien aceptó públicamente su responsabilidad en lo ocurrido.

 Pero ningún perdón, ningún acuerdo y ningún fondo de mastografías devuelven lo que se perdió esa tarde en la clínica de Valentina de Albornos. Los médicos que le dijeron que no tenían razón. El problema es que tenían razón demasiado tarde. 6 meses después de la inyección, el cuerpo de Alejandra Guzmán comenzó a dar señales de que algo estaba muy mal.

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