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La Quesera Que Creía Que Nadie Podría Amarla… Fue Encontrada Por El Pastor Más Torpe Del Valle

En el pequeño pueblo de baldesinos, enclavado entre colinas de piedra gris y campos de centeno, todos sabían que el queso de Elisa Barona era el mejor de la comarca. No era una fama que ella hubiera buscado. Había llegado sola, despacio, como llegan las cosas verdaderas, sin anuncio y sin prisa. Desde que tenía 12 años, Elisa había aprendido a templar la leche, a cortar la cuajada con el cuchillo exacto, a salar con la mano precisa que ni añade ni quita.

 Su bodega era pequeña, olía a suero fresco y a madera húmeda, y en las paredes colgaban ruedas de queso envueltas en paño blanco, que maduraban en silencio, como si el tiempo allí dentro tuviera otra velocidad. Las familias llegaban a su puerta cada vez que había una celebración. Una boda en mayo, un bautizo en otoño, la fiesta del patrón en verano.

 Elisa preparaba las piezas con semanas de antelación. Escogía las mejores, las envolvía con cuidado y las entregaba siempre con una pequeña nota escrita con letra menuda. Nunca era una nota sentimental. Solo decía cuánto tiempo llevaba madurando aquella rueda, qué leche la había dado, qué hierba seca había usado para el cortado.

 Era su manera de hablar de las cosas que no sabía decir de otra forma. Los novios se iban contentos, las madres le daban las gracias con la mano apoyada en el pecho y Elisa volvía a la bodega, recogía los paños sobrantes y seguía trabajando. Se había acostumbrado tanto a ese ritmo que ya no lo miraba, solo lo vivía.

 Una tarde, sin embargo, mientras devolvía los moldes a su estante después de que la familia Morales recogiera el encargo para la boda de su hija mayor, Elisa se detuvo frente al pozo de piedra que había junto a la puerta de la bodega. El agua estaba quieta y en aquella superficie oscura vio su propio reflejo. El cabello recogido de cualquier manera para no estorbar, el delantal manchado de suero, las manos ásperas que tardaban en secarse del todo. Tenía 26 años.

 Los mismos ojos tranquilos, el mismo gesto sereno de siempre. Y de pronto oyó en su memoria una frase que alguien había dicho en la plaza, “Un invierno atrás sin maldad, pero con esa precisión que tiene la indiferencia. Elisa Barona tiene las manos de oro. Qué pena que el resto no acompañe.” No lo habían dicho cruel. Eso era lo peor.

 Lo habían dicho como quien comenta el tiempo o el precio del trigo, como una verdad que no necesita defensa porque nadie la discute. Elisa apartó la vista del pozo. “Tonterías”, murmuró igual que siempre. Pero tampoco esa vez sonó convencida. Al día siguiente llegó Marcos Soto. La puerta de la bodega era pesada y tenía un cerrojo de hierro viejo que chirriaba si se abría demasiado deprisa.

 Marcos la abrió de golpe. El cerrojo sonó como una campana rota. Una cuerda de paño que colgaba del marco salió volando. Y el hombre que entró era tan ancho de hombros que la puerta parecía haberse quedado pequeña solo de verlo. Era alto, con las botas llenas de barro seco, una pelliza de lana toscamente cocida y el sombrero torcido hacia un lado, como si hubiera corrido sin tener tiempo de acomodarlo.

Elisa no lo conocía. lo miró desde detrás de la mesa de trabajo. Él la vio y se quedó quieto. Luego miró el paño que había derribado, luego las botas, luego a Elisa otra vez. Buenos días, dijo quitándose el sombrero con demasiada energía. Al hacerlo, golpeó una repisa baja. Tres pesos de piedra usados para prensar cuajada cayeron al suelo uno detrás del otro con un ruido sordo.

 Marcos intentó agacharse a recogerlos, pero al moverse empujó con el codo un cuenco de madera que rodó hasta el rincón. Elisa cerró los ojos un instante. Solo uno. No se mueva dijo. Él se quedó completamente inmóvil con el sombrero en la mano y la expresión de alguien que acaba de pisar sin querer algo importante.

 Así está bien, dijo ella, acercándose a recoger los pesos del suelo. Lo siento dijo él. Quise entrar con cuidado. No es lo que tiene fama de hacer, respondió Elisa sin levantar la vista. Él bajó la mirada. Detrás de él, asomando desde la puerta como si hubiera estado esperando el momento justo, apareció una muchacha de unos 16 años con trenzas sueltas y una cesta al brazo.

 Era Rosalía Soto, la hermana menor del hombre. Llevaba exactamente la expresión de quien ya conoce muy bien esta situación. Le dije que esperara fuera, señorita Elisa, pero dijo que podía portarse bien durante el tiempo que tardara en cruzar una puerta. ¿Y pudo? preguntó Elisa mirando el cuenco que seguía en el rincón. La muchacha miró a su hermano con resignación.

 Todavía estamos valorando el resultado. Marcos carraspeó. No soy tan torpe como parece. Elisa lo miró. Aún no tiene suficientes datos para afirmar eso. Rosalía se cubrió la boca para no reír. Marcos buscó algún lugar donde poner los ojos que no fuera la cara de la queera o el desorden que había causado. No lo encontró. Rosalía dio un paso adelante.

 Venimos porque mi madre encargó queso para el casamiento de mi prima. Escribimos la semana pasada. Elisa asintió. Sí, ya lo recuerdo. La boda es en noviembre, en la fiesta de todos los santos. Confirmó la muchacha. Y este es mi hermano Marcos. Vino porque dijo que los encargos grandes necesitan de alguien que cargue las cosas. Marcos la miró.

 Eso es verdad. Elisa lo observó. También necesitan de alguien que no rompa las cosas antes de cargarlas. Rosalía soltó una risa limpia. Marcos volvió a bajar la mirada. Elisa tomó su libreta y se concentró en Rosalía. Mientras la muchacha hablaba de la boda, de los invitados que vendrían de tres pueblos distintos, de que la prima quería un queso curado de al menos 8 meses con corteza natural.

 Marcos permaneció junto a la entrada con los brazos cruzados y una quietud tensa que evidentemente le costaba mantener. Elisa lo notó. Lo notó como se notan las cosas que uno no busca. El olor a campo que traía pegado a la pelliza, el nervio honesto de sus manos grandes que no sabían dónde quedarse, la manera en que miraba la bodega con una mezcla de respeto y curiosidad que no tenía nada de afectado. La campanilla del patio sonó.

Entonces entró corriendo Paco Lamas, el muchacho de 12 años que hacía recados para media aldea. Llevaba un fardo de estopa que casi lo doblaba y la respiración de quien ha corrido más de lo que ha caminado. Traigo la estopa del molinero, doña Elisa. Misión cumplida. Luego vio a Marcos, luego los pesos en el suelo, luego la cuerda caída del marco.

 Se quedó mirando todo con la cabeza inclinada. Aquí hubo tormenta. Paco. Buenos días, dijo Elisa. El muchacho señaló a Marcos con la estopa. Vino a encargar queso o a demoler la bodega. Marcos abrió la boca y la cerró. Vine a encargar queso dijo al fin. Paco frunció el ceño. Ah, por un momento pensé que era un arreglo de albañilería. Rosalía estalló en risa.

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