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Durante 4 Años Su Tía Le Hizo Creer Que Su Esposa Lo Abandonó… Hasta Que Un Niño De Ojos Claros…

La mañana en que Sebastián Aldecoa volvió al pueblo después de 3 años trabajando en la ciudad, el cielo sobre los tejados de pizarra tenía ese color gris perla que anuncia la lluvia, pero no la cumple. Las calles de Baldescino solían a tierra mojada y a humo de leña, las mismas piedras de siempre, los mismos perros durmiendo junto a las fuentes.

 “Todo igual”, pensó él, menos él mismo. No había escrito para avisar. Quería ver las cosas como eran, sin que nadie tuviera tiempo de prepararlas para su llegada. La primera persona que lo vio fue doña Remedios, la tendera, que se quedó con la boca abierta en el umbral de su tienda y no dijo nada durante varios segundos.

 Sebastián, “Qué sorpresa”, dijo al fin con una voz que no sonaba del todo alegre. Él no le dio importancia. Siguió caminando hacia la casa de su padre. Lo que no sabía Sebastián Aldecoa en ese momento, lo que nadie se había atrevido a escribirle en ninguna carta, era que tres años antes, la misma semana en que él partió hacia Salamanca buscando trabajo en las curtidurías, algo había ocurrido en Valdecinos que cambiaría el resto de su vida y que la persona responsable de ese cambio vivía bajo el mismo techo que él.

Cuando Sebastián tenía 22 años y ella 19, Valentina Cruz llegó a baldesinos desde un pueblo del otro lado del río, acompañando a su tío que venía a vender madera. Era una muchacha de pelo oscuro y ojos que parecían más grandes de lo que eran, porque siempre los tenía muy abiertos, como si el mundo le resultara constantemente nuevo.

 No hablaba mucho, pero cuando hablaba la gente la escuchaba. Sebastián la vio por primera vez en la plaza. Un martes de mercado, mientras ella regateaba el precio de un manojo de hierbas medicinales con una determinación que hizo reír al vendedor. Él se quedó mirándola sin disimulo. Ella lo notó, lo miró de frente y no apartó los ojos. Eso bastó.

 Durante los meses siguientes, Sebastián encontró razones para pasar por la posada donde Valentina trabajaba ayudando a su tío. Primero eran encargos, luego eran conversaciones, luego eran paseos por el camino del molino al atardecer. El tío, que era un hombre práctico, vio lo que estaba pasando y no puso obstáculos. Valentina no tenía dote ni familia de posición, pero tenía algo que el tío describía simplemente como buen carácter, que en su vocabulario era el mayor elogio posible.

 El padre de Sebastián, don Aurelio Aldecoa, tenía otra opinión. Don Aurelio era viudo desde que Sebastián tenía 8 años y había criado a su hijo solo con la ayuda de su hermana Pilar, que vivía con ellos, y llevaba la casa con la misma mano con que se maneja un gallinero, absoluta y sin apelación posible.

 Doña Pilar no era mala mujer, se decía en el pueblo. Era una mujer que sabía lo que quería y sabía conseguirlo, que no es lo mismo que ser mala, pero a veces se le parece. Cuando Sebastián le presentó a Valentina, doña Pilar la estudió durante la cena como se estudia un documento con letra difícil, despacio, sin perder detalle, sin mostrar lo que pensaba.

 Es guapa, dijo después, cuando Valentina ya se había ido. Guapa y sin nada más. Tiene lo que a mí me importa, respondió Sebastián. Lo que a ti te importa ahora. Los hombres cambian de opinión con los años. Don Aurelio no dijo nada. Nunca decía nada cuando hablaba a su hermana. A pesar de todo, la boda se celebró en la primavera.

 Fue una ceremonia sencilla en la iglesia del pueblo, con flores del campo en los bancos y una cena después en el patio de la casa de los Aldecoa. Valentina se había cosido ella misma el vestido con una tela blanca que le había regalado el tío. Sebastián no recordaría nada del sermón del cura, pero sí recordaría el momento en que ella caminó por el pasillo y lo miró, y la expresión de su cara era tan limpia y tan segura que él sintió algo parecido al vértigo.

Doña Pilar estuvo sonriente durante toda la fiesta. Esa era su manera. Los primeros meses de matrimonio transcurrieron con la textura densa y apacible de las cosas que son buenas de verdad. Valentina se integró en la casa con la misma naturalidad con que el agua encuentra su cause. Ayudaba en las tareas del campo.

 Aprendió a manejar el huerto con la precisión que había aprendido de su tío. Y por las noches, cuando la casa se quedaba en silencio, ella y Sebastián hablaban durante horas junto al fuego de cosas grandes y de cosas pequeñas, con la sensación de que el tiempo era suyo y no había prisa. Doña Pilar observaba, no decía mucho, pero observaba.

 Había pequeñas cosas que Valentina empezó a notar y que al principio no supo cómo nombrar. El tazón de leche que aparecía agrio cuando ella lo había dejado fresco. La carta de su tío que tardó tres semanas en llegarle, aunque el tío juró haberla enviado puntual. La vez que don Aurelio le preguntó con una frialdad extraña si era verdad que ella había estado hablando mal de la familia en la taberna, cosa que Valentina no había hecho y que nadie podía haber dicho porque no era cierta.

Yo no he dicho eso nunca, respondió ella, mirando a don Aurelio a los ojos. Alguien lo dijo respondió él y desvió la mirada. Valentina fue a buscar a Sebastián esa noche para contárselo. Él la escuchó, frunció el seño y dijo que seguramente habría sido un malentendido. Son malentendidos que ocurren mucho, dijo ella. Valentina, es mi familia.

Ella no respondió, pero no lo olvidó. Lo que tampoco sabía Valentina era que doña Pilar llevaba meses tejiendo algo con paciencia de araña. Había hablado con don Aurelio en privado varias veces. Le había mencionado en distintas conversaciones distintos detalles, ninguno completamente inventado, todos completamente torcidos, que Valentina había preguntado con demasiado interés por la escritura de la casa, que había escrito al tío más cartas de las que parecían necesarias, que no parecía cómoda en baldeos, que a veces miraba el

camino del río con una expresión que doña Pilar describía como de quien está pensando en marcharse. Don Aurelio era un hombre que no quería problemas y cuando alguien sin problemas escucha demasiado tiempo que los tiene, acaba por creerlo. El trabajo de Sebastián en Valdeinos no alcanzaba. El campo de los Aldecoa había tenido dos malas cosechas seguidas y las deudas se acumulaban con la silenciosa persistencia del polvo.

Cuando llegó la oferta de las curtidurías de Salamanca, tres días de camino al norte, fue don Aurelio quien la presentó en la mesa como si fuera la única salida posible. Un año, dos como mucho, dijo. Ahorras, mandas dinero y cuando vuelvas compramos el terreno junto al molino. Sebastián miró a Valentina.

 Ella tenía los ojos fijos en la mesa. “Valentina, ¿puede quedarse aquí?”, añadió doña Pilar con una suavidad que no era suavidad. “La cuidamos nosotros. Es su casa también.” Valentina levantó la vista y dijo, “Yo voy con mi marido. El camino es largo y duro para una mujer”, dijo doña Pilar. “Y en la ciudad no conocéis a nadie. Aquí tiene familia.

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