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El Asalto Frontal Suicida que le Costó a Francia la Batalla de Puebla [Análisis Táctico]

El Asalto Frontal Suicida que le Costó a Francia la Batalla de Puebla [Análisis Táctico] –

A las 11:15 minutos de la mañana del 5 de mayo de 1862, el conde Charles Ferdinand La Trill de Lawrence bajó el catalejo con el que había estado observando las fortificaciones mexicanas durante la última media hora. Miró a sus oficiales del Estado Mayor y pronunció la orden que sería grabada durante el resto de su vida en las cartas que sus subordinados sobrevivientes escribirían a sus familias en Francia.

El asalto sería frontal dirigido contra el punto más alto y mejor defendido de la línea enemiga y comenzaría dentro de los siguientes 15 minutos. Sus ingenieros militares se miraron entre sí con la expresión específica que los profesionales técnicos ponen cuando reciben una orden que contradice todos los principios que han estudiado durante años en la academia.

 El coronel Balacé, jefe de ingenieros de la expedición, badió un paso adelante e intentó por última vez lo que ya había intentado tres veces esa mañana. Sugerir que la maniobra sensata era flanquear la ciudad por el este, cortar las líneas de suministro y atacar por la parte plana donde las fortificaciones mexicanas eran más débiles. Era la maniobra de manual.

Era la maniobra que cualquier oficial formado en Sanir habría recomendado. Era, sobre todo, la maniobra que habría evitado la catástrofe que estaba a punto de ocurrir. Lorenés escuchó al coronel Balacés con la paciencia específica de los superiores que han decidido no escuchar antes de que el subordinado termine de hablar.

 Cuando Balaé concluyó su análisis, L. Lorences respondió con la frase que los historiadores militares citarían durante el siglo siguiente como uno de los momentos más claros donde la soberbia racial destruyó la inteligencia táctica. Atacar por la parte plana, dijo, era indigno de la grande ahmé de Francia. Atacar por el costado era reconocer implícitamente que los defensores tenían capacidad de rechazar un asalto frontal.

Y ese reconocimiento era precisamente lo que el conde no estaba dispuesto a conceder a una tropa de mestizos sin uniforme. El honor del ejército imperial exigía atacar el punto más fuerte para demostrar que no existía muro que pudiera resistir a la infantería que había tomado Sebastopol. Balacé se retiró en silencio.

 Sus ingenieros comenzaron los preparativos finales con la eficiencia mecánica de los profesionales que ejecutan una orden que saben equivocada, pero que no tienen la autoridad para modificar. Uno de ellos, el capitán Eugen Dupan, escribiría esa noche en su diario personal una frase que sus nietos encontrarían décadas después en los archivos familiares y que los historiadores franceses del siglo XX citarían como el testimonio más honesto de lo que ocurrió esa mañana, que había recibido la orden con la certeza de que

iban a la muerte y que había cumplido la orden porque no hacerlo habría sido deerción. El capitán Dupán moriría dos horas después subiendo la ladera del cerro de Guadalupe, alcanzado por el fuego de fusilería mexicano antes de llegar al foso del fuerte. Su diario B recuperado del cadáver por sus camaradas durante la retirada sería publicado en Faximil en 1912 y es el documento más citado sobre la dimensión humana del desastre que el orgullo de lorensés produjo.

 Esta es la historia del asalto frontal más suicida que un general europeo ordenó ejecutar en el continente americano durante el siglo XIX. de cómo la combinación de arrogancia racial, de desinformación política y de rigidez doctrinal produjo la decisión que costó a Francia una guerra que debería haber ganado con facilidad.

 Y de por qué la ladera del cerro de Guadalupe el 5 de mayo de 1862 se convirtió en la tumba no solo de 476 suavos, sino de la aventura imperial más ambiciosa que Napoleón Io había intentado ejecutar en el hemisferio occidental. Para entender por qué Lorences tomó la decisión que tomó, hay que entender primero el sistema de información con el que estaba trabajando, porque la soberbia del conde no era soberbia en el vacío, era soberbia alimentada por los informes específicos que había recibido desde Veracruz. informes producidos por

los exiliados conservadores mexicanos que lo rodeaban y que tenían un interés directo en que Lorenet creyera exactamente lo que le estaban diciendo. Los principales proveedores de esta desinformación eran tres hombres cuyos nombres figurarían para siempre en la historia mexicana como los arquitectos intelectuales del desastre francés.

 Juan Nepomuseno al monte, hijo del insurgente José María Morelos, un hombre cuyo apellido resonante ocultaba su trayectoria política. De haber sido defensor de la independencia en su juventud, había pasado a convertirse en su madurez. Es en el principal impulsor mexicano de la intervención extranjera. José María Gutiérrez de Estrada, un diplomático que había vivido en París durante décadas y que había cultivado la convicción de que solo una monarquía europea podía salvar a México del caos liberal. y el padre Francisco Javier

Miranda, un clérigo conspirador que había hecho de su vida una misión personal contra los gobiernos juaristas y que le proporcionaba a lorensés un acceso continuo a los círculos clericales de Puebla, que según el padre Miranda, estaban dispuestos a recibir a los franceses como liberadores. Los tres hombres coincidían en las afirmaciones específicas que le hacían al conde.

 La primera era que Puebla, ciudad profundamente católica y conservadora, y abriría sus puertas al ejército imperial tan pronto como las tropas mexicanas republicanas fueran derrotadas en un primer encuentro. La segunda era que el presidente Benito Juárez no tenía apoyo popular real fuera de los círculos masónicos y de los caciques liberales y que el pueblo mexicano, en su mayoría anhelaba la restauración del orden monárquico.

La tercera era que el ejército de Zaragoza era una colección de irregulares sin disciplina que se dispersaría al primer cañonazo y que cualquier victoria menor sobre esa fuerza produciría un efecto dominó de rendiciones en cascada que llevaría a Lorenés a la ciudad de México en tres semanas.

 Ninguna de las tres afirmaciones era cierta. Puebla no abriría sus puertas. El pueblo mexicano no anhelaba la monarquía y el ejército de Zaragoza no se dispersaría. Pero Lorenes no tenía cómo verificar ninguna de estas afirmaciones, porque los únicos informantes disponibles para él en Veracruz eran precisamente los hombres que le estaban mintiendo.

No había agentes franceses independientes operando en México con la capacidad de producir análisis alternativos. No había red diplomática confiable porque el gobierno de Juárez había expulsado a los embajadores europeos meses antes. Y los oficiales del Estado Mayor del Propio Lorencés, que intentaban contrastar la información que llegaba de los exiliados con otras fuentes, se encontraban bloqueados por el círculo cerrado que Al Monte Gutiérrez de Estrada y el padre Miranda habían construido alrededor del conde.

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