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JULIAN QUIÑONEZ: El TERRIBLE CALVARIO que SOPORTO para JUGAR en el TRI

18 años para irse solo a otro país, a otro continente futbolístico, a una cultura que no conocía. Pero el que ya se había ido descalso de su casa siendo un niño para perseguir una pelota, ese ya sabía lo que era apostarlo todo. Para Julián, subirse a ese avión no fue un salto al vacío, fue simplemente el siguiente paso de una vida que siempre se trató de moverse hacia delante, comienzo de su amor por México.

Llegó a Tigres en 2015 para integrarse a la categoría sub20 y ahí volvió a hacer lo único que sabe hacer, goles. En el apertura de ese año anotó 15 goles en 17 partidos. Fue el máximo goleador de la competencia. El colombiano que acababa de llegar ya estaba destrozando las defensas mexicanas. Ricardo el Tuca Ferreti, el técnico histórico de Tigres, no quedó del todo convencido.

Veía los números, sí, pero veía también a un muchacho que necesitaba foguearse, que necesitaba minutos de verdad, partidos de adultos, golpes de la categoría profesional. Y entonces empezó el peregrinaje. En enero de 2016, Tigres lo cedió a Venados de Yucatán en el ascenso. Su debut profesional fue de película. El 19 de enero en la Copa MX le metió un doblete nada menos que al Cruz Azul.

Semanas después, otro doblete, esta vez a Bravos de Juárez en una goleada. Parecía que el chico iba a comerse el mundo de inmediato, pero el fútbol no es lineal. Su paso por venados terminó siendo discreto. Cerró con seis goles en 20 partidos. No fue malo, pero no fue la consagración que esos dos dobletes iniciales prometían.

No logró consolidarse como figura y así regresó a Tigres con algo más de experiencia, pero todavía sin un lugar. Fue entonces cuando llegó el club que de verdad lo lanzó. En 2017 fue cedido a Lobos Boap, un equipo de Puebla que acababa de ascender a primera división y que buscaba con desesperación delanteros que pudieran sostenerlo en la máxima categoría.

Y ahí, en un equipo modesto, sin presión mediática, sin la sombra de las grandes figuras, Julián Quiñones por fin se soltó. Debutó con gol ante Santos Laguna. Semanas después le marcó un doblete al América. [resoplido] Cerró aquella temporada con 16 goles y una asistencia en 28 partidos. se convirtió en el máximo goleador histórico de Lobos W, un club que ni siquiera existe hoy, pero que en la memoria de Julián siempre va a ocupar un lugar especial, porque fue el primero que le dio la confianza de jugar en serio.

Su valor de mercado, que rondaba los 300,000 € cuando llegó, se disparó a 3,illones y medio. Durante esa etapa fue considerado uno de los mejores delanteros extranjeros de toda la Liga MX. Y Tigres, que lo había prestado casi como quien se desprende de un proyecto incierto, vio lo que estaba pasando en Puebla y decidió repatriarlo en 2019.

El muchacho volvía a casa, esta vez convertido en una figura emergente, el título y la tragedia. El regreso a Tigres prometía ser la consagración. En la temporada 2019 registró nueve goles y seis asistencias y ganó el Clausura de ese Año, su segundo título de Liga MX, defendiendo los colores felinos. Todo apuntaba a que la historia se enderezaba, a que el colombiano por fin se quedaba a vivir en la élite del fútbol mexicano.

Y entonces, en julio de 2019, llegó el golpe más duro que le puede llegar a un futbolista. La lesión que todos temen. Ruptura de ligamento cruzado anterior. Julián estuvo fuera de actividad alrededor de 10 meses. Se perdió cerca de 40 partidos. 40 partidos viendo la vida pasar mientras su cuerpo aprendía a confiar de nuevo en una rodilla rota.

Regresó a las canchas en febrero de 2020, pero el que regresa de una lesión así casi nunca regresa de golpe. El nivel no vuelve por arte de magia y Julián no logró recuperar de inmediato su mejor versión. El tiempo, la confianza, el ritmo de competencia, todo eso hay que reconstruirlo ladrillo por ladrillo.

En ese contexto llegó al banquillo de Tigres Miguel Herrera y simplemente no lo contempló dentro de sus planes. Para un futbolista que venía de pelear contra su propio cuerpo durante casi un año, escuchar que el técnico no cuenta contigo es una segunda lesión, esta vez en el orgullo. Julián consideraba que tenía nivel para mucho más, que merecía un rol importante.

El club, por su parte, no puso obstáculos cuando apareció la posibilidad de una salida. El mensaje era claro, aunque nadie lo dijera con esas palabras. En Tigres su historia se había terminado y aquí es donde la mayoría de las historias de talentos sudamericanos en México empiezan a apagarse. El delantero que prometía, que se lesionó, que ya no convence, que cambia de equipo cargando la etiqueta de promesa que no terminó de cumplir.

Ese suele ser el principio del final. Para Julián Quiñones fue exactamente lo contrario, fue el principio de todo. Atlas, el renacer del goleador. En 2021 fue enviado a préstamo al Atlas y el Atlas en ese momento era el chiste recurrente del fútbol mexicano. Un club histórico, querido, con una afición fiel y sufrida que llevaba más de 70 años y levantar un título de liga.

Generaciones enteras de aficionados rojinegros que nacieron crecieron y murieron sin ver a su equipo campeón. Una sequía tan larga que se había vuelto parte de la identidad del club. Casi una maldición. A ese equipo llegó Julián y bajo las órdenes del argentino Diego Coca formó una dupla letal con el también argentino Julio César Furch.

Dos delanteros que se entendían como si llevaran años jugando juntos, que se complementaban, que se buscaban, que entre los dos empezaron a meterle al Atlas algo que no tenía hacía décadas. Goles en los momentos importantes y pasó lo imposible. El Atlas ganó el Apertura 2021, rompió la sequía de más de 70 años.

La ciudad de Guadalajara, la mitad rojinegra de la ciudad, estalló en un llanto colectivo que solo entienden las aficiones que esperaron tanto tiempo. [resoplido] Y Julián Quiñones, el muchacho de Magui Payán, fue pieza fundamental de esa hazaña, clave durante toda la liguilla rumbo al campeonato, pero no se conformó. En el Clausura 2022 volvió a liderar el ataque rojinegro junto a Furch y en la liguilla se topó nada menos que con Tigres, el club que lo había desechado.

El destino tiene una manera muy particular de poner las cosas en su lugar. En las semifinales, Julián le marcó un golazo a Tigres y por si quedaba alguna duda, volvió a marcarle en la vuelta, en el volcán, [música] en la casa de la afición que lo había dejado ir. Cuando esa afición lo criticó, él respondió públicamente, sin esconderse, con la seguridad de quien ya no le debe nada a nadie.

El Atlas se coronó otra vez bicampeón, dos títulos consecutivos para un club que no ganaba ninguno en más de 70 años. Y en el centro de esa generación histórica estaba Julián Quiñones, líder de un equipo que junto al portero Camilo Vargas le devolvió al Atlas el protagonismo nacional después de décadas de frustración. El Atlas hizo lo lógico.

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