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El ASQUEROSO Secreto de Jacobo Zabludovsky que DESTROZÓ la VIDA de su HIJO

La instrucción fue corta. Hay un periodista joven que entiende el juego. Tráiganlo. Esa llamada, sin que él pudiera saberlo todavía, marcó el resto de su vida y la vida de toda su descendencia. Pero para entender por qué Jacobo Sabludowski aceptó esa llamada sin un solo titubeo, hay que volver tres décadas atrás.

 a una casa pequeña en la colonia Roma, a una familia recién llegada de Polonia, a un niño que había aprendido a leer el silencio antes de aprender a leer las letras. Jacobo Sabludowski. Kraveski nació el 24 de mayo de 1928 en una ciudad de México que todavía olía a revolución reciente. Sus padres eran inmigrantes polacos de origen judío.

Habían llegado huyendo del antisemitismo europeo con dos maletas, un par de oficios y la prohibición tácita de hacer ruido en su nueva patria. aterrizaron en un país que no hablaba su idioma, que no entendía su religión y que los miraba a veces con curiosidad, a veces con desprecio. La primera lección que aprendieron en silencio fue muy clara.

 Un judío recién llegado a México no podía darse el lujo de tener opiniones. Esa lección la mamó Jacobo en casa antes incluso de saber hablar. Crecer en la colonia Roma de los años 30 significaba aprender a leer el ambiente como si fuera un mapa. ¿Quién mandaba? ¿Quién callaba? ¿Quién obedecía? Su padre comerciante sobrevivió en ese México agachando la cabeza cuando hacía falta y sonriendo cuando alguien con apellido importante entraba a su negocio. Esa fue su escuela.

 Esa era la diferencia entre prosperar y desaparecer en aquel México de tarjetas postales del General Cárdenas. La comunidad judía mexicana de aquellos años se organizaba alrededor de pequeñas sinagogas en colonias como Hipódromo Condesa y la propia Roma. Funcionaban como un mundo dentro del mundo. Los niños iban a colegios donde se hablaba jidis y español en pasillos paralelos.

Las familias se cuidaban entre ellas porque sabían que afuera, en el México de los años 30, ser inmigrante judío significaba estar siempre a una mala palabra del repudio público. Jacobo creció dentro de esa burbuja protectora y dentro de esa burbuja aprendió algo que pocos mexicanos cristianos de su generación entendieron con la misma claridad que la diferencia entre vivir bien y vivir mal en este país dependía de a quién decidías estarle agradecido.

Esa lealtad se demostraba con silencio, con favores, con discreción absoluta, nunca con palabras públicas. Esa fue la primera teoría de comunicación que Jacobo Sabludowski aprendió en su vida mucho antes de cualquier escuela de periodismo, mucho antes del primer micrófono. una teoría sencilla y brutal, que las palabras públicas son peligrosas, que las miradas en silencio son lo que realmente cambia las cosas y que el periodista valioso no es el que cuenta lo que ve, es el que decide que de lo que ve no se va a contar.

Pero Jacobo era distinto del padre. Tenía hambre y tenía una intuición rara para alguien tan joven. Entendió antes que casi todos sus compañeros de generación que el poder en México no se conquista. Se administra. Estudió derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su pasión nunca estuvo en los tribunales, su pasión estaba en el micrófono.

Desde los 12 años escuchaba la radio con una atención casi enfermiza. Para él, el hombre que controlaba el micrófono controlaba lo que la gente pensaba al día siguiente. Y en un país donde la mayoría de los mexicanos no leía periódicos, esa era la única forma de poder real que existía. A finales de los años 40 entró a trabajar a estaciones como la sex, cubría notas pequeñas, aprendía, observaba y mientras observaba vio algo que pocos jóvenes de su edad lograban descifrar.

Los presentadores que se atrevían a criticar al gobierno desaparecían del aire en cuestión de semanas. Los que callaban ascendían. Los que ayudaban activamente se hacían millonarios. Y ahí, según versiones de viejos colegas que años más tarde romperían su silencio, Jacobo tomó una decisión silenciosa que terminaría marcando a su familia para siempre. Decidió ayudar.

A principios de los años 50, Jacobo entró al imperio de Emilio Azcárraga Vidaurreta. Muy pronto pasó al imperio de su hijo Emilio Azcárraga Milmo, conocido en todo el país como el tigre. Y ahí entendió algo que pocos veían con esa claridad. La televisión mexicana iba a hacer una cosa distinta de la radio, más grande, más íntima, más peligrosa.

Iba a entrar a las cocinas de los mexicanos, a las habitaciones, a las mesas, a las cenas. Y quien hablara desde ese aparato iba a tener un poder que ningún presidente había tenido nunca en la historia del país. Jacobo iba a ser ese hombre, pero antes tenía que demostrar algo muy concreto a quienes manejaban el poder en serio.

Tenía que demostrar que era capaz de decir lo que el régimen necesitaba que se dijera. Sin protestar, sin preguntar, sin temblar, esa prueba llegó antes de lo que él imaginaba. Hay una grabación de audio que durante años circuló entre periodistas viejos de Televisa. Una grabación corta de apenas unos minutos.

En ella, se ha dicho, se escucha una conversación entre Jacobo y un funcionario del gobierno de Adolfo López Mateos. Una conversación que jamás debió hacerse pública. Vamos a regresar a esa cinta más adelante. Cuando López Mateos llegó a la presidencia en 1958, alguien dentro de su gabinete identificó a Jacobo como un activo estratégico.

“Hay un periodista joven, brillante, ambicioso”, le dijeron al presidente. “Entiende el juego, no va a hablar de más, tráiganlo.” En cuestión de meses, Jacobo aceptó un cargo que durante décadas él mismo trataría de minimizar cuando se lo mencionaran en entrevistas. Aceptó ser coordinador de radio y televisión de la presidencia de la República y asesor de la Dirección de Difusión y Relaciones Públicas del Gobierno Federal.

Eso significaba una sola cosa muy concreta. Mientras Jacobo daba las noticias del país en telesistema mexicano, también cobraba un sueldo de Los Pinos. Mientras se sentaba frente a la cámara y le hablaba a millones de mexicanos como si fuera un periodista independiente, en realidad era empleado del mismo gobierno del que supuestamente debía estar informando.

Aquí es donde empieza a tomar forma el secreto asqueroso que durante medio siglo nadie en México quiso conectar con todo lo que vendría después. Cuando inició el sexenio de Gustavo Díaz Oordaz en 1964, Jacobo no solo conservó el cargo, se hizo más cercano al presidente, más imprescindible, más útil, hasta el punto en que ciertos opositores comenzaron a llamarlo de manera burlona el ministro sin cartera.

No era un insulto cualquiera, era una descripción quirúrgica, porque Jacobo, sin necesidad de oficina oficial ni de despacho ministerial, decidía cada noche que iba a saber el país a la mañana siguiente. Era una forma de poder que ningún funcionario electo había tenido nunca en México. Pero entonces ocurrió algo que ni siquiera Jacobo pudo prever, algo que iba a poner a prueba todo lo que llevaba dentro desde la infancia, algo que iba a obligarlo a elegir entre dos identidades que hasta ese momento había logrado mantener juntas, entre el

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