Los neurólogos que posteriormente analizaron el historial médico de Valero, no a él directamente, sino su expediente clínico publicado parcialmente en el proceso judicial de 2010, señalaron que el accidente de 2003 pudo haber agravado o desencadenado los episodios de violencia que se reportaron en los años siguientes, pero en 2003 nadie hizo ese análisis.
El promotor quería que peleara, el equipo quería que peleara y Edwin Valero, que para entonces ya tenía una identidad construida sobre la dureza y el aguante, quería pelear. Volvió al ring el 14 de febrero de 2004, 3 meses después del accidente. Ganó por knockout en el tercer asalto. La máquina seguía funcionando y nadie iba a pararla.
En 2004 se casó con Jennifer Viera. Se habían conocido en Mérida antes de que Edwin se fuera a Japón. Jennifer tenía 20 años. era, según la describían quienes la conocieron, una mujer de carácter fuerte que quería a Edwin con una intensidad que la gente de su entorno reconocía, pero que también los preocupaba porque era imposible no ver las señales.
Las señales estaban ahí desde el principio. Un familiar de Jennifer, que declaró en el juicio de 2010 dijo que ya en 2004, recién casados, hubo episodios de violencia doméstica que Jennifer ocultó. Ella decía que era el estrés del entrenamiento, que cuando no peleaba era diferente. Todos la queríamos y nadie supo cómo ayudarla.
Entre 2005 y 2008, Edwin Valero se convirtió en uno de los boxeadores más espectaculares del mundo. Su estilo era brutal en el sentido más literal. iba hacia delante, encajaba golpes sin pestañar y buscaba el knockout desde el primer segundo. Los rivales lo describían como alguien que no parecía sentir dolor. Sus entrenadores lo describían como alguien imposible de parar una vez que arrancaba.
El público venezolano lo adoraba. Era el dinamita, el hombre que nunca había perdido, el orgullo de Mérida. En enero de 2006 obtuvo su primera oportunidad por el título mundial WBA en la categoría Superpluma contra Julio Díaz. Ganó por knockout en el primer asalto, 48 segundos. El combate duró 48 segundos. El mundo del boxeo empezó a hablar de él en serio.
Las promotoras peleaban por contratarlo. Top Rank, que manejaba a Manny Pacquiao en esa época, lo tuvo en el radar durante meses. Bobarum, el promotor más poderoso del boxeo internacional, declaró en una entrevista de 2007 en Boxing S que Valero era el nouteador más puro que había visto en 20 años. Ese tipo de elogio de esa fuente significaba dinero, significaba peleas grandes, significaba el Madison Square Garden, pero el tatuaje seguía siendo un problema con la Comisión Atlética de Nevada y la de Nueva York. Las dos
comisiones más importantes de Estados Unidos se negaron a licenciarlo y sin esas dos comisiones, las peleas más lucrativas del mundo estaban cerradas para él. Eso generó una frustración que Valero expresaba de formas cada vez más difíciles de ignorar. En 2007, durante un campamento de entrenamiento en Texas, hubo un incidente que sus managers taparon con dinero y acuerdos de confidencialidad.
Los detalles completos nunca salieron a la luz de forma oficial, pero el periodista venezolano Ramsés Mendoza, que cubrió la carrera de Valero desde 2004 hasta su muerte y publicó una investigación en El Universal de Caracas en 2012, documentó que en ese campamento valero golpeó a un sparring con una violencia que excedía cualquier límite de entrenamiento y que el hombre terminó hospitalizado.
El caso se resolvió fuera de los tribunales. El promotor de Valero en esa época comunicó al entorno que habían tomado medidas y que el boxeador estaba recibiendo ayuda. La ayuda consistió en reducir la cantidad de sparrings que tenía acceso a él, no en tratamiento psicológico, no en evaluación neurológica, en reducir el acceso.
Y mientras todo eso pasaba puertas adentro, hay algo que muy poca gente sabe sobre lo que estaba ocurriendo en la casa de Edwin y Jennifer en Mérida, algo que los vecinos vieron, que la familia escuchó y que la gente que tenía la capacidad de intervenir eligió no ver. Jennifer Viera fue hospitalizada tres veces entre 2007 y 2009, tres veces.
La primera, en agosto de 2007 con costilla fracturada. El reporte médico del Hospital Universitario de los Andes en Mérida consignó traumatismo en costado derecho por caída accidental. Jennifer firmó el alta con esa descripción, no denunció. La segunda hospitalización fue en marzo de 2008. Hematomas en el cuello y la ceración en el labio superior.
El reporte dijo, accidente doméstico. Jennifer volvió a casa con Edwin a los dos días. La tercera fue en enero de 2009, esta vez con fractura en el pómulo derecho. El médico que la atendió, cuyo nombre aparece en el expediente judicial del caso Valero, publicado parcialmente por el Tribunal de Control de Carabobo en 2010, escribió en su informe privado, no en el oficial, que los patrones de las lesiones eran incompatibles con accidentes domésticos, que tenía señales de violencia repetida, que recomendaba derivación a servicios sociales. La
derivación nunca se produjo o si se produjo, no llegó a ningún lado. Jennifer tenía dos hijos con Edwin para ese momento. Un niño y una niña vivían en la misma casa. Escuchaban lo que pasaba. El entorno de Valero, managers, promotores, entrenadores. Sabía que había problemas en el hogar. Algunos lo sabían con detalle.
Un exmiembro de su equipo declaró en el proceso judicial que en varias ocasiones se habló de buscarle ayuda a Edwin, pero que cada vez que se planteaba la posibilidad de un tratamiento formal, aparecía el miedo a que eso afectara su carrera. Si se sabía que Edwin tenía problemas mentales, se acababa todo. El negocio se terminaba. El negocio.
Mientras tanto, Edwin Valero seguía ganando. En octubre de 2008 se convirtió en campeón mundial WBC en la categoría ligero al noquear a Antonio Pitalúa en el décimo asalto en Caracas. El estadio estaba lleno, hubo fuegos artificiales. El presidente Hugo Chávez lo llamó personalmente para felicitarlo. Era el héroe nacional.
Y en su casa, Jennifer escondía los moretones con ropa de manga larga. A partir de 2009, las personas que trabajaban con Valero de cerca empezaron a notar algo que iba más allá del alcohol. El consumo de cocaína en el boxeo profesional latinoamericano de esa época no era un secreto bien guardado. Era un secreto que todo el mundo conocía y nadie mencionaba porque el negocio requería esa discreción.
Valero, según varias fuentes cercanas que declararon después de su muerte, llevaba usando cocaína de forma intermitente desde aproximadamente 2006, pero en 2009 el consumo se volvió regular y combinado con el alcohol, con los traumas craneoencefálicos acumulados de años de recibir golpes en el ring y con lo que fuera que llevaba sin resolver desde mucho antes, produjo una inestabilidad que las personas a su alrededor ya no podían manejar.
ni ocultar. En febrero de 2009, la Comisión Atlética de Texas lo detuvo antes de un combate programado tras detectar sustancias en su organismo en los análisis precompetitivos. La pelea se canceló. Los promotores dijeron públicamente que había sido por problemas logísticos. La versión real circuló en foros especializados de boxeo y en algunos medios venezolanos de nicho, pero nunca llegó a los grandes medios.
Edwin fue enviado a una clínica de rehabilitación en Caracas durante seis semanas. Salió antes de tiempo. La clínica emitió un certificado de alta voluntaria, no una alta médica voluntaria. Tres semanas después de salir de la clínica, en mayo de 2009, ganó por knockout en el segundo asalto a Antonio Lozada Junior en Monterrey. Fue una de las peleas más violentas de su carrera.
El árbitro paró el combate cuando Lozada ya estaba inconsciente en el suelo y Valero seguía golpeando el aire, mirando a las esquinas del ring con una expresión que varios periodistas presentes describieron como disociada. El mundo del boxeo aplaudió, pero lo que ocurrió 4ro semanas después de ese combate en un hotel de Caracas fue el preludio exacto de lo que iba a pasar en Valencia 11 meses más tarde.
Y hay personas que lo vieron, que estuvieron ahí y que guardaron silencio. En junio de 2009, Edwin Valero y Jennifer Viera tuvieron una pelea en la habitación de un hotel de Caracas, donde el equipo de Valero estaba alojado durante una semana de compromisos publicitarios. Los detalles de lo que pasó esa noche se reconstruyeron a partir de tres fuentes.
El testimonio de un miembro del equipo que estaba en la habitación contigua declarado en el juicio de 2010. El parte policial que se levantó, pero que fue archivado sin cargos porque Jennifer retiró la denuncia y una entrevista que el periodista venezolano Luis Viloria publicó en el portal meridaboxing.com en 2011 con una fuente que presenció los hechos.
Esa noche Edwin golpeó a Jennifer con suficiente violencia como para que los gritos se escucharan en el pasillo. Dos miembros del equipo entraron en la habitación. Encontraron a Jennifer con sangre en la cara. Edwin estaba sentado en la cama llorando. Llamaron al manager. El manager llamó a un médico privado. El médico vino, atendió a Jennifer y se fue.
No hubo reporte, no hubo denuncia formal, hubo dinero que cambió de manos y silencio que se acordó esa misma noche. Jennifer no denunció. Nunca lo hacía. Y aquí hay que detenerse un momento porque hay una tendencia a simplificar esto diciendo que Jennifer no quería denunciar como si eso fuera una elección libre y fácil de entender. Las mujeres en situaciones de violencia doméstica crónica operan dentro de un sistema de dependencia, miedo y manipulación que hace que la denuncia sea para muchas de ellas la opción que se percibe como más peligrosa. Jennifer
tenía dos hijos. Dependía económicamente de Edwin y vivía en un país donde su marido era un héroe nacional con conexiones políticas que llegaban hasta el gobierno. Denunciarlo era exponerse a quedarse sola, sin recursos, con dos niños en una ciudad donde todo el mundo conocía a Edwin Valero y a ella la conocían como su esposa.
Lo que pasó en ese hotel de Caracas en 2009 no era la primera vez, pero fue la última señal clara antes del final. Y la gente que estaba ahí, la gente que lo vio, eligió proteger la carrera del campeón. El 17 de abril de 2010, dos días antes del crimen, Edwin Valero llegó al Hotel Intercontinental de Valencia, en un estado que el personal describió como agitado. Había viajado desde Mérida.
Llevaba horas en el coche. Llegó solo. Jennifer llegó al día siguiente, el 18. Los hijos no estaban con ellos, estaban con los abuelos maternos en Mérida. Lo que pasó durante el 18 de abril en esa habitación no hay forma de saberlo con certeza, porque la única testigo posible murió esa noche.
Pero hay un dato que el expediente judicial recoge. A las 11:47 de la noche del 18 de abril, alguien llamó desde la habitación 309 a la recepción del hotel para pedir más toallas. La llamada duró 11 segundos. El personal que subió las toallas describió que la puerta se abrió apenas lo suficiente para recogerlas y que quien abrió no pudo precisar si era Edwin o Jennifer.
Tenía la voz ronca y el ojo visible enrojecido. A las 2:23 de la madrugada del 19 de abril, una llamada de emergencia llegó a la policía de Valencia. La llamada fue de Edwin Valero, dijo, “Maté a mi esposa.” Cuando los agentes entraron en la habitación, encontraron a Jennifer en el suelo junto a la cama con una herida de arma blanca en el pecho.
Edwin estaba en la cama, las manos esposadas a la cabecera. Se había esposado él mismo. Las llaves estaban fuera de su alcance. En la mesita de noche. Esperó a que llegara la policía. Jennifer tenía 28 años. Los hijos tenían cinco y tres. Edwin fue trasladado al centro penitenciario de Carabobo y tres días después, el 19 de abril de 2010, exactamente 48 horas después de su detención, fue encontrado muerto en su celda.
La versión oficial fue suicidio, pero hay cosas en esa versión que no encajan. Cosas que los familiares de Edwin preguntaron y que nunca recibieron respuesta, cosas que los abogados que llevaban el caso pusieron sobre la mesa y que desaparecieron cuando el caso se cerró. El reporte oficial del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses de Venezuela estableció que Edwin Valero murió por asfixia mecánica por ahorcamiento.
Utilizó su propia camiseta atada a los barrotes de la ventana de la celda. Eso es lo que dice el reporte. Lo que la familia de Edwin Valero señaló en los meses siguientes a través de su abogado Marco Tulio Gómez fue una serie de inconsistencias que el Estado venezolano nunca respondió de manera satisfactoria.
Primera, Edwin Valero era un preso de altísimo perfil, campeón mundial, caso mediático, con conexiones políticas directas con el gobierno de Hugo Chávez. En circunstancias normales, un preso de ese perfil estaría en celda individual con vigilancia reforzada. El reporte penitenciario de esa noche indica que Valero estaba en una celda compartida con otros tres reclusos.
Los tres reclusos fueron transferidos a otro módulo, la mañana del día en que murió. El registro de esa transferencia está firmado, pero la razón administrativa consignada es reorganización rutinaria de espacios. Segunda, las cámaras del pasillo frente a su celda, según el informe técnico posterior, presentaron una interrupción en la grabación de 47 minutos durante la noche del 19 al 20 de abril.
El informe técnico atribuye esto a un fallo del sistema. El centro penitenciario no tenía sistema de respaldo. Tercera, el médico forense que firmó el acta de defunción determinó la hora de la muerte entre las 2 y las 4 de la madrugada. El parte del guardia de turno indica que el cuerpo fue descubierto a las 6:15, 4 horas sin que nadie revisara la celda de un preso de altísimo perfil.
El abogado Gómez presentó estos puntos formalmente ante el Ministerio Público Venezolano en junio de 2010. El caso fue archivado en octubre de ese mismo año por el fiscal asignado con la calificación de muerte por causas propias, sin indicios de participación de terceros. La familia apeló. La apelación fue rechazada en 2011. Nadie fue investigado.
Nadie respondió. El gobierno de Chávez no emitió ningún comunicado sobre la muerte de Valero. El hombre que lo había llamado personalmente para felicitarlo cuando ganó el título mundial guardó silencio absoluto cuando murió en una celda del estado venezolano. Los dos hijos de Edwin y Jennifer Valero quedaron al cuidado de la familia materna.
Crecieron en Mérida con los abuelos de Jennifer, los mismos que habían visto crecer a su hija y que ahora criaban a los nietos de un hombre que la había matado. La historia pública de Edwin Valero en Venezuela se fue apagando rápido. Los medios que lo habían coronado como héroe nacional cerraron el tema en semanas. Las instituciones del boxeo venezolano emitieron comunicados breves de condolencias y siguieron adelante.
Hay un documental sobre Edwin Valero, producido en 2013 por la televisora venezolana Telev, que dedica 40 minutos a su carrera deportiva y aproximadamente cuatro a Jennifer y a los hechos del 19 de abril. Los productores entrevistaron a exentrenadores, a exmanagers, a periodistas. Nadie que conoció a Edwin habló de las hospitalizaciones de Jennifer.
Nadie habló del incidente de Texas. Nadie habló del episodio del hotel de Caracas en 2009. El documental termina con imágenes de sus peleas y una frase que uno de sus exentrenadores dice a cámara. Edwin fue una víctima de su propio talento. Jennifer Viera tenía 28 años cuando murió. Sus hijos tenían cinco y tres.
Ella no aparece mencionada por nombre en ningún momento del documental. Esta historia tiene responsables que van mucho más allá de Edwin Valero. Hay un promotor que sabía del incidente de Texas en 2007 y pagó para silenciarlo. Hay un manager que estaba en ese hotel de Caracas en 2009 y eligió no actuar. Hay médicos que firmaron reportes falsos.
Hay una federación de boxeo que otorgó licencias de combate a un hombre con historial documentado de daño neurológico y consumo de sustancias. Hay una comisión atlética que lo autorizó a pelear meses antes de su muerte. El boxeo tiene un problema estructural con la violencia que sus atletas llevan fuera del ring y tiene un problema todavía más profundo con la forma en que trata los traumatismos cerebrales de sus peleadores.
El Parkinson de Muhamad Ali, el deterioro cognitivo de Joe Lewis, la depresión severa de Mike Tyson. Todos estos casos se conocen, se documentan y se usan como material de archivo cuando el deportista ya no sirve para el negocio. Cuando todavía sirve, nadie pregunta. Edwin Valero acumuló años de golpes en la cabeza, tuvo un accidente grave con traumatismo craneal y volvió a pelear en dos semanas.
mostró señales de daño neurológico progresivo que se manifestaban en violencia impulsiva fuera del ring. Y el sistema que lo rodeaba promotores, managers, entrenadores, federaciones, comisiones atléticas lo mantuvo peleando porque era rentable. La pregunta que nadie ha respondido de forma satisfactoria es si alguien hubiera intervenido en serio, si alguien hubiera dicho, “Este hombre necesita ayuda antes de que esto acabe mal.
¿Estaría Jennifer Viera viva? Hay personas que vivieron esa historia desde adentro y que saben la respuesta y han guardado silencio durante 15 años. Edwin Valero murió a los 28 años, igual que Jennifer. Los dos nacieron con un año de diferencia, vivieron durante 7 años en la misma casa y murieron con 4 días de separación.
En el mismo mes de abril, sus hijos crecieron sin madre y sin padre. El récord de 27 victorias y 27 knockouts sigue ahí en las bases de datos del boxeo mundial intacto, perfecto, nadie se lo quitó. En Mérida hay un gimnasio de boxeo que lleva su nombre. Se inauguró en 2013. En la entrada hay una foto de Edwin sonriendo con los guantes levantados, el cinturón de campeón cruzado en el pecho.
Es una foto de 2009, 7 meses antes de que matara a Jennifer. La foto sigue ahí. Yeah.