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Maribel Guardia: Acaba De PERDER al Último Recuerdo Vivo de Su Hijo. La Razón Más Cruel

Fue el sello discográfico Musart. Le compraron una canción por 2000 pesos mexicanos de la época. Y a partir de ahí todo cambió. Durante los años 70, Joan compuso para los más grandes del regional mexicano. Le vendió canciones a Antonio Aguilar. Le compuso temas a Vicente Fernández, incluyendo el clásico El ídolo. Le escribió a Lucha Villa, a Lola Beltrán, a Rocío Durcal.

Y poco a poco, con esa voz nasal tan particular y con esos ojos que conquistaban a las mujeres con una sola mirada, fue construyendo una carrera propia como intérprete. Su primer éxito como solista fue maracas, Bongó y Conga, a finales de los 70. Para los años 80 ya era un cantante reconocido. Para los 90 era una figura central del regional mexicano.

Y a partir del año 2000 se convirtió junto con Vicente Fernández y Pepe Aguilar en uno de los tres patriarcas del género en todo Latinoamérica. Mi gente, antes de seguir adelante con esta historia, déjame hacerte una pausa porque sé que muchas de ustedes están escuchando este video mientras hacen otras cosas. Quizá están cocinando, quizá están lavando ropa, quizá están manejando rumbo al trabajo o al supermercado.

Si estás escuchando hasta este momento, eso significa que esta historia te está moviendo algo por dentro. Y eso, justamente eso, es lo que nos motiva a seguir contando estas verdades en este canal. Si quieres ayudarnos a que más mujeres como tú escuchen estas historias contadas con respeto y con investigación de verdad, dale me gusta al video y suscríbete al canal.

No te pido más, solo eso es la forma más sencilla de mantener vivos estos relatos. Sigamos adelante. Pero aquí está el detalle que cambia toda la historia. Joan Sebastian, mientras construía esa carrera, también construyó algo más. Construyó una vida personal donde las reglas del matrimonio convencional simplemente no se aplicaban.

Para los años 90, este hombre tenía relaciones simultáneas con varias mujeres, hijos con cada una y un rancho enorme en Juliántla, donde recibía a sus familias por turnos. No lo escondía, lo presumía. En entrevistas hablaba abiertamente de sus mujeres como si fueran una colección. Las mujeres mismas, mexicanas mayoritariamente, lo aguantaban porque él representaba el sueño imposible.

Era guapo, era famoso, era millonario, era el rey del jaripeo. Y tú conoces ese tipo de hombre. Tú sabes lo que es un hombre que tiene a todas y no es de ninguna. Quizá tu abuelo fue así, quizá el abuelo de tu esposo lo fue. En la generación de nuestros padres ese modelo de masculinidad era normal, era aceptado, era aplaudido.

Incluso con su primera pareja conocida, Teresa González, Joan tuvo tres hijos varones que serían los herederos directos del apellido. José Manuel Figueroa, el mayor, hoy es cantante. Juan Sebastián Figueroa el Segundo sería asesinado en 2010 en circunstancias turbias. Y trigo de Jesús Figueroa, el tercero, sería el primero en caer en agosto de 2006 con una bala en la cabeza en un concierto de Texas.

Recuerda esos nombres, los vas a volver a escuchar en los próximos minutos. Con otra mujer llamada María del Carmen Ocampo, Joan tuvo a Zarelea. De dos noviazgos diferentes nacieron Joana, Juliana y Dav. Y en 1991, en un evento de la farándula mexicana, Joan Sebastian conoció a la mujer que iba a cambiar su vida pública para siempre.

Una costarricense de 32 años, con un cuerpo de modelo, con una sonrisa que paraba el tráfico y con una carrera incipiente en el cine de ficheras y en las telenovelas de Televisa. Se llamaba Maribel Guardia. Y aquí entra la historia la mujer que va a ser tu protagonista de hoy. Esta es la primera víctima nombrada de este guion. Maribel del Rocío Fernández García, que el mundo conoció como Maribel Guardia.

Nacida en San José, Costa Rica, el 29 de mayo de 1959. Hija de una familia de clase media costarricense, ganadora del concurso Miss Costa Rica en 1978 cuando tenía 19 años. Llegó a México a los 20 años, en 1979, con una maleta y un sueño, y en menos de 5 años se convirtió en una de las caras femeninas más reconocibles del entretenimiento mexicano.

Tú la recuerdas, ¿verdad? Tú la viste en el cine de ficheras de los 80. Tú la viste en las portadas de las revistas que comprabas en el súper. Tú la viste en las novelas de Televisa al lado de Luis de Alba, al lado de Eugenio Dervz. Y tú te acuerdas de esa frescura tropical, ese acento costarricense que nunca perdió, esa sonrisa que parecía que no le podía pasar nada malo.

Cuando Maribel y Joan se conocieron en 1991, ella estaba en una relación, pero él insistió. La conquistó con paciencia, con canciones, con cartas, con caballos enviados a su departamento, con flores que llegaban a Televisa todos los días. Maribel se rindió y en 1992 se casaron por la iglesia. Ella tenía 32 años, él tenía 40.

La boda fue uno de los eventos del corazón más importantes de ese año en México. Las revistas vendieron como nunca con las fotos exclusivas y la pareja juntos parecía indestructible. Recuerda esa fecha, 1992. Te la voy a recordar más adelante porque esa fecha es el comienzo de un dolor que iba a durar 34 años.

En 1995 nació el único hijo de esa pareja, Julián Figueroa Fernández. Nació el 2 de mayo de ese año en la ciudad de México. Maribel, que había decidido enfocarse en su carrera y no tener más hijos, vio en Julián la culminación de su vida personal. Era hermoso. Tenía los ojos de su madre y la voz de su padre.

y desde los primeros años de vida mostró interés por la música y los caballos. Joan Sebastián lo llevaba al rancho de Juliantla los fines de semana, le enseñaba a montar, le ponía pequeñas guitarras en las manos, le cantaba canciones en el oído como lo había hecho con sus otros hijos. Era el padre que Maribel siempre había soñado para su hijo único.

Pero esa felicidad iba a durar exactamente 4 años. Porque para entender cómo Maribel Guardia terminó 30 años después con un sobre en la mano y sin nieto, necesitas entender el sistema en el que ella se metió cuando se casó con Joan Sebastián. Y ese sistema, ese mecanismo cultural que hizo posible todo lo que vino después tiene nombre.

Se llamaba el código del jaripeo y funcionaba más o menos así. En el mundo del regional mexicano de los años 80 y 90, el cantante varón era una figura casi mítica. Era el dueño de su sello discográfico, era el dueño de su gira, era el dueño del rancho donde grababa. Era el dueño de las decisiones sobre quién entraba al show, quién salía, quién cobraba, quién cantaba.

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