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JENNI RIVERA: La TRAICIÓN de Sangre que la DESTRUYÓ… Y el Misterioso VIDEO que la llevó a la TUMBA

Un vídeo que mostraba algo que ninguna madre, sobre todo una madre que había sufrido lo que Jenny Rivera había sufrido a lo largo de su vida con respecto al cuerpo de sus hijas debería tener que ver jamás en una pantalla. Segundo, los dos meses que transcurrieron entre el descubrimiento del video y el accidente aéreo del 9 de diciembre, dos meses donde Jenny Rivera tomó decisiones financieras, legales y emocionales que cambiaron la dirección de su imperio.

dos meses donde, según testimonios, alteró el testamento donde reconfiguró su equipo de management, donde finalmente, según las personas más cercanas a ella en esos días, decidió cortar para siempre la relación tanto con su esposo como con su hija mayor. Y tercero,  lo que realmente pasó la última noche en Monterrey, la noche del concierto en la Arena Monterrey, la noche del 4 de octubre, perdón, del 8 de diciembre, las últimas 14 horas de Jenny Rivera antes de subir a un Leerjet 25 modelo 1969 que despegaría a las 3:16 de la

madrugada con destino a Toluca y que jamás llegaría a su destino. Aquí no hablamos de chismes, hablamos de testimonios grabados, de declaraciones públicas de Esteban Loaiza, confirmando episodios concretos, de las propias palabras que Chiquis Rivera ha pronunciado en entrevistas con Adela Micha y otros periodistas a lo largo de los años, y de los registros aéreos oficiales que la prensa especializada en aviación civil ha analizado durante más de una década, sin lograr explicar del todo lo que ocurrió a las 3:18 de la

madrugada del 9 de diciembre de 2000. 12 sobre el cielo de Nuevo León. Para entender como Dolores Janni Rivera Saavedra, nacida en Long Beach, California, el 2 de julio de 1969 terminó convertida en una de las mujeres más empoderadas y al mismo tiempo más solas del espectáculo latinoamericano. Hay que regresar muy atrás, mucho antes del Imperio Musical,  mucho antes de los discos de oro, antes incluso del primer embarazo a los 15 años.

Hay que regresar a una casa modesta en Long Beach, donde una niña aprendió desde muy temprano que ser mujer mexicana en Estados Unidos era cargar con una doble identidad y al mismo tiempo con un doble peso, el peso de las expectativas mexicanas del padre y el peso de las realidades estadounidenses del barrio. una niña que aprendió a hablar dos idiomas, a vivir en dos culturas, a ser dos personas distintas según la habitación de la casa donde se encontrara y a desarrollar desde niña esa coraza específica que tienen las méxicoamericanas de primera

generación,  que entienden antes de tener vocabulario para nombrarlo, que el mundo no las va a regalar absolutamente nada. Long Beach, California, 2 de julio de 1969. En el hospital comunitario de la ciudad nace Dolores Yanni Rivera Saavedra, tercera hija de don Pedro Rivera y de doña Rosa Saavedra, una pareja de inmigrantes mexicanos que había llegado a Estados Unidos a finales de los años 60, buscando lo que millones de mexicanos buscaron en aquella década.

una vida mejor, un trabajo estable, una oportunidad para que los hijos no tuvieran que cargar lo que ellos habían cargado en los pueblos pequeños de Sonora y Jalisco, de donde venían. Don Pedro era un hombre trabajador, con olfato comercial, con esa picardía rural mexicana que en Estados Unidos se traduce rápidamente en capacidad emprendedora.

Doña Rosa era una mujer de carácter fuerte, profundamente católica, con una resistencia silenciosa para soportar las penurias que las inmigrantes mexicanas de su generación aprendieron a desarrollar antes de cumplir los 20 años. Y entre los dos, en un departamento pequeño de Long Beach, fueron criando a una familia que llegaría a tener seis hijos, Pedro Hijo, Gustavo,  Jenny, que sería la primera mujer, Lupillo, Juan y Rosy, una familia católica arruidosa, con valores mexicanos arraigados, donde se hablaba español adentro y se hablaba inglés

afuera,  donde se comía pozole los domingos y hamburguesas los miércoles, donde los hijos crecían entendiendo que pertene cian a dos países simultáneamente y al mismo tiempo a ninguno por completo. Pero el padre don Pedro Rivera tenía un sueño que muy pronto empezaría a empujar a todos los hijos de la familia hacia una dirección que ninguno había pedido.

Don Pedro quería entrar a la industria musical. Había trabajado en construcción durante años. Había vendido tacos en un puesto callejero. Había hecho 1 oficios para mantener a la familia. Pero su pasión real, su sueño verdadero era la música y había decidido, según los testimonios de sus propios hijos años después, que la familia Rivera entera iba a convertirse en una dinastía musical mexicoamericana, sin importar lo que los hijos opinaran sobre el asunto.

Don Pedro empezó comprando un pequeño estudio de grabación casero en 1987. lo instaló en el garaje de la casa familiar. Aprendió por su cuenta los rudimentos técnicos y empezó a producir discos de música regional mexicana para artistas locales que en ese momento estaban empezando a aparecer en los circuitos hispanos del sur de California.

El negocio fue creciendo lentamente y en algún momento de finales de los 80, don Pedro fundó una compañía discográfica pequeña a la que llamó Cintas Acuario y empezó a mirar a sus propios hijos como talento natural para ese sello. Pedro, hijo, fue el primero en grabar, después grabaría Lupillo, después Juan.

Y don  Pedro tenía la esperanza de que algún día Jenny, su única hija mujer, hasta ese momento, también se sumara al proyecto familiar. Pero la pequeña Jenny Rivera tenía otra cosa en mente. Jenny quería estudiar. Jenny era, según los testimonios consistentes de sus propios hermanos y maestros de escuela, la mejor estudiante de la familia.

Sacaba calificaciones excelentes, leía libros con voracidad, soñaba con ir a la universidad, con tener una carrera profesional, con escapar del barrio mexicano de Long Beach y entrar a los círculos profesionales estadounidenses,  donde ella, una muchacha bilingüe e inteligente, podía construir una vida muy distinta a la de sus padres.

Cantar para Jenny era un pasatiempo, algo que hacía a veces en las fiestas familiares para complacer a su papá. Pero no era su vocación. Su vocación era otra. Su vocación era estudiar, crecer, convertirse en alguien que su padre nunca había podido ser porque las circunstancias de su inmigración no se lo habían permitido. Y entonces, a los 14 años recién cumplidos, ocurrió algo que iba a romper para siempre la trayectoria que Jenny había planeado para sí misma, algo que iba a meterla sin que ella lo eligiera del todo, en la dirección que su padre

soñaba, pero por la peor de las vías posibles. Algo que durante los siguientes 40 años Jenny Rivera cargaría como su peor herida y al mismo tiempo como el origen secreto de toda su fuerza emocional posterior. Recuerda esto porque es clave. En 1984, durante una fiesta familiar de cumpleaños en la casa de los Rivera, Jenny de 14 años conoció a un joven local del barrio, un muchacho llamado José Trinidad Marín.

Trino, tenía 19 años. Era 5 años mayor que ella. Era  apuesto o conversador con esa labia callejera específica que los muchachos mexicanos de los barrios californianos desarrollaban temprano para sobrevivir. Y Jenny, que tenía 14 años, pero un cuerpo desarrollado y una madurez emocional precoz, quedó deslumbrada.

Trino la empezó a buscar, la empezó a invitar a salir, aunque ella era todavía menor de edad.  Sus padres, don Pedro y doña Rosa, no lo aprobaron del todo, pero tampoco lo prohibieron con la firmeza necesaria. Y para principios de 1985, Jenny Rivera, con 15 años recién cumplidos, descubrió que estaba embarazada del primer hijo.

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