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Marlene Dietrich: La Mujer Más Deseada del Mundo… que se Escondió para No Envejecer

Una dama no se derrumba. Una dama no se queja. Una dama se mantiene en pie, aunque el mundo entero se incendie a su alrededor. Esa frase se le grabó en los huesos. No la abandonaría jamás, ni en sus horas más altas ni en sus horas más oscuras. La música se vuelve su refugio y su pasión. Estudia violín con una devoción casi religiosa.

Pasa horas frente a la tril repitiendo las mismas escalas hasta que los dedos le duelen. Soñando con los grandes auditorios, imaginándose como una virtuosa de los conciertos. No quiere ser actriz, no piensa en el cine. Su sueño es la sala de conciertos, el arco sobre las cuerdas, el silencio del público antes de la primera nota, el aplauso después.

A los 11 o 12 años hace algo que dice mucho de quién va a hacer. Toma sus dos nombres, Marie y Magdalen, los junta y los funde en uno solo. Marlen, nadie se lo pidió. Lo decidió ella antes de ser una estrella. Antes de ser un mito, antes de que el mundo conociera su cara, esa niña ya se había inventado a sí misma un nombre nuevo.

Ya estaba creando al personaje que un día sería suyo. Mientras tanto, el mundo a su alrededor se incendia, estalla la Primera Guerra Mundial. Alemania se hunde en el horror de las trincheras. Su padrastro, un oficial del ejército con el que su madre se había vuelto a casar, parte al frente y un día llega el telegrama que toda familia teme, no vuelve.

La adolescente crece entre la escasez, el hambre y los nombres de los muertos que se acumulan en cada calle del barrio. Berlín se vacía de hombres y se llena de viudas. Las despensas se vacían, el pan escasea. La niña que practicaba violín en una casa ordenada aprende lo que significa que un mundo entero se derrumbe. Cuando la guerra termina, en 1918, su país está derrotado, humillado y arruinado. El imperio ha caído.

Las calles están llenas de soldados rotos y de banderas que ya no significan nada. Pero el sueño del violín sigue intacto entre las ruinas. Hasta que un día sin aviso se rompe una lesión en la muñeca, según se cuenta, termina con todo. La mano que debía sostener el arco ya no responde como antes.

El dolor y la rigidez vuelven imposible la carrera de concertista con la que había soñado durante toda su infancia. De un golpe, el único futuro que se había imaginado se desmorona delante de ella. El instrumento que era su voz se queda mudo para siempre. Para cualquier joven, eso habría sido el final de algo. Para Marlí fue apenas el comienzo de otra cosa.

Y aquí aparece por primera vez la cualidad que va a definir toda su vida. No se rinde, no se queda llorando lo que perdió. Da media vuelta y busca otra puerta. Si no puede vivir de la música clásica, vivirá del escenario de otra manera. trabaja un tiempo tocando el violín en la orquesta de un cine, acompañando películas mudas en la oscuridad de la sala hasta que la despiden.

Prueba con el teatro, prueba con el canto, prueba con todo. Esa niña criada para la compostura y la perfección estaba a punto de lanzarse de cabeza al lugar más escandaloso de Europa y no había madre, ni Norma, ni Haltung que pudiera detenerla. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Años 20.

El Berlín de la República de Baimar es la ciudad más libre, más salvaje y más decadente del planeta. En sus cabarets se mezcla todo lo que el resto del mundo esconde con vergüenza. Hombres vestidos de mujer, mujeres vestidas de hombre. Música nueva que hace temblar las paredes. Deseo sin disfraz. Noches que no terminan nunca.

En medio de la miseria de la posguerra, Berlín baila al borde del abismo como si supiera que aquella fiesta no podía durar. Witch. Y a ese mundo entra Marlin Detrick, decidida a comérselo. Empieza desde abajo, como todas. Corista en filas de bailarinas que mueven las piernas al unísono.

Papeles diminutos en obras de teatro que nadie recuerda. Pequeñas apariciones en películas mudas. donde apenas se la distingue al fondo. Hace audición tras audición, las pierde. Vuelve a intentarlo al día siguiente pasa hambre. Camina por las calles heladas de Berlín buscando trabajo, con los zapatos gastados y una ambición que no entra en razones.

Durante un tiempo estudia en la órbita de Max Reinhard, el gran genio del teatro alemán. Allí aprende cosas que no se enseñan en ningún manual. Aprende a moverse para que todas las miradas la sigan. Aprende a quedarse quieta en el momento exacto. Aprende que un silencio bien puesto vale más que 1000 palabras y que lo que no se muestra puede ser más poderoso que lo que se muestra.

Pero el aprendizaje no paga el alquiler. Hay inviernos en los que el dinero no alcanza ni para el carbón. Días en los que el almuerzo es un pedazo de pan duro y poco más. Marlí cose sus propios vestidos, arregla sus zapatos. Se maquilla con lo poco que tiene y sale igual a buscar trabajo, siempre impecable, siempre erguida, como si nada le faltara.

La compostura de su infancia se vuelve ahora una armadura. Nadie debe ver el hambre, nadie debe ver el miedo a no llegar nunca a nada. Y en medio de todo eso, sigue subiendo a los escenarios cada noche, robándole un poco de luz a la oscuridad de la posguerra. En esos escenarios descubre algo que muy pocas mujeres de su época se atreven siquiera a imaginar, el poder de jugar con lo masculino y lo femenino a la vez.

Una noche se pone un smoking, un sombrero de hombre, un cigarrillo en los labios y en lugar de parecer menos mujer, parece más deseable que nunca. El público no sabe bien qué está mirando y justamente por eso no puede dejar de mirarla. Aprende la lección que la hará inmortal. La ambigüedad seduce, el misterio atrapa.

Mostrar menos provoca mucho más. Es una época en la que ama con la misma libertad con la que actúa, hombres y mujeres, sin pedir permiso, sin dar explicaciones, sin esconderse del todo en una ciudad donde casi todo está permitido. Para Marlen, el deseo no tiene reglas ni etiquetas. Esa modernidad escandalosa para su tiempo no es una pose ni un truco publicitario, es sencillamente quién es y formará parte de su leyenda durante el resto del siglo.

En medio de ese torbellino, en 1923 se casa. Su marido se llama Rudolp, un asistente de dirección al que conoce en un set de filmación. Es elegante, tranquilo, distinto a ella. Al año siguiente, en 1924, nace su única hija, María. Marln es ahora madre y esposa, pero su matrimonio no se parecerá a ningún otro que el mundo haya visto, porque Rudolph será su esposo durante más de 50 años y casi nunca vivirán bajo el mismo techo.

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