Desde su celda en la cárcel de Turi, en Cuenca, Roldán controlaba pabellones enteros, ingresaba armas, drogas y teléfonos sin que nadie lo detuviera. Ejecutaba sentencias de muerte contra rivales dentro y fuera de las prisiones y todo bajo la protección y el respaldo de Rasquiña. Los dos se convirtieron en la dupla más temida del sistema penitenciario ecuatoriano.
Pero ese equilibrio de poder estaba a punto de romperse de la forma más violenta posible. Los choneros no eran un cartel tradicional, no controlaban toda la cadena del narcotráfico desde la producción hasta la venta final. Eran operadores nacionales, intermediarios especializados en logística y protección armada.
Su función principal consistía en asegurar que la cocaína colombiana llegara intacta a los puertos ecuatorianos y desde ahí a los mercados de Estados Unidos y Europa. Para esto, los choneros establecieron alianzas estratégicas con organizaciones transnacionales de primer nivel.
El cartel de Sinaloa fue su socio más importante. La relación con Sinaloa comenzó alrededor del año 2003. El cartel mexicano necesitaba rutas seguras para mover cocaína desde Sudamérica hacia el norte. Ecuador ofrecía puertos con débiles controles, infraestructura logística consolidada y organizaciones locales capaces de proporcionar seguridad armada.
Los choneros se convirtieron en ese brazo local. Coordinaban el transporte terrestre desde la frontera colombiana. garantizaban que los cargamentos llegaran sin interferencias. Corrompían a policías, militares y autoridades portuarias y cuando era necesario, eliminaban a cualquiera que representara una amenaza. Esta asociación resultó extremadamente rentable.
Millones de dólares fluyeron hacia los choneros. Su estructura creció en número, en armas y en influencia territorial. Pero el verdadero poder de los choneros no residía únicamente en el narcotráfico, residía en su capacidad de operar simultáneamente dentro y fuera de las prisiones. Rasquiña entendió que las cárceles ecuatorianas no eran un obstáculo, eran centros de operaciones.
Desde la penitenciaría del litoral en Guayaquil y la cárcel regional, los choneros dirigían extorsiones, sicariatos, secuestros y coordinaban envíos de droga. Los líderes recluidos vivían en condiciones privilegiadas, tenían acceso a tecnología, lujos, armas y hasta organizaban fiestas con música y fuegos artificiales.
El Estado había perdido el control absoluto. Las prisiones pertenecían a las bandas. La conexión con la mafia albanesa abrió rutas hacia Europa que multiplicaron exponencialmente las ganancias. Emisarios balcánicos comenzaron a operar en Ecuador desde 2009, actuando como intermediarios entre los choneros y la andrangueta italiana.
Uno de los personajes clave fue Rexepi Dritan, considerado por Europol como el emisario criminal balcánico más exitoso en América Latina. Fue detenido en 2014 y recluido en la cárcel regional de Guayas, territorio controlado por los choneros. Allí consolidó alianzas directas con la organización.
Obtuvo prelibertad en 2021. Salió libre y las rutas hacia Europa se fortalecieron. Las operaciones hacia el continente europeo funcionaban con una lógica de cadena descentralizada. La andrangueta contrataba a clanes balcánicos. Los balcánicos subcontrataban a la mafia albanesa y la mafia albanesa contrataba servicios de los choneros.
los lobos o los tiguerones según conveniencia. No había exclusividad. El modelo era flexible. Los contenedores con cocaína oculta entre camarones congelados, banano o flores, salían desde Guayaquil o Manta hacia puertos como Rotterdam, Amberes o Joya Tauro sin ser detectados. El dinero generado alcanzaba cifras estratosféricas.
Se estima que Junior Roldan manejaba alrededor de 18 millones de dólares distribuidos en empresas fachada, propiedades urbanas y cuentas manejadas por testaferros. FITO habría acumulado aproximadamente 23 millones según reportes de la Unidad de Análisis Financiero, pero la mayor parte del dinero se reinvertía en la estructura, en armas, en sobornos, en expansión territorial, en sicarios y en la compra de lealtades políticas.
Junior Roldá aplicó este modelo a la perfección. Desde su celda controló prisiones en Guayas, Sucumbíos y Loja. Organizó la entrada masiva de artículos prohibidos. Coordinó asesinatos en las calles de Guayaquil, Manabí, Santa Elena, los Ríos y el Oro. Y en su cantón natal, El Triunfo, construyó una imagen de falso mecenas. Repartía juguetes a niños, financiaba conciertos populares, donaba dinero en barrios empobrecidos.

Su rostro apareció en murales callejeros como si fuera un héroe local. La estrategia era clara: comprar lealtad, generar simpatía, blindarse con apoyo popular para que nadie se atreviera a delatarlo y funcionó. En el triunfo, Junior Roldán no era visto como un asesino, era visto como un proveedor.
Pero más allá de Sinaloa, los choneros también establecieron contactos con la mafia albanesa, la andrangueta italiana y redes balcánicas especializadas en rutas hacia Europa. Estas organizaciones subcontrataban servicios logísticos a los choneros para garantizar que los cargamentos salieran desde puertos ecuatorianos hacia Rotterdam, Amberes y puertos italianos.
La dinámica era simple. Los choneros no poseían la droga, la custodiaban, cobraban por servicio prestado y si algo salía mal respondían con violencia letal. Este modelo de negocio descentralizado convirtió a Ecuador en un hub criminal global, un corazón logístico del narcotráfico internacional y Junior Roldan se posicionó como uno de sus arquitectos más eficientes hasta que todo comenzó a derrumbarse.
El 28 de diciembre de 2020, Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, caminaba por un centro comercial en Manta. Llevaba poco tiempo fuera de prisión tras obtener una prelibertad polémica y cuestionada. Ese día, sicarios lo interceptaron y lo ejecutaron a tiros frente a decenas de testigos. La muerte de Rasquiña no fue un acto aislado, fue el detonante de una fragmentación irreversible.
Los choneros, la organización que durante dos décadas había funcionado como una confederación de bandas bajo un liderazgo unificado, se quebró en múltiples facciones y con esa ruptura llegó la guerra. Rasquiña había mantenido un equilibrio delicado. Permitía que distintas subestructuras operaran con cierta autonomía, mientras todas respondían a su autoridad central.
Pero cuando murió, ese equilibrio desapareció. Los chillers, los tiguerones, los pipos y los lobos rechazaron someterse a los sucesores naturales. Y esos sucesores eran dos, José Adolfo Macías Villamar, alias Fito y Junior Alexander Roldán Paredes, alias JHR. Ambos habían sido los hombres de confianza de Rasquiña.
Ambos aspiraban al liderazgo absoluto. Y dentro del mundo criminal circularon rumores de que ambos habían estado involucrados en el asesinato de su mentor. Fito y Junior Roldan decidieron no enfrentarse directamente. En cambio, dividieron el poder. Fito formó los fatales, su brazo armado con fuerte presencia en Manabí.
Junior Roldán fundó las Águilas. con base operativa en el triunfo y control territorial en Guayas. Ambas facciones seguían formalmente bajo el paraguas de los choneros, pero en la práctica eran organizaciones semiindependientes con intereses que comenzaban a divergir. Y esa divergencia generó tensiones internas que nadie supo manejar.
Fito era calculador, estratégico, capaz de negociar treguas y pactos. Junior Roldan era impulsivo, violento, obsesionado con demostrar su poder mediante ejecuciones públicas. Mientras tanto, las bandas que habían roto con los choneros comenzaron a formar alianzas propias. Los tiguerones, los lobos y los chicers se unieron bajo el nombre de Nueva Generación en referencia a su asociación con el cartel Jalisco Nueva Generación, rival directo de Sinaloa.
Esta nueva alianza desafió abiertamente a los choneros por el control de rutas, puertos y territorios urbanos. Las calles de Guayaquil se convirtieron en campos de batalla. Las prisiones en escenarios de masacres brutales. En febrero de 2021, 79 reclusos murieron en enfrentamientos simultáneos en tres cárceles.
Cuerpos decapitados, desmembrados, quemados. La violencia alcanzó niveles nunca vistos en Ecuador, pero esa fue solo la primera masacre. En julio de ese mismo año, otra ola de violencia carcelaria dejó 22 presos muertos en la penitenciaría del litoral y en la cárcel de la Tacunga. La alianza entre las Águilas y los Choneros se enfrentó directamente contra los tiguerones y los lobos.
Durante el motín, más de 50 mujeres privadas de libertad fueron retenidas como rehenes. En La Tacunga, una mujer policía fue abusada sexualmente por el líder del pabellón de máxima seguridad. Las imágenes que se filtraron mostraban pasillos cubiertos de sangre, cuerpos mutilados, apilados como trofeos de guerra y presos celebrando victorias con banderas de sus respectivas bandas.
El Estado ecuatoriano había perdido completamente el control y luego vino septiembre, la masacre más brutal. 119 reclusos asesinados en un solo día, la mayoría en la penitenciaría del litoral. Métodos de ejecución que sobrepasaban cualquier lógica humana. Decapitaciones, desmembramientos con machetes, cuerpos quemados vivos dentro de celdas, presos lanzados desde los pisos superiores.
La penitenciaría se convirtió en un matadero donde las bandas no solo mataban a sus enemigos, sino que los destruían como acto simbólico de dominación territorial. Cada cadáver mutilado era un mensaje. Cada cabeza sercenada una advertencia y las autoridades solo podían entrar después de que todo terminara. Junior Roldá participó activamente en esta guerra.
Ordenó ejecuciones masivas contra los lobos y los tiguerones dentro de las prisiones. Coordinó atentados en las calles, amplió su red de sicarios, pero mientras más violencia desplegaba, más se distanciaba de fito. El líder de los fatales comenzó a verlo como un problema, como alguien cuya brutalidad llamaba demasiado la atención de las autoridades y ponía en riesgo los negocios.
Las tensiones crecieron. Algunos informes policiales sugieren que Fito llegó a considerar la posibilidad de neutralizar a Junior Roldan para estabilizar la organización. Pero antes de que eso ocurriera, algo inesperado cambió el tablero completo. En octubre de 2022, Leandro Norero Tigua, alias el patrón, fue asesinado en la cárcel de Cotopaxi.
Norero había sido uno de los financistas más importantes del crimen organizado ecuatoriano. Movía entre 4 y 5 toneladas de droga mensualmente y había lavado aproximadamente ,000. financiaba a los lobos y los tiguerones, enemigos declarados de los choneros. Su asesinato fue interpretado como un golpe estratégico, pero también generó un vacío de liderazgo financiero que desestabilizó aún más el equilibrio criminal.
Las bandas comenzaron a operar con mayor autonomía. Los pactos se volvieron más frágiles y la violencia se intensificó porque ahora no había nadie con suficiente peso para negociar treguas efectivas. Fue en ese contexto caótico que Junior Roldá desde la cárcel regional de Guayaquil comenzó a planear su salida.
Sabía que necesitaba libertad para consolidar su poder frente a Fito. Necesitaba moverse sin restricciones, expandir las águilas, tomar el control absoluto de los territorios que compartía con los fatales. Y para lograr eso, utilizó todas las herramientas a su disposición. Sobornó a funcionarios penitenciarios, presentó certificados de rehabilitación.
Su abogado construyó un expediente impecable que mostraba a un recluso modelo. Origami, yoga, danza folkórica, terapias psicológicas, apoyo comunitario. Todo perfectamente documentado y funcionó. Hasta que en febrero de 2023, Junior Roldan obtuvo algo que muchos consideraron imposible, la libertad.
El 14 de febrero de 2023, Junior Roldán salió de la cárcel regional de Guayaquil. Había obtenido una calificación de buena conducta por parte del Servicio Nacional de Atención a Personas Privadas de la Libertad. Su abogado defendió que Roldan había participado en programas de rehabilitación, origami, yoga, danza folkórica, la justicia ecuatoriana le creyó.
Le impusieron un grillete electrónico de monitoreo y medidas cautelares. Pero Junior Roldan salió libre y eso cambió todo, porque afuera, sin las limitaciones de una celda, su ambición se volvió incontrolable. Un mes después, el 16 de marzo, Junior Roldan organizó una celebración en el triunfo y fue entonces cuando los lobos decidieron eliminarlo.
El ataque fue brutal. Siete personas resultaron baleadas. Junior Roldá sobrevivió, pero quedó herido y en ese momento tomó una decisión que selló su destino. Se quitó el grillete electrónico, desapareció del radar de las autoridades ecuatorianas y huyó hacia Colombia, exactamente hacia Antioquia, hacia Fredonia, hacia el lugar donde tenía células aliadas que supuestamente lo protegerían.
Pero Junior Roldan no entendió algo fundamental. En Colombia las reglas eran distintas y allí nadie era intocable. Junior Roldán llegó a Fredonia pensando que sería temporal, un refugio mientras las aguas se calmaban en Ecuador. Alquiló una finca en la vereda El Mango, zona rural rodeada de montañas y vegetación densa. Llevó consigo escoltas de confianza.
mantenía comunicación constante con sus operadores en el triunfo. Las águilas seguían operando, los negocios continuaban. Según la policía ecuatoriana, Junior Roldan utilizó esos dos meses para consolidar alianzas con estructuras criminales locales. Buscaba expandir su red, asegurar rutas alternativas, fortalecer su posición frente a Fito y los lobos.
Antioquia había sido históricamente un refugio para narcos ecuatorianos. La región ofrecía conexiones con el clan del Golfo. Los controles fronterizos eran débiles. La geografía montañosa permitía esconderse. Fredonia se había convertido en un punto estratégico donde criminales ecuatorianos buscaban protección temporal.
Junior Roldan pasó sus primeras semanas manteniendo un perfil bajo. No salía a zonas urbanas. Sus escoltas realizaban las compras y los contactos, pero con el tiempo comenzó a relajarse, a sentirse seguro y esa sensación de seguridad fue su error fatal. La versión oficial colombiana sostiene que Junior Roldan organizó una fiesta en la finca.

Bebió en exceso, se volvió violento. Agredió a una mujer, un joven de 17 años, testigo de la agresión, tomó un arma y le disparó en la cabeza. Sus guardaespaldas no reaccionaron. El cuerpo fue encontrado horas después en una zona boscosa, cercana, con las manos amarradas a la espalda y un impacto de bala.
Esta narrativa presenta problemas evidentes. Junior Roldan nunca andaba solo, nunca se habría expuesto así. Sus escoltas eran profesionales y la idea de que un adolescente sin experiencia criminal ejecutara a uno de los narcos peligrosos de Sudamérica en medio de una fiesta vigilada por sicarios resulta inverosímil.
Otra versión sugiere que fue una operación coordinada, que bandas enemigas infiltraron su círculo, que lo rastrearon mediante inteligencia desde Ecuador, identificaron sus movimientos, compraron la lealtad de alguno de sus escoltas y cuando identificaron el momento de vulnerabilidad lo ejecutaron. Hay quienes especulan que Fito pudo haber dado la orden, que Junior Roldan se había vuelto demasiado peligroso y que su eliminación era necesaria para estabilizar los choneros.
Esta teoría se refuerza con el hecho de que después de su muerte, Fito intentó consolidar pactos de paz con bandas rivales, algo que Junior Roldan jamás habría aceptado. También existe una tercera hipótesis, la más perturbadora, que Junior Roldán organizó su propia muerte, que el cuerpo en Fredonia pertenecía a otra persona, que sobornó a funcionarios colombianos para que realizaran un cotejamiento dactilar fraudulento, que todo fue un montaje elaborado para desaparecer del mapa criminal y reaparecer bajo otra
identidad. Esta teoría explicaría por qué Ecuador nunca envió investigadores propios, por qué el cadáver fue robado y cremado tan rápido, por qué las águilas nunca nombraron sucesor y por qué comenzó a sonar ese narcocorrido en el triunfo sobre el regreso de la firma. El precedente existía.
Leandro Norero fingió su muerte alegando COVID para evadir a la justicia peruana. fue recapturado dos años después. Si alguien más podía ejecutar un plan similar, ese era Junior Roldán. Lo que sí está confirmado es que el 8 de mayo de 2023 el gobierno ecuatoriano anunció oficialmente la muerte de Junior Roldán.
El ministro del Interior, Juan Zapata, declaró que habían cotejado las huellas dactilares enviadas desde Colombia y que correspondían al criminal buscado. Ecuador cerró el caso. No hubo autopsia independiente, no hubo verificación cruzada, no hubo repatriación del cuerpo. Junior Roldá fue sepultado en envigado sin que nadie de su familia asistiera al entierro.
Y durante 4 meses el caso permaneció archivado hasta que la noche del 12 al 13 de septiembre alguien violó la bóveda 30 y se llevó el cadáver. La exhumación ilegal fue descubierta la mañana del 13 cuando un empleado del cementerio alertó al sacerdote. La policía metropolitana de Medellín inició investigaciones.
Testigos reportaron movimiento inusual la noche anterior. Vehículos sin identificación. Hombres con herramientas. Todo ocurrió un miércoles, día en que el cementerio permanece cerrado al público. Las autoridades determinaron que días antes, individuos presentándose como familiares habían intentado exhumar el cuerpo legalmente con documentos que luego resultaron falsificados.
Al ser rechazados, regresaron por la fuerza, sacaron el cadáver y lo cremaron en un lugar no identificado. El exsecretario de seguridad de Envigado, Rafael Betancurt, confirmó que las investigaciones rastrearon las cenizas hasta Ecuador. Por ley colombiana, un cuerpo producto de muerte violenta no puede ser incinerado sin autorización judicial.
Mucho menos puede ser exhumado y trasladado sin peritajes completos. Pero alguien con recursos suficientes violó todos esos protocolos. Alguien necesitaba que ese cuerpo desapareciera, que no quedaran evidencias, que nadie pudiera verificar mediante AD Emensa si realmente era Junior Roldán.
Y lo lograron porque para cuando las autoridades reaccionaron, solo quedaban cenizas y las cenizas no hablan. La desaparición de Junior Roldá dejó un vacío de poder que nunca fue llenado. Las águilas siguieron operando en el triunfo y Guayas. Pero sin un liderazgo visible. Algunos reportes señalan que Alan Gustavo Arellano, alias a asumió el control, pero su nombre nunca tuvo el peso simbólico de Jr.
Fito, por su parte, intentó consolidar su autoridad como único líder de los choneros. Desde la cárcel regional de Guayaquil, organizó pactos de paz con bandas rivales, incluyendo los tiguerones y los lobos. buscaba terminar con la guerra que desangraba al país. Pero en enero de 2024, Fito escapó de prisión en circunstancias nunca esclarecidas.
Su fuga desató una crisis de seguridad nacional. El presidente Daniel Noboa declaró conflicto armado interno y catalogó a los choneros como organización terrorista. En junio de 2025, Fito fue recapturado y en julio de ese mismo año fue extraditado a Estados Unidos, convirtiéndose en el primer ciudadano ecuatoriano entregado por esa vía.
Enfrenta múltiples cargos federales por narcotráfico, lavado de dinero y conspiración. Su juicio en Nueva York expuso la profundidad de la alianza entre los choneros y el cartel de Sinaloa. Documentos judiciales revelaron que la asociación había sido extremadamente rentable durante casi dos décadas, pero también revelaron algo más, que los choneros ya no eran la fuerza dominante, que los lobos respaldados por el cartel Jalisco Nueva Generación habían ganado territorios clave, que la fragmentación era irreversible.
Ecuador, mientras tanto, se hundió en una ola de violencia sin precedentes. El primer semestre de 2025 fue el más violento en la historia del país. Miles de homicidios, extorsiones masivas, atentados con explosivos, masacres carcelarias que dejaron cientos de muertos. Las instituciones colapsaron bajo la presión del crimen organizado.
La corrupción alcanzó niveles estructurales y las bandas locales, antes subordinadas a los choneros o los lobos, comenzaron a operar de manera autónoma. El modelo de confederación criminal que Rasquiña había construido durante años se desintegró completamente y en el centro de esa desintegración está la figura fantasmal de Junior Roldán.
El 9 de enero de 2024, apenas 8 meses después de la supuesta muerte de Junior Roldán, Ecuador vivió uno de sus días más oscuros. Un grupo armado perteneciente a los Tiguerones asaltó en vivo las instalaciones de TC Televisión en Guayaquil. Tomaron rehenes, amenazaron con ejecutarlos frente a las cámaras. El país entero observó aterrorizado mientras hombres encapuchados con fusiles de asalto controlaban un canal de televisión nacional.
Ese mismo día, en distintos puntos del país estalló una ola coordinada de violencia. Explosivos, quema de vehículos, enfrentamientos armados y la confirmación de que Fito había escapado de prisión en circunstancias nunca esclarecidas. El presidente Daniel Noboa declaró conflicto armado interno.
Catalogó a 22 organizaciones criminales, incluyendo los choneros y los lobos como grupos terroristas. desplegó a las fuerzas armadas en las calles, intervino militarmente las prisiones, pero la violencia no cesó porque el problema no era solo fito, el problema era estructural, décadas de negligencia institucional, corrupción sistémica, pobreza que empujaba a miles de jóvenes hacia las bandas y un narcotráfico internacional que había convertido a Ecuador en pieza fundamental.
de sus operaciones globales. Porque Junior Roldá no es solo un narco muerto o desaparecido. Es un símbolo de cómo el crimen organizado ecuatoriano evolucionó desde pandillas locales hasta redes transnacionales capaces de desafiar al Estado. Es la prueba de que las prisiones se convirtieron en cuarteles generales del narcotráfico.
Es la evidencia de que la justicia ecuatoriana otorgó libertades a criminales peligrosos. bajo argumentos absurdos. Y es quizás la demostración más clara de que en el mundo del narcotráfico la verdad siempre es negociable. Su muerte oficial ocurrió el 6 de mayo de 2023, pero su cadáver desapareció y su organización sigue operando.
En el triunfo, el cantón donde Junior Roldán forjó su leyenda. Los murales con su rostro fueron borrados por orden de las autoridades, pero en las calles, en voz baja, algunos todavía hablan de él en presente. Dicen que nunca murió, que está escondido en algún lugar de Colombia o Venezuela, que sigue dirigiendo las águilas desde las sombras, que el robo del cadáver fue para proteger su identidad.
Son rumores, teorías sin pruebas concluyentes, pero en un país donde las instituciones perdieron credibilidad, donde los criminales escapan de prisiones de máxima seguridad, donde los cadáveres desaparecen de cementerios vigilados, los rumores se vuelven realidad alternativa. La Fiscalía Colombiana mantiene abiertas las pericias sobre el caso Roldán, bajo reserva, sin fechas de cierre.
La Fiscalía ecuatoriana investiga el lavado de 18 millones de dólares que Junior Roldán dejó en manos de testaferros, incluyendo su hijo Aael Alexander Roldán, detenido en abril de 2024. Ese dinero está disperso en empresas de fachada, propiedades urbanas, cuentas offshore, un imperio criminal construido en silencio mientras las autoridades miraban hacia otro lado.
Y ese imperio sigue funcionando porque Junior Roldá, vivo o muerto, real o fantasma, dejó una estructura operativa que no depende de su presencia física. Lo que queda es una pregunta sin respuesta definitiva. ¿Fue Junior Roldan el arquitecto de su propia desaparición o la víctima de una venganza criminal? ¿Está vivo en algún rincón remoto de Sudamérica o sus cenizas realmente llegaron a Ecuador? Las autoridades de dos países no tienen respuestas.
Las bandas criminales guardan silencio y las águilas siguen volando sin que nadie sepa quién las dirige realmente. En el mundo del narcotráfico, desaparecer no siempre significa morir, a veces significa renacer bajo otro nombre. Y Junior Roldan entendió eso mejor que nadie. El 4 de septiembre de 2025, Estados Unidos dio un paso sin precedentes.
El Departamento de Estado designó oficialmente a los choneros y los lobos como organizaciones terroristas extranjeras. La medida firmada por el secretario de Estado, Marco Rubio, reconoció lo que Ecuador llevaba años negando, que estas organizaciones no eran simples bandas criminales, eran estructuras transnacionales con capacidad de sembrar terror, controlar territorios y desestabilizar naciones enteras.
La designación implicaba sanciones económicas, congelamiento de activos y cooperación internacional para su desmantelamiento. Pero también llegó tarde, demasiado tarde, porque para entonces los choneros ya habían mutado, ya no existían como organización unificada, eran fragmentos dispersos, operando bajo distintos nombres y liderazgos.
Y Junior Roldan, si alguna vez existió realmente después de mayo de 2023, fue testigo de esa transformación desde donde quiera que estuviera. Vio como su proyecto, Las Águilas, sobrevivió a su ausencia. Vio como Fito fue capturado, extraditado y enfrentó juicio en Nueva York. Vio como los lobos ganaron territorios que antes pertenecían a los choneros y vio como Ecuador, el país que lo vio nacer y lo convirtió en leyenda criminal, se hundía cada vez más profundo en una espiral de violencia que
parecía no tener fin. Su historia termina donde comenzó, en las sombras, entre la verdad y los rumores del bajo mundo, entre un cadáver sin confirmar y una organización que nunca se detuvo. Y en ese espacio gris donde la ley no alcanza y la justicia es solo una palabra vacía. Junior Roldan sigue siendo lo que siempre fue, un fantasma del crimen organizado latinoamericano, un hombre que desafió a los choneros y luego se desvaneció dejando únicamente preguntas sin respuesta y un
narco corrido que todavía suena en las calles del triunfo hablando del regreso de la firma. M.