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El expediente manchado de sangre que destrozó a Ecuador

El expediente manchado de sangre que destrozó a Ecuador: Cómo la primera mujer comandante de la Policía Nacional se convirtió en la “Madrina” de la mafia albanesa y pactó con las élites, hasta que una fiscal inquebrantable arriesgó su propia vida para desenmascarar el narcoestado oculto en las sombras institucionales.

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La primera mujer en comandar la policía de Ecuador, un alias que le puso la mafia albanesa y una fiscal que apostó su vida para perseguirla. Lo que estás a punto de ver no es un escándalo político, es el mapa completo de cómo el crimen organizado compró un país entero desde adentro. El 31 de marzo de 2023, en una villa de lujo frente al mar en Punta Blanca, provincia de Santa Elena, los agentes de criminalística encontraron cuatro cuerpos.

 Estaban maniatados con señales evidentes de tortura prolongada. Uno de ellos era Rubén Cherres Fayoni, 63 años, empresario de Guayaquil, hombre de las élites, amigo íntimo del cuñado del presidente de la República. Cherres no era un narco de esquina, era el tipo que llamaba por teléfono a funcionarios de B Ecuador, de la aduana nacional y de la Corporación Nacional de Electricidad para pedir favores.

 era el hombre que hacía puentes entre el palacio de Carondelet y los líderes de la mafia de los Balcanes occidentales, que habían decidido instalar su base de operaciones financieras en Ecuador. Y alguien, en algún momento entre la noche y el amanecer de ese 31 de marzo, decidió que Rubén Cherres ya había cumplido su función.

La escena del crimen en Punta Blanca tenía una característica que los investigadores forenses anotaron de inmediato en sus informes. No era una ejecución improvisada, era un mensaje calculado, enviado con la frialdad de quien conoce perfectamente el peso institucional que protege a las personas que acaba de eliminar.

 un mensaje que decía sin palabras que las reglas del juego habían cambiado, que la organización ya no necesitaba a su enlace corporativo. que nadie sabía todavía. Fuera de un puñado de fiscales y agentes de inteligencia que trabajaban en silencio desde hacía casi dos años. era que la muerte de Cherres no era el inicio de la historia, era el fin de un ciclo, el momento en que una red criminal de escala transnacional, construida pacientemente durante más de una década dentro de las instituciones del Estado ecuatoriano, empezaba a

devorar a sus propios operadores para sobrevivir. Para entender por qué mataron a Rubén Cherres en esa playa, hay que retroceder casi 15 años. Hay que ir a los puertos de Guayaquil a las 3 de la mañana, cuando las grúas pórtico mueven contenedores de banano bajo luz artificial y nadie hace preguntas, hay que ir a las notarías, donde un ciudadano albanés registró ocho empresas en un solo día sin que ningún funcionario levantara la vista del escritorio.

 Y hay que ir, sobre todo, a los corredores del palacio de Carondelet, donde una reunión que nunca existió oficialmente selló el destino de una investigación que podría haber cambiado la historia institucional de Ecuador. Hay dos protagonistas centrales en este expediente. La primera es Taña Yokonda Varela Coronel, 59 años y Barreña. Primera mujer en la historia del Ecuador en alcanzar el grado de general de distrito y en comandar la policía nacional.

 La mujer que la mafia albanesa apodó con una mezcla de respeto y utilitarismo, la madrina. La segunda es Diana Salazar Méndez, también ibarreña, fiscal general del Estado, la funcionaria que decidió perseguirla, aunque eso significara ponerse en el centro de la tormenta política más peligrosa de la última década en Ecuador. dos mujeres de la misma ciudad, dos trayectorias que colisionaron en el punto más oscuro del estado ecuatoriano, una que ascendió hasta la cima del poder policial y según los expedientes judiciales usó esa cima para proteger

una red criminal y otra que desde una oficina rodeada de amenazas decidió que ese expediente no podía archivarse. Este documental es la historia de ese choque. la historia de los archivos que no debían existir, de los oficiales de inteligencia que guardaron copias digitales de pruebas clasificadas como póliza de vida de los generales que movieron piezas en el tablero institucional para proteger a una organización criminal que les resultaba conveniente y de una fiscal que entendió que en este caso la única manera de

ganar era no pararse nunca. En este país los casos se archivan. Los testigos se transfieren, los expedientes se pierden y los que insisten en buscar la verdad terminan solos en una sala de audiencias, mirando como el sistema que juraron proteger los mira de vuelta como si fueran el problema. Antes de que existiera el caso, antes de que hubiera un expediente o un alias o una fiscalía dispuesta a perseguirla, hubo una decisión, una decisión tomada en silencio en los niveles más altos de una institución pública que convirtió la

infiltración del crimen organizado en política institucional. Te vamos a contar exactamente cuándo y cómo ocurrió eso y por qué nadie que tenía el poder de detenerlo movió un solo dedo. El año 2009 fue en retrospectiva el punto de entrada. Dritanga, ciudadano de nacionalidad albanesa, llegó a Ecuador con la discreción característica de quien viene a quedarse.

 No llamaba la atención, no ostentaba. abrió empresas en Guayaquil, se movió en los circuitos del comercio de exportación agrícola y comenzó a construir con una paciencia que solo tienen los que operan en horizontes de tiempo que los estados democráticos normales no pueden sostener, la infraestructura logística que necesitaba.

En 2013 obtuvo la ciudadanía ecuatoriana. Con eso pudo acceder a la propiedad directa de tierras agrícolas en Guayas y los Ríos. No era un dato menor. En un país donde el banano es el segundo producto de exportación más importante. Controlar tierras agrícolas significa controlar parte de la cadena de embarque que termina en los contenedores que salen por los puertos de Guayaquil hacia Europa.

 Gajaca lo entendió antes que cualquier fiscal ecuatoriana. Dos años antes de que Jika llegara al país, en 2011, había llegado otro albanés, cuyo nombre se convertiría en el eje de la investigación transnacional, Dritan Rex Happy. Su perfil era diferente al de Jica. Rexepi no era el hombre de los negocios corporativos, era el articulador de la logística del narcotráfico, el que conocía las rutas, los puntos de contacto con los cargamentos colombianos, los procedimientos de contaminación de contenedores, lo detuvieron, lo procesaron y aún desde prisión continuó

coordinando envíos masivos de cocaína hacia Europa occidental, lo cual dice todo lo que hay que saber sobre la profundidad de la red que ya operaba en el país. Ecuador entre 2011 y 2021 ejecutó una transformación silenciosa que muy poca gente documentó en su momento. Pasó de ser un país de tránsito, un corredor por donde la pasta base colombiana simplemente cruzaba hacia los puertos a convertirse en un centro estratégico de acopio, refinamiento logístico, exportación transatlántica.

 y blanqueo de capitales. Esa transformación no ocurrió por accidente. Ocurrió porque alguien abrió las puertas institucionales que debían estar cerradas. En enero de 2020, el Congreso Ecuatoriano promulgó la Ley de Emprendimiento e Innovación. Una de sus disposiciones más celebradas en el sector empresarial fue la introducción de las sociedades por acciones simplificadas conocidas como las SSAS.

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