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Fernando Colunga: 30 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Contrato del Falso Galán

Fernando Colunga: 30 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Contrato del Falso Galán

El 29 de febrero de 2024, en un hospital privado de Miami, Fernando Colunga entró como si no fuera Fernando Colunga, cubierto con una mascarilla, rodeado de seguridad, caminando por pasillos controlados, lejos de las cámaras, lejos de los gritos, lejos de ese público que durante 30 años lo creyó el galán más perfecto de la televisión mexicana.

 No estaba llegando a una alfombra roja, no estaba grabando una escena de amor real, estaba entrando a un cuarto blindado por el silencio, mientras afuera nadie debía saber demasiado. Ese hombre que vendió besos eternos en María, la del barrio Esmeralda, la usurpadora y tantas telenovelas que marcaron a millones, llevaba décadas viviendo como si su propia vida fuera una escena prohibida.

Fernando Colunga no fue solo un actor, fue un producto, una fantasía, un rostro fabricado para que las mujeres soñaran, para que Televisa vendiera, para que la industria mantuviera intacta la imagen del hombre perfecto. Pero detrás de ese traje impecable, de esa voz firme y de esa sonrisa que parecía no romperse nunca, se escondía una pregunta brutal.

¿Cuánto cuesta sostener una mentira [música] durante 30 años? Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como un joven que estudió ingeniería y empezó como doble de riesgo en 1988, terminó convertido en el galán más vigilado de México. Segundo, las versiones que hablaron de habitaciones presidenciales, vuelos privados y un presunto vínculo político que Fernando nunca confirmó públicamente.

Tercero, el contrato que según la prensa de espectáculos le pagaba 2 millones de pesos al mes, pero también lo encerraba en una jaula de oro donde su imagen valía más que su libertad. Y cuarto, la escena más triste de todas. El día en que la fama, el dinero y los guardaespaldas no pudieron comprarle el derecho de despedirse de su propio padre.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero guarda esta frase en tu mente. El galán no podía romperse porque cuando lleguemos al final vas a entender que Fernando Colunga no actuó solo frente a las cámaras, actuó toda su vida. Todo comenzó mucho antes de los trajes impecables, [música] mucho antes de los besos frente a una cámara, mucho antes de que millones de mujeres en América Latina creyeran que Fernando Colunga era el hombre que no existía en la vida real.

 Ciudad de México, 3 de marzo de 1966. En una casa ordenada, discreta, sin escándalos, [música] nace Fernando Colunga Olivares, hijo de un ingeniero civil llamado también Fernando Colunga [música] y de Margarita Olivares. No nació en un rancho perdido, no nació en una familia destruida por el hambre, no llegó al mundo con una tragedia visible en la frente.

 Y quizá por eso su historia es más peligrosa, porque hay prisiones que no parecen prisiones. Hay jaulas que se construyen con disciplina, buenas costumbres y silencio. Fernando creció como hijo único, protegido, educado, rodeado de una estabilidad que parecía perfecta, pero guarda esta palabra, perfecto, porque esa palabra lo iba a perseguir toda la vida.

 Antes de ser el galán que Televisa vendería como sueño nacional, [música] Fernando fue un joven que parecía destinado a una vida completamente distinta. Estudió ingeniería civil. Imagina eso por un momento. [música] El hombre que después levantaría pasiones en María, la del barrio, Esmeralda y Amor Real. Al principio aprendía a calcular estructuras, a medir terrenos, a pensar en concreto, planos [música] y resistencia de materiales.

 No había cámaras, no había club de fans, no había [música] productores peleándose por su rostro. También trabajó lejos del glamour, administró un negocio de autopartes. [música] Fue bartender. Hizo trabajos de oficina, oficios normales, días normales, una vida normal. Esa clase de vida que no aparece en las portadas, pero que permite a un hombre respirar sin que nadie le exija sonreír de cierta manera.

 Pero el destino no lo llamó con aplausos, lo llamó con una motocicleta. 1988, [música] Dulce Desafío, una telenovela juvenil de Televisa. Fernando no entra como estrella, entra desde atrás, desde el riesgo, desde el cuerpo usado para que otro brille. Lo contratan como doble de acción de Eduardo Yáñez porque sabe manejar motocicleta, porque tiene físico, porque puede caer, acelerar, girar, exponerse sin que el público sepa su nombre.

Piensa en eso. El futuro galán más famoso de las telenovelas empezó siendo una sombra, el cuerpo que protegía al protagonista, [música] el hombre que hacía el peligro mientras otro recibía el primer plano. Y ahí nació la primera mentira. No una mentira dicha con palabras, una mentira fabricada con imagen.

 Fernando entendió que su cuerpo podía abrir puertas, que su presencia podía valer dinero, que la televisión no siempre buscaba verdad, sino una figura capaz de sostener una fantasía. Primero fue la motocicleta, [música] después fue el rostro, después fue la mirada, después fue [música] el silencio.

 A principios de los años 90, Televisa lo absorbió como solo Televisa sabía absorber a sus elegidos. Lo formó, lo pulió, [música] lo iluminó, lo convirtió en un molde. María Mercedes en 1992 lo acercó al fenómeno Talía. María la del Barrio en 1995 lo colocó frente a una audiencia inmensa. Esmeralda en 1997 lo volvió una obsesión.

 La usurpadora reforzó su nombre. Amor real en 2003 terminó de sellar el mito. Fernando ya no era solo un actor, era el novio imaginario de un continente. Tenía que [música] mirar como príncipe, caminar como príncipe, besar como príncipe, defender a la mujer amada como príncipe y sobre [música] todo no fallar nunca. Porque el galán de telenovela no envejece como un hombre común, no duda, [carraspeo][música] no tiembla, no se rompe, no tiene una vida privada que contradiga el sueño.

 La máscara debía seguir intacta. Mientras más grande se hacía su fama, más pequeña se volvía su libertad. Los pasillos de Televisa lo aplaudían, pero también lo encerraban. Cada éxito era una puerta que se cerraba detrás de él. Cada portada vendía al hombre perfecto, pero el hombre real [música] iba desapareciendo poco a poco detrás del personaje.

 Y aquí está la herida que casi nadie [música] mira. Fernando Colunga no fue destruido por el fracaso, fue atrapado por el éxito. Porque cuando un actor se vuelve demasiado rentable, deja de pertenecerse. Su sonrisa tiene dueño. Su silencio tiene precio. Su vida se convierte en propiedad de una industria que no perdona grietas.

 Y Fernando, el muchacho que empezó como doble en una motocicleta, estaba a punto de descubrir que el verdadero accidente no ocurrió en Dulce Desafío. Ocurrió cuando aceptó convertirse en el hombre perfecto. La perfección siempre cobra renta. Y en el caso de Fernando Colunga, esa renta no se pagaba solo con trabajo, ni con horas de grabación, ni con sonrisas frente a la prensa.

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