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CANELO ÁLVAREZ: LA ASQUEROSA VERDAD QUE MARISOL GONZÁLEZ OCULTÓ MÁS DE 13 AÑOS

CANELO ÁLVAREZ: LA ASQUEROSA VERDAD QUE MARISOL GONZÁLEZ OCULTÓ MÁS DE 13 AÑOS

El boxeador mejor pagado de la historia de México, campeón en cuatro divisiones distintas, más de 60 victorias, 40 de ellas por knockout. Y ese mismo hombre con cinco hijos de cuatro mujeres diferentes, destrozando a la Miss México del 2003 con la asquerosa traición que le hizo a días de la boda con toda su familia sin poder volver a pisar México y su propio hermano retenido contra su voluntad mientras él peleaba en Nueva York.

 Hoy vas a saber qué le hizo a Miss México que ella cayó durante 13 años, qué hizo el Canelo para que su familia jamás pudiera volver a México y aún más oscuro. ¿Quién retuvo a su hermano y a cambio de qué lo soltaron? Pero para entender por qué el campeón más millonario del boxeo mexicano, el muchacho pelirrojo que aprendió a pelear en las calles de Juanacatlán, terminó construyendo una vida con cinco hijos repartidos entre cuatro mujeres distintas y una familia entera viviendo fuera del país que él dice representar.

Hay que retroceder a un autobús urbano de Guadalajara, a una bolsa de hielo y a un sueño de ocho hermanos, vendiendo paletas para llegar a fin de mes. Era el 18 de julio del 90, una clínica modesta del municipio de Juanacatlán, en las afueras de Guadalajara. A las 4:20 de la tarde nació el octavo hijo de la familia Álvarez Barragán.

 Un niño pelirrojo de piel clara, ojos color miel. Sus padres lo registraron con dos nombres, Santos por su padre, Saúl por la abuela. Apellido Álvarez Barragán. Santos Álvarez tenía 42 años aquella tarde. Trabajaba en el campo desde los 12. Sembraba maíz en una parcela rentada. Salía de la casa antes del amanecer. Volvía cuando ya estaba oscuro.

 Cargaba siempre las manos con tierra seca debajo de las uñas y mantenía a una familia de 10 personas con un salario que apenas alcanzaba para los frijoles. Ana María Barragán tenía 39. Cargaba al niño número ocho con las mismas manos con las que había cargado a los otros siete. Rigoberto, Daniel, Ricardo, Víctor, Gonzalo, Ramón y Ana Helda.

 la única hermana mujer en una casa llena de hombres. Cuando Santo Saúl llegó al mundo aquella tarde de julio, su madre supo, por la forma en que el niño abrió los ojos al mirarla, que iba a ser distinto a los demás. El pelo rojo se lo notaron al tercer día y la primera palabra que oyó el niño de pequeño en la casa de los Álvares Barragán fue una palabra que iba a marcarlo para siempre.

Canelo. Ese apodo de niñez cargado al principio con cariño y con un poco de burla iba a convertirse 22 años después en una marca registrada que mueve más de 200 millones de dólares por cada pelea. Pero antes de los 200 m000ones, el muchacho pelirrojo de Juanacatlán tuvo que subir a un autobús urbano todos los sábados de su infancia con una bolsa de hielo en cada mano para llevar dinero a su casa.

 El negocio familiar de Los Álvarez Barragán eran las paletas de hielo, una pequeña paletería en el centro de Juanacatlán, montada por Santos Álvarez en los años 80 después de dejar el campo. La paletería sobrevivía a base de horas de trabajo familiar. Toda la casa preparaba paletas, toda la casa salía a venderlas. A los 7 años, el pequeño santo Saúl ya tenía su ruta asignada.

 Los sábados por la mañana, su padre lo levantaba a las 6, le ponía una sudadera gris con capucha para esconder el cabello rojo, porque al niño le daba pena salir así a la calle. Le entregaba dos bolsas de hielo con 25 paletas adentro cada una y le decía la misma frase todas las semanas. Parado en el portón de la casa, regrésate cuando ya no quede ni una.

 El niño se subía al autobús urbano de la ruta 56. Recorría el centro de Juana Acatlán, pasaba a las colonias de la periferia, caminaba por el mercado, le gritaba a los pasajeros la frase que le había enseñado su hermano Rigoberto. Paletas de hielo, sabor limón, sabor mango, sabor tamarindo, 10 pesos cada una. Algunos pasajeros le compraban por compasión, otros se reían del pelirrojo, algunos le decían canelo y a él le bajaba la cara.

 Pero el niño regresaba siempre con la bolsa vacía y le entregaba el dinero a su padre sin contarlo. Esa frase del padre dicha cada sábado a las 6 de la mañana le enseñó al muchacho dos cosas que iban a marcar todas las decisiones de su vida adulta. La primera, no volver sin haber terminado el trabajo. La segunda, que el cariño en su casa se medía en producto vendido.

 Si no había producto vendido, no había cariño. Esa segunda lección, aprendida en un autobús de Juanacatlán a los 7 años iba a convertirse 20 años después en la regla con la que el muchacho pelirrojo iba a tratar a cada mujer que entró en su vida. Cada relación funcionaba como una venta. Si ya estaba cerrada, había que abrir la siguiente. Sin remordimiento, sin pausa.

A los 10 años, Santo Saúl empezó a entrenar boxeo con su hermano mayor, Rigoberto. Rigoberto Álvarez tenía 18 años cuando lo metió por primera vez al gimnasio. Era un gimnasio modesto de la colonia Las Pintas. Olía a sudor viejo y a vaselina. El piso del cuadrilátero estaba parchado con cinta gris y había una frase escrita con marcador negro en la pared del baño que el niño nunca olvidó.

 Aquí no hay segundas oportunidades. Rigoberto tenía un sueño, convertirse en campeón mundial. Para conseguirlo, había abandonado la escuela, había dejado el negocio familiar de las paletas y había convencido a sus padres de que el boxeo era el único camino para sacar a la familia de la pobreza. A los 14 años, Santo Saúl ya tenía 30 peleas a Mateur ganadas.

 A los 15 empezó a entrenar formalmente con miras a profesional. A los 16 se quitó la sudadera con capucha por primera vez. Salió a la calle con el pelo rojo descubierto y le dijo a su madre parado en la cocina mientras ella picaba cebolla para la comida. Una frase que ella nunca olvidó. Le dijo, “Voy a comprarle una casa nueva a mamá.

 una grande, una donde quepamos los 10. donde quepamos los 10. Ana María Barragán asintió sin levantar la mirada. Ella había escuchado la misma promesa antes, hecha por Rigoberto, después por Ricardo, después por Gonzalo. Cuatro de sus siete hijos varones ya le habían prometido la misma casa nueva y todavía vivían los 10 en la misma casa vieja de Juanacatlán.

 Pero esta vez la madre sintió algo distinto. Sintió que el pelirrojo no estaba prometiendo, estaba avisando. 4 años después de esa frase en la cocina, los siete hermanos varones de la familia Álvarez Barragán entraban al récord Guinness por algo que jamás se había hecho en la historia del boxeo mundial.

 Pero ese mismo año, el muchacho pelirrojo ya empezaba a vivir una segunda vida que su madre no podía ni imaginar. Era el 28 de junio del 2008. Auditorio Benito Juárez de Zapopan, a 15 km de Juana Acatlán. Esa noche, los siete hermanos varones Álvarez Barragán subieron al cuadrilátero en la misma función de boxeo. Rigoberto, Daniel, Ricardo, Víctor, Gonzalo, Ramón y Santo Saú.

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