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El Traductor Que ESCUCHÓ Las 9 Palabras Que El Che Dijo Para Fidel — 55 Años Después REVELA Todo

 

En ese momento nadie sabía que Diego Vargas, el joven traductor de 19 años escondido en esa habitación de La Paz, escucharía las nueve palabras que el Cheegevara le pidió transmitir a Fidel Castro antes de morir. Lo que el Che confesó esa noche de noviembre de 1966 destruiría para siempre la imagen del revolucionario perfecto que nunca se equivocaba.

 Noviembre de 2021, Santa Cruz, Bolivia. Diego Vargas, de 74 años, se sienta frente a la cámara por primera vez en su vida. Sus manos tiemblan mientras sostiene un cuaderno amarillento con notas escritas a mano en 1966. He esperado 55 años para contar esto dice con voz quebrada. Esperé a que Fidel muriera en 2016. Esperé a que todos los protagonistas desaparecieran, pero yo estuve allí.

 en esa habitación de la paz, cuando el Cheegevara pronunció las palabras más dolorosas de su vida. Y ahora, antes de irme, el mundo merece saber la verdad sobre lo que realmente pasó. Diego era solo un estudiante universitario cuando su vida cambió para siempre. Cursaba el tercer año de lenguas modernas en la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz, cuando un día de noviembre de 1966 Miss su profesor de quechua, el Dr.Hasta la victoria siempre": ¿se equivocó Fidel Castro al pronunciar la  frase más famosa del Che? - BBC News Mundo

Ramiro Sánchez, lo llamó a su oficina. Diego, necesito que me hagas un favor muy especial, le dijo el profesor con seriedad inusual. Mañana tendrás que acompañarme a una reunión importante. No puedes decirle a nadie, ni siquiera a tu familia. Es un asunto de seguridad nacional. Diego, un joven humilde de familia campesina que había llegado a la ciudad con una beca, no entendía por qué su profesor lo elegía a él.

 ¿Qué tipo de reunión, profesor? Una reunión con personas muy importantes del movimiento comunista. Necesitarán un traductor de quechua y español. Tú eres el mejor estudiante que tengo. Diego aceptó sin saber que estaba a punto de convertirse en testigo de uno de los momentos más cruciales de la historia latinoamericana.

 Al día siguiente, 4 de noviembre de 1966, el profesor Sánchez llevó a Diego a una casa segura en el barrio de Sopocachi, en La Paz. Era una vivienda modesta por fuera, pero por dentro estaba llena de guardias armados. Mantente en silencio”, le susurró el profesor. “Solo traduce lo que te pidan y no hagas preguntas.” Diego sintió como su corazón latía con fuerza.

 En la sala principal había tres hombres sentados alrededor de una mesa de madera. Uno de ellos era Mario Monje, secretario general del Partido Comunista de Bolivia, a quien Diego reconoció de las fotografías en los periódicos. El segundo era un hombre mayor con gafas que Diego no conocía. Y el tercero, el tercero hizo que Diego contuviera la respiración.

 Llevaba barba espesa, boina negra y tenía esos ojos penetrantes que Diego había visto en mil carteles revolucionarios. Era Ernesto Cheguevara, el guerrillero más famoso del mundo, el hombre que había luchado junto a Fidel Castro en Cuba y que todos creían que estaba en África o en algún lugar lejano, pero estaba allí en Bolivia, sentado a menos de 3 met de Diego.

“Siéntate allí, muchacho”, le ordenó Monje señalando una silla en la esquina. “Cuando hable con los compañeros campesinos que llegarán más tarde, necesitaremos que traduzcas del quecho al español. para el comandante Guevara. Diego asintió y se sentó tratando de no temblar. Durante las siguientes dos horas, la reunión transcurrió tensa.

Monje y el Che discutían sobre la estrategia guerrillera en Bolivia. Diego no entendía todos los detalles políticos, pero podía sentir la tensión en el aire. El Che quería que el Partido Comunista Boliviano apoyara una guerrilla inmediata en las montañas del sureste del país. Monje se negaba argumentando que Bolivia no estaba lista, que las condiciones objetivas no existían, que sería un suicidio.

“Compañero Monje”, decía el Che con paciencia forzada. La revolución no espera condiciones perfectas, las condiciones se crean con la lucha. Pero Monje era inflexible. Comandante Guevara, con todo respeto, usted no conoce Bolivia como yo. Esto no es Cuba, aquí fracasará. Diego veía como el rostro del Che se endurecía con cada negativa.

 Lo que Diego no sabía en ese momento era que estaba presenciando el principio del fin. La reunión entre el Che y Monje fue un completo desastre. Mong puso condiciones imposibles para apoyar la guerrilla, que el Che renunciara al liderazgo militar y lo cediera a un boliviano, que los cubanos fueran solo asesores, que todo se hiciera bajo el control del Partido Comunista Boliviano.

 El Che rechazó cada condición. Yo dirijo la guerrilla o no hay guerrilla dijo con firmeza. He venido a Bolivia a pelear, no a dar consejos desde una oficina en La Paz. Monje se levantó de la mesa. Entonces, comandante, me temo que no podemos colaborar. El partido no apoyará esta aventura. El Che también se puso de pie. Diego, recuerda ese momento con claridad absoluta.

 El Che lo miró fijamente y dijo algo que nunca olvidaré. Usted y su partido están cometiendo un error histórico, pero yo seguiré adelante. Cono, sin ustedes, la historia dirá quién tenía razón. Monje salió de la casa dando un portazo. El profesor Sánchez y el otro hombre también se retiraron, dejando al Che solo en la habitación y a Diego, olvidado en su silla de la esquina.

 Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que sucedió en los siguientes 30 minutos cambiaría la vida de Diego para siempre. El Che se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle. Diego pensó en salir discretamente, pero tenía miedo de interrumpir. De repente, el che se volteó y lo miró directamente. ¿Cómo te llamas, muchacho? Diego tragó saliva.

Diego Vargas, comandante. ¿Cuántos años tienes? 19. Comandante. El Che asintió lentamente. El Che asintió lentamente y se sentó de nuevo en la mesa. Sacó un cigarrillo, lo encendió y fumó en silencio durante un largo minuto. Luego habló, pero no a Diego, sino como si estuviera hablando consigo mismo. Fidel tenía razón, murmuró.

 Me advirtió que esto pasaría. me dijo que los partidos comunistas latinoamericanos eran burocráticos, cobardes, que me traicionarían. Diego se quedó inmóvil, sin saber si debía responder o permanecer callado. El Che continuó fumando perdido en sus pensamientos, pero yo no le hice caso. Pensé que podría convencerlos.

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