Eran las doce y media de la noche de un martes cualquiera, pero en el dormitorio de Sergio y Lucía, el aire pesaba más que un menú del día con fabada y postre. No era un silencio de paz, de ese que te invita a cerrar los ojos y dejarte llevar por los brazos de Morfeo; era un silencio táctico, un silencio de trinchera. Sergio estaba tumbado del lado derecho, pegado al borde del colchón de tal manera que si se movía un centímetro más, terminaría en el suelo alfombrado de pelusas que Lucía le había recordado limpiar esa misma tarde. Lucía, por su parte, ocupaba el lado izquierdo, hecha un ovillo, pero con la tensión muscular de un atleta de cien metros lisos esperando el pistoletazo de salida.
El conflicto había empezado por una soberana estupidez, como empiezan todas las guerras que acaban con alguien durmiendo en el sofá o, peor aún, con alguien fingiendo que duerme mientras el corazón le late a mil por hora. Todo por un comentario sobre el orden de los tápers en la nevera. Sergio, con su habitual pragmatismo relajado —que a Lucía le resultaba a veces insultante—, había decidido que el táper de las lentejas podía ir perfectamente encima del de la ensalada de pasta, desafiando las leyes de la física y el sentido común de la higiene alimentaria.
— Es que no piensas, Sergio. Es que si eso se vuelca, mañana tenemos un ecosistema nuevo en el estante de abajo —había dicho ella mientras se lavaba los dientes.
— No se va a volcar, Lucía. Está en equilibrio hidrostático. No me ralles —había respondido él, cometiendo el error fatal de usar la palabra “rallar”.
Y ahí, en ese preciso instante, se encendió la mecha. Ahora, dos horas después, estaban en la cama, en la oscuridad absoluta, solo interrumpida por el parpadeo verde del humidificador que Lucía insistía en encender porque “el aire de Madrid le secaba las ideas”.
Sergio escuchaba la respiración de Lucía. No era la respiración rítmica y pesada del sueño profundo. Era una respiración cortada, consciente, una respiración que decía claramente: “Estoy despierta y estoy repasando mentalmente todos tus fallos desde el año 2018”. Él cerró los ojos con fuerza. Tenía que despertarse a las siete para una reunión con unos clientes de Valencia que hablaban rápido y no perdonaban un bostezo. Necesitaba dormir. Pero el silencio era demasiado ruidoso.
De repente, Lucía se movió. No fue un movimiento sutil. Se dio la vuelta bruscamente, haciendo que el somier de láminas —ese que compraron de oferta y que chirriaba como una película de terror de bajo presupuesto— emitiera un quejido lastimero. Sergio contuvo el aliento. “No digas nada, no digas nada”, se repetía a sí mismo como un mantra. Sabía que cualquier palabra, incluso un suspiro mal interpretado, sería el equivalente a tirar una cerilla en una gasolinera.
Pero Lucía no aguantaba más. El peso de la injusticia del táper y, sobre todo, la actitud pasota de Sergio, la estaban consumiendo. Se incorporó un poco, apoyada en un codo, y miró hacia la silueta de su pareja.
— Sé que no estás dormido, Sergio —soltó de repente. Su voz sonó clara, cortante, rompiendo la penumbra.
Sergio no respondió de inmediato. Jugó la carta de la confusión por un segundo, emitiendo un gruñido ininteligible que pretendía pasar por el sueño de alguien que está soñando con ovejas.
— Sergio, te estoy viendo las pestañas moverse. No te hagas el muerto, que no eres un hámster —insistió ella, subiendo un decibelio el tono.
Sergio suspiró, un suspiro largo y teatral que salió de lo más profundo de sus pulmones. Se dio la vuelta lentamente, encarando a Lucía, aunque apenas podía verle la cara.
— Lucía, por el amor de Dios, son casi la una de la mañana. Mañana tengo el día cruzado. ¿Podemos, por favor, cerrar este capítulo y descansar?
— ¿Descansar? ¿Cómo quieres que descanse sabiendo que me has hablado así en la cocina? —Lucía ya estaba entrando en calor—. Es que para ti todo es “no me ralles”, todo es pasar de puntillas por las cosas. Y yo aquí, con el estómago encogido, porque dormir enfadados es lo peor.
Esa frase fue el disparo oficial. Sergio se frotó la cara con las manos. Sabía que esa sentencia era el dogma de fe de Lucía. Para ella, el sueño era un lujo que solo se podía permitir uno si el balance emocional del día estaba en positivo. Para Sergio, el sueño era una necesidad fisiológica, como respirar o comer torreznos los domingos.
— No es lo peor, Lucía. Lo peor es ir a la oficina con tres horas de sueño y contestar mal a mi jefe porque tú querías debatir sobre la arquitectura de la nevera a las dos de la madrugada —replicó él, sentándose también en la cama.
— No es la nevera, y lo sabes. Es la actitud. Es que parece que te da igual todo. ¿Cómo puedes cerrar los ojos y roncar tan tranquilo cuando hay una tensión que se podría cortar con un cuchillo de jamonero?
— No estaba roncando, estaba intentando ignorar la tensión para ver si se iba sola. A veces las cosas se solucionan no dándoles vueltas —dijo Sergio, intentando sonar razonable, aunque sabía que en el código penal de las relaciones de pareja, esa frase era casi un delito.
— Las cosas no se solucionan solas, Sergio. Se pudren. Y yo no quiero levantarme mañana con el rencor ahí, como una piedra en el zapato.
Sergio miró el despertador. 1:12 AM. La luz roja de los números parecía burlarse de él. Se imaginó a sus clientes valencianos, frescos, habiendo dormido sus ocho horas, mientras él intentaba explicar un presupuesto con las ojeras llegándole a la barbilla.
— Mira, Lucía —dijo, bajando el tono, buscando una tregua desesperada—, te entiendo. De verdad. Pero mi cerebro ahora mismo funciona al diez por ciento. No puedo articular una defensa coherente ni pedir perdón de forma sentida si no tengo azúcar en sangre y descanso en el cuerpo. Yo prefiero dormir y hablar mañana. Mañana, con un café, con luz del día, te prometo que reordenamos la nevera, la despensa y hasta mi escala de valores. Pero ahora… ahora solo quiero que el mundo se pare.
Lucía lo miró fijamente. En la oscuridad, sus ojos parecían dos faros de indignación.
— Mañana ya es tarde, Sergio. Porque mañana me levantaré, te irás al curro, yo me iré al mío, y pasaremos todo el día con ese regusto amargo. Y luego llegaremos cansados, y diremos “bueno, ya pasó”, pero no habrá pasado. Se quedará ahí guardado, en el cajón de las cosas que no se hablan. Y un día el cajón explotará. ¿Quieres que explote el cajón?
Sergio se dejó caer hacia atrás, golpeando la almohada con la cabeza. La lógica de Lucía era impecable y, al mismo tiempo, agotadora. Era una partida de ajedrez donde él jugaba con una venda en los ojos y ella tenía tres reinas sobre el tablero.
Parte 2: La dialéctica del pijama
La habitación, que debería ser un santuario de descanso, se había transformado en un plató de “La Clave”, pero sin pipas y con mucho más resentimiento acumulado. Sergio, viendo que la estrategia de “hacerse el sordo” había fracasado estrepitosamente, decidió encender la lamparita de noche. La luz amarillenta y tenue bañó la estancia, revelando la realidad del campo de batalla: edredones revueltos, un vaso de agua a medio beber en la mesilla y a Lucía con el pelo hecho un nido de cigüeña debido a las vueltas que había dado.
— Vale, muy bien. Has encendido la luz. Eso es un paso —dijo Lucía, cruzándose de brazos sobre el pijama de franela con estampado de ositos que, en cualquier otra circunstancia, le habría parecido adorable a Sergio, pero que ahora le recordaba a la armadura de un oponente formidable.
— He encendido la luz porque, si vamos a tener un juicio sumarísimo, al menos quiero verle la cara a la fiscalía —respondió Sergio con un deje de ironía madrileña que no sentó nada bien.
— No es un juicio, Sergio. Es comunicación. Esa cosa que hacen las personas que se quieren y que comparten una hipoteca a treinta años.
— La comunicación está sobrevalorada a partir de la medianoche, Lucía. A estas horas, lo único que sale de la boca son barbaridades o verdades a medias que luego hay que explicar durante tres días. Por eso te digo: durmamos. El sueño limpia el alma. Es como un formateo del disco duro.
Lucía soltó una risa seca, carente de cualquier atisbo de humor.
— ¿Formateo? Tú lo que quieres es borrar los archivos comprometidos. Tú lo que quieres es que mañana yo me despierte con la carita lavada y me olvide de que me dijiste que “no te rallara”. Pues no, señor. Porque la palabra “rallar” es la punta del iceberg de tu condescendencia.
Sergio se incorporó de nuevo. La espalda empezaba a molestarle. El colchón, supuestamente ergonómico, parecía estar tomando partido por Lucía, hundiéndose justo donde él necesitaba apoyo.
— A ver, vamos por partes, como dijo Jack el Destripador. Te pedí que no me rallaras porque llevábamos quince minutos hablando del coeficiente de fricción de un táper de plástico contra el cristal de la nevera. Lucía, por favor… ¡que son lentejas! No es plutonio enriquecido. Si se caen, se limpia. El fin del mundo no va a venir en forma de legumbre.
— ¡Es que no son las lentejas! —gritó ella, y luego bajó la voz rápidamente al recordar que los vecinos, don Eusebio y doña Paquita, tenían el oído fino y una afición desmedida por los cotilleos de escalera—. No es el qué, es el cómo. Es esa forma que tienes de hacerme sentir que soy una histérica por querer un mínimo de orden. Para ti, el orden es opcional. Para mí, el orden es paz mental. Si no respetas mi paz mental en la cocina, ¿cómo voy a confiar en que la respetes en cosas más importantes?
Sergio se quedó mirando fijamente una mancha de humedad en el techo que tenía forma de la península ibérica. Se preguntó si Portugal también tendría estos problemas de pareja.
— Lucía, cariño, te quiero. Te quiero más que a la fibra óptica de 600 megas. Pero estás extrapolando. De un táper de lentejas estás llegando a la crisis de confianza existencial. Eso es un salto mortal sin red. Es como si yo dijera que, porque hoy te has dejado los pelos en el cepillo, mañana vas a quemar el edificio. No tiene sentido.
— Tiene todo el sentido del mundo si lo miras desde la perspectiva de la acumulación. La convivencia es una suma de detalles, Sergio. Y hoy, el detalle del táper ha sido la gota que ha colmado el vaso del pijama.
— ¿El vaso del pijama? —Sergio parpadeó, confuso—. ¿De qué hablas?
— De que llevo tres días pidiéndote que recojas el pijama de encima de la banqueta y ahí sigue, hecho una bola, como si fuera una mascota que no necesita comer. Lo del táper ha sido solo la confirmación de que vives en un estado de anarquía doméstica que me está matando.
Sergio se pasó la mano por el pelo, desesperado. Habían pasado de la seguridad alimentaria a la gestión de residuos textiles en menos de cinco minutos. La “tensión cómica”, como la llamaría un observador externo, estaba llegando a su punto de ebullición. Él sentía una mezcla de cansancio infinito y una ganas locas de reírse de lo absurdo de la situación, pero sabía que si se reía ahora, dormiría en el descansillo.
— Vale. Acepto el pijama. Soy un desastre textil. Culpable de todos los cargos. ¿Podemos ahora, con esta confesión firmada, apagar la luz y fingir que somos una pareja funcional que duerme de noche?
— No —dijo Lucía tajante—. Porque ahora que has admitido lo del pijama, quiero saber por qué. ¿Por qué te cuesta tanto? ¿Es una rebelión contra la autoridad? ¿Es pereza pura? ¿O es que en el fondo piensas que yo voy a pasar por detrás y lo voy a recoger?
Sergio miró el techo de nuevo. Portugal parecía estar ensanchándose.
— Lucía, es pereza. Es pereza pura y dura, aliada con una falta de memoria selectiva que solo afecta a las tareas del hogar. No hay un plan maestro para oprimirte a través de la ropa de dormir. Te lo juro.
— Pues esa pereza me hace sentir que mi tiempo vale menos que el tuyo. Que mi esfuerzo por tener una casa decente es algo que tú das por sentado. Y eso me duele. Y por eso, dormir enfadados es lo peor, porque si me duermo con ese dolor, mañana me levanto siendo un poquito más infeliz.
Sergio sintió un pinchazo de culpa real. A veces, entre el humor y el sarcasmo, se le olvidaba que Lucía funcionaba con una sensibilidad que él, a menudo, pisoteaba sin querer con sus botas de siete leguas de despreocupación.
— Lo siento —dijo él, y esta vez lo dijo de verdad, bajando los hombros—. No quiero que seas infeliz por un pijama ni por unas lentejas. Soy un zopenco, lo admito. Pero de verdad, tía… son las dos de la mañana. Mañana voy a estar que doy pena.
— Yo prefiero hablarlo y que quede claro, aunque sea tarde —insistió ella, suavizando un poco el tono al ver que él cedía—. Porque si no lo hablamos ahora, mañana será otro día de “perdonar pero no olvidar”. Y yo quiero olvidar. Quiero borrar la imagen de tu cara de asco cuando te he dicho lo de la ensalada de pasta.
— No era cara de asco, era cara de incomprensión técnica —matizó Sergio, intentando mantener la paz—. Pero te escucho. Habla. Soy todo oídos… o al menos el cincuenta por ciento, el otro cincuenta está ya en fase REM.
— Pues lo que quiero decir es que… —Lucía se detuvo. Se quedó pensando, buscando las palabras exactas para definir un sentimiento que ya se estaba diluyendo por el propio cansancio—. Pues que me gustaría que te importaran más mis cosas.
— Me importan tus cosas. Me importas tú. Me importa hasta tu gato, que me odia y me bufa cada vez que paso por el pasillo.
— El gato no te odia, solo tiene personalidad —le defendió ella—. Pero ves, hasta en eso sacas el chiste. Todo es una broma para ti.
— Es que si no me lo tomo con humor, Lucía, me pongo a llorar por no dormir. Y un hombre de mi edad llorando por sueño es una imagen muy triste.
Se quedaron un momento en silencio. La luz de la mesilla proyectaba sombras alargadas. En la calle, se oyó el camión de la basura pasando, ese sonido tan madrileño que marca el ecuador de la noche. Era el sonido de la realidad recordándoles que el mundo seguía girando, ajeno a sus dramas de alcoba.
— ¿Sabes qué pasa? —dijo Lucía con voz más queda—. Que tengo miedo de que esto sea el principio del fin. Dicen que las parejas empiezan a romperse por estas tonterías.
— Lucía, por Dios… ¿el principio del fin por un táper? —Sergio no pudo evitarlo y soltó una carcajada corta—. Si nos separamos por las lentejas, la anécdota en el juicio de divorcio va a ser la mofa de todo el juzgado. “Señoría, mi cliente solicita la custodia compartida porque el demandado apilaba mal el plástico”. ¡Venga ya!
— No te rías, que es serio.
— Es serio, pero es absurdo. Y lo sabes. Estamos aquí, dos adultos con pelos en las piernas, discutiendo sobre pijamas y legumbres a las dos de la mañana. Si nos viera un antropólogo, diría que somos una especie abocada a la extinción por falta de descanso.
Lucía no pudo evitar una pequeña sonrisa. Era la grieta en el muro que Sergio estaba esperando.
— Eres un imbécil, Sergio.
— Lo soy. Pero soy tu imbécil. Y tu imbécil se está muriendo de sueño. ¿Podemos, por el amor de todo lo que es sagrado, intentar cerrar los ojos? Mañana ya es tarde, sí, pero hoy es demasiado temprano.
Parte 3: El congreso en la cocina
Parecía que la tregua iba a cuajar. Sergio apagó la luz. Volvieron a acomodarse. El silencio regresó, pero esta vez era un silencio más ligero, casi transparente. Él cerró los ojos y empezó a visualizar la reunión de mañana, intentando convencerse de que podía sobrevivir con cafeína en vena. Estaba a punto de cruzar el umbral del sueño cuando escuchó un suspiro. Luego un crujido de sábanas. Y finalmente, el sonido de los pies de Lucía chocando contra el suelo.
— ¿A dónde vas? —preguntó Sergio, sin abrir los ojos, con la esperanza de que solo fuera una visita rápida al baño.
— Tengo hambre. Y sed. Y me ha bajado el azúcar con tanto disgusto —anunció Lucía con un tono de mártir—. Me voy a la cocina.
Sergio se quedó solo en la cama. El vacío que dejó Lucía se llenó de un aire frío que le recordó que la batalla no había terminado; se había trasladado a otro escenario. Sabía que, si la dejaba sola en la cocina, ella se quedaría allí, rumiando sus pensamientos, mirando el táper de la discordia como si fuera una reliquia maldita, y la bola de nieve volvería a crecer.
Con un gruñido que sonó a derrota total, Sergio se levantó. Se puso las pantuflas —unas que tenían la cara de Homer Simpson y que Lucía le había regalado “con ironía”— y salió al pasillo. La luz de la cocina estaba encendida, una mancha blanca que cortaba la oscuridad del pasillo como un bisturí.
Al llegar, se encontró a Lucía sentada en una de las banquetas de la barra americana, con un vaso de leche fría en una mano y una galleta María en la otra. Parecía una náufraga del siglo XXI.
— No he venido a discutir —dijo Sergio, levantando las manos en señal de paz mientras se acercaba a la nevera.
— Ya, ya lo sé. Has venido porque no soportas que yo tenga la última palabra, aunque esa palabra sea “galleta” —respondió ella, dándole un mordisco melancólico al dulce.
Sergio abrió la nevera. Ahí estaban. Los tápers. El de las lentejas seguía encima del de la pasta, desafiando a la gravedad con una arrogancia que ahora, bajo la luz fluorescente de la cocina, Sergio empezaba a entender por qué molestaba a Lucía. Parecía, efectivamente, una chapuza.
Él, en un gesto cargado de simbolismo, cogió el táper de las lentejas y lo puso a un lado, despejando la base para que el de la pasta descansara tranquilo. Luego, recolocó todo con una precisión quirúrgica que habría hecho llorar de emoción a un bibliotecario.
— ¿Ves? —dijo, volviéndose hacia ella—. Reestructuración completada. ¿Podemos volver a la cama ahora?
Lucía lo miró, y por primera vez en toda la noche, sus ojos no tenían fuego, sino un cansancio infinito que le encogió el alma a Sergio.
— Es que me siento sola en esto, Sergio —dijo ella en voz baja—. Siento que yo soy la que lleva el timón de que esta casa no se convierta en una leonera, y de que nosotros no nos convirtamos en dos desconocidos que solo comparten gastos. Y cuando tú pasas de todo, siento que me sueltas la mano.
Sergio se acercó a ella y se apoyó en la barra. El frío del granito le atravesó las mangas del pijama.
— Escúchame, Lu. No te suelto la mano. A veces me quedo un poco atrás porque me distraigo con el paisaje, o porque soy un poco más simple que el mecanismo de un chupete. Pero estoy aquí. Y si tengo que estar en la cocina a las 2:15 de la mañana ordenando legumbres para que sientas que no estás sola, aquí estaré. Pero hazme un favor… no digas eso de que mañana ya es tarde. Mañana nunca es tarde si los dos queremos que sea temprano.
Lucía bebió el último sorbo de leche. El humor típico madrileño de Sergio, esa mezcla de pasotismo y ternura ruda, siempre terminaba por desarmarla.
— Es una frase hecha, tonto. Pero es que me agobio. Me agobio pensando que si nos acostamos así, el enfado se queda en las sábanas, y luego por la mañana, cuando me despierto y te veo ahí roncando, me dan ganas de tirarte la lámpara.
— Lo de la lámpara me parece una respuesta desproporcionada a un ronquido, pero entiendo el concepto —Sergio sonrió y le acarició el pelo—. Mira, hagamos un pacto. El Pacto del Táper. A partir de ahora, si hay algo que nos ralla, lo decimos antes de lavarnos los dientes. Una vez que el cepillo entra en juego, se cierra el periodo de alegaciones. ¿Trato?
Lucía se quedó pensativa, terminando su galleta.
— No sé si puedo prometer eso. Hay cosas que solo te vienen a la cabeza cuando estás en horizontal. El silencio de la noche es muy traicionero, Sergio. Te pone delante todos los fantasmas que el ruido del día tapa.
— Pues a esos fantasmas les decimos que vuelvan en horario de oficina. Que ahora no atendemos a espectros existenciales.
Se rieron los dos, bajito, una risa de complicidad que por fin disipó la nube negra que había flotado sobre ellos durante horas. El humor, ese gran salvavidas de las parejas españolas que prefieren la guasa al drama shakesperiano, había hecho su trabajo.
— Venga, va. Al sobre —dijo Lucía, levantándose de la banqueta—. Pero mañana te toca a ti hacer el café. Y que sea café de verdad, nada de ese agua de castañas que haces a veces para ahorrar.
— Hecho. Café de categoría superior, con su espumita y todo. Pero muévete, que si no llego a la cama en los próximos sesenta segundos, me quedo dormido de pie como los caballos.
Regresaron al dormitorio. El ambiente había cambiado por completo. Ya no era una trinchera; volvía a ser una habitación. Se metieron en la cama, y esta vez no hubo bordes de colchón ni espaldas convertidas en muros de Berlín.
— ¿Sergio? —susurró ella cuando él ya estaba a punto de desconectar.
— ¿Qué? —respondió él, con la voz pastosa.
— Gracias por levantarte a la cocina. Sé que odias hacerlo.
— Lo odio con toda mi alma. Pero odio más que pienses que duermo tranquilo si tú estás triste. Ahora, por lo que más quieras… cállate y duerme.
— Vale. Pero una cosa más…
— Lucía, por favor…
— ¿Has cerrado la puerta de la nevera? Es que a veces se queda un poco abierta y pita.
Sergio soltó un bufido que fue mitad carcajada, mitad desesperación pura.
— Sí, Lucía. La he cerrado. He comprobado el sello hermético. He pasado la inspección técnica de electrodomésticos. Duerme ya, tía pesada.
— Te quiero.
— Y yo a ti. Pero más querré a mi almohada en cuanto me deje de hablar.
El silencio volvió. Pero esta vez era el silencio bueno. El que abraza.
Parte 4: El amanecer de los zombis
El problema de las treguas nocturnas es que, invariablemente, terminan cuando suena el despertador. A las 7:00 AM, el teléfono de Sergio empezó a emitir una melodía de piano que en teoría debía ser relajante, pero que en ese momento sonaba como una sirena de ataque aéreo.
Sergio estiró la mano, palpando la mesilla como un ciego hasta que logró silenciar el aparato. Abrió un ojo. Luego el otro. El mundo giraba a una velocidad que su cerebro no podía procesar. Se sentía como si lo hubiera atropellado un camión de mudanzas y luego el conductor hubiera dado marcha atrás para rematarlo.
A su lado, Lucía era un bulto inmóvil bajo el edredón.
— Lucía… —susurró él con una voz que parecía salir de una tumba—. El café. El pacto. La vida.
— No existo —respondió una voz amortiguada desde debajo de las sábanas—. He muerto durante la noche debido a la falta de sueño y a la ingesta excesiva de galletas María. Ve tú solo. Salva lo que queda de nuestra estirpe.
Sergio se sentó en el borde de la cama. Sus pies encontraron las pantuflas de Homer Simpson. Se miró en el espejo del armario y vio a un hombre que no conocía: un náufrago urbano con el pelo disparatado y unas ojeras que daban para escribir una trilogía de terror.
— Tenías razón —dijo Sergio, poniéndose en pie con un crujido de rodillas que se oyó en todo el barrio—. Dormir enfadados es lo peor, pero hablar hasta las tres de la mañana es, físicamente, un deporte de riesgo.
Lucía asomó la cabeza, con un ojo pegado y el otro intentando enfocarse en la realidad.
— Pero a que ahora no estás enfadado con el táper —dijo ella, con una sonrisita débil.
— El táper me da igual. Ahora mismo me da igual si la nevera explota. Solo pienso en la reunión de las nueve. Los valencianos me van a comer vivo. Van a pensar que vengo de una ‘rave’ en vez de una oficina.
Se arrastró hasta la cocina. Cumplió su promesa. El sonido de la cafetera italiana, ese “glu-glu” rítmico y reconfortante, empezó a llenar el aire. El olor a café recién hecho es, probablemente, lo único que mantiene unida a la civilización occidental antes de las nueve de la mañana.
Lucía apareció en la cocina unos minutos después, envuelta en una bata de boatiné que le daba un aire de abuela joven. Se acercó a Sergio por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la cabeza en su espalda.
— Perdón por la turra de anoche —dijo ella sinceramente.
— No pidas perdón. Tenías razón en el fondo, aunque las formas fueran un poco… nocturnas —respondió él, dándose la vuelta y dándole un beso en la frente—. Al menos hemos despejado el aire. Si no hubiéramos hablado, ahora estaríamos desayunando en silencio, mirándonos de reojo y esperando a ver quién saltaba primero.
— Cierto. Mañana ya es tarde se aplica a muchas cosas, pero sobre todo a no dejar que una bola de nieve se convierta en alud —Lucía cogió su taza de café y le dio un sorbo—. Oye, ¿y si esta tarde pedimos pizza y no cocinamos nada? Así no hay tápers que ordenar.
Sergio sonrió, sintiendo que el café empezaba a hacer efecto, devolviéndole poco a poco la condición de ser humano.
— Me parece el mejor plan que he oído en toda mi vida. Pizza, sofá, y ni una sola palabra sobre la organización de la casa. Si veo un calcetín en el suelo, lo saltaré como si fuera un obstáculo de hípica y seguiré con mi vida.
— Trato hecho.
Sergio terminó su café de un trago, se puso la chaqueta y cogió el maletín. Estaba agotado, sí. Tenía por delante un día infernal de números, presupuestos y clientes exigentes. Pero mientras salía por la puerta, se dio cuenta de que caminaba más ligero. La pesadez de la noche anterior se había quedado allí, disuelta en una charla absurda sobre lentejas y pijamas.
Al final, la gran lección de la noche madrileña era que en una relación, a veces hay que perder horas de sueño para ganar años de paz. Y que, aunque el sentido común diga que es mejor consultar las cosas con la almohada, hay almohadas que son demasiado discretas y no dicen nada, mientras que una buena charla a las dos de la mañana, por muy surrealista que sea, es lo que acaba por mantener el edificio en pie.
— ¡Sergio! —gritó Lucía desde la cocina cuando él ya estaba esperando el ascensor.
— ¿Qué pasa ahora? —preguntó él, temiendo un nuevo conflicto de última hora.
— ¡Que te has dejado el pijama hecho una bola encima de la cama!
Sergio suspiró, sonrió para sus adentros y gritó de vuelta mientras las puertas del ascensor se abrían:
— ¡Es un homenaje al caos, Lucía! ¡Hablamos de ello esta noche!
Y mientras bajaba al portal, supo que, a pesar del cansancio, a pesar de las ojeras y a pesar de los tápers, todo estaba exactamente donde tenía que estar. Porque en el fondo, prefería mil noches de debate a una sola mañana de silencio amargo. El secreto, quizás, no era no enfadarse nunca, sino tener siempre a mano una cafetera llena y el sentido del humor suficiente para entender que, en el gran esquema de las cosas, las lentejas son solo lentejas, pero dormir en paz es la verdadera victoria.