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ERNESTO ALONSO: La ASQUEROSA VERDAD que Ocultó 50 Años… y la EMPLEADA que se QUEDÓ con TODO.

Pero Ernesto Alonso  observaba esa era su habilidad más poderosa desde niño y lo siguió siendo durante toda su carrera. observar, registrar, entender cómo funcionaban los mecanismos del poder en cada habitación donde entraba. El gran salto llegó por accidente, como suelen llegar los grandes saltos.

La compañía de teatro de las hermanas Blanch pasó por Aguascalientes. Isabel y Anita Blanch conocieron al joven Ernesto. Vieron algo en él que les pareció prometedor y se lo llevaron a Ciudad de México. Esa mudanza fue la bisagra de un lado Aguascalientes y su rigidez provincial. Del otro, la capital y sus posibilidades.

En Ciudad de México trabajó en cine durante los años 40 y 50. Filmó alrededor de 50 películas. Trabajó con las figuras más grandes del cine de oro mexicano, con María Félix, con Dolores del Río, con Libertad La Marc, con Sara García, con Rosita Quintana, con Miroslava. Y en ese tránsito por los estudios  construyó algo más valioso que cualquier crédito cinematográfico.

Construyó una red, una red de lealtades, de favores, de informaciones, de personas que le debían algo y de personas a las que él les debía algo. La red que décadas  después sería la infraestructura invisible de su poder dentro de Televisa. Porque Ernesto Alonso  entendió antes que casi nadie, algo que la industria del cine tardó años en procesar, que la televisión iba a cambiar todo, que el futuro no estaba en la sala oscura del cine, sino en la pantalla pequeña de la sala de la casa, que el público que

llenaba las salas de cine los domingos iba a quedarse en casa los martes por la noche si le daban algo suficientemente bueno para ver. En 1959, don Emilio Azcarraga Vidaurreta lo llamó para hacer televisión. Ernesto tenía 42 años.  Era actor con experiencia, con contactos, con la autoridad tranquila de  alguien que había sobrevivido dos décadas en una industria que consume a la gente con una velocidad brutal.

Y Azcárraga Milmo, el hijo le dijo algo que Ernesto recordaría durante el resto de su vida. Como actor de cine, tal vez no puedas durar toda la vida. Como productor, sí.  Esa frase fue la segunda bisagra. La primera había sido las hermanas Blanch, llevándoselo de Aguascalientes.  La segunda fue ese consejo directo que le señalaba no solo una oportunidad, sino una transformación completa de identidad.

Dejar de ser el hombre que actuaba frente a la cámara para convertirse en el hombre que decidía quién actuaba, qué historia se contaba, qué versión del amor y del drama y de la traición llegaba cada noche a los televisores de millones de familias mexicanas. Ernesto Alonso aceptó y empezó a construir el imperio. Su primera telenovela como productor fue La Casa del Odio en 1960.

A partir de ahí, el ritmo fue implacable. una producción detrás de otra, una actriz lanzada aquí, un actor descubierto allá, una historia adaptada de una novela latinoamericana, otra basada en un argumento original, otra que repetía la fórmula que había funcionado la semana anterior con variaciones suficientes para que el público no se diera cuenta de que estaba viendo lo mismo.

Era un arquitecto de emociones en serie y era también algo más. Era el hombre que decidía quién existía en la televisión mexicana y quién no.  Eso le daba un poder que no estaba escrito en ningún contrato, pero que todo el mundo en la industria sentía con la misma claridad con que se siente el frío cuando entra por una puerta abierta.

Un gesto suyo podía lanzar una carrera, una llamada suya podía cancelarla, un silencio suyo, ese silencio específico que los que lo conocían aprendieron a leer como señal de peligro, podía significar que alguien acababa de desaparecer del mapa sin que nadie explicara por qué. Eduardo Yáñez lo entendió desde el principio.

Yáñez trabajaba en un bar de la zona rosa de Ciudad de México cuando Ernesto Alonso lo vio por primera vez. Era joven, era atractivo,  tenía algo que la cámara iba a querer, aunque él todavía no lo sabía. Alonso se acercó, le dijo que quería lanzarlo a las telenovelas. Yáñez aceptó.

Y lo que vino después, según testimonios recogidos por periodistas que investigaron  la historia durante años y según reportes que circularon en programas como Suelta la sopa, fue una relación que duró aproximadamente 4 años y que ninguno de los dos confirmó jamás,  pero que tampoco desmintió con la contundencia que habría cerrado el tema de una vez.

Vivieron juntos  presuntamente en el mismo departamento donde años después Teresa Anaya demandaría a Eduardo Yáñez por apropiación de propiedad. El mismo departamento que, según Teresa, pertenecía a Ernesto Alonso. El mismo que Yáñez  aseguraba que era de su madre. Un triángulo legal que nadie en la industria quiso resolver demasiado rápido, porque resolver ese triángulo habría obligado a abrir archivos que mucha gente prefería mantener cerrados.

Pero eso pertenece a la parte final de esta historia. Antes de llegar ahí, hay que entender cómo el hombre más poderoso de la televisión mexicana, el que construyó un imperio sobre el amor fabricado en pantalla, tomó la decisión más brutal de su vida privada. La decisión que su propio hijo nunca pudo perdonarle.

La decisión que una empleada doméstica supo aprovechar con una inteligencia que ni el propio Ernesto Alonso supo ver venir hasta que ya era demasiado tarde para cambiar nada. Y esa decisión empezó en 1975 con una muchacha del servicio, con un hijo adolescente de 16 años y con una noche que nadie en esa casa planificó, pero que terminó cambiando el resto de la historia de la familia para siempre.

Eso lo dejamos para la parte dos. Sigue aquí. Para entender lo que pasó en 1975, hay que entender primero cómo era la casa de Ernesto Alonso en esa época. No era una casa común,  era una residencia en Polanco que funcionaba como tres cosas al mismo tiempo, como hogar, como oficina informal donde se tomaban decisiones que después aparecían en los contratos de Televisa  y como escenario de una vida social que mezclaba sin distinción a directores, actrices,  políticos, intelectuales y figuras del

espectáculo que sabían que una invitación a esa casa no era un gesto trivial, era una  señal. Una señal de que Ernesto Alonso te consideraba parte de su mundo y estar en su mundo en el México televisivo de los años 70 era una de las pocas garantías reales de que tu carrera iba a sobrevivir.

Adentro de esa casa vivía también el servicio doméstico. Y en algún momento de 1975, entre esas paredes que olían a poder y a decisiones importantes, una empleada doméstica llamada Teresa Anaya cruzó una línea que cambió el resto de su vida y la de todos los que vivían en esa casa. Teresa tenía más de 20 años. Juan Diego, el hijo adoptivo de Ernesto Alonso, tenía 16.

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