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JORGE “Maromero” PAEZ cumplio 59 AÑOS y como VIVE es TRISTE

JORGE “Maromero” PAEZ cumplio 59 AÑOS y como VIVE es TRISTE

Lo llamaban payaso. Lo subestimaron como si fuera un chiste hasta que comenzó a humillar invictos, a noquear campeones con una mano, mientras con la otra se burlaba de todos con sus pasos de baile. Un acróbata del ring, un showman que convertía cada combate en espectáculo. Pero nadie imaginaba que cada voltereta, cada golpe esquivado con sonrisa iba abriendo una grieta invisible, una que hoy se le está cobrando de forma silenciosa, rápida y cruel.

 Este es el triste presente de Jorge Maromero Páez y la pelea más dura de su vida. Jorge Adolfo Páez nació el 27 de octubre de 1965 en Mexicali, Baja California. Antes de que el mundo lo viera coronarse bajo las luces de Las Vegas, era solo otro chico que corría entre carpas polvorientas, proveniente de una familia asociada al ámbito circense mexicano, pues creció y se desarrolló en el circo Hermano Solvera, donde trabajó desde muy joven como acróbata.

 Allí, con el torso tiznado de polvo y cal, aprendió a caer sin romperse y a levantarse con una voltereta cual reflejo instintivo de supervivencia. Pero en esa vida de aplausos y focos apagados, la cena rara vez incluía carne. Cuando el estómago gruñía más fuerte que el público, apareció una solución brusca. El boxeo no fue un sueño romántico ni un llamado del destino, fue un atajo para llenar el plato.

 “Si ganás la pelea, comemos bistec”, le insinuó su tío. El mismo que le enseñó a tensar los puños y los nervios antes de expulsar a los colados del circo. Así con guantes prestados y la urgencia de quien no puede perder, el payasito se metió en los gimnasios a derribar sacos con la misma garra con que trepaba cuerdas.

 Cada gancho era un recordatorio de que el hambre no se combate con aplausos, sino con fuerza bruta. Sin saberlo, estaba puliendo un estilo irreverente, fintas que parecían piruetas, pasos laterales de acróbata y un descaro que haría temblar a futuros campeones, lo que empezó como un salvavidas económico. Pronto desbordó las carpas.

El niño del circo había ganado un boleto de ida al cuadrilátero profesional y allí, bajo un tendido más grande que cualquier lona, demostraría que su verdadera función apenas comenzaba, sus mejores momentos. El 4 de agosto de 1988, bajo el sol implacable de la plaza de toros Galafia en Mexicali, el invicto campeón pluma de la Fit Calvin Silk Grove, que contaba con un 37-0, llegó convencido de que solo necesitaba 15 rondas para pasar por encima de un retador folclórico al que la prensa llamaba El payaso. Jorge Páez respondió

al apodo con una reverencia burlona, se persignó y empezó a bailar. Durante los primeros episodios, Grove impuso distancia con la izquierda larga, pero cada vez que erraba un swing, el mexicano giraba sobre los talones como quien evita un aro de fuego en el circo. El espectáculo irritó al campeón. Su ventaja en las tarjetas no le compraba respeto.

 Cuando el reloj marcó el round 15, el último combate mundialista de 15 asaltos televisado en EE. La historia cambió de golpe. Un upper al hígado dobló a Grove, un gancho de izquierda lo sentó y tras la cuenta, un croché fulminante lo derribó dos veces más. La campana final llegó con el estadounidense de rodillas y con un veredicto de decisión mayoritaria que voló por sorpresa hasta los titulares.

El payaso que hizo llorar al favorito. La corona cruzó la frontera esa noche y con ella nació el mito del showman del boxeo. La fama instantánea exigía confirmación y llegó apenas 7 meses después, el 30 de marzo de 1989 en la propia Mexicali. Grove pidió revancha convencido de que la primera derrota era un accidente.

 Pes aceptó con la promesa de una función todavía más grande. Ya no había máscaras de dudas. El campeón defendió con volteretas, manos a la espalda y un aluvión de combinaciones que vaciaron la paciencia del retador. En el asalto 11, un derechazo limpio, obligó al referen la contienda y elevó al mexicano a estatus de ídolo nacional.

 Segunda victoria sobre el rival que venía con Vitola de Futuro de EE. Ahora por knockout técnico. Poco después, el 21 de mayo de 1989, Páez realizó su primera defensa fuera de México ante Luis Espinoza en Phoénix. Fue una guerra de 12 rondas que terminó en empate dividido. Un juez lo vio ganador, otro a Espinoza y el tercero marcó tablas.

 El flambollante campeón retuvo la faja, pero ese viaje reveló dos cosas. Podía llenar arenas estadounidenses y, sobre todo, el público anglosajón se rendía igual al magnetismo de sus volteretas que al filo de sus ganchos. El resto de 1989 se convirtió en una gira triunfal. El 6 de agosto doblegó por decisión unánime a Steve Cruz en El Paso.

 El 23 de octubre en Inglewood pulverizó al filipino Alan Makituki en seis episodios después de burlarse de él con pasos laterales dignos de un trapecista. Cada defensa añadía un truco. Besos al público, olurinos, fintas que salían de ángulos imposibles y, sobre todo, precisión quirúrgica cuando el rival se abría por frustración.

 Como dijo un comentarista de HBO, PAES no pega duro todo el tiempo, pero pega cuando duele más. El 4 de febrero de 1990 le tocó medirse en Las Vegas con Troy Dorsy, excampeón de kickboxing que presumía cardio infinito. Fue un duelo cerrado. Dory tiró más golpes, pero Pes conectó los nítidos y cerró los asaltos con malabares que incendiaron al Hilton.

 Los jueces le dieron decisión dividida y el mexicano salió del ring sobre los hombros de sus segundos, convencido de que la teatralidad también puntúa cuando va escoltada de precisión. Dos meses después, el 7 de abril, regresó al mismo escenario para la revancha con Espinoza, esta vez con la corona de la OMB también en juego.

 12 rondas intensas, otro veredicto dividido, pero la mano levantada fue la suya, unificó títulos y selló 26 victorias consecutivas. Ese verano, el 8 de julio, ofreció un segundo capítulo con Dorsi que acabó en empate. El texano, más agresivo, le arrancó la ceja, pero no el cinturón. Páez aceptó la igualada con una maroma al centro del ring y la promesa de reinventarse.

 Sin embargo, el salto de categoría le costó caro. El 22 de septiembre de 1990 subió a Super Pluma y perdió por decisión unánime ante Tony López. No hubo bailes, solo la constatación de que la diferencia física pesa. Aquella noche se quebró su racha, aunque no su espíritu circense. El año 1991 lo vio alternar Noches Brillantes, knockout a Javier Márquez en tres y lección táctica a Jorge Ramírez con un controvertido empate técnico frente a Lupe Suárez por un corte accidental.

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