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Jacobo Zabludovsky: Le Heredó a Su Hijo el Apellido Más Poderoso de México… Era una JAULA

de durante 27 años hubo una voz que entraba a tu casa cada noche sin pedir permiso. Tú la dejabas pasar, apagabas la estufa, te sentabas, le bajabas el volumen a los niños y esperabas a que ese hombre de lentes y traje oscuro te dijera qué había pasado en México ese día. Si él lo decía, era verdad. Si él no lo mencionaba, para muchos era como si no hubiera ocurrido.

En tu sala, en tu cocina, en tu recámara, esa voz grave decidía cuál era la realidad del país. Y aquí está la parte que casi nadie se atreve a contar. El hombre que durante casi tres décadas decidió lo que México podía ver, lo que México podía llorar y lo que México debía olvidar, no pudo decidir lo que le pasó a su propio hijo.

El 22 de septiembre de 2018, un mensaje empezó a correr de teléfono en teléfono por toda la Ciudad de México. Pedían donadores de sangre con carácter de urgente, sangre o negativo o b negativo en el banco del hospital ABC de Santa Fe. El nombre del enfermo era Abraham Sabludowski Nerubay, el hijo del hombre más poderoso de la televisión mexicana, el heredero de un apellido que durante décadas abrió todas las puertas del país.

Ahora necesitaba la sangre de desconocidos para seguir vivo. ¿Cómo llega el hijo de Jacobo Sabludowski a una cama de hospital pidiendo sangre prestada? ¿Cómo se derrumba una dinastía que parecía intocable? ¿Y por qué nadie en aquella poderosa Televisa que los crió movió un dedo para defenderlos? Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre el rostro más poderoso de la televisión mexicana.

Primero, como un hijo de inmigrantes que creció entre los puestos del mercado de la merced terminó convertido en el guardián de la versión oficial durante los años más duros del poder en México y a quién tuvo que aplastar para llegar ahí. Segundo, la verdad sobre la frase que lo persiguió hasta la tumba, esa de hoy fue un día soleado.

¿Quién la dijo? ¿Quién jura que nunca la dijo? y por qué se volvió la condena de toda una época. Tercero, como el apellido Sabludowski, que parecía blindado por la empresa más grande de habla hispana, empezó a romperse con un escándalo de millones, el nombre de un Salinas de por medio y una traición que vino de la misma casa que lo había levantado.

Y cuarto, ¿qué fue de ese hijo? ¿Qué quedó del imperio? ¿Y por qué el hombre que controló la realidad de un país entero murió sin poder controlar la suya? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que todo esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a este hombre.

Porque esta historia no empieza el día que el apellido se quebró, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Ciudad de México, 24 de mayo de 1928. En una casa de la calle del doctor Barragán, en la colonia Doctores, nació un niño al que pusieron por nombre Jacobo.

Sus padres, David Sabludowski y Raquel Kraveski, habían llegado de Polonia apenas dos años antes, huyendo de una Europa donde ya se sentía el olor del odio que después incendiaría al mundo. Cuenta la historia familiar que David eligió México casi por azar por un folleto que encontró en el barco entre dos destinos posibles, Nueva York o Buenos Aires.

Pudo ser otro país. Fue México. Desde sus primeros meses, el pequeño Jacobo vivió en el barrio de la Merced. Imagínate ese lugar, el mercado más grande y más bravo de la ciudad. puestos, gritos, polvo, frutas pudriéndose al sol, costales, regateos, idiomas mezclados, el olor a comida y a sudor desde el amanecer.

Un hijo de inmigrantes con un apellido impronunciable, creciendo entre comerciantes que entendían una sola ley. El que no sube lo aplastan. Ahí, entre esa marea de gente, un niño aprendió algo que le serviría toda la vida, que las palabras pueden abrir lo que el dinero no compra, que una voz firme hace que los demás se callen y escuchen, y que en México quien controla el relato controla algo mucho más peligroso que una fortuna.

Controla lo que la gente cree que es verdad. Hay algo que entienden muy pronto los hijos de quienes llegaron de lejos sin nada. David y Raquel cruzaron el océano huyendo de una Europa que pronto iba a convertirse en una tumba para millones de personas como ellos. Llegaron a un país extraño, con otro idioma, otras costumbres, otra comida y se pusieron a trabajar en el comercio, en las telas, en lo que cayera, para echar raíces donde nadie los esperaba.

Un niño que crece viendo a sus padres empezar de cero, que escucha de fondo la historia de la persecución, aprende algo en los huesos, que la seguridad no dura para siempre, que hay que construir una posición tan alta, tan sólida, que nadie pueda volver a quitártela. Jacobo construyó esa posición y la construyó tan grande que terminó creyendo quizá que su familia ya estaba a salvo para siempre.

Ese fue su gran logro y sin que él lo supiera, también la semilla de la tragedia. Porque a su hijo le heredó esa misma necesidad de estar arriba, de ser indispensable, de no caer nunca, sin enseñarle qué hacer el día que el suelo se abriera bajo sus pies. En esa misma familia había otro Abraham, no el hijo que años después cargaría con la sombra.

El hermano mayor de Jacobo, Abraham Sabludowski, nacido en 1924, también en una familia marcada por el destierro, él eligió un camino distinto, el concreto, los planos, la piedra. se volvió uno de los grandes arquitectos de México, el hombre que levantó, entre muchas otras obras, el museo Rufino Tamayo, edificios que todavía puedes tocar con las manos, que siguen de pie, aunque hayan pasado los gobiernos y los presidentes.

Mientras este Abraham levantaba muros para que la gente entrara, su hermano Jacobo empezaba a levantar otra clase de muros, muros invisibles dentro de la cabeza de un país entero. Guarda ese nombre, Abraham, porque va a volver y cuando vuelva ya no va a ser un arquitecto, va a ser un hijo y el peso que va a cargar será insoportable.

Jacobo entró al periodismo muy joven en 1946 como ayudante de redactor en una cadena de radio. Se hizo abogado en la Universidad Nacional y cuando la televisión mexicana apenas nacía hacia 1950, ahí estaba él metiendo las manos en una bestia recién parida que todavía no sabía lo que iba a hacer. Otros vieron una novedad.

Jacobo vio un trono. Entendió antes que casi nadie que la televisión no servía solo para informar. Servía para decidir qué entraba al cuadro y qué se quedaba fuera, golpeando el vidrio sin permiso para existir. Y él estuvo ahí desde el primer día. Jacobo había empezado en la radio en 1946. como ayudante de redactor, ganándose la vida con la voz mientras estudiaba leyes.

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