El sol de mediodía en Madrid no perdona, pero en la terraza de «El Doble», bajo el toldo descolorido que ha visto pasar más crisis que el Banco de España, se estaba de cine. Javi observaba con una mezcla de fascinación y horror cómo una gota de condensación resbalaba lentamente por la caña de cerveza bien tirada. Era ese momento sagrado del sábado, el preludio de las patatas bravas y el ruido de fondo de una ciudad que solo sabe comunicarse a gritos.
Elena, sentada frente a él, no miraba la cerveza. Miraba su iPhone con una intensidad que Javi solo había visto antes en los desactivadores de explosivos de las películas.
— Javi, hazme el favor. No me cuesta nada y a mí me deja más tranquila —soltó ella, sin levantar la vista de la pantalla, con ese tono de voz que parece una sugerencia pero lleva implícito un decreto ley.
Javi suspiró, dejando la caña en el posavasos de cartón empapado. Sabía a dónde iba esto. Llevaban tres años juntos, dos compartiendo piso en Chamberí y seis meses discutiendo de forma intermitente sobre la bendita «ubicación en tiempo real».
— Elena, por el amor de Dios, que ya lo hemos hablado. Compartir la ubicación las veinticuatro horas no es una medida de seguridad, es el argumento de una distopía de bajo presupuesto. Solo falta que me pongas un chip en la nuca y me des una descarga cada vez que me acerque a un Burger King.
— No seas exagerado, de verdad. Eres un dramático —Elena dejó el móvil sobre la mesa de metal, que cojeaba ligeramente—. Es por si pasa algo. El otro día leí que a un chico le dio un parraque corriendo por el Retiro y, si no llega a ser porque la novia vio que llevaba parado veinte minutos en medio de un sendero, no lo cuentan.
— Al chico le dio un parraque porque intentó correr un maratón después de cenar torreznos, Elena. No me metas miedo con casos aislados. Además, si me pasa algo en el Retiro, me encontrará un paseador de perros o un turista haciendo un selfi, no necesito que me rastrees como si fuera un lince ibérico en peligro de extinción.
— ¿Ves? Ya estamos —ella arqueó una ceja, cruzando los brazos—. Siempre te lo llevas al terreno de la libertad individual y de que soy una controladora. Que no es control, Javi. Es… logística emocional. Saber que estás bien. Saber que si vas a tardar media hora más porque te has liado con tus amigos, no tengo que estar llamándote como una loca por si te han secuestrado unos alienígenas en la Castellana.
Javi soltó una carcajada seca, atrayendo la mirada de un señor mayor que, en la mesa de al lado, despachaba un vermú con una aceituna del tamaño de un puño.
— ¡Logística emocional! —exclamó Javi, bajando un poco la voz al darse cuenta de que estaba montando un número—. Te inventas unos términos que flipas. Mira, compartir la ubicación en pareja es tóxico. Es el fin de la confianza. Si necesito que sepas dónde estoy para que me quieras o para que estés tranquila, es que algo en nuestra base de datos amorosa está corrupto. Eso no es amor, Elena, es control preventivo. Es como si me pusieras una tobillera electrónica de esas de los que están en arresto domiciliario, pero con emojis de corazones.
Elena suspiró, buscando paciencia en el cielo azul de Madrid. Sabía que Javi era testarudo, pero hoy parecía haberse levantado con el manifiesto anarquista bajo el brazo.
— No es control porque yo también te la comparto a ti. Es recíproco. Una red de seguridad mutua. ¿Y si me pasa algo a mí volviendo de noche del trabajo? ¿No te gustaría saber dónde estoy si no contesto al móvil?
— Si no contestas al móvil, me preocupo, te llamo tres veces, llamo a tu madre y luego bajo a la calle a buscarte. Eso es lo normal. Lo que no es normal es ver un puntito azul moviéndose por el Google Maps y pensar: «Ah, mira, Elena está cruzando Santa Engracia, qué bien, ya ha pasado el semáforo de Ponzano». ¡Es de locos! Es quitarle todo el misterio a la vida. A este paso, lo próximo será compartir el historial del navegador o ponernos una cámara en la frente para ver lo que ve el otro.
— Estás siendo un «cuñao», Javi. Un «cuñao» digital. Todos mis amigos lo hacen. Lucía y Carlos se tienen ubicados, y les va genial. Incluso les sirve para saber cuándo poner la pasta a hervir cuando el otro está volviendo del gimnasio.
— Lucía y Carlos son el ejemplo perfecto de por qué NO hay que hacerlo —replicó él, señalándola con un palillo—. ¿Te acuerdas de la que se lió en el cumpleaños de Nacho? Carlos estuvo media hora escondido en el portal porque Lucía veía que el puntito azul no avanzaba y pensaba que se había quedado encerrado en el ascensor. Estuvieron a punto de llamar a los bomberos y el pobre chaval solo estaba terminando de escuchar un podcast de crímenes reales porque no quería que ella le interrumpiera. ¡Privacidad, Elena! La privacidad es el pegamento de la convivencia.
Elena cogió su cerveza y bebió un sorbo largo, meditando su siguiente movimiento. La discusión no era nueva, pero el tono de Javi hoy tenía un matiz de resistencia heroica que le hacía gracia y le desesperaba a partes iguales.
— Vale, aceptamos barco —dijo ella, dejando el vaso—. Digamos que es control. ¿Y qué? Todos controlamos un poco. Tú controlas que yo no me coma tus yogures griegos de stracciatella marcándolos con tu nombre en la nevera. Eso también es una falta de confianza, si nos ponemos así.
— ¡Eso es defensa propia! Mis yogures son sagrados. No mezcles el tocino con la velocidad, que nos conocemos. Un yogur es un bien tangible; mi ubicación es mi alma digital errante.
— Eres un exagerado de manual. Mira, hagamos una cosa. Solo durante este fin de semana. Como experimento sociológico, ya que te gusta tanto la antropología de barra de bar. Nos compartimos la ubicación hasta el lunes por la mañana. Si para entonces sientes que has perdido tu masculinidad alfa o que Orwell te está mirando desde el más allá con desprecio, lo quitamos y no te lo vuelvo a pedir en la vida. Prometido.
Javi la miró con sospecha. Conocía esas trampas. Elena era experta en «pruebas gratuitas» que luego se convertían en suscripciones vitalicias difíciles de cancelar, como el gimnasio aquel que todavía le cobraba diez euros al mes por una pulsera que perdió en 2019.
— ¿Solo hasta el lunes? —preguntó él, entrecerrando los ojos.
— Palabra de honor. El lunes a las nueve de la mañana, cuando entres por la puerta de la oficina, dejas de ser un puntito azul para convertirte de nuevo en el hombre invisible que tanto ansías ser.
— ¿Y no vas a estar mirando cada cinco minutos si estoy en el estanco o si me he parado a mirar una oferta de zapatillas en el escaparate de la esquina?
— Javi, tengo una vida. Tengo un trabajo, tengo amigas y tengo una serie de Netflix que terminar. No eres tan interesante como para que te haga un seguimiento satelital constante. Solo quiero la «seguridad».
Javi miró su móvil. Miró a Elena. Miró la tercera caña que el camarero acababa de poner sobre la mesa sin que nadie se la pidiera, porque en «El Doble» la cerveza fluye de forma orgánica.
— Está bien. Acepto el reto. Pero que conste que esto es el primer paso hacia una sociedad de vigilancia totalitaria y tú eres la cara amable del Gran Hermano.
— Calla y dale al botón, anda —rio ella, desbloqueando su móvil y enviándole la solicitud.
Javi suspiró, entró en WhatsApp, seleccionó el chat de Elena, pulsó el clip, luego «Ubicación» y, finalmente, con el dedo tembloroso como si estuviera firmando su propia sentencia de muerte, seleccionó «Ubicación en tiempo real – 8 horas». Repitió el proceso para cubrir el día.
— Ya está. Oficialmente, soy un objetivo del Pentágono controlado por mi novia. ¿Estás feliz?
— Mucho más —dijo ella con una sonrisa triunfal, guardando el teléfono en el bolso—. Ahora, vamos a pedir las bravas, que con tanta tontería de la libertad me ha entrado un hambre que no veo.
Lo que Javi no sabía en ese momento, mientras el camarero gritaba «¡una de bravas y dos de oreja!» hacia la cocina, es que el fin de semana iba a ser mucho más largo de lo esperado. Porque el problema de los puntitos azules no es que se muevan, sino lo que la imaginación hace cuando se quedan quietos demasiado tiempo en el lugar equivocado.
Parte 2: El efecto «¿Qué haces ahí?»
La tarde del sábado transcurrió con una normalidad engañosa. Javi y Elena se separaron después del vermú. Ella se fue a «echar un ojo» a unas rebajas en Fuencarral con su amiga Marta —lo que en idioma Elena significaba tres horas de análisis táctico de prendas que probablemente no compraría— y él decidió irse a casa para terminar de montar una estantería de Ikea que llevaba dos semanas apoyada contra la pared como una amenaza silenciosa de desahucio.
A las cinco de la tarde, Javi estaba sudando la gota gorda peleándose con una llave Allen que parecía diseñada por un enemigo de la ergonomía. Su móvil, abandonado sobre la encimera de la cocina, vibró.
Era un WhatsApp de Elena. Javi sonrió, pensando que sería una foto de algún vestido horrible para que él diera su opinión (que siempre era «te queda bien, cariño», la única respuesta segura para la supervivencia del varón). Pero no.
«¿Te has ido a dormir la siesta al final? Te veo parado en casa hace una hora.»
Javi dejó la llave Allen en el suelo y frunció el ceño. Se acercó al móvil.
«Estoy montando la estantería de los demonios, Elena. ¿Ya me estás vigilando?»
La respuesta fue instantánea.
«No te estoy vigilando, tonto. He abierto el mapa para ver por dónde iba Marta, que se ha ido a por el coche, y te he visto ahí quietecito. Me ha hecho gracia.»
«Ya, gracia. Me tienes controlado por satélite mientras yo lucho contra el aglomerado sueco. Esto es lo que te decía. La falta de misterio.»
«Ay, no te ralles. Sigue con tu estantería, bricomaníaco. Luego te veo.»
Javi dejó el móvil, pero la sensación de estar siendo observado no se fue. De repente, la estantería ya no era solo una estantería. Era una estantería que estaba siendo montada bajo la supervisión invisible de un satélite geoestacionario. Se sintió tentado de irse al baño solo para ver si Elena le escribía preguntándole si tenía problemas de próstata por estar demasiado tiempo en el servicio.
A las siete de la tarde, terminó la faena. Orgulloso de su obra, aunque sobraran tres tornillos y la estructura oscilara sospechosamente si alguien estornudaba cerca, decidió recompensarse bajando a comprar tabaco y, de paso, pillar algo para la cena.
Caminó por la calle Eloy Gonzalo, disfrutando de la brisa del atardecer. Se detuvo un momento frente a una tienda de cómics. Siempre le gustaba mirar el escaparate. Entró. Solo cinco minutos. O diez.
A los quince minutos, el móvil vibró en el bolsillo.
«¿Desde cuándo te interesa la numismática?», decía el mensaje de Elena.
Javi se quedó de piedra. Miró a su alrededor, medio paranoico, buscando a Elena tras un estante de figuras de Marvel. No estaba. Luego miró el escaparate de la tienda de al lado. Era una tienda de monedas antiguas y sellos. El GPS, con su margen de error de unos pocos metros, lo situaba exactamente allí.
«Estoy en la tienda de cómics, Elena. La de al lado. ¿Me estás siguiendo los pasos cada vez que me muevo?»
«¡Que no! Es que he salido de la tienda de ropa y he mirado el mapa para ver si ya estabas de camino al súper, para decirte que compraras leche de avena. Me ha salido que estabas en “Numismática Filatelia Pepe”. He pensado que te habías vuelto viejo de repente.»
Javi salió de la tienda de cómics sin comprar nada, sintiéndose como un adolescente que ha sido pillado fumando detrás del instituto.
«Voy al súper. Voy a comprar la leche de avena. Y por favor, deja de mirar el puntito azul, que me estoy empezando a sentir como un fugitivo de El Fugitivo.»
«¡Exagerado! ¡Que es por logística! Jajajajaja.»
La cena fue un poco tensa. No es que discutieran, pero Javi estaba en modo defensivo. Cada vez que Elena cogía su teléfono para mirar Instagram, él la miraba de reojo, convencido de que en realidad estaba refrescando el mapa para ver si él seguía sentado a su lado o si su cuerpo se había desplazado tres centímetros hacia la izquierda.
— Mañana hemos quedado con mis padres para comer, ¿te acuerdas? —dijo Elena, pinchando un trozo de tortilla.
— Sí, en el sitio ese de la sierra —respondió Javi—. ¿Vas a poner la ubicación para que tu madre sepa exactamente cuándo estamos pasando por el túnel de Guadarrama? Porque sabes que si se entera de que existe esto, te va a pedir que se la compartas a ella también. Y ahí sí que se acaba tu vida social.
Elena se quedó pensativa. El concepto de su madre teniendo acceso a su ubicación en tiempo real era el equivalente digital a abrir las puertas del infierno. Su madre era de las que llamaban si tardabas cinco minutos más de la cuenta en llegar a casa después de un viaje.
— Ni se te ocurra mencionárselo —advirtió Elena—. Mi madre no está preparada para esta tecnología. Se pensaría que si el puntito no se mueve es que he tenido un accidente múltiple con un camión de mudanzas.
— ¡Ahá! —Javi señaló con el tenedor—. ¡Lo admites! Es una herramienta generadora de ansiedad. Si para tu madre es malo, ¿por qué para nosotros es bueno?
— Porque nosotros somos jóvenes, Javi. Tenemos criterio. Sabemos interpretar los datos. Si veo que estás en un bar, sé que estás bebiendo cerveza, no que te han secuestrado para pedir un rescate en criptomonedas.
— Pues esta tarde no parecías tener tanto criterio con lo de la numismática —refunfuñó él.
La noche pasó sin más incidentes, pero Javi tuvo un sueño extraño. Soñaba que era un Pac-Man gigante que corría por las calles de Madrid, y que Elena era un fantasma rosa que lo perseguía por el Paseo del Prado gritando: «¡Mándame la ubicación, que no te veo!».
El domingo amaneció con ese cielo azul radiante que solo tiene Madrid después de una noche de juerga. Se prepararon para ir a la sierra. Javi, en un arrebato de rebeldía silenciosa, decidió dejar su móvil en casa «por olvido». Lo dejó cargando en el salón, escondido detrás de un cojín.
Subieron al coche. Elena conducía. Al llegar a la altura de Collado Villalba, ella frunció el ceño.
— Oye, Javi, ¿tienes el móvil en silencio? Te he mandado un TikTok y ni lo has mirado.
— Ah, pues no sé. Igual me lo he dejado en casa —dijo él, intentando sonar casual, con una interpretación que no le habría servido ni para un anuncio de champú.
Elena aparcó en el arcén con una maniobra un tanto brusca.
— ¿Cómo que te lo has dejado en casa?
— Pues eso. Se me habrá pasado. Con las prisas por salir…
— Javi, no me mientas. Te lo has dejado a propósito para que no pueda verte en el mapa. Eres increíble.
— ¡No es verdad! Bueno, un poco sí. Quería ver qué se siente siendo un hombre libre en pleno siglo XXI. ¿Qué pasa? ¿Es que no puedo ir a comer con mis suegros sin llevar un transpondedor activo?
— Pues pasa que ahora, si nos separamos en el restaurante o si te vas a dar un paseo por el monte mientras yo hablo con mi madre, no tengo ni idea de dónde estás.
— ¡Estaré en el monte, Elena! ¡Búscame por el olor a pino o por mis gritos de auxilio si me ataca un jabalí! ¿De verdad es tan grave?
— No es grave, es infantil. Parece que tienes cinco años y te estás escondiendo para que no te den la medicina.
— No, Elena. Lo que es infantil es no poder estar tres horas sin saber las coordenadas geográficas exactas de tu pareja. Estamos llegando a un nivel de dependencia tecnológica que asusta. ¿Tú sabes cómo se conocieron mis abuelos? Mi abuelo se fue a la guerra, estuvo tres años sin que nadie supiera dónde estaba, y mi abuela lo esperó cosiendo calcetines. ¡Eso es amor! No mirar una pantalla de cristal líquido para ver si el otro está en el Mercadona.
— Tus abuelos vivían en una época donde la gente moría de tuberculosis y no había antibióticos, Javi. No me vengas con romanticismos bélicos. Estamos en 2026. La tecnología está para usarse.
— ¡Para usarse, no para que nos use ella a nosotros!
La comida con los suegros fue un despliegue de diplomacia por parte de Javi y de miradas asesinas por parte de Elena. El padre de Elena, un hombre que aún usaba un Nokia de teclas porque decía que los smartphones eran «aparatos de espionaje masónico», se puso del lado de Javi sin saberlo.
— Yo no sé qué manía tenéis con los aparatitos estos —dijo el hombre, atacando un chuletón—. El otro día vi a una pareja en el autobús y no se hablaron en todo el trayecto. Cada uno con su pantallita. Parecían dos zombis.
Javi miró a Elena con cara de «te lo dije». Elena le devolvió una mirada que decía «esta noche duermes en el sofá de los tornillos de Ikea».
De regreso a Madrid, el silencio en el coche era denso. Javi empezó a sentirse un poco culpable. Al final, tampoco era para tanto, ¿no? Solo era un puntito azul. Tal vez estaba siendo un poco «viejoven» con todo este tema de la privacidad.
Al llegar a casa, Javi corrió hacia el sofá y recuperó su móvil. Tenía catorce llamadas perdidas de un número desconocido y un mensaje de texto de su mejor amigo, Nacho.
«Tío, contesta al móvil. Te estoy llamando desde el curro porque he perdido el mío. Me ha pasado una movida épica y necesito que me recojas en Moncloa. Ahora mismo.»
Javi miró la hora. El mensaje era de hacía dos horas.
— Mierda —susurró Javi.
— ¿Qué pasa? —preguntó Elena, quitándose los zapatos.
— Nacho. Ha tenido un problema y me estaba pidiendo ayuda. Si hubiera tenido el móvil encima…
— …Y si hubieras tenido la ubicación compartida con él, o si yo hubiera podido ver que no te movías de casa mientras él te llamaba, igual habríamos podido hacer algo —remató Elena, cruzando los brazos con esa suficiencia que solo tienen las personas que saben que acaban de ganar una discusión épica.
Javi se quedó mirando el móvil. La ironía de la situación le golpeó con la fuerza de un camión de basura a las cuatro de la mañana. Su gran acto de rebelión contra la vigilancia digital le había impedido ayudar a su mejor amigo en un momento de necesidad.
— Vale —dijo Javi, suspirando—. Un punto para el Gran Hermano. Pero esto no significa que tengas razón en todo.
— No, solo en lo importante —sonrió ella, acercándose para darle un beso en la mejilla—. Venga, llama a Nacho a ver si sigue vivo.
Parte 3: La espiral de la paranoia
La semana comenzó con una tregua armada. Javi, sintiéndose algo culpable por lo de Nacho —que al final solo se había quedado sin batería y sin llaves, teniendo que esperar a su compañero de piso durante tres horas en una cafetería de Moncloa—, decidió mantener la ubicación compartida «un poco más».
Pero lo que empezó como una herramienta de seguridad se convirtió rápidamente en un videojuego de estrategia mental.
El martes, Javi salió del trabajo y, en lugar de ir directo a casa, decidió pasar por una tienda de deportes para mirar unas pesas. Sabía que Elena lo vería. Se quedó mirando el puntito azul de su propia ubicación en el mapa, imaginando a Elena en su oficina, refrescando la pantalla.
«¿Qué haces en la calle Princesa?», escribió ella a los cinco minutos.
«Mirando mancuernas. ¿Ves cómo eres? No puedes evitarlo. Eres una adicta al tracking.»
«Solo he abierto el mapa para ver si te daba tiempo a pasar por la tintorería, que está ahí al lado. No seas egocéntrico, que el mundo no gira alrededor de tu geolocalización.»
Javi empezó a desarrollar una técnica que él llamaba «el despiste geográfico». A veces, se paraba deliberadamente frente a sitios raros solo para ver si ella reaccionaba. Se detuvo diez minutos frente a una clínica de estética especializada en depilación láser masculina. Nada. Se paró otros quince frente a una tienda de vestidos de novia de segunda mano. Silencio total.
«Vaya», pensó Javi, «o tiene mucha fuerza de voluntad o está planeando algo».
La tensión cómica alcanzó su punto álgido el jueves. Javi había quedado con unos antiguos compañeros de la universidad para tomar unas cañas. Le avisó a Elena, por supuesto. Pero no le dijo el sitio exacto, solo que era por la zona de Retiro.
A las ocho de la tarde, Javi estaba en un bar llamado «La casta», disfrutando de su anonimato grupal. De repente, miró el móvil. Elena le había compartido una captura de pantalla del mapa.
En la imagen, el punto azul de Javi aparecía justo encima de un establecimiento llamado «Club Relax El Paraíso».
Javi sintió que se le cortaba la digestión.
«¡Javi! ¡¿Me puedes explicar qué haces en un club de alterne a las ocho de la tarde?!», decía el mensaje de Elena, seguido de una hilera de emojis de llamas y caras enfadadas.
Javi miró a su alrededor frenéticamente. «La casta» era un bar de toda la vida, con sus azulejos, sus servilletas de papel que no limpian nada y su olor a fritanga. Pero, efectivamente, justo en el piso de arriba, había un portal con una luz de neón roja bastante sospechosa.
«¡Elena, que estoy en el bar de abajo! ¡Es el GPS, que no tiene precisión vertical! ¡Estoy con Paco y con el Gordo, te lo juro! ¡Te mando una foto!»
Javi se hizo un selfi con sus amigos, que salieron con cara de no entender nada, sosteniendo sus cañas como si fueran pruebas judiciales.
«Más te vale», respondió ella. «Pero que sepas que me ha dado un vuelco el corazón. El puntito no miente, Javi, solo es impreciso.»
— Tío, estás fatal —le dijo Paco, entre risas, cuando Javi le explicó la movida—. Compartir la ubicación es lo peor que puedes hacer. Es como darle las llaves de tu cerebro a tu novia. Mi ex me hacía eso y un día me montó un pollo porque el GPS decía que estaba en medio del río Manzanares. ¡Del río! Se pensaba que estaba haciendo un intercambio de drogas debajo de un puente y yo solo estaba paseando al perro por Madrid Río, pero la señal rebotó en un edificio de hormigón.
— Es que es una mierda —concordó el Gordo—. Yo lo hice una vez y terminé borrando la app. Mi madre me llamaba para decirme que iba demasiado rápido por la M-30. «Hijo, que vas a 130, que te he visto en el Waze». ¡Me quería morir!
Javi volvió a casa esa noche con la lección aprendida: el mapa es un mentiroso compulsivo. Las señales rebotan, la precisión falla y un hombre honrado puede acabar pareciendo un cliente habitual de un lupanar solo por culpa de un satélite que ha tenido un mal día.
— Tenemos que hablar —dijo Javi nada más entrar por la puerta.
Elena estaba sentada en el sofá con el portátil. Ni siquiera levantó la vista.
— Ya sé lo que vas a decir. Lo del club de alterne. Ha sido gracioso, ¿no?
— ¡No ha tenido ninguna gracia, Elena! He estado a punto de sufrir una crisis de ansiedad en medio de una ración de calamares. Esto demuestra mi punto: la ubicación genera malentendidos. No te da seguridad, te da falsas pruebas para acusarme de cosas que no he hecho.
— Pero si yo sabía que no estabas allí de verdad, Javi. Solo quería chincharte un poco por lo pesado que te pones con el tema de la privacidad.
— ¿Ah, sí? ¿O sea que ahora usas el sistema de vigilancia para hacerme «gaslighting» digital? Esto es cada vez mejor. Es como vivir en una novela de John le Carré pero con menos glamour y más mensajes de WhatsApp.
Elena cerró el portátil y lo miró seriamente.
— Javi, escúchame. Lo del mapa es una herramienta. Si tú te lo tomas como un ataque personal, es tu problema. Para mí es como saber si hay tráfico o si va a llover. Es información.
— ¡Yo no soy información meteorológica, Elena! Soy un ser humano con derecho a desviarme del camino para comprarme un helado sin tener que dar explicaciones a un satélite artificial.
— Pues mañana vas a tener que dar muchas explicaciones, porque es el cumpleaños de mi hermano y hemos quedado todos en el centro. Y ya sabes que mi hermano es de los que se pierden hasta en el pasillo de su casa. Le he dicho que nos comparta la ubicación a todos para que podamos encontrarnos en la Plaza Mayor.
Javi se llevó las manos a la cabeza. Un grupo de WhatsApp familiar con la ubicación compartida en tiempo real. Era su peor pesadilla hecha realidad. Una red de puntos azules moviéndose por el centro de Madrid como una plaga de langostas digitales.
— Esto va a terminar mal, Elena. Te lo aviso. Mucha gente compartiendo coordenadas en un sitio con calles estrechas y edificios altos donde el GPS se vuelve loco… Es la receta perfecta para el desastre.
— No seas agorero. Va a salir bien. Mañana a la una, en la estatua de Felipe III. Y no te dejes el móvil en casa, que te conozco.
Parte 4: El Gran Colapso del GPS
El sábado amaneció con el centro de Madrid abarrotado. Era uno de esos días en los que parece que toda la población de España ha decidido ir a la vez a la Plaza Mayor a comerse un bocadillo de calamares.
Javi estaba allí, de pie junto a la estatua de Felipe III, sintiéndose como un náufrago en una isla de turistas y artistas callejeros disfrazados de personajes de Disney con proporciones perturbadoras.
Abrió el grupo de WhatsApp: «Cumple Borja 🎂».
Había seis ubicaciones compartidas activas. El mapa era un caos. El punto de su suegra parecía estar moviéndose a gran velocidad por encima de los tejados de la calle Postas. El de Borja, el cumpleañero, estaba estático en medio de una iglesia cercana. Su suegro aparecía, inexplicablemente, en medio de la fuente de la plaza.
«¿Dónde estáis?», escribió Elena. «Yo estoy llegando por la calle Mayor, pero veo a mi madre en el tejado de una mercería.»
«¡Hija, que yo estoy aquí al lado de un señor vestido de Mickey Mouse que huele a tabaco!», respondió la suegra por audio, con el ruido de fondo de mil personas gritando.
«Papá, ¿qué haces en la fuente?», preguntó Borja.
«Yo no estoy en ninguna fuente, estoy mirando un escaparate de mantones de Manila. Este mapa es una porquería, Elena, te lo dije. Me dice que estoy en el agua y tengo los zapatos bien secos.»
Javi miraba la pantalla con una sonrisa cínica. Era el caos que había predicho. La tecnología, en lugar de unirlos, los estaba dispersando por el centro de la ciudad como si fueran canicas en una pendiente.
— ¡Javi! —escuchó un grito.
Era Elena. Venía corriendo, sorteando a un grupo de turistas japoneses. Llegó a su lado jadeando.
— ¿Has visto el mapa? —preguntó ella, recuperando el aliento—. Es imposible. Dice que mi hermano está a doscientos metros, pero según el GPS está dentro de una caja fuerte de un banco.
— Te lo dije, Elena. El centro de Madrid es el Triángulo de las Bermudas para el posicionamiento global. Los edificios son viejos, las calles son estrechas y hay demasiada gente con el Bluetooth encendido. El sistema ha colapsado. Somos oficialmente analógicos otra vez.
En ese momento, el móvil de Elena empezó a sonar. Era su madre, presa del pánico.
— ¡Elena! ¡Que el mapa dice que Javi se está alejando hacia el Palacio Real! ¡¿A dónde va ese chico?! ¡Que se va a perder el aperitivo!
Javi miró su propio móvil. Efectivamente, su punto azul, por un error de triangulación masivo, había decidido emprender un viaje solitario hacia los jardines de Sabatini a unos sesenta kilómetros por hora.
— ¡Dile que no me muevo, que estoy aquí parado como un pasmarote junto al caballo de Felipe III! —exclamó Javi.
— ¡Mamá, que Javi está aquí conmigo! ¡No mires el mapa, mira a la gente! —gritó Elena al teléfono.
Pero la semilla de la desconfianza tecnológica ya estaba plantada. Durante los siguientes veinte minutos, la familia de Elena vagó por los alrededores de la Plaza Mayor siguiendo señales fantasmales. El suegro terminó en un callejón sin salida buscando a Borja, mientras Borja intentaba localizar a su madre, que según el móvil estaba en el sótano de un restaurante de cocido.
Al final, fue Javi quien tomó el mando.
— ¡Se acabó! —gritó en el grupo de WhatsApp—. ¡Todo el mundo que apague la ubicación ahora mismo! ¡Es una orden! Quedamos en la puerta del bar «Los Galayos» en cinco minutos. De la forma antigua: usando los ojos y preguntando a los camareros. ¡Moveos!
Uno a uno, los puntos azules fueron desapareciendo del mapa. Fue como si una constelación se fuera apagando lentamente.
Cinco minutos después, toda la familia estaba reunida frente al restaurante. Estaban sudados, un poco irritados y con los móviles ardiendo de tanto procesar datos inútiles.
— ¡Vaya jaleo! —dijo la suegra, abanicándose con la mano—. Yo casi me meto en un convento de clausura porque el mapa decía que Borja estaba allí pidiendo limosna.
— Ha sido un desastre, Elena —sentenció el suegro—. La próxima vez, quedamos en la gasolinera de la entrada, como toda la vida. Ahí no hay pérdida.
Durante la comida, el tema de conversación fue, inevitablemente, el gran fracaso del GPS. Javi disfrutaba de su victoria moral mientras saboreaba un croquetón de jamón.
— ¿Ves, cariño? —le susurró a Elena al oído—. La ubicación compartida no nos dio seguridad. Nos dio una excursión no deseada por los tejados de Madrid y un principio de infarto a tu madre.
Elena suspiró, dejando el móvil boca abajo sobre la mesa.
— Vale, pesado. Tienes razón. En entornos urbanos densos y con alta concentración de suegros, la tecnología falla.
— Falla siempre, Elena, porque sustituye al instinto y a la comunicación real. Si me quieres encontrar, búscame. Si quieres saber si estoy bien, confía en mí. Y si me pasa algo en el Retiro… pues oye, al menos moriré con un poco de privacidad, que es un lujo hoy en día.
Elena se rió y le dio un empujoncito con el hombro.
— Está bien. Me rindo. A partir de mañana, a las nueve de la mañana, como prometí, desactivamos todo. Volverás a ser un misterio para la humanidad.
— Gracias. No sabes las ganas que tengo de ir al baño sin que pienses que me he caído por un agujero de gusano espacio-temporal.
El lunes por la mañana, Javi entró en la oficina. Se sentó en su mesa, dejó la mochila y sacó el móvil. Eran las 08:59. Esperó un minuto, viendo cómo el reloj digital cambiaba al 09:00.
Entró en los ajustes, buscó «Compartir ubicación» y deslizó el interruptor hacia la izquierda. El puntito azul desapareció. Javi sintió una liberación casi física, como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras.
Por fin, era libre. Podía ir a por un café, podía bajar a la calle a fumar, podía irse a la otra punta de la ciudad si le daba la gana y nadie, absolutamente nadie, lo sabría a menos que él decidiera contarlo.
A las once de la mañana, su móvil vibró. Era un mensaje de Elena.
«Hola, desaparecido en combate. Supongo que ya estás en tu burbuja de privacidad absoluta, ¿no?»
Javi sonrió y empezó a escribir: «Así es. Soy un hombre nuevo. Un enigma. Un…»
De repente, se detuvo. Miró a su alrededor. Se dio cuenta de que no tenía ni idea de si Elena había llegado bien a su reunión con el cliente nuevo, una reunión que la tenía muy nerviosa. Se dio cuenta de que, aunque odiaba el control, le gustaba ese pequeño hilo invisible que los unía.
Borró lo que había escrito y puso:
«Sí, soy un hombre libre. Pero oye… mándame un mensaje cuando salgas de la reunión, ¿vale? Solo para saber que no te han comido los leones del marketing.»
Elena tardó unos segundos en responder.
«No te preocupes, “cuñao”. Te llamaré por teléfono. Como hacían tus abuelos durante la guerra.»
Javi dejó el móvil en la mesa y soltó una carcajada. La tecnología no era el problema, ni el amor, ni el control. El problema era que, en el fondo, por mucho que valoramos nuestra libertad, todos queremos que alguien, en algún lugar, sepa exactamente dónde estamos, aunque sea para decirnos que estamos tardando demasiado en comprar la leche de avena.
Pero por hoy, el puntito azul se quedaría apagado. Había demasiado mundo ahí fuera como para verlo a través de una pantalla de cinco pulgadas. Javi se levantó, fue hacia la máquina de café y, por primera vez en una semana, caminó sin preocuparse de si su trayectoria estaba siendo grabada por un satélite a veinte mil kilómetros de altura.
Y curiosamente, nunca se había sentido tan localizado.