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El secreto de Era: La odisea del guitarrista que engañó al mundo con una lengua inventada

¿Qué sucede cuando la música deja de ser solo una secuencia de notas para convertirse en una experiencia mística que parece abrir portales a mundos olvidados? Es una pregunta que ha resonado en los oídos de millones desde finales de los noventa. Seguramente, has escuchado esa melodía en algún anuncio de televisión, en la banda sonora de una película o, incluso, como el himno no oficial de un momento épico en tu vida. Se trata de Era, un proyecto musical que, bajo el velo de un misticismo medieval y coros poderosos, logró engañar al mundo, convirtiéndose en un fenómeno que vendió millones de álbumes sin que el rostro de su cerebro creativo fuera conocido.

Pero detrás de la grandiosidad de canciones como “Ameno” o “Divano” no se encuentra un monasterio antiguo ni un grupo de monjes iluminados. La verdadera historia es mucho más terrenal, cargada de rechazo y una perseverancia casi obsesiva. El arquitecto detrás de este sonido sagrado no es un erudito, sino Eric Lévi, un guitarrista de rock pesado que, en lugar de buscar la fama bajo los reflectores, decidió aislarse en la torre de un castillo real para crear una obra que, según los ejecutivos de su tiempo, estaba “anticuada” y destinada al fracaso. Esta es la crónica de una batalla musical épica, el relato de cómo un hombre decidió invertir su propia fortuna para construir un universo sonoro que, sin decir una sola palabra real, nos convenció a todos de que estábamos escuchando el pasado.

Del Heavy Metal a la Torre del Castillo

Para comprender la magnitud de lo que significó Era, debemos viajar a 1976. Eric Lévi, hijo de una bailarina y un académico, creció inmerso en la música clásica, pero su corazón latía al ritmo del rock. En su juventud, fundó Shaken Street, una banda francesa de Heavy Rock que llegó a tener presencia en Estados Unidos, compartiendo escenario con titanes como AC/DC y Black Sabbath. Sin embargo, la industria es voluble y la banda terminó disolviéndose.

Tras un paso por Nueva York, Lévi regresó a Francia con una idea clara: componer bandas sonoras. Fue en ese proceso cuando compuso “Enae Volare Mezzo” para la comedia Los visitantes. Aunque la película fue un éxito arrollador que atrajo a 14 millones de espectadores a las salas, la banda sonora fue un estrepitoso fracaso comercial. Pero en ese fracaso, Eric encontró una chispa. Percibió una dimensión mística en los sonidos medievales y corales, y decidió que allí, en esa intersección entre lo antiguo y lo moderno, había un proyecto esperando nacer: Era.

El nombre no fue una elección al azar. Era significa época o periodo en casi todas las lenguas occidentales. Era el puente perfecto entre un pasado lejano y el presente. En 1995, con la convicción de un loco o de un visionario, tomó la decisión más radical de su carrera: se aisló en Donjon, la torre principal del castillo real de Collioure, en Francia. “Sentí como si estuviera creando la banda sonora de una película que aún no existía”, confesaría años después.

El idioma que no existe: La brillante estafa sonora

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Una de las grandes preguntas que siempre rodeó a Era es: ¿Qué idioma es ese? Muchos asumieron que era latín, griego antiguo o algún dialecto perdido de los templarios. La realidad es mucho más fascinante: se trata de una lengua imaginaria, creada exclusivamente por su sonoridad.

Lévi tuvo una idea clara: no quería contar historias con palabras, quería que el oyente proyectara sus propias emociones sobre el sonido. Para materializar esto, contrató al maestro inglés Guy Protero. La regla era simple: el significado gramatical no importaba, solo la fonética, la cadencia y el poder de las voces. Canciones como “Ameno” nacieron de esta premisa. Aunque grabaron temas en idiomas reales, el impacto de esa lengua inventada fue el verdadero éxito.

Sin embargo, cuando Eric presentó su proyecto a las discográficas, la respuesta fue unánime: el rechazo. Fue humillado, rechazado y tildado de “copia barata” de Enigma, el proyecto de Michael Cretu que había revolucionado la música en 1990. Un ejecutivo le espetó con desdén: “Enigma fue hace 10 años”. Eric estaba solo contra la industria, pero decidió arriesgar su propio dinero y alquilar el legendario estudio Abbey Road en Londres para grabar su visión.

El fenómeno en Latinoamérica: Un amor a primera vista

El proyecto fue lanzado en 1997 con una expectativa de ventas modesta. Pero lo que sucedió después desafió toda lógica comercial. En lugar de 250,000 copias, el álbum vendió más de 5 millones. Y mientras el mundo se preguntaba quién estaba detrás de esos coros celestiales, Eric Lévi se mantuvo en las sombras. La estrategia del misterio se convirtió en su mejor arma: sin entrevistas, sin fotos en la portada, sin apariciones públicas.

Curiosamente, el impacto fue descomunal en México, Argentina y Brasil. ¿Por qué una banda francesa de seudolatín conectó tanto con Latinoamérica? La respuesta reside en nuestra herencia cultural. El catolicismo, la influencia de la iglesia y la liturgia crearon un terreno fértil para esas sonoridades. En México, “Ameno” dejó de ser una canción y se convirtió en parte del folclore urbano. Se hizo inmortal al convertirse en el tema de entrada del legendario luchador Místico. Cada noche, cuando las luces de la Arena México se apagaban y comenzaba el coro de “Dorimé”, la lucha libre se transformaba en un ritual sagrado.

En Brasil, el proyecto encontró su hogar en la televisión, siendo parte fundamental de exitosas telenovelas, mientras que en Argentina, la identificación con la cultura europea catapultó las ventas a niveles de platino. Era no era una banda, era una experiencia compartida.

Los rostros detrás de las sombras

Como Eric Lévi decidió ser el “arquitecto invisible”, el público necesitaba caras para identificar el proyecto. Fue así como entraron en escena artistas increíbles que dieron vida a las visuales del grupo. El hombre de mirada melancólica que interpretaba a sacerdotes o viajeros en el tiempo en los videoclips, como “Enae Volare” o “Divano”, era Pierre Baigorry, un bailarín y coreógrafo de primer nivel.

Por otro lado, la presencia femenina fue liderada por la chilena Irene Bustamante, quien creó las coreografías rituales que le dieron ese toque de sangre latina y conexión espiritual. Y, por supuesto, la “niña visionaria” del video de “Ameno”, Leonore Confino, quien años después se convertiría en una aclamada dramaturga. Estos artistas transformaron los videoclips de Era en auténticas películas mudas, llenas de simbolismo, que complementaban la experiencia sonora.

De la torre del castillo a los escenarios mundiales

Durante más de dos décadas, Era nunca realizó un concierto en vivo. Lo que el público vio en televisión eran presentaciones promocionales, puro playback orquestado por la discográfica para vender álbumes. Eric, un perfeccionista absoluto, sentía que no podía replicar en un escenario la magia creada en el estudio.

No fue hasta 2019 que, finalmente, Eric Lévi decidió que era el momento. El mundo había alcanzado su visión. Reunió a un ejército de 31 artistas en escena, incluyendo un coro de 18 voces, y por fin, la música que nació en la torre de un castillo sonó en vivo, sin artificios.

La evolución de Era no se detuvo ahí. Desde el sonido árabe de Reborn en 2008 hasta la reinterpretación de los clásicos de Bach y Vivaldi en 2009, Eric siempre buscó empujar las fronteras de lo que su proyecto podía ser. Incluso en 2017, con el álbum The 7th Sword, demostró que la fórmula de mezclar lo antiguo con lo moderno no pierde su vigencia.

El legado de un visionario

Hoy, mirar atrás hacia el fenómeno de Era nos deja una lección sobre la perseverancia. Eric Lévi es el ejemplo de lo que sucede cuando un artista cree en su visión más allá de los números y de los ejecutivos que, en su día, le dijeron que su trabajo era “viejo”.

Era no solo nos dio una banda sonora para nuestros momentos más épicos; nos regaló la libertad de interpretar la música a nuestra manera. Sin necesidad de una historia cerrada, con una lengua que no existe pero que todos entendemos, Eric Lévi logró algo que pocos consiguen: crear una mitología propia. La próxima vez que escuches ese coro comenzar, recuerda que no estás escuchando latín antiguo, sino el sueño de un guitarrista de heavy metal que, desde la cima de una torre solitaria, decidió engañar al mundo para regalarnos algo eterno.

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