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Sasha Montenegro su matrimonio fue un escándalo mayor de lo que creías 

Sasha Montenegro su matrimonio fue un escándalo mayor de lo que creías 

14 de febrero de 2024. Cuernavaca, Morelos. Mientras México llenaba las calles de flores, cenas románticas y promesas de amor por el día de San Valentín, una mujer que alguna vez fue deseo nacional murió lejos de los reflectores. Su nombre real era Alexandra Achimovic Popovic, pero el país la conoció como Sasha Montenegro, la actriz que entró al cine mexicano como fantasía y salió de la historia como una advertencia. Tenía 78 años.

 Un derrame cerebral terminó de cerrar una vida ya golpeada por el cáncer de pulmón. Pero su muerte no fue solo el final de una actriz. Fue el último capítulo de una historia donde se mezclaron cama presidencial, dinero público, una mansión de 2 haáreas, hijos enfrentados, acusaciones de maltrato y una puerta cerrada con llave desde adentro.

 Hoy vas a saber lo que casi nadie cuenta. Cómo una actriz extranjera llegó al corazón del poder mexicano, cómo una mansión se volvió maldición y cómo el matrimonio que debía salvarla terminó devorándola. Si te interesan las historias de México que el poder intentó enterrar, suscríbete ahora porque lo que sigue es exactamente eso.

 Todo comenzó lejos de México, Bari, Italia, Milnic. Europa todavía olía guerra a ruinas, a familias rotas, apellidos que habían perdido tierras, títulos, casas y muebles. En medio de ese continente herido nació Alexandra Achimovic Popovic, una niña que todavía no sabía que algún día otro país la llamaría Sasha Montenegro, ni que su nombre acabaría mezclado con un expresidente, una mansión de 12 haáreas y una de las historias más incómodas del poder mexicano.

 Su familia venía de la antigua Yugoslavia, de esa región marcada por guerras, desplazamientos y orgullos rotos. Arrastraban un pasado de origen aristocrático. Pero la historia no respeta linajes cuando llega con botas militares. Perdieron estabilidad, perdieron patrimonio, perdieron la sensación de pertenecer a un lugar. Y cuando una familia pierde eso, los hijos crecen con una idea clavada en el pecho.

Algún día nadie me volverá a sacar de ningún sitio. Guarda esa idea porque va a perseguir a Sasha durante toda su vida. Primero fue Argentina, después México. En 1969 con 23 años, Alexandra llegó a un país que no era suyo, pero que estaba hambriento de rostros nuevos, cuerpos nuevos, fantasías nuevas. La Ciudad de México era ruido, humo, estudios de cine, cabarets, productores mirando desde las sombras y una industria que podía convertir a una desconocida en estrella, pero también devorarla sin dejar rastro. Ella traía

una belleza distinta. No era la belleza mexicana tradicional. Tenía algo frío europeo, distante, una presencia que hacía que la gente volteara. Ojos de mujer que parecía haber visto más de lo que contaba, un cuerpo que la cámara entendió antes que los críticos. Entonces nació Sasha Montenegro. El nombre sonaba exótico, peligroso, e imposible de olvidar.

 Y México la adoptó con la misma velocidad con que después la juzgaría. En los años 70, el cine de ficheras estalló como una válvula de escape para un país lleno de doble moral. Afuera, familias conservadoras hablaban de decencia. Adentro de los cines. Los hombres llenaban las salas para ver a mujeres como Sasha dominar la pantalla con una libertad que escandalizaba y fascinaba al mismo tiempo.

 Sasha no solo aparecía, Sasha ocupaba el cuadro, caminaba como si supiera que todos la estaban mirando. Sonreía como si ese poder no le costara nada, pero sí le costaba, porque en esa industria la belleza era una moneda que se gastaba todos los días. Una mujer podía hacer deseo nacional el lunes y recuerdo viejo el viernes siguiente.

 Los productores aplaudían mientras servía. El público adoraba mientras brillaba. La prensa levantaba y destruía con la misma mano. Una mujer extranjera sin raíces firmes en México, convertida en símbolo de deseo, pero no necesariamente en símbolo de respeto. Tenía fama, tenía dinero, tenía portadas.

 Pero le faltaba algo que la industria no podía darle. Legitimidad. Esa aceptación silenciosa de las clases altas. El lugar donde nadie pudiera tratarla como una intrusa. Ahí empezó el veneno. Sasha no buscaba solo amor, buscaba protección. Buscaba un hombre que pareciera más grande que el escándalo, más fuerte que la prensa, más alto que cualquier productor.

 Y en el México de aquella época no había figura más poderosa que un presidente. La muchacha, que había cruzado países buscando estabilidad, terminó mirando hacia el centro exacto del poder. Creyó que ahí estaba la fortaleza. Creyó que un apellido presidencial podía borrar el desprecio, limpiar el pasado, blindar el futuro, pero confundió protección con jaula.

 Porque cuando una mujer herida busca refugio en el poder, el poder no la salva. la marca. Pero aquí es donde todo cambia. Finales de los años 70. Los Pinos todavía olía a poder absoluto, alfombras gruesas, a teléfonos que sonaban de madrugada. José López Portillo no era un hombre cualquiera. Era el hombre que podía mover presupuestos, nombrar secretarios, ordenar silencios y prometerle a todo un país que la riqueza petrolera cambiaría su destino.

 México acababa de escuchar una palabra peligrosa: abundancia. Administrar la abundancia, dijo el presidente, como si el futuro estuviera asegurado, como si el petróleo fuera una bendición eterna. Mientras el país creía estar entrando en una era dorada, dentro del corazón del poder comenzaba otra historia más íntima, más incómoda, más sucia.

 López Portillo estaba casado con Carmen Romano. Eso es lo que hacía que todo oliera a pólvora. No era un romance entre dos desconocidos, era una relación que, según versiones de prensa, creció bajo la sombra de un matrimonio presidencial todavía vigente. Una actriz marcada por el deseo público entrando en la vida privada del hombre más poderoso del paí, una primera dama todavía presente, una nación que empezaba a hundirse entre deuda, devaluación y desilusión.

 Y en medio de todo eso, Sasha creyendo que por fin había encontrado el refugio que había buscado desde niña. En 1981, cuando la economía ya crujía por dentro, López Portillo pronunció una frase que se volvió sentencia nacional. Dijo que defendería el peso como un perro. Lo dijo con dramatismo, con lágrimas, con esa solemnidad que tienen los hombres cuando sienten que la historia los está mirando.

 Pero poco después el peso cayó, los ahorros se evaporaron, la confianza se rompió. Millones de mexicanos descubrieron que las promesas presidenciales también podían morir de un día para otro y entonces apareció el símbolo más brutal de esa contradicción. La colina del perro. No era una era una provocación, una propiedad inmensa de unas 2 hectáreas levantada en una zona privilegiada, rodeada de muros, rumores y resentimiento popular.

 Se habló de cuatro casas separadas, de una biblioteca con decenas de miles de libros, de lujos imposibles de explicar en un país donde la gente hacía cuentas para sobrevivir. También se habló de cifras millonarias, de préstamos poco claros, de favores entre hombres poderosos. Nada de eso sonaba amor, sonaba impunidad.

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