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HARFUCH CATEA el BAR De la CHAPIZA y REVIENTA a 7 SICIARIOS en CULIACAN 

HARFUCH CATEA el BAR De la CHAPIZA y REVIENTA a 7 SICIARIOS en CULIACAN 

Eh, silencio. Mexicano. Pas las armas abajo. Aguanten. Madrugada del martes 9 de junio de 2026, Culiacán, Sinaloa, cuando la ciudad, que durante décadas funcionó como capital no oficial del crimen, organizado mexicano, dormía con la falsa tranquilidad de quien cree que las sombras siguen siendo territorio propio.

 Omar García Harfuch acababa de ordenar el operativo más silencioso y más preciso que la chapiza había recibido en su propio terreno y lo hizo exactamente donde nadie esperaba que el Estado mexicano se atreviera a llegar, adentro de un bar de lujo en la zona de las Quintas, en el corazón de una ciudad que todavía hoy muchos consideran intocable.

 Siete hombres neutralizados, un establecimiento asegurado y una red de coordinación criminal que esta madrugada dejó de existir en la forma en que había operado durante meses. Antes de entrar al detalle exacto de lo que ocurrió en ese bar, antes de hablar del despliegue de los helicópteros con luces apagadas, de los vehículos bloqueando las calles aledañas y de lo que se encontró dentro del establecimiento cuando los comandos federales lo aseguraron en su totalidad.

Hay que detenerse en el contexto que hace posible este operativo, porque sin entender qué es la chapiza hoy, ¿qué representa dentro del mapa del crimen organizado mexicano después de los golpes consecutivos que la inteligencia federal ha venido dando en las últimas semanas? ¿Y por qué Culiacán sigue siendo el escenario donde esa organización busca reconstituirse? Es imposible calibrar el peso real de lo que ocurrió esta madrugada en las Quintas.

 La chapiza no es una organización nueva, es la expresión más joven, más violenta y más impredecible de lo que quedó del cártel de Sinaloa después de la fractura que dividió a esa organización en dos bloques irreconciliables. Por un lado, los mayos, la facción heredera de la Vieja Guardia sinaloense encabezada por Ismael Zambada García.

 Por el otro, la Chapiza, el brazo armado y operativo encabezado por los hijos de Joaquín el Chapo Guzmán, particularmente Joaquín Guzmán López e Iván Archivaldo Guzmán Salazar, con una estructura de mandos medios que durante los últimos años ha demostrado una capacidad de daño que va mucho más allá de lo que su perfil mediático podría sugerir.

 La chapiza opera con una lógica diferente a la de la generación que la precedió, donde la vieja guardia del cártel de Sinaloa prefería la discreción operativa. Los acuerdos tácitos con el poder político y la violencia como último recurso. La Chapiza has usado la violencia como primer instrumento de negociación. ha construido su poder sobre la capacidad de respuesta inmediata y ha desarrollado redes de inteligencia propia que en algunos momentos rivalizaron con la capacidad de detección del propio Estado mexicano. Eso último es lo que hace

especialmente significativo lo que ocurrió esta madrugada, porque el operativo en el bar de las Quintas no fue una incursión ciega, no fue un cateo de rutina ni una respuesta reactiva a una denuncia ciudadana. Fue el resultado de semanas de trabajo de inteligencia que identificó un patrón de uso sistemático de ese establecimiento como nodo de coordinación operativa para la chapiza en Culiacán.

 Y ese hallazgo no llegó solo. Para entender cómo llegó la inteligencia federal a ese bar específico, en esa calle específica, en esa madrugada específica, hay que retroceder a los golpes previos que en las últimas semanas han ido desmantelando capa. por capa las redes de protección política y económica que permitieron al crimen organizado mexicano operar durante décadas con una impunidad que el Estado nunca debió haber tolerado.

 Los vínculos documentados entre estructuras financieras del CJNG y redes institucionales que incluían figuras como Rocha Moya en Sinaloa y conexiones identificadas en otras administraciones estatales dejaron expuesto algo que los analistas de inteligencia venían documentando con creciente precisión. Cuando una organización criminal pierde su cobertura política, no desaparece de inmediato, se repliega, busca nuevos nodos de coordinación, encuentra espacios que en el imaginario colectivo se asocian con la normalidad y no con la

criminalidad. Y desde ahí intenta reconstituir la cadena de mando que los operativos anteriores fragmentaron. Un bar de lujo en la zona de las Quintas de Culiacán encaja con exactitud en ese perfil. Las Quintas es una de las colonias más reconocibles de la ciudad, una zona de restaurantes, establecimientos de entretenimiento y vida nocturna que durante años funcionó como escaparate de la nueva riqueza sinalo esa riqueza que nunca pregunta demasiado por su propio origen y que se mueve con comodidad entre lo legítimo y

lo que no lo es. Un establecimiento en esa zona tiene tráfico constante, tiene la apariencia de un negocio en funcionamiento regular y ofrece algo que cualquier estructura criminal valora por encima de casi cualquier otra cosa. Plausible de niability. La la posibilidad de explicar por qué están ahí sin que esa explicación sea inmediatamente cuestionable.

 Lo que la inteligencia federal detectó en las semanas anteriores al operativo fue que ese bar específico había dejado de ser simplemente un negocio con clientes ocasionalmente vinculados a la chapiza para convertirse en algo cualitativamente distinto. Los patrones de visita identificados a través del cruce de datos de inteligencia mostraban reuniones recurrentes de un grupo acotado de personas con perfiles que los analistas reconocieron de inmediato.

 No eran clientes casuales, eran operadores de nivel medio dentro de la estructura de la chapiza el tipo de figuras que no encabezan los titulares ni aparecen en los carteles de búsqueda más difundidos, pero que son exactamente las que mantienen funcionando la cadena de decisiones entre la cúpula y el nivel operativo de la organización.

 El tipo de figuras cuya eliminación o captura no produce el impacto mediático de un capo, pero sí produce el daño estructural que las organizaciones criminales tardan meses en reparar. Escribe en los comentarios si sabías que las quintas en Culiacán funcionaba como zona de reunión para este tipo de operadores, porque la mayoría de los mexicanos que conocen esa colonia la asocian con restaurantes y vida social normal.

 Y esa disonancia es exactamente lo que hace tan efectiva la estrategia de camuflaje que usó la chapiza durante meses. Dentro del establecimiento, según lo que la inteligencia había documentado antes del operativo, se estaban llevando a cabo tres funciones simultáneas que los peritos de la CAE, Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, comenzaron a verificar desde el momento en que los comandos aseguraron el lugar.

La primera función era la coordinación de represalias. La chapiza, después de los golpes recibidos en semanas anteriores, estaba en proceso activo de planificación de respuestas contra objetivos específicos, tanto dentro del estado de Sinaloa como en otras plazas donde la organización mantiene presencia.

 Esas conversaciones, según lo que la inteligencia pudo adelantar antes del cateo, se estaban llevando a cabo en reuniones presenciales dentro del bar, precisamente porque el nivel de penetración que los operativos previos habían demostrado sobre sus comunicaciones digitales los había llevado a desconfiar de cualquier canal electrónico y a preferir el cara a cara en un espacio que consideraban controlado.

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