El Cortocircuito del Saqueo: La Verdad Oculta Detrás de la Histórica Recuperación Eléctrica que Devolvió la Soberanía a México y Aterró a Europa
En el intrincado, frío y despiadado tablero de ajedrez de la economía global, el verdadero poder no se mide por la cantidad de tanques de guerra que posee una nación, ni por las reservas de oro guardadas en las bóvedas de sus bancos centrales. En el pleno siglo veintiuno, el poder absoluto, tangible y real se mide por un solo factor crítico: la capacidad de encender el interruptor. La energía es la sangre que hace latir a las civilizaciones modernas; sin ella, no hay industria, no hay hospitales, no hay internet, no hay comunicaciones ni hay futuro. Quien controla la electricidad de un país, controla su destino.
Y durante más de tres décadas, el destino de México no estuvo en manos de los mexicanos. Se decidió en lujosas salas de juntas a miles de kilómetros de distancia, en rascacielos ubicados en Madrid, Nueva York y Londres. A través de un entramado legal complejo, opaco y profundamente desigual, corporaciones extranjeras se apoderaron del sistema eléctrico nacional, operando bajo un esquema que privatizó las ganancias y socializó las pérdidas.
Sin embargo, en un movimiento estratégico que tomó por sorpresa a los mercados internacionales y desató la furia de los medios conservadores a nivel global, el Estado mexicano ejecutó una operación monumental: la compra histórica de trece plantas de generación de energía a la gigante española Iberdrola. Este acto no fue una simple transacción financiera o una compraventa de fierros y turbinas. Fue, en toda la extensión de la palabra, la Segunda Nacionalización de la Industria Eléctrica Mexicana.
En las siguientes líneas, vamos a desentrañar con precisión quirúrgica cómo se construyó este fraude monumental durante los años del neoliberalismo, cómo operaba el escandaloso mecanismo de los “subsidios cruzados” que te obligaban a pagar la luz de los multimillonarios, y por qué la reciente recuperación de la soberanía eléctrica es, sin lugar a duda, el triunfo geopolítico y económico más importante para México en la era moderna.
El Preludio: La Epopeya de Adolfo López Mateos
Para comprender la magnitud del desastre al que nos arrastraron y la gloria de la recuperación actual, es imperativo hacer un viaje en el tiempo y recordar cómo se forjó el milagro original. A mediados del siglo pasado, el panorama eléctrico de México era sombrío y profundamente desigual. Las empresas privadas extranjeras, principalmente estadounidenses, canadienses y británicas, controlaban la generación y distribución de luz en el país. Su modelo de negocio era predeciblemente cruel: solo electrificaban las grandes ciudades y los corredores industriales donde el negocio era altamente rentable. Los pueblos, las comunidades rurales y millones de campesinos vivían en la oscuridad absoluta, porque llevarles un cable de luz simplemente “no era negocio”.
Fue entonces cuando, en 1960, el presidente Adolfo López Mateos tomó una decisión que requirió un valor político extraordinario. En un acto de profunda justicia social y visión de Estado, nacionalizó la industria eléctrica. Sus palabras resonaron como un trueno en la historia: “Les devuelvo la energía eléctrica, que es de exclusiva propiedad de la Nación… No se confíen porque en años futuros algunos malos mexicanos identificados con las peores causas del país intentarán por medios sutiles entregar de nuevo el petróleo y nuestros recursos a los inversores extranjeros”.
López Mateos no era un adivino, pero conocía perfectamente la naturaleza de la avaricia humana y la presión corporativa internacional. Tras esa nacionalización, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) emprendió una de las hazañas de ingeniería más espectaculares del mundo: llevó luz a los rincones más recónditos de las sierras, las selvas y los desiertos de México. La CFE se convirtió en una empresa de clase mundial, un símbolo de orgullo nacional que electrificó al 99% del país sin pensar en el lucro, sino en el derecho humano al desarrollo.
Pero las advertencias del presidente se cumplirían de manera aterradora y milimétrica décadas después.
El Caballo de Troya Neoliberal: El Desmantelamiento Silencioso
A partir de los años noventa, con la consolidación del modelo neoliberal en América Latina, comenzó el asedio contra las empresas estatales. La consigna dictada por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial era clara: todo lo público es ineficiente y corrupto, todo lo privado es moderno y barato. Bajo esta falacia repetida hasta el cansancio por una prensa complaciente, comenzó el desmantelamiento de la CFE.
La verdadera estocada letal llegó en 2013 con la llamada Reforma Energética. Se nos vendió como la panacea que atraería inversiones multimillonarias, bajaría mágicamente los recibos de luz y nos llevaría al primer mundo de las energías limpias. La realidad, sin embargo, fue un despojo legalizado.
La reforma no buscaba crear un mercado libre y competitivo, sino instaurar un sistema diseñado matemáticamente para que la CFE perdiera siempre y las empresas extranjeras extranjeras ganaran invariablemente. Se fragmentó a la empresa estatal en múltiples subsidiarias para hacerla competir contra sí misma. Se le prohibió invertir en nuevas plantas de generación, condenando sus equipos a la obsolescencia y el abandono.
Pero el verdadero corazón de la estafa se encontraba en los esquemas de “Autoabastecimiento” y en los contratos leoninos de los Productores Independientes de Energía (PIE).
El Fraude del Autoabasto: Cómo los Pobres Pagaron la Luz de los Ricos
Para entender por qué tu recibo de luz en casa o en tu pequeño negocio era tan caro, debes comprender el fraude monumental del autoabasto. Originalmente, la ley permitía que una empresa grande (por ejemplo, una minera o una fábrica de cemento) construyera una pequeña planta generadora para abastecer exclusivamente sus propias necesidades energéticas. Sonaba lógico y justo.
Sin embargo, las corporaciones extranjeras, con ejércitos de abogados, torcieron la ley de manera grotesca. Construyeron inmensas plantas de energía (muchas de ellas eólicas o solares en lugares como Oaxaca o Tamaulipas) y comenzaron a “vender” esa electricidad a miles de empresas privadas en todo el país. Para evitar la ley que prohibía la venta directa de energía entre particulares, utilizaron un truco corporativo: crearon “sociedades de paja”. Si una cadena de supermercados quería luz barata, simplemente compraba una acción de un dólar en la planta generadora de Iberdrola, y automáticamente se convertía en un “socio de autoabasto”.
Aquí es donde entra la infamia. La CFE estaba obligada por ley a prestarles toda su infraestructura de transmisión (las inmensas torres y miles de kilómetros de cables que pagaron todos los mexicanos con sus impuestos) a estas empresas privadas a un costo cercano a cero. Era el llamado “porteo estampilla”. Además, como la energía eólica o solar es intermitente (si no hay viento o sol, no hay luz), la CFE estaba obligada a tener sus plantas encendidas como “respaldo”, listas para inyectar energía a la red y que los grandes corporativos no sufrieran un apagón, sin cobrarles ni un centavo por ese servicio vital de respaldo.
El resultado fue una aberración económica: mientras una humilde tienda de abarrotes de barrio pagaba tarifas altas sin ningún subsidio, las inmensas cadenas de tiendas de conveniencia, los bancos multinacionales y las fábricas transnacionales pagaban tarifas irrisorias porque la CFE subsidiaba el transporte y el respaldo de su energía. Literalmente, el pueblo mexicano estaba financiando los márgenes de ganancia y los dividendos que empresas como Iberdrola reportaban triunfalmente en las bolsas de valores europeas.
Y si la CFE intentaba cancelar estos contratos abusivos, era demandada ante tribunales internacionales bajo cláusulas de protección de inversiones que amarraban de manos al Estado mexicano. Era la tormenta perfecta del saqueo.
La Resistencia: El Intento de Salvar a la CFE
Ante la quiebra inminente de la Comisión Federal de Electricidad, el actual gobierno mexicano decidió cambiar el rumbo y emprender una guerra titánica contra un sistema diseñado para destruirlo. Primero, se intentó reformar la Ley de la Industria Eléctrica para establecer piso parejo. El objetivo era simple y de sentido común: que la energía más barata y constante (como la de las hidroeléctricas del Estado, que llevan décadas construidas y producen energía limpia) subiera primero a la red, y que las empresas privadas pagaran un precio justo por usar las líneas de transmisión nacionales.
