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Pati Chapoy: Humilló a Gloria Trevi en Directo y Acabó con Orden de Aprehensión en Su Contra

Pati Chapoy: Humilló a Gloria Trevi en Directo y Acabó con Orden de Aprehensión en Su Contra

Patti Chapoy tiene un cajón con llave en TV Azteca y dentro de ese cajón hay carreras enteras de famosos mexicanos que ella decidió no destruir a cambio de un precio. Lo confesó ella misma sin titubear frente a las cámaras durante la celebración del aniversario 29 de Ventaneando.

 en enero de 2025 en el foro principal de TV Azteca en la ciudad de México, dijo con esa media sonrisa que la Audiencia mexicana lleva tres décadas estudiando, que tenía información que a cualquiera le parecería inaudita y que esa información no iba a salir a la luz, al menos no mientras ella lo permitiera. Y eso, lo del cajón con llave que confesó al aire es solo lo que se atrevió a decir frente a un micrófono encendido.

 Lo que viene ahora es lo que pagaron los que sí cayeron, los que sí terminaron destruidos, los que no tuvieron con qué negociar el silencio. Aquí no contamos chismes, aquí abrimos cajones que llevan décadas cerrados. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que creías saber sobre Patti Chapoy.

 La primera, cómo Gloria Trevi terminó demandándola en una corte de Texas después de 30 años de silencio con testimonios de víctimas adolescentes que confesaron haber recibido dinero de reporteros de Ventaneando para acusar en cámara a la persona equivocada. La segunda, el sistema de cobros invisibles que su asistente personal ulte más de 20 años.

 Ernesto Hernández Villegas sacó por la puerta de TV Azteca el 18 de enero de 2024, escoltado por seguridad, con la promesa de que las pruebas dejarían muy mal paradas a tres mujeres del programa. La tercera, la orden de apreensón que la jueza Adriana Ivet Morales Chávez giró contra Pati Chapoy, Daniel Bisogno, Pedro Soy Ricardo Manjarrés el 14 de marzo de 2023 por discriminación y violencia mediática contra Daniela Spanck y su hija menor de edad.

 Y la cuarta, la que Daniel Bisogno se llevó a la tumba sin firmar, la que su propia familia descubrió cuando ya era demasiado tarde. Si te vas antes del final, te pierdes la cuarta. Te pierdes lo que Patti Chapó y confesó al aire dos meses después del entierro, cuando ya nadie podía contradecirla. Te lo aviso con tiempo, porque la cuarta es la que hizo que el cajón con llave dejara de ser una metáfora para convertirse en la peor herencia emocional que un compañero de mesa le pueda dejar a otro.

 Guarda este nombre, Ernesto Hernández Villegas. Va a volver. Y guarda también un detalle, uno solo, porque va a ser la llave de toda esta historia, el cajón con cerradura del estudio de Ventaneando. Pero para entender cómo una niña nacida en una familia de agricultores de Coahuila terminó decidiendo quién sobrevivía y quién no.

En la televisión mexicana, hay que volver a una casa sin nombre en los años 50, donde una nena de 12 años aprendía, sin saberlo, el primer oficio de su vida, escuchar conversaciones de adultos poderosos y guardarlas para más tarde. De esos silencios aprendidos hay que hablar antes de hablar de cualquier otra cosa, antes del programa, antes del poder, antes del nombre en letras blancas sobre Fondo Azul que durante décadas ocupó las pantallas de la tarde mexicana.

 Hay que volver a 1949, a un pueblo de Coahuila llamado Nadores. Ahí nació Patricia Chapoy Acevedo, hija de un agricultor con problemas económicos crónicos, una de varias bocas que alimentar en una casa donde el dinero no alcanzaba para los meses completos. El padre salía antes del amanecer y volvía cuando los hijos ya no podían quedarse despiertos.

 Ausente por sobrevivencia más que por desinterés. La madre, sin mención en las versiones que la propia Paty ha contado en entrevistas a lo largo de los años, se quedó en el silencio de la historia oficial. Casi nadie la nombra. Y ese vacío, en una vida llena de palabras dichas y secretos guardados, ya cuenta algo.

 La familia se mudó a la Ciudad de México cuando la economía rural ya no daba para más. Llegaron a Clavería a la delegación Azcapotzalco, a un departamento pequeño donde la niña Paty y sus hermanos descubrieron el frío real del concreto del Valle de México. La jornada empezaba a las 7 de la mañana y terminaba pasadas las 10 de la noche.

 Escuela por las tardes, trabajo por las mañanas. A los 7 años, según ella misma contó a Jordi Rosado en una entrevista que circuló en versiones cortadas, ya hacía recados. Imagínalo por un momento. Una nena de 7 años entrando a un despacho de economistas en la colonia Roma, llevando carpetas más grandes que su torso, sirviendo café a hombres que la triplicaban en edad y la cuadruplicaban en peso, escuchando conversaciones sobre dinero, sobre clientes, sobre quién debía qué a quién.

 Esos hombres no le hablaban a ella, hablaban encima de ella. Y ella, sin que nadie se lo enseñara, aprendió que existían dos tipos de personas en una habitación. Las que tenían información y las que la limpiaban del piso cuando se caía. Los economistas eran primos hermanos suyos. La habían empleado como office girl porque la familia necesitaba el dinero y porque ya entonces la nena tenía algo en la mirada que prometía rendimiento.

Aprendió a escribir a máquina antes que muchas adolescentes de su época aprendieran a hervir un huevo. Aprendió a contestar el teléfono con un tono que no delataba la edad de quien hablaba. aprendió a leer entre líneas, que es el oficio más útil que un periodista puede aprender, y aprendió que el silencio bien administrado vale más que cualquier opinión bien gritada.

 Eresó de la escuela de periodismo Carlos Septién García a inicios de los años 70, ya con un colmillo formado en el oficio del recado. Y entonces ocurrió lo que cambia a las personas que vienen de abajo. Empezó a entrevistar a leyendas. María Félix en 1972, Dolores del Río Poco después, Rufino Tamayo en su estudio, Sofía Basi, tras los barrotes de una historia que también guardaba secretos, las escuchaba, tomaba notas a mano porque su taquigrafía era más rápida que la de sus colegas.

regresaba sola en camión a la redacción con horas de grabación guardadas en un bolso de lona que cargaba cruzado sobre el pecho como si dentro hubiera algo frágil y valioso, porque así era. Pero ahí está el detalle que casi nadie cuenta. En sus primeros años, muchas de esas entrevistas no se publicaron firmadas por ella.

 Firmaba El editor, firmaba El periodista titular, firmaba El dueño de la revista. Ella ponía el cuerpo, ponía la voz, ponía las horas y otro ponía la firma. Quizá tú también conoces eso, esa sensación de hacer el trabajo difícil y ver cómo otro se lleva el crédito mientras tú aprietas los dientes y prometes que algún día, algún día vas a ser tú la que decida quién firma que esa promesa interna, callada, sin testigos, fue la que terminó construyéndole la coraza.

 La nena, que cargaba carpetas para sus primos, se convirtió en la mujer que cargaba grabadoras para sus jefes. y ambas, la nena y la mujer, ya sabían algo que la mayoría tarda décadas en aprender, que quien escucha conversaciones que no le pertenecen, tarde o temprano, encuentra cómo cobrar por callarlas. De ese departamento sin calefacción en clavería, de ese despacho de primos en la Roma, de esas redacciones donde su nombre no aparecía en la firma, salió la persona que años después tomaría la decisión que lo cambiaría todo en la

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