Posted in

Mi patrón americano vino a visitarme a México y me dio algo sorprendente tc

Mi patrón americano vino a visitarme a México y me dio algo sorprendente tc

Después de 12 años trabajando como indocumentada en Beverly Hills, nunca imaginé que la familia Morrison vendría hasta mi pequeño pueblo en Michoacán para darme el regalo más extraordinario de mi vida. Lo que comenzó como una despedida dolorosa se convirtió en una demostración de cariño que jamás podré olvidar.

 Me llamo Elena Guadalupe Morales y tengo 58 años. Nací en Uruapan, Michoacán, donde los aguacates crecen gordos y verdes, y donde mi historia comenzó mucho antes de que supiera que existía un lugar llamado Beverly Hills. Era el año 2012 cuando crucé la frontera por primera vez. Tenía 46 años, edad en la que muchas mujeres ya no se aventuran a dejar todo atrás, pero yo no tenía opción.

 Mi esposo había muerto en un accidente en la carretera cuando regresaba de vender aguacates en Morelia y mis tres hijos necesitaban continuar sus estudios. El dinero que quedó después del funeral apenas alcanzaba para dos meses de gastos. Mi hermana Leticia ya llevaba 5 años en Los Ángeles trabajando como empleada doméstica.

 “Ven acá, Elena”, me decía por teléfono cada vez que la llamaba llorando porque no sabía cómo iba a pagar la escuela de mis hijos. Aquí hay trabajo para ti. Las señoras americanas necesitan mujeres como nosotras que sepamos limpiar de verdad. El viaje fue una pesadilla que prefiero no recordar en detalle. Tres días caminando por el desierto de Arizona, escondidos durante el día, caminando de noche, llevaba una mochila pequeña con dos mudas de ropa y la foto de mis hijos, nada más.

 El coyote nos había dicho que no podíamos cargar peso porque nos haría lentos. Y ser lento en el desierto significa morir. Recuerdo que la segunda noche empezó a llover, una lluvia fría que me calaba hasta los huesos. Había una muchacha de Oaxaca, no tendría más de 20 años, que empezó a temblar tanto que no podía caminar.

 El coyote dijo que la dejáramos, que nos retrasaría a todos, pero yo no pude. La cargué en mi espalda durante 2 horas hasta que paró de llover y ella pudo volver a caminar. Nunca supe su nombre, pero espero que haya encontrado lo que buscaba en el norte. Cuando finalmente llegué a Los Ángeles, no sabía ni una palabra de inglés más allá de hello y thank you.

 Mi hermana me recibió en su apartamento de una habitación en Pico Union, donde vivía con otras tres mujeres. Dormí en el suelo durante las primeras semanas en un colchón que inflaba cada noche y desinflaba cada mañana para hacer espacio. “Mañana te llevo a buscar trabajo”, me dijo Leticia mi tercer día ahí.

 “Pero tienes que aprender aunque sea lo básico del inglés. Sin eso, solo vas a conseguir trabajos de limpieza en oficinas de noche y eso está muy pesado. Así empecé mis días. Por las mañanas estudiaba inglés con unos videos de YouTube en el teléfono viejo que me prestó mi hermana. Por las tardes acompañaba a Leticia a limpiar casas en Westwood y Beverly Hills para aprender el oficio y por las noches trabajaba limpiando un edificio de oficinas en el centro. Dormía 4 horas si tenía suerte.

El inglés se me hacía muy difícil. La lengua no me obedecía para hacer esos sonidos tan raros. Clean sonaba igual que Klein para mí. Y cuando las señoras me pedían algo, yo solo sonreía y asentía, esperando adivinar qué querían. Muchas veces me equivocaba. Una vez una señora me pidió que limpiara los windows y yo limpié las walls.

 Se enojó mucho y le dijo a la agencia que no volviera a mandarme, pero había algo dentro de mí que no se rendía. Cada noche, después de llegar del trabajo de las oficinas, me sentaba en la sala del apartamento con una libreta que había comprado en la tienda de A dólar y escribía todas las palabras nuevas que había escuchado durante el día.

 Vacum, bathroom, kitchen, careful, perfect. Las repetía en voz bajita para no despertar a las demás. Los primeros meses fueron los más duros de mi vida. Había días que no comía más que un pan dulce y un café, porque quería ahorrar cada centavo para mandárselo a mis hijos. Les hablaba por teléfono cada domingo y ellos siempre me preguntaban cuándo iba a regresar.

Pronto, mis amores, les decía, aunque sabía que pronto podían ser años, mi hijo mayor Javier tenía 17 años y quería estudiar ingeniería. Mi hija Sofía tenía 15 y soñaba con ser doctora. El más pequeño, Carlitos, apenas tenía 12 años y me decía que me extrañaba tanto, que a veces lloraba en la escuela. Esas conversaciones me partían el alma, pero también me daban fuerzas para levantarme cada mañana.

 Fue en mi sexto mes en Los Ángeles cuando conocí a la familia Morrison. Leticia había conseguido trabajo limpiando su casa los martes y viernes, pero su jefa en otra casa le había cambiado el horario y ya no podía ir. Ellos son muy buenas personas. me dijo, “Y necesito que alguien de confianza tome mi lugar.” Hablan muy poquito español, pero son pacientes, te van a tratar bien.

 La primera vez que llegué a la casa de los Morrison en North Bedford Drive, me quedé parada en la entrada sin poder creer lo que veían mis ojos. Era una casa de dos pisos, blanca con detalles azules, rodeada de un jardín que parecía sacado de una revista. Había rosas rojas perfectas a los lados de la entrada y el pasto era tan verde y parejo que daba pena pisarlo.

 Toqué el timbre con las manos temblando. Una señora alta y delgada, de cabello rubio y ojos azules muy claros, abrió la puerta. Tenía una sonrisa amable y vestía una blusa blanca muy elegante con unos pantalones beige. Calculé que tendría unos 45 años. Hello,” me dijo. Y luego agregó algo en inglés que no entendí completamente, pero por sus gestos me di cuenta de que me estaba dando la bienvenida.

 Yo solo atiné a decir, “I am Elena Clean House”, se rió, pero no de burla, sino con cariño. Yes, yes. Come in, Elena. I’m Margaret Morrison, but you can call me Mrs. Margaret. Entré a la casa y fue como entrar a otro mundo. El piso era de madera brillante que reflejaba todo como un espejo.

 Había cuadros grandes en las paredes, floreros con flores frescas y todo olía a limpio y a algo que después aprendí que era perfume ambiental de la banda. Mrs. Margaret me llevó por toda la casa mostrándonome cada habitación y explicándome en inglés muy lento qué necesitaba que hiciera en cada lugar. Yo asentía y tomaba notas en mi libreta tratando de memorizar cada detalle.

Read More