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VÍCTOR RABANALES: CONFESÓ Cómo Dos MUJERES Le DESTROZARON La VIDA

Víctor Rabanales no conoció zapatos hasta los 9 años. Su primer par fueron unas botas viejas de plástico negro que su padre le compró en el mercado de Tapachula. Cuando el niño empezó la primaria de manera tardía en 1972, antes de esos zapatos, Víctor caminaba descalso por los caminos de tierra del Soconusco.

Cuidaba a sus hermanos menores mientras la madre cocinaba en un fogón de leña y cargaba leña él mismo desde los 4 años para que la casa de tablones tuviera fuego en las madrugadas frías de la selva alta. A los 11 años, en 1974, Víctor Rabanales vio por primera vez una pelea de boxeo en una televisión en blanco y negro de la cantina del pueblo.

La pelea era de un mexicano llamado Rubén Olivares contra un argentino. Transmitida en directo desde el Forum de Inglewood, California. Víctor, parado en la puerta de la cantina, sin permiso para entrar porque era niño, vio los cuatro asaltos completos pegado al marco de madera y cuando terminó la pelea, regresó corriendo a la casa de tablones.

Le dijo a su madre Eulalia tres palabras y nunca más volvió a hablar de otra cosa con la misma intensidad. Las tres palabras fueron mamá, eso quiero. Eulalia Rabanales. Esa noche, sentada en un banco de madera frente al fogón apagado, miró a su séptimo hijo durante 10 segundos exactos y le contestó una sola frase, una frase que Víctor iba a recordar el resto de su vida durante los siguientes 50 años hasta que volviera a recordarla con un dolor distinto.

la noche del 21 de mayo de 2010, cuando ya no quedara nada del campeón mundial. La frase de Eulalia esa noche de 1974 fue, “Mi hijo, los pobres no escogemos. Si Dios te da los puños, los puños te van a alimentar. Pero acuérdate, lo que los puños te dan, los puños te lo quitan. Guarda esto en tu mente porque va a regresar al final.

Aquí aparece el primer caramelo de esta historia, porque esa frase dicha por una madre chiapaneca analfabeta a su séptimo hijo a la luz de una vela de cebo en 1974, fue escrita por Víctor Rabanales con su propia letra 36 años después, en la primera página de una libreta de pasta verde que el peleador empezó a llenar a partir de octubre de 2010, una libreta que Víctor mantuvo en silencio durante 15 años seguidos.

Una libreta donde el campeón mundial fue anotando una por una todas las traiciones, todos los engaños, todos los nombres de las personas que durante 15 años fueron quitándole pieza por pieza lo que los puños le habían dado. Esa libreta hoy en 2026 sigue guardada dentro de una mochila negra rota que Víctor Rabanales carga todos los días sobre la espalda.

mientras camina por las calles de Texcoco buscando parabrisas que limpiar. Esa libreta, según el propio Víctor le confesó a un periodista de la revista Proceso, en una entrevista publicada en marzo de 2024, tiene anotados los nombres de 14 personas que jugaron en su caída y tiene una página, la página número 39, donde aparece subrayado tres veces el nombre de la única persona que el campeón nunca pensó que iba a traicionarlo.

Pero esa libreta verde la vamos a abrir más adelante. Víctor Rabanales empezó a boxear a los 12 años en un gimnasio improvisado de Tapachula, Chiapas, donde un entrenador llamado Don Goyo Hernández, exboxeador olvidado de los años 50, entrenaba a niños pobres de la calle a cambio de 5 pesos a la semana.

Víctor, que no tenía 5 pesos, le ofreció a don Goyo lavarle el gimnasio cada tarde durante 2 horas. Don Goyo aceptó y a los 14 años Víctor ya ganaba peleas de aficionados en los pueblos del Soconusco, peleando contra campesinos adultos por bolsas de 20 y 30 pesos. A los 17 años, Víctor Rabanales tomó una decisión que iba a marcar su vida entera.

se subió a un autobús de segunda clase en Tapachula con 12 pesos en el bolsillo y una bolsa de plástico amarrada con un cordón conteniendo dos camisas, un par de zapatos de ule y una foto de su madre Eulalia tomada el día de su comunión. Manejó 42 horas seguidas sin bañarse, sin comer caliente, durmiendo encogido sobre el asiento hasta llegar a la Ciudad de México la mañana del 5 de febrero de 1980.

Víctor Rabanales a los 17 años llegó al Distrito Federal sin conocer a nadie, sin tener donde dormir, sin saber leer un mapa del metro. Y la primera noche, después de caminar 7 horas seguidas preguntando por gimnasios de boxeo, durmió en una banca del parque Alameda Central, abrazado a la bolsa de plástico con el frío de febrero pegándole en los huesos.

Esa noche en la Alameda no fue la última noche que Víctor Rabanales iba a dormir en la calle, pero esa noche, a diferencia de la que iba a venir 46 años después, todavía no sabía que durmiendo en la calle era exactamente donde iba a terminar. Esa noche, a los 17 años, Víctor Rabanales todavía creía que la Ciudad de México era el principio, que el boxeo era el camino, que los puños de su madre le iban a alimentar para siempre.

Aquí aparece el segundo caramelo, porque esa banca de la Alameda Central donde Víctor Rabanales durmió la primera noche de su vida en la ciudad de México en febrero de 1980. Es la misma banca exacta donde el 24 de noviembre de 2022, 42 años después, un fotógrafo del periódico Reforma tomó una fotografía de un hombre indigente durmiendo con un saco viejo cubriéndole la cara.

Esa fotografía se publicó al día siguiente en una sección secundaria del periódico dentro de una nota sobre el aumento de la indigencia en el centro histórico. Nadie reconoció al hombre del saco viejo. Nadie en la redacción del periódico Reforma, ni en la calle ni en redes sociales. Identificó al campeón mundial Peso Gallo del Consejo Mundial de Boxeo de 1992 que estaba durmiendo en esa banca.

Pero Víctor Rabanales sí se reconoció. Víctor Rabanales compró ese periódico al día siguiente en un puesto de revistas de la avenida Bocarelli con tres pesos que se había ganado limpiando parabrisas en un crucero. Se sentó en una banqueta, abrió el periódico y vio la fotografía. Y cuando la vio, lloró durante 22 minutos sin parar, sentado en la banqueta con la cara escondida entre las rodillas.

Mientras la gente pasaba a su lado sin saber que ese viejo indigente llorando era el mismo hombre que 30 años antes había levantado un cinturón mundial en Osaka, Japón, frente a 15,000 japoneses que coreaban su nombre en silencio respetuoso. Pero todo eso vino mucho después, mucho después de la primera banca de la Alameda, mucho después del gimnasio Polvoriento de Dong Goyo, mucho después de la madre Eulalia diciéndole esa frase a la luz de una vela.

Aquella mañana del 5 de febrero de 1980, Víctor Rabanales, con 17 años se despertó en la Alameda con frío y con hambre. Caminó hasta una fonda de la calle Doncceles. Pidió un café por 20 centavos y empezó a preguntar dónde quedaba la arena Coliseo. Cuando llegó al edificio amarillo de la calle Perú, dos horas después, Víctor se paró frente a la puerta principal sin atreverse a entrar.

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