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VICENTE FERNÁNDEZ: La ASQUEROSA Traición a CUQUITA… Y la AMANTE que Metió a su Propia CASA

color crema y con un bebé envuelto en una cobija blanca. Esa mujer es Patricia Rivera, la actriz mexicana, la protagonista de telenovelas que en ese momento empezaba su carrera ascendente, la amante con la que Vicente Fernández llevaba acostándose en secreto desde hacía dos años y medio. Y el bebé que carga en brazos es Rodrigo, el hijo que Vicente Fernández nunca le va a reconocer legalmente.

 48 años después, en marzo de 2026, esa misma casa del rancho Los Tres Potrillos sigue conservada exactamente como estaba en 1978. Las ventanas, los corrales, los caballos finos paseando por los prados y en la habitación principal de la planta alta, donde aquella tarde de junio doña Cuquita observó descender de una camioneta blanca a la mujer que iba a destruir su matrimonio durante los siguientes 4 años.

 Sigue viviendo una señora mayor que cumplió hace poco 82 años. Sigue caminando despacio por los pasillos. Sigue prendiendo veladoras frente a un altar pequeño con la fotografía de su esposo fallecido en 2021. Sigue, según los testimonios de las pocas personas que tienen acceso a la casa, mirando por las tardes hacia ese mismo portón de madera, por donde una tarde de verano vio entrar a Patricia Rivera con el hijo de su marido en brazos. Pero doña Cuquita no llora.

Doña Cuquita no se queja. Doña Cuquita nunca en 58 años de matrimonio público dio una sola declaración pública sobre las amantes de Vicente Fernández. Nunca confirmó el afere con Patricia Rivera. Nunca habló del bebé Rodrigo. Nunca pronunció una palabra en contra del hombre que la engañó. No una vez, sino siete, ocho, nueve veces a lo largo de cinco décadas.

 Hay tres cosas sobre el matrimonio entre Vicente Fernández y Cuquita Abarca, que nadie ha contado completas. Tres cosas que la familia oficial ha intentado enterrar con la imagen pública del charro perfecto. Tres cosas que esta noche vamos a descubrir. Primero, la verdad sobre la relación de 4 años entre Vicente Fernández y Patricia Rivera entre 1976 y 1980.

Una relación que no fue un capricho pasajero, como la versión oficial siempre sugirió. Una relación que tuvo casa propia, gastos compartidos, viajes documentados, fotografías nunca publicadas y, sobre todo, un hijo nacido en mayo de 1978 que llevó durante toda su vida el peso silencioso de un apellido que su padre biológico se negó a darle.

 Segundo, el mecanismo exacto por el que doña Cuquita aceptó vivir cinco décadas dentro de un matrimonio que el resto del mundo veía como un cuento de hadas, pero que en la intimidad del rancho era otra cosa, una cosa más complicada, una cosa donde la palabra dignidad se mezclaba con la palabra resignación hasta volverse imposibles de distinguir.

 Y tercero, lo que doña Cuquita finalmente le dijo a Vicente Fernández en una conversación privada en el verano de 1980. Una conversación que cambió los términos del matrimonio para siempre, que selló el destino de Patricia Rivera con un dolor que ella nunca pudo superar y que dejó al pequeño Rodrigo de apenas dos años de edad sin un padre legal por el resto de su vida.

 Aquí no hablamos de chismes, hablamos de declaraciones grabadas en programas de Televisa, de entrevistas con Patricia Rivera, donde ella misma confirmó episodios concretos de testimonios de empleados del rancho Los Tres Potrillos, que han ido apareciendo lentamente con el paso de los años, y de las propias palabras que Vicente Fernández dejó escapar en entrevistas tardías donde, ya enfermo, ya consciente de que el tiempo se acababa, intentó reescribir la versión oficial de las cosas sin lograrlo del todo. Para entender como Vicente

Fernández Gómez, nacido en Henitán, el Alto, Jalisco el 17 de febrero de 1940, terminó convertido en un hombre que durante cinco décadas mantuvo paralelamente un matrimonio legal y una serie de relaciones ocultas que ningún biógrafo oficial pudo documentar del todo.  Hay que regresar muy atrás, mucho antes del estrellato, mucho antes de los tres potrillos, antes incluso del primer matrimonio con Cuquita en 1963.

Hay que regresar a un rancho pequeño de las afueras de Guadalajara, donde un niño aprendió desde antes de tener memoria que en el campo mexicano de los años 40 los hombres se medían por dos cosas, por la cantidad de caballos que tenían en sus corrales y por la cantidad de mujeres que pasaban por sus camas, sin que sus esposas legales pudieran reclamar absolutamente nada.

 en Titán, el Alto, Jalisco, año de 1940. Una zona rural a las afueras de Guadalajara, donde las casas se levantan con adobe y donde las familias se mantienen con la cría de ganado y la venta de leche en los mercados locales. En una de esas casas modestas nace Vicente Fernández Gómez, hijo de Ramón Fernández, ganadero de mediana fortuna, y de Paula Gómez, ama de casa con un carácter fuerte que durante toda su vida mantendría el rancho funcionando con disciplina. militar.

 La familia Fernández Gómez no era pobre, tampoco era rica. Era de esa clase media rural jaliciense que se consideraba a sí misma respetable, decente, católica, con valores tradicionales que se transmitían de padres a hijos con la misma firmeza con la que se transmitían las tierras y los caballos.

 Pero hay un dato sobre Ramón Fernández del padre que la versión oficial de la biografía del charro siempre minimizó, pero que las personas que conocieron a la familia recuerdan con claridad. Ramón Fernández, según los testimonios consistentes de antiguos vecinos de Gen Titán, era un hombre con un patrón conocido en el campo jalisiense de la época.

 Era un hombre con dos vidas paralelas, una vida pública con su esposa Paula y los hijos legítimos y una vida discreta con al menos otra mujer en un pueblo cercano donde, según los rumores, había engendrado uno o dos hijos más que nunca. Llevaron el apellido Fernández, pero que aparecían ocasionalmente en eventos familiares como sobrinos lejanos de la familia.

 Recuerda esto porque es clave. El pequeño Vicente Fernández creció observando exactamente este patrón.  No como una anomalía, no como una excepción escandalosa, como una normalidad rural jalisiense que su propio padre practicaba con la misma naturalidad con la que se prendía un cigarro después de la cena. Vicente vio como su madre Paula, una mujer inteligente, fuerte, profundamente católica, manejaba esa situación.

 La manejaba con un silencio digno que en los círculos sociales de Wenditán era admirado como una virtud femenina. La manejaba sin hacer escándalos en público, sin gritar en la mesa, sin denunciar nada frente a los hijos, solo callando, solo cargando, solo demostrando día tras día que la esposa legal era la que sostenía la casa, criaba a los hijos legítimos, manejaba las finanzas y representaba la dignidad familiar frente al mundo.

 Las otras mujeres, las que Ramón visitaba ocasionalmente, eran un detalle secundario en la vida del patriarca. Un detalle que la esposa principal toleraba porque entendía algo que las mujeres más jóvenes todavía no habían aprendido. Entendía que pelear contra el patrón era inútil, que denunciarlo era exponerse a la vergüenza pública y que el matrimonio rural mexicano de los años 40 se basaba en un pacto silencioso donde la esposa cuidaba la apariencia exterior y el esposo a cambio garantizaba la estabilidad económica y el respeto

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