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VICENTE FERNÁNDEZ cambio a su ESPOSA por otra…y esto fue que le pasó

 Una relación que el entorno completo de Vicente había protegido con la disciplina de quienes saben que su lugar en ese mundo depende exactamente de ese silencio. y una verdad que Cuquita había sabido durante décadas, pero que nunca había escuchado de la boca de su marido con la claridad y la intención directa de que esa habitación de hospital finalmente se produjera.

 Cuando Alejandro Fernández se enteró de lo que su padre había confesado esa tarde, llamó a su hermano Vicente Junior desde su auto estacionado afuera del hospital y habló con él durante 22 minutos con la voz de alguien que está procesando algo que confirma lo que ya sabía, pero que pesa diferente cuando llega con el nombre completo y los años exactos y la certeza de que ya no hay manera de que sea otra cosa que lo que es.

 Siempre lo supimos, dijo Vicente Junior, pero no es lo mismo saber que escucharlo. Esta es esa historia completo con los nombres, las fechas y las consecuencias que durante décadas fueron el secreto mejor guardado de la dinastía más famosa de la música mexicana. La historia comienza oficialmente el 27 de diciembre de 1963 en Genitán, el Alto, Jalisco, cuando un joven de 23 años con más ambición que dinero y más talento que oportunidades le puso un ultimátum a la mujer más hermosa que había visto en su vida.

 “Te doy 10 minutos para que lo dejes”, le dijo Vicente Fernández a María del Refugio Abarca Villaseñor, que en ese momento tenía otro pretendiente esperando a pocos metros. Porque tú y yo nos casamos el 27 de diciembre. Cuquita tenía 17 años. Vicente tenía exactamente la certeza de alguien que ha identificado lo que quiere y que no tiene ninguna intención de esperar a que las circunstancias se alineen solas.

Cuquita dejó al otro pretendiente y el 27 de diciembre de 1963 se casaron con su primer hijo, ya nacido de manera prematura, incubado en casa porque no había dinero para el hospital, envuelto en cobijas de lana en el cuarto más cálido de una casa que todavía no era lo que el futuro haría posible. Nadie que estuvo en esa boda habría podido imaginar lo que vendría.

 No hay fama de escala global. No los estadios llenos durante cinco décadas consecutivas, no la dinastía artística que produciría a Alejandro Fernández como la estrella más grande del regional mexicano de su generación. y tampoco lo que vendría por el otro lado. Las noches de gira que durarían semanas, las mujeres que esperaban en los lobis de los hoteles, el sistema de silencio que se construiría alrededor del hombre más famoso de México para proteger una imagen que valía cientos de millones de pesos y que no podía permitirse el costo

de la verdad completa. Vicente Fernández lanzó su primer sencillo exitoso en 1966 y para mediados de los años 70 era ya una figura de escalada que su entorno de buen titán no tenía herramientas conceptuales para procesar completamente. Los discos se vendían en cantidades que rompían récords en México y en el mercado hispano de Estados Unidos simultáneamente.

Las giras eran eventos nacionales. Las películas que protagonizaba llenaban los cines con la fuerza específica de un artista que había encontrado la frecuencia exacta en que la cultura popular mexicana de su época quería ser tocada y que la tocaba con una consistencia que ninguno de sus contemporáneos podía replicar con la misma precisión.

 Y con toda esa escalada llegó también el entorno que la escalada produce inevitablemente alrededor de los hombres que la alcanzan, el equipo que vive de su nombre, las personas que construyen sus vidas alrededor de su agenda y los silencios que todos ellos aprenden a guardar como condición de permanencia dentro de un mundo que los necesita a ellos, tanto como ellos lo necesitan a él.

 Cuquita quedó en el rancho criando a Vicente Junior, a Gerardo, a Alejandro, a Alejandra, administrando la vida doméstica de una familia que crecía en todas las direcciones simultáneamente, mientras su marido construía el legado que llevaría el apellido de todos ellos a la inmortalidad. Era el arreglo que su época y su entorno cultural consideraban natural.

 El arreglo donde el hombre construye afuera y la mujer sostiene adentro y donde los costos de ese arreglo sobre la persona que sostiene son rara vez parte de la conversación pública sobre el resultado que el arreglo produce. Cuquita nunca se quejó públicamente, nunca dio una entrevista que pusiera en duda la narrativa del matrimonio perfecto que ella y Vicente habían construido juntos con la consistencia de quienes comprenden que cierta narrativa, una vez establecida, vale demasiado para todos los involucrados, como para arriesgarse a

modificarla sin una razón de fuerza mayor. Pero adentro, en los espacios donde las cámaras no llegaban y donde las personas que sí llegaban habían firmado lealtades que valían más que la verdad, la historia era diferente y la parte más diferente de esa historia tenía nombre. Se llamaba Merle, actriz de la época de Merle Uribe.

 Tenía 32 años cuando conoció a Vicente Fernández en los primeros años de los 80 en el contexto de la industria del entretenimiento mexicano, donde los dos operaban en círculos que se cruzaban con la frecuencia que producen las fiestas de la industria, los sets de filmación compartidos y los eventos donde la fama actúa como imán entre personas que viven dentro de la misma escala de exposición pública.

 Lo que comenzó como una conexión dentro de ese contexto se convirtió en algo que sus propias palabras décadas después describirían con la claridad de alguien que ha decidido que ya no tiene razones para ser menos que completamente honesta sobre lo que vivió. Una relación real sostenida en el tiempo con la densidad emocional que el tiempo y la proximidad producen inevitablemente cuando dos personas eligen seguir viéndose durante meses y después durante años.

 Vicente siempre dejó muy clara una cosa”, dijo Merle en una entrevista en 2018 con el tono específico de alguien que ha procesado durante mucho tiempo, algo que no terminó de la manera que habría querido. Me dijo, “A mi esposa no la voy a dejar nunca. Yo puedo andar por acá y por allá, pero mi esposa es mi casa. Cuquita era su casa, Merle era lo otro.

Y lo otro difícil, según los testimonios que rodean esta historia desde múltiples ángulos, no meses sino años, años en que Vicente Fernández cantaba sobre el amor con la autenticidad, que sus audiencias reconocían como la única garantía posible de que lo que expresaba era verdadero y lo era.

 Solo que la verdad de Vicente Fernández sobre el amor era más complicada que la versión que sus canciones, su imagen pública y el silencio de todos los que lo rodeaban permitían ver desde afuera. Pero aquí viene la parte que nadie contó completamente, porque Merle Uribe no fue la única. Y lo que Cuquita hizo cuando finalmente tuvo en sus manos la historia completa con todos sus nombres y todas sus fechas no fue lo que nadie esperaba.

Fue algo más poderoso, más calculado y más definitivo que cualquier escándalo público. Fue una decisión que cambió para siempre la distribución del poder dentro del matrimonio más famoso de la música mexicana. Y esa decisión es lo que el siguiente bloque de este video va a revelar con todos los detalles que durante décadas permanecieron exactamente donde Vicente y su entorno los habían colocado, en el único lugar donde los secretos realmente duran.

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