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Un Jefe De Celda Dijo “¡Límpiame Los Zapatos!” A El Chapo Esa Noche — Y Fue Su Última Orden

 El patio está casi vacío a esa hora. Es un jueves por la tarde cuando la mayoría de los reclusos están en sus celdas descansando antes de la cena. Solo hay algunos reos jugando fútbol con una pelota desinflada que rebota de manera impredecible. Otros durmiendo en las bancas de concreto bajo el sol de la tarde que calienta el patio como un horno.

Las sombras de las torres de vigilancia se extienden diagonalmente a través del espacio. Pero cuando el Chapo camina, cuando comienza su recorrido habitual, los presentes se dispersan sin que tenga que decir palabra, sin que tenga que hacer un gesto. Es algo que ocurre naturalmente, automáticamente, como si la atmósfera misma advirtiera sobre su llegada, como si el aire en el patio se espesara cuando él pasa, como si incluso los guardias en las torres sintieran su presencia y ajustaran sus vigilancias.

A 30 m de distancia, en la esquina donde los rayos de sol crean sombras perfectas, en el piso de ladrillo rojo, donde hay una banca de concreto que ha sido designada informalmente como el lugar de poder dentro de Altiplano, está sentado Héctor Palma Cervantes, el jefe de la penitenciaria, el hombre que controla todo dentro de estas paredes, que ha construido un sistema de corrupción y control tan sofisticado que funciona como máquina bien engrasada.

 Palma no es como otros jefes de celda que ha conocido el Chapo en sus años de encarcelamiento. No es un matón de menor rango buscando hacer nombre. No es un oportunista que llegó a una posición de poder por suerte. Palma es un hombre de 52 años que ha cumplido 30 años de cárcel, que comenzó su carrera criminal siendo sicario, luego jefe de plaza, luego fue capturado, encarcelado y dentro de la prisión desarrolló un poder que en algunos aspectos es más absoluto que el que tenía afuera.

Han visto gobernadores, políticos corruptos, generales del ejército, todos pasar por sus manos de una forma u otra, es la autoridad absoluta dentro de Altiplano, respaldado por guardias corruptos que reciben dinero de su cuenta, por la administración que lo tolera porque es más fácil que tener caos, y por el simple hecho de que nadie en este lugar tiene tanto poder como él.

Nadie, excepto tal vez el Chapo. El Chapo se sienta en la banca junto a Palma sin ser invitado, sin pedir permiso, porque en altiplano cuando el Chapo Guzmán quiere sentarse en una banca se sienta. Es un derecho que se ha ganado. Palma vuelve hacia él lentamente. Sus ojos grises como acero pulido, sus manos grandes y callosas descansando sobre sus rodillas.

 musculosas visten ambos de reo. Ambos llevan el uniforme gris que iguala a todos los reclusos. Pero los dos hombres sentados en esa banca representan poder concentrado. Dos fuerzas que durante años han mantenido un equilibrio delicado, un entendimiento tácito sobre quién controla qué dentro de la penitenciaria. No es poder explícito.

 No hay documentos, no hay decretos, no hay ordenanzas. Es poder que existe en los espacios entre las palabras, en los silencios que ambos hombres comparten, en el conocimiento mutuo de quién puede hacer que sin consecuencias. El Chapo ha pagado millones a Palma durante años, le ha dado poder, le ha multiplicado su fortuna, ha protegido sus intereses, le ha dado acceso a cosas que otros reclusos no pueden ni imaginar.

 Un teléfono en la celda, acceso a drogas de mejor calidad, visitas sin restricción, libertad para recibir dinero del exterior sin que sea confiscado. A cambio, el Chapo ha vivido relativamente en paz dentro de Altiplano. ha recibido visitas de su familia, ha mantenido comunicación con sus negocios en el exterior, ha podido continuar orquestando operaciones del cártel de Sinaloa desde dentro de la prisión.

Es un arreglo comercial mutuo que ha funcionado hasta ahora. Un acuerdo entre criminales que entienden que ambos se benefician de la relación. Pero ambos hombres, incluso sin mirarse directamente a los ojos, sienten que algo está por cambiar, que el equilibrio que han mantenido cuidadosamente se está desmoronando por fuerzas que están fuera de su control.

 Palma lo mira como lo ha mirado cientos de veces con ese gesto imperceptible que es mitad respeto, mitad amenaza. Los días pasan dentro de altiplano con una monotonía que corroe el alma, que desgasta incluso a los hombres más duros. El Chapo y Palma hablan sobre trivialidades, sobre los rumores que circulan en los pasillos, sobre qué recluso fue trasladado, sobre las nuevas reglas que implementó el director, sobre los cambios que nadie quiere, pero que todos saben que vienen.

 Pero debajo de esa conversación superficial hay algo más, algo que ambos sienten, pero ninguno pronuncia. Hay un cambio en el aire, una tensión diferente a la que ha existido durante años. El Chapo nota que Palma no tiene su habitual brillo de control absoluto. Hay algo oscuro en sus ojos, algo que podría interpretarse como cansancio o como advertencia, algo que sugiere que este hombre que ha reinado sobre altiplano está llegando al final de su reinado.

Luego, sin previo aviso, sin que nada en la conversación lo sugiera específicamente, Palma dice algo que hará eco en la mente del Chapo durante los siguientes meses, durante los siguientes años, algo que revisará una y otra vez. Chapo, hoy por la noche quiero que hagas algo por mí, una orden disfrazada de petición.

Porque en el mundo del crimen organizado, en este universo donde los hombres mueven dinero y muerte como si fueran fichas en un juego de ajedrez, la diferencia entre una petición y una orden es solo cuestión de tono, de énfasis, de la manera en que los ojos del que habla se clavan en los del que escucha. El Chapo conoce bien esos tonos, esas inflexiones que transforman una pregunta en una instrucción, que convierten una sugerencia en una amenaza velada.

Levanta la vista lentamente, sus ojos encontrándose con los grises de palma y en ese contacto de miradas ocurre un diálogo silencioso. ¿Qué cosa, jefe? La respuesta viene cargada de peso, de significado, de propósito. Límpiame los zapatos, chapo. Quiero que personalmente limpies mis zapatos, que los dejes relucientes como espejo, que pueda ver mi reflejo en el cuero, que cuando me los coloque pueda verme a mí mismo en su superficie.

El Chapo parpadea una vez, solo una vez. Pero en ese parpadeo ocurren mil cosas simultáneamente. Ha pasado 13 años en esta prisión sin que le ordenen hacer nada semejante. 13 años, miles de días. Y en ninguno de ellos, ninguno alguien se han atrevido a ordenarle que hiciera trabajo de criado. Esta noche, jefe, pregunta, su voz perfectamente controlada.

Sí, esta noche en mi celda quiero que vengas a las 10 en punto exacto y que limpies mis zapatos. Quiero que sea perfecto, chapo. No quiero ver manchas. No quiero ver rayaduras. Quiero ver brillar el cuero como si estuviera nuevo, como si acabara de salir de la tienda. El Chapo permanece en silencio varios segundos más, sus ojos analizando la expresión de palma, buscando pistas ocultas, interpretando motivaciones, tratando de descifrar qué es lo que realmente está sucediendo.

Porque esto no es simplemente sobre zapatos, esto es sobre algo más profundo, algo que tiene que ver con poder y pérdida de poder. Luego se levanta de la banca con los mismos movimientos medidos con que se sentó, controlados, precisos, y camina lentamente de regreso hacia el edificio principal de la penitenciaria.

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