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SASHA MONTENEGRO: La “Amante” pasó del Lujo a la SOLEDAD… El DESPRECIO de la Familia Presidencial

 Escríbeme en los comentarios ahora mismo, ¿crees que el poder puede proteger a alguien que no nació dentro de él? Solo escribe sí o no, porque la respuesta que esta historia da es la más incómoda que vas a escuchar hoy. Para entender cómo terminó Sasa Montenegro, hay que entender cómo empezó, no el escándalo, no el romance.

la persona que existía antes de que existiera el escándalo y el romance. Porque las decisiones que parecen incomprensibles desde afuera siempre tienen una lógica que solo se ve cuando uno conoce de dónde viene quien las toma. 20 de enero de 1946, Bari, Italia, en una Europa que todavía olía a ceniza y a guerra, que no termina de cerrar sus heridas, nace Alexandra Achimovic Popovic, un nombre que no encaja con el destino que después le van a imponer, porque tampoco encaja con el lugar donde nace, ni con el lugar al que

va a terminar llegando. Porque Alexandra no viene de la nada, como tantas veces se dijo, con el desprecio específico de quienes necesitan que el origen de alguien sea insignificante para justificar el trato que le dan. Viene de un linaje que alguna vez tuvo nombre Tierra y Orgullo, un pedazo del viejo mundo que la guerra trituró sin piedad ni consideración por lo que destruía.

Sus padres, Siboyina Achimovik y Silvia Popovik son sobrevivientes. Esa palabra lo dice todo porque sobrevivientes no significa valientes de película, sino personas que escaparon cuando otros no pudieron, que cargaron con el rumor de familiares perdidos que vivieron con una elección tatuada en el alma desde el primer día de consciencia.

Nada es permanente, ni la casa, ni el apellido y la seguridad que hoy existe. Todo puede desaparecer de un día para otro con la brutalidad de los procesos que no piden permiso para ocurrir. Y cuando una persona crece con esa idea instalada como verdad fundamental, hay algo que se vuelve obsesión.

  La estabilidad, la protección, el dinero como chaleco antibalas, la cercanía al poder como refugio contra la intemperie que ya vivieron los padres. y que los hijos juran que no van a volver a vivir. No es ambición elegante, es miedo, es supervivencia, es la respuesta lógica de alguien que aprendió demasiado pronto que el suelo puede moverse bajo los pies sin aviso.

 La ruta familiar los lleva a Argentina, Mendoza, lejos de Europa, lejos de los fantasmas, lejos de la guerra, pero no lejos del trauma que viaja con las personas, independientemente de la distancia geográfica que pongan entre ellos y el lugar donde ocurrió lo que los marcó, Sasha crece con educación, con idiomas, con una inteligencia que no se nota en la pantalla.

 Cuando el mundo decide mirarte solo como cuerpo, ella habla, entiende, observa. Por un tiempo incluso se acerca al periodismo como si quisiera tener el control de la historia contándola ella misma antes de que otros la cuenten por ella. Pero la vida no siempre respeta los planes de una mujer. El año de 1969, tiene 23 años.

 llega a México con una idea simple, una escala, un paso breve antes de seguir rumbo a Nueva York para estudiar inglés una semana. Eso era todo. Una semana que terminó convirtiéndose en una vida entera porque México en esos años era una fábrica de imágenes, una máquina que producía ídolos con la misma facilidad con que los destruía.

 Y cuando una joven europea alta, magnética, de belleza distinta a la de las actrices de siempre aparece en ese circuito, la industria no pregunta que sueña, pregunta que vende. Ahí nace la paradoja que la perseguirá como sombra durante décadas. El cine de ficheras, ese cine popular de los años 70 y 80, le abre la puerta de la fama, le pone reflectores, le da dinero y al mismo tiempo le quita algo esencial.

 El respeto la reduce, la convierte en un personaje que no es ella. En la pantalla Sasaha es deseo, es provocación, es el mito fácil que la industria necesita para vender boletos. Pero detrás, en lo privado, hay otra mujer, una que lo vive como una humillación, una que lo describe como algo violento, una que confiesa que no quería seguir haciéndolo, que se sentía incómoda, atrapada, obligada a sostener una imagen que el mundo consumía sin preguntarle si ella estaba de acuerdo con ser consumida de esa manera. Esa contradicción crea un

vacío y el vacío es peligroso porque cuando tienes fama sin dignidad, empiezas a buscar una llave que abra otra puerta. Empiezas a buscar algo que le dé a tu existencia el tipo de legitimidad que los aplausos del cine de ficheras no pueden dar. En esos años, Sasa aprende algo que muchas mujeres aprenden tarde.

 El aplauso no te protege, la belleza no te protege. El dinero te compra tiempo, pero no te compra un lugar en la mesa donde se sientan los intocables. Y ella quiere ese lugar, no solo en el cine, en la sociedad, que la mira por encima del hombro con el desprecio específico de quienes se creen superiores a lo que ven en la pantalla, aunque vayan a verlo todos los viernes.

 Entonces entiende que hay hombres que funcionan como símbolos. Hombres que aún viejos, aún heridos, aún fuera del escenario visible del poder, representan un tipo de seguridad que ninguna película puede darte, un tipo de protección que ningún productor puede ofrecerte, un acceso a la mesa que has estado buscando desde que eras una niña en Mendoza tratando de entender por qué el suelo siempre se mueve bajo los pies de su familia.

 Ahí entra la figura de José López Portillo, expresidente, abogado, escritor, hombre de cultura y también hombre marcado por una caída histórica que el país no le iba a perdonar fácilmente. Presidió México de 1976 a 1982 y terminó con un país golpeado por la crisis, con el peso desplomándose con un discurso final que supo a derrota.

 un rey sin trono, un hombre poderoso que había perdido el escenario que le daba sentido y que necesitaba encontrar otro. En su casa, el matrimonio con Carmen Romano era una convivencia por protocolo, por imagen, por el peso del apellido y de los años compartidos. Y cuando el poder político se va, queda algo que muchos hombres temen más que la pobreza, la irrelevancia, la sensación de que ya no eres el centro de nada.

López Portillo necesitaba sentirse vivo otra vez. Necesitaba una confirmación de que seguía siendo el centro de algo, aunque ese algo ya no fuera el gobierno de un país. Sasha, en cambio, necesitaba lo contrario. Necesitaba que alguien la viera más allá del estigma de las películas.

 Necesitaba que alguien la tratara como si perteneciera a un mundo diferente del que la industria le había asignado. Y cuando dos necesidades así se encuentran con la intensidad con que estas dos personas se encontraron, no nace un romance limpio. Nace un pacto, un intercambio de carencias que se presenta como amor porque tiene la misma temperatura del amor, aunque no tenga la misma naturaleza.

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