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Sara García: el DOLOROSO Secreto que su TESTAMENTO REVELÓ tras 60 AÑOS

conoció a la única persona que iban a acompañarla hasta el último suspiro de su vida adulta. Sara García Hidalgo entró por primera vez por la puerta del colegio de las Bizcaínas durante una mañana de invierno de 1903. Tenía 8 años cumplidos. Llevaba un abrigo gris que le quedaba grande, cargaba una maleta de cartón con las pocas pertenencias que le quedaban de Orizaba y caminaba detrás de su padre sin decir una sola palabra durante todo el trayecto desde la estación de tren hasta la puerta principal del colegio.

Sara llevaba exactamente 4 meses sin pronunciar una sola palabra desde aquella mañana en que su madre había dejado de respirar dentro de una cama de Orizaba. La causa de la muerte había sido una tifoidea contraída durante una epidemia que azotó al estado de Veracruz a finales del siglo XIX. Sara, con apenas 4 años cumplidos, había estado dentro del mismo dormitorio cuando su madre dejó de respirar definitivamente.

Había visto como el rostro de la mujer enferma cambiaba de color durante los últimos minutos. Había escuchado los últimos suspiros entrecortados sentada en una silla pequeña junto a la cama matrimonial y había permanecido sentada en aquella misma silla durante varias horas después del fallecimiento, sin moverse y sin pronunciar palabra alguna.

Acuérdate de esa enfermedad. Vamos a regresar a ella 36 años más tarde dentro de otro hospital de la Ciudad de México con una víctima distinta y con la misma niña veracruzana convertida en mujer adulta sentada junto a la cama del paciente moribundo. El padre de Sara no estaba preparado para criar solo a una niña que se negaba a pronunciar palabra alguna.

 Al cabo de 4 meses tomó la decisión que iba a marcar el resto de su vida adulta. vendió las pocas pertenencias del dormitorio matrimonial donde había muerto su esposa y compró dos billetes de tren hacia la Ciudad de México para llevar a la niña al único lugar donde alguien podría hacerse cargo de ella sin pedirle nada a cambio.

El Colegio de las Viscaínas. El edificio quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México, en una calle empedrada de la colonia Centro. Llevaba funcionando como internado para niñas de familias católicas desde el año 1667. Las paredes de piedra colonial mantenían una temperatura constante de 15 ºC durante todo el invierno mexicano y durante los siglos posteriores había internado a generaciones enteras de niñas mexicanas que habían perdido a sus padres en circunstancias dramáticas.

La monja directora, una mujer mexicana de 50 años vestida con el hábito negro completo de la orden religiosa, los recibió dentro del despacho pa, principal del primer piso para realizar el trámite oficial. Firmó el documento de ingreso dentro del registro de internas, mientras el padre y la niña permanecían sentados frente al escritorio.

 Después le explicó al padre las cuotas mensuales que tendría que enviar durante los siguientes años. El padre escuchó todo en silencio, firmó los documentos económicos correspondientes y al terminar el papeleo miró a Sara durante varios segundos sin saber muy bien qué decirle antes de salir definitivamente del despacho. Le dijo una sola frase: “Pórtate bien con las hermanas.” Sara no respondió.

 La mudez emocional infantil seguía intacta. cogió la maleta de cartón con la mano izquierda y siguió a la monja directora dentro del patio principal, sin mirar atrás ni una sola vez. Su padre salió en silencio por la puerta del colegio para  el coche de caballos que lo llevaría de regreso a la estación. Desapareció dentro de la mañana brumosa y jamás volvió a aparecer dentro de la vida adulta de Sara durante el resto de las décadas siguientes.

Esa misma mañana, dentro del patio principal del colegio de las bizcaínas, una niña de apellido González Cuenca terminaba el desayuno reglamentario, sentada en un banco de piedra debajo del árbol antiguo que llevaba allí desde la fundación del edificio. tenía exactamente la misma edad que Sara, 8 años cumplidos.

 Llevaba el mismo uniforme oscuro que todas las demás internas, pero a diferencia de Sara, no era huérfana. Era hija de un comerciante mexicano del centro de la capital y sus padres iban a visitarla con regularidad cada mes durante los siguientes años de internado obligatorio. Esa mañana concreta de 1903, Rosario González Cuenca fue la primera niña del internado que se levantó del banco de piedra para acercarse a Sara cuando la monja directora la dejó parada en mitad del patio sin saber dónde sentarse. Su nombre era Rosario González

Cuenca. vino caminando despacio desde el banco de piedra hasta pararse frente a Sara dentro del patio. La miró fijamente durante varios segundos sin pronunciar palabra alguna, y al final le tendió la mano derecha esperando a que la niña recién llegada se atreviera a sostenerla. Sara aceptó la mano y aquel instante exacto fue el momento concreto en que Sara García Hidalgo y Rosario González Cuenca empezaron oficialmente a construir la relación que iba a durar 77 años exactos.

Existe una fotografía concreta que la monja directora del Colegio de las Viscaínas guardó dentro del archivo oficial de internas durante los siguientes 70 años. Es una fotografía en blanco y negro tomada durante el primer mes que Sara García pasó dentro del internado en 1903. Y dentro de aquella fotografía aparece Sara García de pie en el centro de la primera fila, sosteniendo con la mano derecha la mano izquierda de Rosario González Cuenca dentro de aquel patio donde se habían conocido apenas unas semanas antes. Vamos a regresar a esa

fotografía más adelante. La primera noche que Sara durmió dentro del dormitorio común del colegio de las Viscaínas, ocurrió algo que iba a marcar oficialmente el inicio de la relación íntima entre las dos niñas. Las monjas habían apagado las velas centrales del pabellón apenas pasadas las 9. Las internas debían permanecer en silencio absoluto dentro de sus camas hasta el amanecer bajo amenaza de castigos físicos.

 Y Sara, dentro de su propia cama recién asignada empezó a llorar en silencio pensando en su madre muerta. Lloró durante varias horas, mordiéndose el puño derecho para que ninguna monja del pabellón escuchara a los soyosos. Hasta que en algún punto de la madrugada escuchó pasos descalzos acercándose a su cama desde la cama vecina.

 Era Rosario González Cuenca. Rosario cruzó en silencio la mesita de noche que separaba las dos camas. Se metió dentro de la cama de Sara debajo de las mantas, abrazándola para consolarla dentro de aquella habitación oscura. Sara dejó de llorar dentro de los siguientes minutos. Y aquella noche Sara García Hidalgo pronunció la primera palabra que había salido de su boca desde la muerte de su madre 4 meses antes. Gracias.

Durante los siguientes 7 años exactos, Rosario González Cuenca durmió dentro de la misma cama del internado que Sara García Hidalgo Cada noche, reglamentaria del calendario académico, sin que ninguna monja del colegio de las Viscaínas descubriera jamás aquel ritual silencioso de consuelo entre dos niñas internas que durante todo el día reglamentario aparentaban ser únicamente compañeras de aula corrientes.

Hubo una sola vez en algún punto del año 1907 en que una de las monjas auxiliares del pabellón nocturno casi descubrió la costumbre silenciosa entre Sara y Rosario. Las dos niñas tenían entonces 12 años cumplidos. La monja entró sin previo aviso al dormitorio común para revisar que todas las internas estuvieran durmiendo.

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