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RAÚL GONZÁLEZ: el ORO OLÍMPICO que caminó hasta la RUINA… El asqueroso ABANDONO de México

Y no ocurrió después de las medallas, ocurrió antes. El abandono que en 1980 en Moscú, en los terceros Juegos Olímpicos de su carrera, obligó a Raúl González a abandonar la prueba de los 50 km en el kilómetro 42, no por falta de condición física, sino por la desorganización del propio equipo nacional mexicano, que se supone que debía apoyarlo.

Ese abandono, el del sistema antes del oro y no el del sistema después del oro. Es el expediente real de la historia de Raúl González y es suficientemente revelador del deporte mexicano para sostener este guion sin necesitar inventar nada. Cuatro Juegos Olímpicos. Munich, 1972, Montreal 1976, Moscú 1980, Los Ángeles 1984. 12 años de intentos antes del podio, 12 años de presentarse a la cancha más grande del mundo y de regresar sin lo que había ido a buscar.

Y en el cuarto intento, con 30 años, el oro en 50 km con récord olímpico y la plata en 20 km. Las mismas zapatillas, el mismo hombre. La cuarta fue la vencida. Si este tipo de historias, las del atleta que el sistema falló antes de celebrarlo y que después el sistema celebró mientras le fue útil, te parecen necesarias, suscríbete ahora mismo.

Dale like, no por mí, por Raúl González. Para que la historia completa del mayor marchista que México ha producido, no solo el oro del Coliseum de Los Ángeles, sino también el abandono de Moscú y los 12 años que hicieron que ese oro valiera lo que valió, llegue a más personas. Lo que nadie te ha contado con suficiente profundidad es que la historia de Raúl González antes de Los Ángeles, 1984 tiene un capítulo de fracaso institucional que explica mejor que cualquier otra cosa lo que significa competir como atleta de alto rendimiento

en México cuando el sistema que debería sostenerte no funciona como debería. Y ese capítulo se llama Moscú 1980. Su nombre completo es Raúl González Rodríguez. Es originario de Nuevo León y la historia de cómo llegó a ser el mayor marchista que México ha producido es la historia de alguien que el sistema intentó frenar antes de que lo celebrara, que encontró la manera de seguir cuando el apoyo oficial desapareció y que llegó al podio más alto del deporte mundial.

Precisamente porque aprendió a prescindir del sistema cuando el sistema no estaba. En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que el atletismo oficial mexicano no ha puesto juntas con la claridad que merecen. Primera, ¿quién era Raúl González antes de Los Ángeles 1984? Los 12 años de intentos olímpicos, lo que Munich 1972 y Montreal 1976 le enseñaron.

y lo que Moscú 1980 le hizo, no el atleta, sino el propio sistema mexicano. Segunda, la decisión que tomó en 1981 después de Moscú, la separación del equipo nacional, el entrenamiento independiente, los 1100 km en un año que construyeron el récord olímpico de Los Ángeles y por qué tuvo que hacer todo eso solo. Tercera. Los 8 días de agosto de 1984, la plata el día 3, el oro el día 11, las zapatillas que sobrevivieron 70 km olímpicos, la decisión ética que tomó durante los 20 km que dice todo sobre quién es este hombre y las lágrimas

dentro del coliseum. Cuarta, lo que vino después, el paso a la administración pública, lo que el sistema le ofreció y lo que el sistema no construyó. Y la imagen de 2023, el hombre con el rostro sereno en la pista del com entrenando a los que van a ser los próximos. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Entender que la mayor hazaña de Raúl González no fue el oro de los ángeles, fue el camino de 12 años que lo llevó hasta ese oro y que ese camino en sus partes más oscuras fue oscuro precisamente por lo que el sistema mexicano hizo y no hizo con uno de sus atletas más extraordinarios.

Grábate esto antes de que sigamos. Nuevo León, finales de los años 60 y principios de los 70. México estaba en el ciclo donde los Juegos Olímpicos de 1968 en la Ciudad de México habían dejado una huella profunda en la manera en que el país entendía el deporte de alto rendimiento. El gobierno había invertido en infraestructura, en visibilidad internacional, en la imagen de un México capaz de organizar los juegos más grandes del mundo.

Y esa inversión había producido una generación de atletas que creció creyendo que el sistema deportivo mexicano tenía la voluntad real de acompañarlos hasta donde su talento y su trabajo los llevaran. Raúl González fue parte de esa generación. Llegó a la marcha atlética por el camino que muchos atletas mexicanos de esa época llegaron a sus disciplinas.

No a través de un sistema de detección de talento sofisticado ni de un programa de desarrollo de élite bien financiado, sino a través del descubrimiento personal de que había algo en ese movimiento específico, en la combinación de velocidad y técnica que la marcha atlética exige, que correspondía con algo que su cuerpo y su mente podían hacer de manera excepcional.

La marcha atlética es uno de los deportes más exigentes que el atletismo produce, no porque sea violento ni porque requiera la potencia explosiva del velocista, sino porque exige una combinación de resistencia aeróbica prolongada, control técnico constante y tolerancia al sufrimiento que pocas disciplinas atléticas pueden igualar.

Caminar 50 km a ritmo de competencia olímpica, manteniendo la técnica correcta en cada paso durante casi 4 horas. en condiciones de calor y presión que el cuerpo acumula de manera implacable. Es una de las pruebas más extremas que el deporte humano ha diseñado para sí mismo. Raúl González encontró en esa prueba, especialmente en los 50 km, su espacio natural.

No el espacio cómodo ni el espacio fácil, el espacio donde sus capacidades coincidían exactamente con lo que la prueba exigía. Y desde esa coincidencia construyó una carrera que empezó mucho antes de que el mundo del atletismo lo notara. Munich 1972 fue su debut olímpico. Tenía alrededor de 19 años. Los Juegos de Munich son recordados principalmente por la tragedia del ataque terrorista contra el equipo israelí.

Pero fueron también el escenario donde un joven marchista mexicano tuvo su primera experiencia en el nivel más alto del atletismo mundial. No fue a ganar, fue a aprender lo que ese nivel se sentía desde adentro. Y eso, la experiencia de comprender desde el cuerpo lo que significa competir contra los mejores del mundo en el escenario más grande del deporte es el tipo de conocimiento que ningún entrenamiento puede sustituir completamente. Escucha esto.

4 años después, Montreal 1976, Raúl González mejoró su resultado y llegó al quinto lugar en los 20 km. No es el podio, pero es el nivel donde el sistema te dice que si siguiendo el camino correcto, el podio está disponible en el próximo ciclo, que la diferencia entre el quinto lugar de Montreal y el podio de Moscú puede ser construida en 4 años de trabajo específico hacia ese objetivo.

Y entonces llegó Moscú 1980. Aquí viene la primera revelación que te prometí y es la más incómoda para el deporte oficial mexicano. Moscú, 1980, fue el tercer intento olímpico de Raúl González. Tenía alrededor de 27 años. estaba en el punto de su carrera donde la experiencia acumulada de tres ciclos olímpicos debería haber sido el activo más valioso que ningún entrenamiento puede producir artificialmente.

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