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RAFAEL OSUNA: El CAMPEÓN que México dejó CAER… La VERDAD sobre el avión que lo MATÓ

 Lo que pasó en la mañana del 4 de junio de 1969 con el vuelo 704 de Mexicana de Aviación. Las fallas técnicas que nadie quiso reconocer del todo. La pregunta que todavía hoy no tiene respuesta clara y cómo Rafael Osuna terminó muerto en una montaña viajando para cumplir con sus compromisos deportivos  y el olvido, el silencio imperdonable de un sistema deportivo que lo usó mientras pudo y que después de su muerte pasó la página como si ese hombre jamás hubiera existido.

Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Entender por qué el mejor deportista que México ha tenido en el tenis es hoy un  desconocido para las nuevas generaciones. ¿Y qué dice eso de nosotros como  país? Pero antes de todo eso, necesitas saber de dónde vino este  hombre, porque la historia de Rafael Osuna no empieza en una cancha de tenis, empieza en una mesa de ping pong.

 La delegación Cuautemoc,  ese barrio vibrante y tradicional ubicado en el corazón mismo de la Ciudad de México, fue el lugar donde nació Rafael Osuna Herrera el 15 de septiembre de 1938. En una época en la que México  buscaba consolidar su identidad como nación moderna después de los años turbulentos de la revolución, las familias de clase media como la de los Osuna encarnaban el esfuerzo diario, el trabajo honesto y la esperanza de un futuro mejor para sus  hijos en un país donde las oportunidades todavía

no se distribuían de manera justa ni equitativa  para todos. El tenis en aquel entonces era un deporte eminentemente elitista y exclusivo. No se trataba de una disciplina popular que se practicara en las calles, en los parques o en espacios públicos, como ocurría con el fútbol,  el deporte que realmente unía a las masas mexicanas.

 El tenis pertenecía a los clubes privados y selectos, a los hijos de familias acomodadas que podían costear raquetas importadas de alta calidad, lecciones particulares con entrenadores profesionales y horas ilimitadas de práctica en canchas de arcilla o césped perfectamente mantenidas y cuidadas. Rafael Osuna no provenía de ese mundo de privilegios.

Era simplemente un niño de familia normal y trabajadora, con lo necesario para vivir con dignidad y sin grandes privaciones, pero sin lujos, sin excesos y sin las comodidades que muchos daban por sentado. Creció en un ambiente familiar donde el deporte se veía como una actividad saludable, formativa y educativa, una forma de desarrollar el cuerpo y el carácter, pero nunca como una posible carrera profesional, como una fuente de ingresos o como un camino hacia la fama y el reconocimiento nacional.

Lo que sí tenía Rafael desde su más temprana infancia era un don invaluable que ninguna cantidad de dinero podría comprar ni ningún privilegio social podría otorgar. una capacidad atlética fuera de lo común, casi sobrenatural para un niño de su edad y de su entorno. Su cuerpo parecía responder con una precisión milimétrica y una rapidez asombrosa a las órdenes de su mente.

Poseía reflejos de felino, una coordinación extraordinaria y una velocidad de movimiento que dejaba boqueabiertos y hasta asustados a quienes lo veían por primera vez en plena acción competitiva. No importaba de qué deporte se tratara, fútbol,  basketbol, tenis de mesa o cualquier otra disciplina que pusiera a prueba su agilidad,  su explosividad o su capacidad de reacción bajo presión.

 En todas ellas, Rafael Osuna destacaba de manera notable y consistente,  como si su organismo hubiera sido diseñado específicamente para el movimiento atlético de alto rendimiento, para la persecución incansable de pelotas imposibles  y para la ejecución de jugadas que requerían una sincronización casi perfecta entre el pensamiento rápido  y la acción física inmediata.

Es algo que vale la pena recordar con especial atención porque marca el inicio de una trayectoria deportiva realmente única en la historia de México.  Cuando apenas tenía 10 años de edad, Rafael Osuna logró la extraordinaria hazaña de coronarse campeón nacional de tenis de mesa de México en la modalidad de dobles.

 Un niño de solo 10 años compitiendo y venciendo no a otros niños de su misma edad, sino a hombres adultos, jugadores experimentados y fuertes que lo superaban ampliamente en tamaño, en fuerza física y en años de práctica acumulada. Se convirtió así en el campeón más joven que jamás había ganado ese torneo nacional en toda su  historia.

 Un pequeño que apenas alcanzaba a ver por encima de la superficie de la mesa de ping pong logró imponerse con inteligencia,  rapidez y determinación a rivales mucho mayores y más experimentados, demostrando una precocidad, un temple  competitivo y una madurez que dejaban a todos los presentes sin palabras y llenos  de admiración.

 Ese mismo año, impulsado por esa misma madurez precoz y por ese talento natural que ya se manifestaba  con claridad, se mantuvo durante varios años consecutivos dentro de la lista de los 10 mejores jugadores del ranking nacional en la modalidad individual de tenis de mesa y lo hizo hasta cumplir los 14 años de edad, consolidando su reputación como una de las promesas  más brillantes del deporte de raqueta en el país.

 El apodo que lo haría tan querido y reconocible en todo el país, el pelón, tampoco tiene su origen en las canchas de tenis ni en ninguna  de sus hazañas deportivas posteriores. Nació de una tarde cualquiera en el puerto de Veracruz, cuando Rafael tenía alrededor de 10 años y esperaba pacientemente a su padre afuera de unas oficinas bajo un calor sofocante, una humedad pesada y un sol que parecía derretirlo todo.

 Cómodo, impaciente y sufriendo por las altas temperaturas típicas  de la costa, el niño tomó una decisión impulsiva y muy característica de su personalidad enérgica, decidida y un tanto rebelde.  Entró a una barbería cercana y pidió que le raparan completamente la cabeza para librarse del calor insoportable.

 Cuando su padre  salió de la oficina y lo vio con la cabeza completamente afeitada,  no lo reconoció de inmediato. La sorpresa fue enorme y la anécdota se volvió inolvidable para la familia. Desde ese preciso instante, familiares, amigos cercanos y con el paso de los años y los triunfos,  todo un país entero comenzaron a llamarlo el pelón con cariño y familiaridad.

  Un apodo nacido de la decisión espontánea de un niño que no aguantaba el calor veracruzano  y que con el tiempo se convirtió en una parte inseparable de su identidad pública, haciéndolo más cercano, más humano y más querido por los aficionados que veían en él no solo al campeón invencible y al número uno del mundo, sino también al muchacho alegre, carismático, accesible y con una personalidad arrolladora que había detrás de todos los títulos y las victorias.

Pero ni el tenis de mesa ni el basketbol donde a los 15 años ya era el miembro más joven del equipo nacional de México, demostrando una vez más su precocidad y su versatilidad atlética, estaban llamados a ser el destino definitivo de Rafael Osuna. era un adolescente versátil, curioso y polifacético, que saltaba de un deporte a otro porque en todos ellos demostraba ser excepcional  y todavía no había encontrado aquella disciplina que lo apasionaría de verdad, que le haría vibrar el alma y que  definiría el rumbo de su

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