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“¡Quítate Indio!”, Gritó Un Político A El Chapo En El Tráfico — Y Su Carrera Terminó Esa Noche

Joaquín Guzmán lo era. Llevaba puesta una camisa de cuadros azules, pantalón de mezclilla libas vaqueras que había comprado en un tianguis de Badiraguato. Nada. En su apariencia sugería que controlaba el 60% del tráfico de cocaína que entraba a Estados Unidos. Nada revelaba que tenía bajo su mando a más de 5000 hombres dispuestos a matar por él.

En el asiento del copiloto iba el Cholo Iván, su jefe de seguridad personal. Atrás, dos pistoleros con AK47 ocultos bajo sarapes doblados. Todos alertas, todos listos, todos invisibles entre el tráfico común de una ciudad que aún no comprendía quién realmente mandaba. El semáforo de la avenida Álvaro Obregón con Insurgentes se puso en rojo.

Los vehículos se detuvieron formando tres carriles apretados. El calor del pavimento subía en ondas visibles. Vendedores ambulantes se movían entre los autos ofreciendo chicles, cigarros, agua fría. Un niño de 8 años con la cara sucia acercó al Mercedes de Salinas golpeando suavemente la ventana. El político ni siquiera volteó a mirarlo, subió el volumen de la radio y revisó sus mensajes en el celular Motorola que costaba más que el salario mensual de 10 trabajadores.

Estaba esperando confirmación de una reunión con el gobernador para discutir contratos de obra pública que le dejarían otros 20 millones de pesos en comisiones. Fue entonces cuando sucedió lo que cambiaría todo. La luz se puso en verde, pero el tráfico no avanzó. Adelante había un accidente menor. Dos taxis discutiendo por un choque sin importancia.

Los conductores gritaban, gesticulaban, bloqueaban el paso. Salinas tocó el claxon con impaciencia, una vez, dos veces, tres veces en sucesión rápida. El sonido agudo del Mercedes cortaba el aire como cuchillo. Nada pasó. El tráfico seguía detenido. Su rostro comenzó a enrojecerse. Las venas de su cuello se marcaron bajo la piel bronceada por las vacaciones en Cancún.

Bajó la ventana y sacó la cabeza para gritar hacia adelante. Detrás de él, la suburban blanca tampoco podía avanzar. El Chapo observaba la escena con esa quietud característica que todos sus hombres conocían. No hablaba, no se movía, solo miraba. Sus ojos procesaban cada detalle del ambiente. El Mercedes adelante, los vendedores ambulantes, las rutas de escape posibles, los edificios circundantes.

30 años sobreviviendo en el negocio más peligroso del mundo, le habían enseñado que el peligro puede venir de cualquier dirección en cualquier momento, pero esa noche el peligro vendría del lugar menos esperado. Salinas perdió la paciencia completamente. Abrió la puerta de su Mercedes con un movimiento brusco que casi golpea a una vendedora de flores.

Se bajó del auto con la arrogancia de quien nunca ha conocido consecuencias. Su estatura de 1,85 se erguía como torre sobre el tráfico detenido. Caminó hacia la suburban blanca que estaba a 3 m detrás con pasos largos y furiosos. Sus zapatos italianos de ,000 golpeaban el asfalto caliente. Cuando llegó junto a la ventana del conductor, comenzó a golpearla con el puño cerrado.

El vidrio templado absorbía los golpes sin quebrarse, pero el sonido resonaba como tambor de guerra. El cholo Iván volteó a ver al Chapo esperando instrucciones. El jefe del cártel de Sinaloa hizo un gesto casi imperceptible con la mano. Quietos, esperen. Veamos qué quiere este payaso.

El político seguía golpeando la ventana, su rostro cada vez más rojo, las venas de su frente hinchadas como cuerdas. Finalmente, el Cholo bajó el vidrio lentamente. El aire acondicionado de la suburban escapó mezclándose con el calor exterior. Salinas se inclinó hacia la ventana con expresión de desprecio absoluto. ¿Qué te pasa,  ¿No sabes manejar o qué? Las palabras salieron como veneno de su boca.

Su aliento olía whisky caro y menta de chicles importados. El cholo no respondió, simplemente lo miró con esos ojos muertos que había desarrollado después de 20 años matando gente para ganarse la vida. Ese silencio enfureció más al político. Estaba Shant estaba acostumbrado a que la gente temblara ante él, a que sus gritos provocaran su misión inmediata.

Este silencio era una frenta que no podía tolerar. Salinas retrocedió un paso y su mirada recorrió la suburban destartalada, la pintura descarapelada, la abolladura, los neumáticos desgastados. Todo confirmaba lo que ya había asumido. Gente pobre, gente sin importancia, gente que podía humillar sin consecuencias.

Su labio superior se curvó en una sonrisa cruel mientras buscaba las palabras que creía lo harían sentir poderoso nuevamente las palabras que en realidad firmarían su sentencia. “Quítate, indio”, gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Mueve tu  troca de  antes de que te la quite yo mismo. La palabra indio salió de su boca cargada con todo el desprecio de 500 años de racismo mexicano.

La usó como arma, como insulto supremo, como recordatorio de que él era superior por el simple hecho de haber nacido con piel más clara y apellido español. Lo que no sabía es que acababa de insultar al hombre equivocado en el momento equivocado. El Chapo Guzmán nació en la Tuna, Badiraguato, un pueblo tan pobre que ni siquiera aparecía en la mayoría de los mapas.

Creció descalzo comiendo tortillas con sal cuando había suerte, trabajando en los sembradíos de marihuana de su tío desde los 9 años. Su piel morena y sus rasgos indígenas lo marcaron desde niño como inferior en una sociedad que valora la blancura por encima de todo. Lo habían llamado indio mil veces en su vida cada vez que intentó entrar a un restaurante decente en Culiacán.

Cada vez que los niños ricos de Mazatlán se burlaron de su acento serrano, cada vez que algún funcionario corrupto lo trató como basura mientras extendía la mano para recibir su mordida, había escuchado esa palabra tantas veces que dejó de dolerle. O eso creía, pero esta vez fue diferente. Quizás fue el tono, quizás fue el momento, quizás fue simplemente que ya había acumulado demasiadas humillaciones en su vida y esta sería la última que toleraría.

Dentro de la suburban, el ambiente cambió instantáneamente. El cholo Iván sintió como la temperatura bajaba 10 gr. Los dos pistoleros en el asiento trasero tensaron sus músculos listos para actuar. Conocían esa quietud particular que precedía las decisiones más violentas de su jefe, el Chapo, se inclinó ligeramente hacia delante hasta que su rostro quedó visible desde la ventana del conductor.

Sus ojos se clavaron en los de Salinas con una intensidad que hizo que el político retrocediera involuntariamente medio paso. Por primera vez en toda la confrontación, Ricardo Salinas Mendoza sintió algo parecido al miedo. No sabía por qué. No reconocía al hombre que lo miraba desde el interior de esa camioneta destartalada.

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