Y Hugo quería regularlo, eso era inaceptable. Un técnico que gana títulos es tolerable. Un técnico que gana títulos y además quiere cambiar las reglas del juego es intolerable. Porque si Hugo limpiaba el sistema, los negocios se acababan. Si Hugo conseguía derechos para los jugadores, el pacto de caballero se desmoronaba.
Si Hugo llegaba a la presidencia de la federación, el cartel del fútbol perdía el control. Hugo no era solo un entrenador exitoso, era una amenaza existencial para un modelo de negocio que movía miles de millones de pesos al año. Y las amenazas existenciales no se neutralizan con argumentos, se neutralizan con trampas.
En 2005, Puma se derrumbó. Después del bicampeonato, el equipo tuvo la peor temporada de su historia. Hugo renunció en noviembre. Los que lo conocían sabían que la caída no fue solo deportiva. Los refuerzos que pidió no llegaron, los apoyos institucionales se evaporaron, la universidad no invirtió y Hugo, que había planeado ganar cinco títulos consecutivos, se quedó con dos y un sabor amargo.

Coincidencia o el primer movimiento de una partida de ajedrez que terminaría 3 años después en un estadio de Carson, California. Los dueños observaban y esperaban porque Hugo tenía un defecto fatal para ellos, credibilidad. No era un comentarista de televisión opinando desde un sillón. Era un hombre que había ganado cinco ligas con el Real Madrid, que había sido nombrado mejor futbolista de Norteamérica y Centroamérica del siglo XX por la FIFA, que acababa de hacer bicampeón a un equipo universitario con jugadores que nadie
más quería. Cuando Hugo hablaba de limpiar el fútbol, la gente le creía y un hombre al que la gente cree es mucho más peligroso que un hombre al que la gente admira. Los dueños necesitaban destruir esa credibilidad, pero no podían hacerlo mientras Hugo ganara títulos. Necesitaban ponerlo en una situación donde el fracaso fuera inevitable, donde su ambición se convirtiera en su propia trampa, donde la derrota borrara la memoria de las victorias y la oportunidad perfecta tenía un nombre. Se
llamaba selección nacional. Pero antes de llegar a esa parte de la historia, necesitas entender algo que no aparece en ningún periódico. Necesitas entender cómo funciona el verdadero poder en el fútbol mexicano. No el poder que se ve en las conferencias de prensa, el poder que se ejerce en cenas privadas, en llamadas telefónicas a las 2 de la madrugada, en pactos que nunca se firman, pero siempre se cumplen. El poder de los dueños.
El consejo de dueños era el órgano que realmente gobernaba el fútbol mexicano. No la federación, no el presidente de la FMF, no los árbitros, ni los técnicos, los dueños, un grupo de 10, 12, 15 empresarios que se reunían a Puerta Cerrada para decidir el destino de todo. ¿Quién ascendía, quién descendía, quién dirigía la selección? ¿Quién no la dirigía nunca? Y en noviembre de 2006, después de que Ricardo La Volpe renunció tras el mundial de Alemania, los dueños tomaron una decisión que parecía un
regalo, pero que en realidad era una sentencia. Le dieron la selección a Hugo Sánchez. Parece contradictorio. Si Hugo era su enemigo, ¿por qué darle el puesto más importante del fútbol mexicano? La respuesta es simple. Cuando entiendes cómo piensa el poder, no le dieron la selección para que triunfara.
se la dieron para que fracasara, pero de una forma específica, de una forma que destruyera su credibilidad para siempre. El plan tenía varias fases. La primera fue la cláusula que nadie mencionó en la conferencia de prensa. Justino Compean, presidente de la federación, le comunicó a Hugo que además de la selección mayor también debía hacerse cargo de la selección sub23 para las eliminatorias olímpicas rumbo a Beijín 2008. Hugo no lo pidió.
Años después lo diría con claridad. Así lo decidieron los directivos. Si quisieron darme tres selecciones, la Panamericana, la preolímpica y la Mayor, es porque me querían quemar. Y lo consiguieron. Tres elecciones, un solo hombre, calendarios que se empalmaban, concentraciones que se superponían. Hugo hacía un campamento con la sub23 en Cancún y al mismo tiempo tenía que atender compromisos internacionales con la mayor.
Dividía su atención, su energía, su capacidad de análisis. Era como pedirle a un cirujano que opere tres pacientes al mismo tiempo en tres quirófanos diferentes. El resultado no podía ser bueno y los dueños lo sabían porque los dueños no eran tontos, eran fríos, calculadores, hombres que habían construido imperios empresariales de miles de millones de dólares.
No cometen errores de logística por descuido. Lo hacen por diseño. La segunda fase fue más sutil. Los clubes controlaban a los jugadores y cuando Hugo necesitaba convocar jugadores para la selección, los clubes ponían obstáculos. Jugadores que llegaban tarde a las concentraciones, lesiones que aparecían misteriosamente antes de los partidos internacionales, excusas que se repetían con una frecuencia sospechosa.
No era sabotaje abierto, era sabotaje invisible. El tipo de sabotaje que no deja huellas en ningún documento, pero que se siente en cada entrenamiento incompleto, en cada partido donde falta un titular, en cada semana de preparación perdida. La tercera fase fue mediática. Televisa y TV Azteca tenían a sus comentaristas preparados.
Cada resultado negativo era amplificado. Cada declaración de Hugo era distorsionada, cada error táctico era presentado como prueba de incompetencia. La narrativa se construyó con paciencia. Hugo es un gran jugador, pero un pésimo técnico. Hugo promete mucho, pero no cumple. Hugo es ego sin sustancia. Y Hugo, fiel a su naturaleza, les daba material.
Porque Hugo no podía callarse. Prometió hacer campeón del mundo a México en tres procesos mundialistas. Dijo que en Sudáfrica llegarían a semifinales, que en Brasil a la final, que en Rusia serían campeones. Los dueños escuchaban esas promesas y sonreían, porque cada promesa incumplida sería un clavo más en el ataúd, solo faltaba que Hugo cayera en ella.
Hay que ser justos. Hugo no fue solo una víctima, también fue su propio peor enemigo. Con la selección mayor, los resultados no fueron desastrosos. En la Copa América de 2007 en Venezuela, México terminó tercero. Ganó el grupo, venció a Brasil, goleó a Paraguay 6 a0.
Se plantó en semifinales contra Argentina en condiciones dignas. Perdió la Copa Oro ante Estados Unidos. Sí, pero el balance general de la selección mayor no justificaba un despido. El problema fue la sub23, la trampa olímpica. Hugo dividió su tiempo entre tres equipos. Hizo concentraciones simultáneas. Viajaba de una ciudad a otra, de un entrenamiento a otro, de una conferencia de prensa a otra.
Su cuerpo estaba en todas partes y su mente en ninguna. Los jugadores de la sub23 sentían que no los conocía lo suficiente. Los de la mayor sentían que estaba distraído y los de la Panamericana eran casi invisibles. El preolímpico de la CONCACAF se jugó en marzo de 2008 en Carson, California. un suburbio de los ángeles, un estadio pequeño, un escenario que no tenía nada de épico.
