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Pedro Infante hizo película prohibida, el gobierno la censuró, 2 millones lloraron en cines

El martillo cayó sobre la madera con un golpe seco que resonó en todo el estudio. Era marzo de 1947 y en los estudios México Films algo estaba por cambiar para siempre. Pedro Infante dejó la herramienta sobre el banco de carpintero que formaba parte del set. Miró hacia las cámaras con esos ojos que ya conocía todo México, pero esta vez había algo diferente en su mirada, algo más profundo, más peligroso.

 El director Ismael Rodríguez acababa de gritar corte. El silencio que siguió fue denso, como el humo de los cigarros que flotaba bajo las luces del estudio. Los técnicos se movían entre las sombras, preparando la siguiente escena. En las gradas del fondo, tres hombres de traje observaban con rostros cada vez más tensos. Uno de ellos sostenía un guion enrollado tan fuerte que sus nudillos se habían puesto blancos.

La película se llamaba nosotros los pobres y lo que estaban filmando no era como nada que el cine mexicano hubiera mostrado antes. No había charros cantando en haciendas doradas, no había ricos generosos salvando, pobres agradecidos. Lo que Pedro interpretaba era a Pepe el Toro, un carpintero humilde de una vecindad olvidada, un lugar donde la pobreza no era romántica, sino cruda y real y llena de dignidad feroz.

 Las escenas mostraban vecinos compartiendo lo poco que tenían, madres trabajando hasta el agotamiento, niños jugando entre calles sin pavimento y, sobre todo, mostraban algo que incomodaba profundamente a ciertos sectores de México. Mostraban que los pobres tenían más honor que muchos ricos. El calor de los reflectores hacía brillar el sudor en la frente de Pedro mientras se preparaba para la siguiente toma.

 El olor a madera fresca del set de carpintería se mezclaba con el aroma del café que alguien había preparado en una esquina. Ismael Rodríguez se acercó y le puso una mano en el hombro. le dijo en voz baja que los ejecutivos del estudio estaban preocupados, que las escenas eran demasiado crudas, que mostraban demasiado.

 Pedro respondió con esa voz tranquila que usaba cuando estaba absolutamente seguro de algo. Dijo que esta era la historia que México necesitaba ver, que era la verdad de millones de mexicanos, que no iba a suavizar nada. Durante las semanas siguientes, la filmación continuó, pero la tensión crecía como una tormenta acercándose. Los tres hombres de traje aparecían cada día más temprano y se quedaban más tarde.

 Tomaban notas, hacían llamadas telefónicas susurrando en las esquinas. Uno de ellos era un funcionario del gobierno que había sido enviado para observar. Otro era representante de familias poderosas que financiaban parte del cine mexicano. El tercero era un abogado cuyo nombre nadie mencionaba en voz alta. Cuando terminaba cada escena, intercambiaban miradas que hablaban de problemas que venían.

 Una tarde de abril, Pedro estaba en su camerino quitándose el maquillaje cuando escuchó voces elevadas afuera. Reconoció la voz de Ismael peleando con alguien. se asomó y vio al director enfrentando a los tres hombres de traje en el pasillo mal iluminado. El funcionario del gobierno decía que la película incitaba resentimiento de clases, que hacía ver mal al sistema, que glorificaba la pobreza de manera peligrosa.

 Ismael respondía que solo mostraban la realidad, pero su voz temblaba ligeramente porque sabía el poder que esos hombres tenían. Pedro salió del camerino y los cuatro hombres se callaron al verlo. Caminó despacio hacia ellos con las manos en los bolsillos y esa manera de moverse que tenía como si nada lo apurara jamás.

 El funcionario le dijo que preocupaciones habían surgido en las altas esferas, que la película podía causar problemas sociales, que tal vez sería mejor modificar algunas escenas, hacerlas más suaves, menos conflictivas. Pedro escuchó sin interrumpir y cuando el hombre terminó hubo un silencio largo. Entonces Pedro habló y sus palabras fueron como piedras cayendo en agua quieta.

 Dijo que esa película mostraba a su gente, a los carpinteros y albañiles y lavanderas que habían construido México con sus manos. Que si eso incomodaba a alguien, entonces tal vez ese alguien debía preguntarse por qué. Las semanas pasaron y y la presión aumentó de maneras que pocos vieron, pero todos sintieron. El estudio recibió llamadas de personas influyentes sugiriendo que la inversión podría retirarse.

 Hubo reuniones privadas donde se mencionaron palabras como censura y prohibición, aunque siempre en voz baja. Periódicos conservadores comenzaron a publicar columnas sobre la responsabilidad del cine, sobre cómo las películas no debían promover división entre clases sociales. Algunos críticos escribieron que el arte debía unir y no separar, aunque la película aún no se había estrenado.

 En mayo se organizó una proyección privada para funcionarios gubernamentales y líderes de opinión. La sala de cine estaba llena de trajes caros y perfumes franceses. Pedro asistió con un traje sencillo y se sentó en la última fila para observar las reacciones. Cuando las luces se apagaron y comenzó la película, el murmullo de conversaciones se detuvo.

Durante dos horas, la sala estuvo en completo silencio, excepto por los sonidos que venían de la pantalla, la risa de Chachita, las canciones de amor, los gritos de injusticia cuando Pepe era acusado falsamente y sobre todo las escenas de la vecindad donde la pobreza no pedía lástima y no exigía respeto. Cuando terminó la película y las luces se encendieron, Pedro vio los rostros de la audiencia.

 Algunos tenían lágrimas en los ojos, otros se veían incómodos, removiéndose en sus asientos. Un hombre mayor en la tercera fila tenía la mandíbula apretada y los labios formando una línea delgada. Ese hombre era el subsecretario de Gobernación y lo que hizo después cambiaría todo. Se levantó sin aplaudir y salió de la sala, seguido por otros funcionarios.

 En el lobby, Pedro alcanzó a escuchar fragmentos de su conversación. Palabras como peligrosa y subversiva y debe controlarse flotaban en el aire como humo venenoso. A la mañana siguiente, Ismael recibió una llamada del estudio. Le dijeron que había un problema serio, que el gobierno había expresado preocupaciones formales, que la película no podía estrenarse como estaba, que había que hacer cambios, cortar escenas, suavizar diálogos, especialmente las partes donde se mostraba la injusticia del sistema, donde los ricos eran crueles, donde los

pobres tenían más dignidad que sus opresores. Ismael llegó al estudio con esa llamada aún sonando en sus oídos y encontró a Pedro esperándolo. Pedro había pasado la noche en vela después de escuchar rumores de lo que venía. Cuando Ismael le contó sobre las exigencias, su reacción fue calmada, pero firme como acero.

 Dijo que no iban a cortar nada, que cada escena era necesaria, que si empezaban a ceder, entonces nunca pararían de ceder. Ismael le recordó que el gobierno podía prohibir la película completamente, que los cines no la mostrarían si recibían presión oficial, que años de trabajo se perderían. Pedro respondió que algunos trabajos valían perderse si significaba mantener la verdad intacta.

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