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Pedro Infante Encontró a Un Niño Llorando En La Calle, Lo Que Hizo Después Nadie Lo Esperaba

Pedro Infante caminaba por la colonia Guerrero una tarde de agosto de 1956, cerca de las 6. Acababa de terminar una grabación que lo había dejado exhausto. Cinco tomas de la misma escena porque el micrófono captaba ruido de la calle. Había mandado a su chóer a casa. Necesitaba caminar, despejar la mente, sentir la ciudad sin el filtro de las ventanas polarizadas del automóvil.

 La colonia Guerrero no era zona rosa ni Polanco, era México real, calles polvorientas, casas modestas, niños jugando fútbol con pelotas desinfladas. Pedro prefería estos barrios. Aquí la gente lo saludaba con cariño genuino, sin pretensiones, sin pedir autógrafos para vender. Entonces lo escuchó. Un llanto, no el berrinche típico de un niño caprichoso, sino algo diferente, algo quebrado, desesperado.

Pedro se detuvo tratando de localizar de dónde venía el sonido. Lo vio sentado en la banqueta, recargado contra una pared descascarada. Un niño pequeño, tal vez 8 años, flaco como alambre, vestido con ropa remendada pero limpia. Lloraba con la cara entre las manos. soyosos profundos que sacudían todo su cuerpecito.

 A su lado había una caja de madera vieja conteniendo chicles Adams, paletas payaso y cigarros sueltos. Pedro se acercó despacio. Chamaco, ¿qué pasó? ¿Estás bien? El niño levantó la cara. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, las mejillas sucias de lágrimas y polvo mezclados. lo miró sin reconocerlo. No, señor, no estoy bien. Mi papá se murió.

Las palabras salieron rotas, entrecortadas. Pedro sintió como si le hubieran golpeado el estómago. Se agachó hasta quedar a la altura del niño. ¿Cuándo pasó eso, hijo? Hace tres días se cayó de un avión en el hangar donde trabajaba. Se pegó en la cabeza. Los doctores dijeron que no sufrió.

 Pero yo no les creo porque mi mamá no para de llorar. Dice que ahora no tenemos nada. Pedro tragó saliva. ¿Cómo te llamas? Julián. Julián Reyes. ¿Y tu mamá dónde está ahorita? En la casa acostada. Está enferma de tristeza. Mi hermana Lupita está con ella. Tiene 6 años. Yo tengo que vender para comprar comida. ¿Cuántos años tienes tú? Ocho.

 Pero ya casi nueve. ¿Vas a la escuela? El niño negó con la cabeza, nuevas lágrimas rodando. Iba hasta el martes, pero mi mamá dice que ya no puedo porque tengo que trabajar. Dice que sin mi papá no alcanza para nada, ni para comer, ni para la renta, ni para la escuela. Dice que ahora soy el hombre de la casa. Pedro sintió esa rabia familiar burbujeando.

Un niño de 8 años forzado a abandonar la escuela, a convertirse en sostén familiar, antes siquiera de entender qué significaba eso. ¿Tu papá en qué trabajaba exactamente? Era mecánico de aviación. Arreglaba aviones en el hangar de Mexicana. Mi mamá dice que era el mejor, que los pilotos siempre pedían que mi papá revisara sus aviones porque confiaban en él.

 Pero la escalera se resbaló y él cayó desde muy alto. Pedro permaneció en silencio un momento. Y tú, Julián, ¿qué te gusta hacer? Cuando todavía iba a la escuela, ¿qué te gustaba más? El niño se limpió la nariz con el dorso de la mano. Me gustaba arreglar cosas. Mi papá me enseñaba. Teníamos un radio viejo que no servía y yo lo desarmé todo y lo volví a armar y funcionó.

Mi papá se puso muy contento. Dijo que yo tenía manos de ingeniero. ¿Todavía tienes ese radio? No, señor. Ayer mi mamá lo vendió con otras cosas para pagar el entierro de mi papá. Vendió casi todo. Solo nos quedó lo que traemos puesto y los muebles porque nadie los quiso comprar.

 Pedro se sentó completamente en la banqueta junto al niño, sin importarle ensuciar su pantalón. Julián, ¿me dejas preguntarte algo? Mírame bien. ¿Me reconoces? El niño lo observó con atención por primera vez. Usted es Pedro Infante, el actor, el que sale en las películas. Mi papá lo admiraba mucho. Decía que usted era mexicano de verdad, de los que no olvidan de dónde vienen.

Pedro sonrió tristemente. Tu papá tenía razón en eso. Nunca olvido de dónde vengo y por eso no puedo pasar de largo cuando veo a un niño llorando en la calle. Julián, ¿dónde vives? A dos cuadras en la vecindad de la esquina. El cuarto 14. Llévame con tu mamá. Quiero hablar con ella, pero tengo que vender.

 Si no vendo, no comemos hoy. Pedro sacó su cartera y extrajo un billete de 1 pes. Aquí está el dinero de todo lo que traes en esa caja y más. Ahora llévame con tu mamá. El niño miraba el billete como si fuera un objeto de otro planeta. Esto es muchísimo dinero, señor. No puedo aceptarlo así nada más. Claro que puedes. Y lo harás. Ahora vamos.

La vecindad era exactamente lo que Pedro esperaba. Un patio central rodeado de cuartos pequeños, ropa colgada en lazos atravesados, un baño compartido al fondo, olor a frijoles cocidos mezclado con humedad. El cuarto 14 era minúsculo, una sola habitación que servía como dormitorio, sala, cocina. Dos colchones en el suelo, una mesa desvencijada, una parrilla de petróleo en la esquina.

 En uno de los colchones estaba acostada una mujer delgada, tal vez de 30 años, pero con la mirada de alguien mucho mayor. Una niña pequeña estaba sentada junto a ella, abanicándola con un pedazo de cartón. “Mamá, ¿traje a alguien?”, dijo Julián tímidamente. La mujer se incorporó con dificultad. Julián, te dije que no trajeras extraños.

 No tenemos nada de valor que robar, señora dijo Pedro quitándose el sombrero. Soy Pedro Infante. Su hijo estaba llorando en la calle y me contó sobre su esposo. Lamento profundamente su pérdida. Vine a ver si puedo ayudar en algo. La mujer lo miró con desconfianza primero, luego con reconocimiento, finalmente con vergüenza. Señor infante, esto es No sé qué decir.

Perdone que lo reciba así. La casa está hecha un desastre. Hemos tenido días muy difíciles. No tiene que disculparse por nada, señora. ¿Cómo se llama usted? Esperanza. Esperanza Reyes. Señora Esperanza, su hijo me contó que era usted viuda reciente, que su esposo trabajaba en aviación. Así es. Roberto era mecánico de mexicana.

 Llevaba 12 años ahí. Era buen hombre, trabajador, nunca tomaba, nunca nos faltó nada. Hasta que esa escalera su voz se quebró. La niña pequeña comenzó a llorar también. Pedro esperó un momento antes de continuar. La compañía les dio alguna compensación. Esperanza rió amargamente. Me dieron 3,000 pesos y me dijeron que firmara un papel diciendo que no los demandaría.

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