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Pedro Infante ayuda a 6 motociclistas varados bajo la lluvia—Lo que llega a su taller lo hace llorar

 Su esposa refugio, había muerto 4 años atrás de una pulmonía que se complicó en pleno invierno. Desde entonces, Anselmo cerraba el taller cada noche más tarde, como si quedarse fuera más fácil que llegar a una casa vacía. Sobre su banco de trabajo, doblado entre las herramientas, guardaba un papel del banco.

 Decía que tenía 8 días para pagar la deuda del taller. Anselmo lo leía cada noche antes de cerrar. Era una costumbre como apretar un moretón para comprobar que todavía duele. En la pared del fondo, sobre las repisas del barniz, guardaba decenas de placas de madera con nombres tallados.  Cada una correspondía a una cuna, una puerta o una mesa que había hecho a lo largo de 40 años para alguna familia del pueblo.

Nunca cobraba por esas placas. eran simplemente su manera de recordar a quién le había servido. Junto a él, otro hombre cepillaba una pieza de madera en silencio. Vestía ropa sencilla, manchada de aserrín y lluvia. Su sombrero, calado hasta las cejas escondía buena parte de su rostro. Afuera, recargada bajo el alero, había una motocicleta Harley Davidson, también cubierta de lodo del camino.

 El hombre llevaba toda la tarde ayudando a Anselmo sin pedir nada a cambio. Le había dicho solamente que necesitaba ensuciarse las manos con madera como en otros tiempos. Esa misma noche tenía un concierto a pocos kilómetros de ahí, pero había llegado horas antes solo para sentarse en un taller como ese.

 Desde que era carpintero en su pueblo de Sinaloa, no había perdido el gusto por hacer cosas con las manos. Cada Navidad, sin que casi nadie lo supiera, todavía tallaba juguetes de madera para niños que no tenían con qué comprar uno. Esa tarde, antes de que comenzara la tormenta, Pedro había parado su motocicleta frente al taller solo porque vio la madera apilada junto a la puerta.

Le preguntó a Anselmo si podía sentarse un rato a trabajar sin decir su nombre. Anselmo, acostumbrado a los viajeros que paraban a descansar en la carretera, no preguntó más. le dio un mandil viejo y una lija. Los dos pasaron la tarde casi sin hablar, cada uno con sus propios pensamientos.

 A varios kilómetros de ahí, Catalina Murrieta apretaba el manubrio con los dedos entumecidos. Lideraba al grupo desde que salieron esa mañana. Eran seis amigos viajando juntos hacia la costa sin otro propósito que el camino mismo. Trabajaba como enfermera en un hospital de Culiacán entre viaje y viaje.

 Era la única del grupo que sabía vendar una herida sin que le temblara la mano. La tormenta los había atrapado en campo abierto, lejos de cualquier pueblo. Dos motocicletas ya no encendían. Un compañero mayor del grupo, un antiguo mecánico de ferrocarriles llamado Don Próspero, apenas podía sostenerse en su asiento temblando de frío.

 Catalina gritó por encima del viento, que ya no aguantarían mucho más. Media hora antes habían tocado en una gasolinera y en una casa de campo buscando refugio. En la gasolinera, un letrero de cartón decía cerrado por la tormenta. En la casa, alguien corrió una cortina al verlos y no volvió a aparecer. Nadie les había abierto. Entonces alguien vio la luz amarilla del taller y vio algo más recargado junto a la puerta.

 Otra motocicleta sola bajo la lluvia. Entre motociclistas existe una regla no escrita. Quien tiene una máquina como la suya entiende lo que cuesta el camino. Catalina no lo dudó, levantó el brazo y señaló hacia la luz. Si había una moto ahí, había alguien que entendería su situación. aceleraron lo poco que les quedaba de fuerza hacia esa única señal de esperanza.

Anselmo escuchó los golpes en la puerta de lámina sobre el rugido de la tormenta. Pensó por un segundo en fingir que ya estaba cerrado. Tenía 8 días para salvar el taller. No tenía nada que ofrecerle a nadie esa noche. Cualquier persona en su lugar, con una deuda como la suya habría apagado la luz y fingido dormir.

 días no daban margen para actos de caridad, pero los golpes en la puerta no se detenían y algo en la desesperación de ese sonido le recordó algo que no podía nombrar todavía. Entonces pensó en Beto. Su hijo Beto había soñado con una motocicleta desde niño. Pasaba las tardes en ese mismo taller después de la escuela, ayudando a su padre y dibujando rutas imaginarias en cualquier papel que encontraba.

Quería recorrer toda la costa del Pacífico algún día de Sinaloa hasta Acapulco. Había pegado un mapa en la pared del taller junto al estante del barniz con la ruta marcada en tinta roja. Beto nunca hizo ese viaje. La tuberculosis se lo llevó a los 22 años hace apenas tres inviernos. Desde entonces, Anselmo no podía ver una motocicleta sin pensar en aquel mapa.

Todavía pegado en la misma pared, ya un poco amarillo por el tiempo. Anselmo se levantó del banco y caminó hacia la puerta. El otro hombre, el de ropa sencilla, lo siguió sin preguntar nada. Anselmo abrió la puerta de un jalón. La tormenta entró con ellos, mojando el piso de tierra apisonada. Seis figuras empapadas esperaban afuera, agotadas, temblando.

 Anselmo no dijo gran cosa, solo levantó la mano y les hizo una seña. Que pasen dijo. Aquí va a estar más seco. Los motociclistas entraron uno por uno goteando agua por todo el piso. Catalina fue la última sosteniendo del brazo a Don Próspero, que ya casi no podía caminar. Anselmo le acercó un banco de madera junto a la estufa de leña.

 El hombre de ropa sencilla, sin decir palabra, ya estaba sirviendo café en tazas de peltre desportilladas. Algunos de los recién llegados murmuraron un gracias apenas audible. Otros solo se dejaron caer, exhaustos contra la pared del taller. El olor a cuero mojado y gasolina se mezcló de inmediato con el aserrín del taller. Afuera, el viento seguía golpeando la lámina del techo, pero adentro, por primera vez en horas, los seis sintieron algo parecido a estar a salvo.

Dos de las motocicletas no encendían. Una tenía el manubrio torcido tras la caída en el lodo. La otra había perdido una pieza pequeña del sistema eléctrico en algún punto del camino. Anselmo se acercó a revisarlas con su propia linterna. El hombre de ropa sencilla se arrodilló junto a él, observando con atención cada pieza.

 Anselmo movió el manubrio con cuidado y soltó un silvido bajo. No tenía cómo enderezarlo sin partirlo. Catalina, desde la estufa, preguntó si esa motocicleta se quedaría ahí varada. Nadie respondió de inmediato. Catalina insistió, esta vez con más urgencia en que sin esa motocicleta tendrían que dejar a alguien atrás.

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