Posted in

Nelson Mandela le pregunta a Mujica: “¿Dónde nace la paz?” — su respuesta deja sin palabras a todos

vestía un saco informal y una de sus características camisas coloridas, aquellas que había convertido en símbolo de su personalidad alegre y reconciliadora. Presidente Mujica”, dijo Mandela con su voz profunda y cálida, extendiendo la mano. “Madiva, por favor, aquí no hay presidentes,” respondió Pepe, estrechando su mano con firmeza, pero sin la pompa de los protocolos oficiales.

 Aquí hay solo dos viejos que han visto demasiado y aprendido poco. Mandela soltó una carcajada que resonó en el campo abierto. Me dijeron que eras un hombre sin pretensiones, pero no me advirtieron que también eras poeta. Los dos hombres se quedaron mirándose por un momento, reconociéndose mutuamente en los ojos del otro.

 Allí estaban las cicatrices invisibles de la tortura, el aislamiento, la injusticia. Allí estaba también algo más profundo, la decisión consciente de no dejar que el odio definiera el resto de sus vidas. Vengan. dijo Pepe señalando hacia la casa. Lucía preparó mate y unos bizcochos. Nada del otro mundo, pero es lo que hay.

 Mientras caminaban hacia la casa, Mandela observaba todo con atención. La huerta donde crecían tomates, lechugas y acelgas, el gallinero donde una docena de gallinas picoteaban granos, el viejo tractor oxidado que Pepe todavía usaba para arar la tierra. No había guardias de seguridad visibles, no había muros altos, no había cámaras, solo la vida simple de un hombre que había rechazado vivir en la residencia presidencial para permanecer fiel a sus convicciones.

“Cuando me liberaron”, comenzó Mandela mientras se sentaban en sillas de madera bajo un alero, todos esperaban que me mudara a una mansión. El gobierno me ofreció propiedades, empresarios me ofrecieron fortunas. ¿Sabes qué fue lo más difícil de rechazar? Pepe le pasó un mate preparado, observándolo con genuina curiosidad.

¿Qué? Nada, respondió Mandela con una sonrisa, “Porque nunca consideré aceptar. Cuando pasas 27 años en una celda de 2 met, cualquier espacio te parece un palacio. Cuando has visto morir a compañeros por falta de medicinas, cualquier comida te parece un banquete. La prisión me liberó de la codicia antes de que las rejas se abrieran.

Pepe asintió lentamente saboreando el mate. 14 años yo, dos de ellos en el fondo de un pozo. Literalmente me volvieron casi loco con el aislamiento. Hablaba con las hormigas, Madiba, les ponía nombres, las consideraba mis compañeras. Lucía se acercó con una bandeja de bizcochos caseros y los dejó sobre la mesa rústica.

 Mandela tomó uno y le dio un mordisco, cerrando los ojos con placer. Exquisito murmuró. En Roben Island soñaba con sabores, no con libertad, no con venganza. Soñaba con el pan caliente que mi madre hacía cuando era niño. El comenzaba a descender pintando el cielo de naranjas y púrpuras. Manuela se había echado a los pies de Mandela, quien la acariciaba distraídamente.

El convoy de seguridad se había retirado discretamente a la entrada del camino, respetando la intimidad del encuentro. “¿Por qué viniste hasta aquí, Madiba?”, preguntó Pepe de repente, mirándolo directamente a los ojos. No me malinterpretes, es un honor que me abruma, pero un hombre como vos a tu edad haciendo un viaje así.

 Mandela dejó su mate sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre su bastón. Su rostro se volvió serio, casi solemne. Porque el mundo está enfermo, Pepe, enfermo de avaricia, de violencia, de indiferencia. Y cuando leo sobre vos en los periódicos, cuando veo que donás el 90% de tu salario, cuando veo que vivís en esta chakra en lugar de un palacio, cuando veo que tu esposa cultiva flores y vos harás la tierra.

 Hizo una pausa, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Veo una luz en la oscuridad y necesito entender de dónde viene esa luz. Pepe rió, pero era una risa sin burla, llena de humildad genuina. Mada, yo no soy ninguna luz. Soy un viejo tupamaro que cometió errores terribles en su juventud. Maté gente en nombre de la revolución.

 Pasé años creyendo que la violencia era el único camino. Si hay alguna luz aquí, no viene de mí. Viene de haber tocado fondo y descubierto que allí abajo, en la oscuridad más absoluta, lo único que queda es la verdad desnuda. ¿Y cuál es esa verdad?, preguntó Mandela. Que somos tiempo nada más, respondió Pepe, señalando hacia el horizonte donde el sol se hundía.

 Ese sol que se va no vuelve. El tiempo que pasamos acumulando cosas es tiempo que le robamos a la vida. Y al final, cuando la muerte viene a buscarnos, no nos podemos llevar nada. Solo queda lo que fuimos para los demás. Mandela guardó silencio por un largo momento, digiriendo aquellas palabras. Alrededor de ellos, el campo se llenaba de sombras, mientras las primeras estrellas comenzaban a titilar en el cielo de Uruguay.

En Sudáfrica, dijo finalmente Mandela, tuve que elegir entre la venganza y la paz. Mi pueblo había sufrido siglos de opresión. Cuando salí de prisión, muchos querían sangre. Querían que los opresores pagaran con la misma moneda. Y yo yo también sentía esa rabia. Era como un fuego en el pecho que nunca se apagaba completamente.

 ¿Cómo lo apagaste? preguntó Lucía, quien se había sentado silenciosamente a escuchar. No lo apagué, admitió Mandela. Aprendí a vivir con él, a reconocerlo cuando aparecía, a no dejar que controlara mis decisiones, porque me di cuenta de algo fundamental. Si elegía la venganza, me convertiría en lo que más odiaba, me convertiría en el opresor.

Pepe asintió vigorosamente. Esa es la trampa del odio, Madiba. Te hace igual a tu enemigo. Por eso yo decidí hace décadas que en mi jardín no iba a cultivar el odio, porque el odio es ciego, te quita objetividad. El odio destruye mientras que el amor crea. Pero el mundo no entiende eso”, dijo Mandela con un suspiro.

 “El mundo glorifica la venganza, la ve como justicia. Cuántas películas, cuántos libros celebran al héroe vengador! Y sin embargo, la venganza solo perpetúa el ciclo. La noche había caído completamente. Lucía encendió una lámpara de quereroseno que colgaba del alero, bañando el espacio con una luz cálida y parpadeante.

 Los grillos habían comenzado su concierto nocturno y en la distancia se escuchaba el ladrido lejano de un perro. La conversación se había trasladado al interior de la casa mientras el frío de la noche comenzaba a penetrar. La cocina de Pepe y Lucía era tan simple como el resto de la propiedad. Una mesa de madera gastada, sillas desparejadas, paredes sin adornos, salvo por algunas fotografías en blanco y negro de la juventud revolucionaria de ambos.

Read More