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Mauricio Garcés: De Ídolo de las Mujeres, a un ASQUEROSO Final en la Miseria

 Y cuarto, la escena más humillante, el ídolo de las mujeres trabajando como animador en la feria del caballo de Teco mientras la gente pasaba frente a él como si ya fuera un  fantasma. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes guarda esta frase. La sonrisa tenía que seguir intacta  porque cuando entiendas lo que escondía detrás de esa sonrisa, vas a descubrir que Mauricio Garcés no murió el día que su corazón se detuvo.

 Empezó a morir mucho antes cuando la máscara del galán se comió al hombre que había debajo. Todo comenzó lejos de los reflectores, lejos de los trajes impecables, lejos de esa sonrisa que después iba a convertirse en una trampa. Tampico, Tamaulipas. 16 de diciembre de 1926. Un puerto  caliente, húmedo, lleno de barcos, comerciantes, acentos mezclados y familias que llegaban desde otros mundos buscando una segunda oportunidad.

Ahí nació Mauricio Féz Yasbec, hijo de José Féz  N. Y Magiva Yasbec de Féz, una familia de origen libanés que no venía a México a jugar a la elegancia, venía a sobrevivir. Y guarda este detalle porque aquí empieza la grieta. antes de que el país lo conociera como el hombre que parecía tener a todas las mujeres rendidas.

Mauricio fue un niño parado frente a una tienda familiar llamada La primavera, en  una esquina importante de Tampico, cerca de la plaza de armas. una tienda de  productos importados, telas, objetos europeos, mercancía fina, todo eso que en los años 20 podía hacer que una familia inmigrante sintiera que por fin había construido algo propio.

 La primavera no era solo un negocio, era el orgullo de los Feres Jazbec, era la prueba de que el sacrificio de cruzar océanos había valido  la pena. Pero en 1933, cuando Mauricio apenas era un niño, llegó el golpe  que nunca se le iba a borrar del alma. Un huracán brutal cayó  sobre Tampico y destruyó la tienda.

El techo se dio. La estructura se vino abajo. El sueño familiar quedó convertido en escombros. Piensa en eso un momento. Un niño de 6 años viendo como lo que sus padres habían levantado con años de trabajo desaparecía en unas horas. No por  culpa de un enemigo, no por una traición, por el cielo, por el viento, por una fuerza imposible de controlar.

Tal vez ahí nació su primera obsesión. No volver a parecer pobre, no volver a sentirse vulnerable, no volver a permitir que el mundo lo hubiera derrotado. La familia tuvo que dejar tan pico y mudarse a la Ciudad de México. Ya no había tienda elegante, ya no había seguridad, ya no había esa fantasía de estabilidad.

Mauricio creció con esa mezcla peligrosa de orgullo familiar, miedo a la ruina y necesidad de demostrar que podía ser alguien. intentó estudiar química, pero la vida no le dio demasiado margen. Como tantos hijos de familias golpeadas por  la pérdida, tuvo que trabajar, moverse, adaptarse, ayudar.

 La infancia se le acabó antes de tiempo y entonces apareció el espectáculo. No como un sueño romántico, no como una vocación pura desde  la cuna. apareció por redes familiares, por contactos, por esa comunidad libanesa que en México sabía abrir puertas cuando una puerta parecía cerrada. Su tío  Tufik Jazbeck, fotógrafo, y el productor José Jasbeck, fueron piezas importantes en ese primer acercamiento al cine.

 En 1950 llegó La muerte  enamorada y con esa película llegó también una decisión que parece  pequeña, pero que en realidad lo cambió todo. Mauricio Férez Jazbec ya no bastaba. Primero usó el nombre de Mauricio Morel, después eligió Mauricio Garcés y no fue un simple capricho. Según algunos relatos, esa letra G tenía un peso casi mágico para él.

 G de Clark Gable,  G de Gary Cooper, G de Carry Grant. Tres nombres que representaban una masculinidad elegante, poderosa, internacional. Mauricio no solo quería actuar, quería fabricarse, quería ponerse encima un personaje tan perfecto que nadie pudiera ver al niño que perdió la primavera. Ese día nació la máscara.

 Mauricio Garcés empezó a caminar como si el mundo le debiera obediencia. Aprendió a mirar a las mujeres como si ya conociera el final de  la escena. Aprendió a hablar con esa voz baja, segura, seductora, como si cada palabra saliera envuelta en humo y tercio pelo. El público vio al galán, vio al soltero irresistible, vio al hombre que no perseguía a nadie porque todos parecían venir hacia él.

 Pero aquí viene lo que casi nadie mira de frente. Mientras en la pantalla dominaba el amor, fuera de ella no construyó una familia, no se casó. No tuvo hijos, no dejó una  casa llena de herederos esperando su apellido. Algunos relatos señalan que su vínculo con su madre, Magiva, fue  tan profundo, tan absorbente, que ninguna mujer pudo ocupar realmente  ese lugar. Sus hermanos hicieron sus vidas.

Él se quedó. El galán de México, el conquistador eterno, parecía incapaz de conquistar una intimidad verdadera. Y ahí está la contradicción que lo va a perseguir hasta el final. Mauricio Garcés podía llenar una sala de cine con su sonrisa,  pero Mauricio Féz Jazbeck seguía cargando el miedo del niño que vio caer la tienda familiar.

 La máscara seguía sonriendo, pero debajo de esa máscara ya se estaba formando el vacío que más tarde intentaría llenar con apuestas, caballos, humo y una ruina que todavía no había mostrado su verdadero rostro. Pero una máscara no se sostiene solo con aplausos. Necesita dinero. Necesita una mentira repetida tantas veces que el público deje de preguntar qué hay debajo.

 Y en la vida de Mauricio Garcés, esa mentira empezó a cobrarse su precio cuando el galán descubrió un lugar donde podía sentirse poderoso sin cámaras, sin directores, sin mujeres fingiendo rendirse ante él. Las apuestas. Atención. Porque aquí aparece la primera grieta que casi nadie quiso mirar de frente. En sus años de mayor éxito, Mauricio podía filmar una película tras otra.

 Se ha dicho que llegó a trabajar con un ritmo feroz, hasta 10 películas en un año. Don Juan 67, Modisto de señoras, departamento  de soltero, fray don Juan. Historias donde el dinero parecía no acabarse nunca,  donde el traje siempre estaba limpio. En pantalla, Garcés no perdía, siempre encontraba la frase perfecta, pero fuera de la pantalla suerte era otra cosa.

 Según distintas versiones, Mauricio empezó a buscar en el juego una emoción que la fama ya no le daba. Al principio pudo parecer una excentricidad de estrella, un hombre rico apostando por diversión, un galán rodeado de humo, copas y  risas. Pero la ludopatía no llega gritando, llega vestida de entretenimiento, llega como una apuesta pequeña y cuando quieres darte cuenta, ya no juegas para ganar, juegas para recuperar lo que perdiste.

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