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MARCELA BASTERI: La Niña que su Madre Tiró a un Orfanato Acabó con el Hombre que la Borró del Mundo

El niño se llamaba Sergio. Iba vestido con un abriguito azul. Los esperaba un coche enviado  por su marido para llevarlos hasta el chalet familiar, a 26 km de la capital, en una zona llamada Las  Matas, una propiedad de lujo, dos albercas, cancha de paddle,  jardines amplios, un llamador en la puerta con las iniciales de él. L.G.

Luis Gallego,  el nombre real del hombre que el mundo conocía como Luisito Rey. Marcela  entró a esa casa el 18 o el 19 de agosto. Pasó los siguientes días  intentando decidir algo que no le contó a nadie. Y en alguna tarde de las dos semanas  siguientes, algo ocurrió entre esas cuatro paredes.

Lo que ocurrió  casi 40 años después, nadie te lo ha contado completo. Hoy vas  a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron. Primero, el momento exacto en que Marcela se dio cuenta de que no tenía acceso a su propio dinero y lo que intentó hacer cuando descubrió que Luisito Rey manejaba millones de dólares a nombre de su hijo menor de edad.

Segundo,  la transacción que Luisito Rey hizo con el hombre más temido del poder político mexicano de los años 70 y lo que entregó a cambio del debut de su hijo en la televisión nacional. Tercero, lo que los testigos  documentados dicen que ocurrió en el chalet de las matas aquella tarde de agosto y que hizo Luisito Rey con la ropa que llevaba puesta ese día.

 Y cuarto, lo que Luis Miguel supo antes de que  su padre muriera en Barcelona y el silencio exacto que se llevó Luisito a la tumba el 9 de diciembre  de 1992. Te voy a avisar cuando llegue cada una de estas cuatro revelaciones.  Tú solo quédate conmigo. Pero para entender cómo fue posible que la madre de uno de los artistas más grandes del continente desapareciera sin que nadie hiciera  nada, necesitas conocer a la niña que hubo antes de la mujer famosa.

La niña que nadie vino a buscar. Porque esta  historia no empieza el día que Marcela Basteri se subió a ese avión en Pisa. Empieza mucho antes. Empieza cuando ella tenía la misma edad que algunas de las nietas que tú tienes ahora mismo y su propia madre decidió que no la quería más.  Marcela nació el 10 de diciembre de 1946 en un pueblito llamado Castagnola  de Sopra en la provincia italiana de Masacarrara en la Toscana.

Italia acababa de salir de la guerra. La gente no tenía que comer. Los hombres jóvenes se iban de Europa por miles a buscar trabajo a donde fuera. Uno de esos hombres fue  Sergio Basteri, el padre de Marcela. Un año después de que ella naciera en 1947, Sergio tomó un barco rumbo a Argentina. Le prometió a su mujer que trabajaría lo que hiciera falta para poder mandar a buscarla a ella y a la niña en cuanto pudiera pagarles  el pasaje.

Se fue a Buenos Aires. Empezó trabajando de albañil 14, 15 horas al día. dormía en una pensión con otros cinco italianos. Mandaba cada peso que podía de vuelta  a Italia. Eso pensaba él, porque del otro lado, en Castagnola,  su mujer, una muchacha llamada Vanda Tarrozo, había tomado otra decisión.

Vanda conoció a otro hombre, se enamoró, quiso irse  con él, pero tenía un problema. una niña pequeña de apenas 4 años que era de su marido ausente. Lo que Banda Tarroso hizo con su hija Marcela sigue siendo hasta hoy una de las páginas más oscuras de la prehistoria de la familia Basteri. Según los testimonios que recogieron los periodistas Javier León Herrera y Juan Manuel Navarro en sus libros Luis Mi oro de rey, Vanda  llevó a la niña a un convento en los apeninos toscanos.

La  dejó ahí y nunca volvió por ella. Se fugó al sur con el otro hombre. La familia paterna intentó recuperar a la niña. Banda no lo permitió. firmó los papeles para  dejarla encerrada en el orfanato y Marcela, que todavía no sabía ni leer, se quedó ahí 7 años. 7  años en un orfanato italiano de posguerra.

Si tú has tenido hijos, párate un segundo a imaginar qué significa eso. Una niña que pasa de los cuatro a los 11 años durmiendo en una cama que no  es la suya, sin nadie que le cante antes de dormir, sin nadie que la abrace cuando tenga pesadillas,  sabiendo que en algún lugar del mundo hay una madre viva que la dejó ahí a propósito y no vuelve.

En la Italia de la posguerra, los conventos que recibían huérfanas funcionaban con disciplina militar.  Misa a las 5:30 de la mañana, sopa  aguada en bandejas metálicas, trabajo en las cocinas, en las huertas,  en los cuartos de las hermanas. Las niñas que tenían familia recibían visitas los domingos.

Las que no  tenían familia se quedaban mirando por la ventana. Marcela era de las que se quedaban mirando por la ventana. Esa niña  no fue la niña del orfanato. Esa niña fue Marcela Basteri. Y aunque  70 años después el mundo iba a recordarla por ser la madre de Luis Miguel. El  sol de México, el ídolo de los estadios llenos.

Lo cierto es que  Marcela cargó toda su vida con la misma herida con la que salió de ese convento. Recuerda esa frase, la niña  que nadie vino a buscar va a volver a aparecer en esta historia cada vez que alguien la deje atrás. Mientras  tanto, al otro lado del océano, en Argentina, Sergio Basteri trabajaba sin saber nada de lo que estaba pasando en su pueblo.

Le mandaba cartas a banda que nunca tenían respuesta. Le mandaba dinero que nunca sabía  si llegaba. Hasta que un día, en 1957, una hermana suya le escribió desde Italia y le contó la verdad. Tu mujer se fue con otro hombre hace años. Marcela está encerrada en un orfanato. Nadie ha ido por ella. Sergio Basteri tenía entonces unos 30 años.

Estaba trabajando doble turno para mandarle el pasaje a una familia que ya no  existía. Cuando leyó esa carta, según contó décadas después a los periodistas italianos,  se sentó en la orilla de la cama de la pensión y lloró como un hombre roto. Al día siguiente  empezó a ahorrar para otra cosa, para ir a sacar a su hija de ese convento y traérsela con él.

Marcela tenía 11 años cuando alguien le dijo que su padre mandaba por ella. Las monjas la prepararon. Le pusieron un vestido limpio,  le dieron una maleta pequeña con las pocas cosas que tenía y la subieron a un tren y después  a un barco y después a otro tren hasta la casa de una tía en San Vicente,  provincia de Buenos Aires, donde la esperaba un señor bajito con las  manos ásperas, que le dijo en italiano con voz temblorosa, que él era su papá.

Ella no lo recordaba. Claro que no lo recordaba. Había sido bebé la última vez que lo vio. Pero según cuenta la familia  Basteri, esa tarde Marcela abrazó a ese hombre desconocido con la  misma fuerza con la que uno se agarra a lo primero que encuentra después de haber estado ahogándose 7 años.

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