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LUPE PINTOR: CONFESÓ LA OSCURA TRAGEDIA QUE VIVE HOY, ES MUY TRISTE

 Owen no se levantó. 46 días después, el 4 de noviembre de 1980, dentro de una cama del Hospital California de Los Ángeles, Johnny Owen murió sin recuperar el conocimiento. Sienta tenía 24 años de edad, pero ese knockout del doceavo asalto que 5,000 espectadores del ring vieron en silencio desde las gradas la noche de esa noche.

ese knockout que durante  las siguientes cuatro décadas se convirtió en una de las imágenes más vistas del archivo deportivo del canal estadounidense ABC. No era exactamente lo que el grillo de Cuajimalpa carga dentro de la cabeza desde aquella  noche. Lo que el grillo pintor carga dentro de la cabeza no es el cut final del round 12.

 Es algo que pasó dos asaltos antes, algo que solamente cuatro personas dentro del cuadrilátero escucharon esa noche y algo que el propio Lupe Pintor, según el testimonio que dio años después al diario La Razón, no se atrevió a contar a ningún periodista mexicano durante 45  años. José Guadalupe Pintor Guzmán nació el 13 de abril de 1955 en la colonia Jesús del Monte del Barrio en las afueras de la ciudad de México.

Casa de adobe con techo de lámina, familia obrera de seis hijos. El padre José Pintor, obrero en una fábrica de muebles del barrio. La madre Carolina Guzmán, empleada doméstica en una casa rica de las Lomas de Chapultepec. Y entre los seis hermanos, el pequeño José Guadalupe ocupaba un lugar muy específico.

  Era el cuarto de los varones, era el más chico de los hombres y era el único que dormía en una colchoneta de paja en el suelo del cuarto principal al lado de la cama de su hermana mayor Esperanza. Esa colchoneta de paja donde dormía el pequeño José Guadalupe entre 1961 y 1967 dentro de la casa de la El Barrio. Esa colchoneta que el chamaco compartió durante 6 años con su hermana mayor esperanza no era exactamente una cama de niño común de las colonias populares de la ciudad de México de aquella década.

Era el lugar exacto donde el chamaco, según el testimonio que el grillo dio 60 años después a la razón, aprendió a escuchar los pasos del padre cuando regresaba cada noche a las 11:30 de la cantina del barrio. A los 6 años de edad, en 1961, el pequeño José Guadalupe ya había aprendido el ritual exacto de cada noche dentro de la vivienda.

El padre llegaba caminando torcido por la calle principal de la colonia. Entraba sin saludar, se servía un vaso de aguardiente de caña en la cocina y después caminaba al cuarto principal donde dormían los seis hijos. Durante esos 6 años, según el testimonio del grillo a la razón en 2009, el padre buscó cada noche al mismo chamaco, el que dormía en la colchoneta de paja, el que no podía esconderse,  el que no podía defenderse y le pegó cada noche con la evilla del cinturón en la espalda,  en las piernas, en los

brazos, sin razón aparente, solamente porque era el chamaco más fácil de encontrar al entrar a la casa. Pero esa rutina del cinturón cada noche dentro de la casa durante 6 años seguidos. Esa rutina que el pequeño José Guadalupe aprendió  a esperar desde los 6 años hasta los 12. No era lo más duro de la infancia del grillo.

Hubo algo peor, algo que el padre hizo la noche del 14 de noviembre de 1967. Una noche que el chamaco, según contó años después a la razón, recordaría como el día exacto en que decidió huir de su propia casa para no regresar nunca más. A los 12 años de edad, la madrugada del 15 de noviembre de 1967,  José Guadalupe Pintor Guzmán huyó de la esa casa.

  Llevaba puesta una camisa blanca rota en la espalda, un pantalón de lona gris con manchas de sangre seca y dos zapatos de plástico negros. No llevaba dinero, no llevaba comida, no llevaba ropa de cambio. Y según contaría 60 años después al periódico, lo único que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón  era una imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe, que su madre Carolina Guzmán  le había puesto esa misma mañana antes de irse a trabajar a la casa de las Lomas.

 Esa imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe que la madre Carolina Guzmán le puso al chamaco en el bolsillo del pantalón la mañana de aquella noche. Esa imagen que el campeón mexicano cargaría consigo durante los siguientes 58 años de vida adulta  no era exactamente una imagen religiosa cualquiera. era el único objeto que  conectaba al chamaco con la única persona dentro de la casa que durante los primeros 12 años de vida nunca le  había puesto una mano encima y era el objeto que 45  años después, una noche dentro de un

cuarto de hotel de Los Ángeles, el grillo iba a sacar del bolsillo para hacerle una sola pregunta  a la Virgen, una pregunta de siete palabras que no tuvo respuesta esa noche. Entre 1967 y 1972.  Durante 5 años seguidos, el chamaco José Guadalupe vivió en las calles del centro de la Ciudad de México.

 Durmió bajo los puentes de la avenida Reforma. Comió de los puestos de tacos  del mercado de la Merced y aprendió, según el testimonio que dio cinco décadas después al canal TV Azteca. Tres reglas exactas para sobrevivir solo en la calle. Primera  regla, nunca dormir dos noches seguidas en el mismo lugar. Segunda regla, nunca pedir comida con la mano abierta.

 Tercera regla, cuando alguien te empuje, no preguntar, no esperar, no pensar, solamente pegar primero  y no parar hasta que el otro deje de moverse. Esa tercera regla que el chamaco José Guadalupe aprendió en las calles del centro de la Ciudad de México entre los 12 y los 17 años de edad, esa regla de nunca parar de pegar hasta que el otro deje de moverse no era exactamente una técnica de pelea callejera de los años 60.

 Era la lección exacta que el padre José Pintor le había enseñado al chamaco cada noche durante los 6 años anteriores dentro de la vivienda del barrio. La misma lección, las mismas manos y el mismo principio que 45 años después, dentro del ring del cuadrilátero la noche del combate, iba a explicar exactamente por qué el grillo no pudo  parar la pelea cuando el médico del ring se lo pidió.

En 1972,  a los 17 años de edad, José Guadalupe entró por primera vez al gimnasio de boxeo de la colonia Romero Rubio de la Ciudad de México, un gimnasio chico en la calle  Calzada del Hueso, tres sacos de arena colgando del techo, un solo ring sin cuerdas y un entrenador llamado Don Cuyo Hernández  que cobraba 10 pesos por mes a cada chamaco del barrio.

 El chamaco no tenía los 10 pesos. Pero Don Cuyo,  según contaría el propio Lupe Pintor décadas después al diario Record en una entrevista de 2018, vio algo en la mirada del chamaco esa primera tarde y por eso lo aceptó entrenar sin cobrarle un solo peso durante los siguientes 4 años. Pero esa mirada que el entrenador Don Cuyo Hernández  vio en los ojos del chamaco la primera tarde de 1972 dentro del gimnasio de la colonia Romero Rubio.

 Esa mirada que 4 años después iba a convertirlo en boxeador profesional  no era la mirada de un chamaco con hambre de gloria, era la mirada del que ya había aprendido en la calle a no parar. Entre 1972  y 1974, José Guadalupe entrenó cada tarde en el gimnasio de la colonia Romero Rubio. 37 peleas amater, 32 victorias, cinco derrotas, 29 knockouts y un apodo que Don Cuyo le puso una tarde de 1973 después de verlo pelear contra un rival más grande sin ceder un solo paso atrás, le decía el grillo, “Porque tenía las piernas chiquitas”, decía don Cuyo, pero

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