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Lo que Vladimir Putin le dijo a José Mujica sobre el miedo — su mirada lo dijo todo

guerrillera, también había sufrido prisión, también conocía el peso del compromiso y el precio de la libertad. Pepe, como todos lo llamaban, caminó descalso hasta la ventana y miró hacia afuera. Los edificios de Brasilia se alzaban geométricos, fríos, diseñados con esa arrogancia modernista que tanto le molestaba.

 Ócar Niemeyer había soñado con crear una capital que fuera símbolo del futuro de la modernidad latinoamericana. Pero para Mujica esos edificios eran fríos, carentes del alma que tienen las construcciones que crecen orgánicamente con el tiempo, que se van adaptando a las necesidades de la gente, que tienen historia en cada ladrillo.

 Demasiado concreto, demasiada ambición, pensó. Demasiado poco de lo que realmente importa. se vistió con lo que había traído, un pantalón de tela gastado color beige, una camisa celeste de manga corta que Lucía le había planchado la noche anterior con el cuidado meticuloso que ponía en todas las cosas, y unas sandalias cómodas de cuero marrón que ya llevaban años acompañándolo.

Nada de trajes elegantes italianos, nada de corbatas de seda, nada de zapatos lustrados. No era su estilo. Nunca lo había sido, ni siquiera cuando el protocolo presidencial exigía cierta formalidad. Mujica había aprendido a negociar esas exigencias con su verdad. Aceptaba usar camisa, pero raramente corbata.

 Aceptaba los actos oficiales, pero volvía a su chakra cada vez que podía. en su maleta, una vieja maleta de tela desgastada, junto a unas pocas mudas de ropa y un libro de poesía de Mario Benedetti que estaba releyendo por tercera vez, había algo inusual, un gran mapa enrollado con el sello de ANCAP, la administración nacional de combustibles, alcohol y Portland.

 La empresa estatal uruguaya lo había traído desde Montevideo con un propósito claro, específico. Hoy tendría una reunión con Vladimir Putin, el presidente de Rusia, y Pepe sabía que las palabras no siempre bastan. A veces hacía falta un mapa, algo tangible, algo que pudiera tocarse y señalarse con el dedo, algo que convirtiera las ideas abstractas en realidades concretas.

Mientras se preparaba, Mujica pensó en lo absurdo de toda esa situación. Él, un exguerrillero Tupamaro, un hombre que había pasado años en la cárcel, que había vivido en un pozo lleno de agua podrida, reuniéndose con uno de los hombres más poderosos del planeta. El mundo daba vueltas extrañas, pero Pepe no iba a esa reunión como alguien inferior, como un presidente de un país pequeño pidiendo favores.

 Iba como igual, porque para Mujica ningún ser humano era más que otro, independientemente de cuánto poder o dinero tuviera. La vicumbre de los bricks había convocado a líderes de todo el mundo, Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y varios países latinoamericanos se reunían para discutir comercio, infraestructura, geopolítica, el nuevo orden mundial multipolar que desafiaba la hegemonía occidental.

 Uruguay, aunque no formaba parte del bloque Bricks, había sido invitado como observador junto a otros países de la región. Era una oportunidad de oro para establecer contactos, para abrir mercados, para mostrarle al mundo que Uruguay, ese pequeño país encajado entre dos gigantes, Argentina y Brasil, tenía mucho que ofrecer.

 Para la mayoría de los presidentes esto significaba desplegar toda la pompa del poder. Limusinas blindadas que atravesaban la ciudad con sirenas aullando, séquitos de asesores que llevaban maletines llenos de documentos, trajes de diseñador hechos a medida en las mejores astrías, discursos ensayados hasta el último suspiro con especialistas en comunicación.

 Para Mujica significaba otra cosa. era una oportunidad para hablar de lo que realmente importaba para su país, el puerto de aguas profundas en Rocha que podría transformar la economía uruguaya, el desarrollo de la hidrovía que conectaba Uruguay con Argentina y Brasil, la necesidad de modernizar los ferrocarriles, de mejorar la infraestructura sin endeudarse hasta el cuello con organismos internacionales que imponen condiciones leoninas.

 Esa misma mañana, en otra ala del mismo hotel, en una suite mucho más lujosa y custodiada por un ejército de guardaespaldas del Servicio Federal de Protección de Rusia, Vladimir Putin se preparaba de manera muy diferente. Su rutina era milimétrica, controlada, diseñada para proyectar una imagen de poder absoluto e invulnerabilidad.

Se había levantado a las 6 en punto, como todos los días. Había hecho una hora de ejercicios, flexiones, abdominales, trabajo con pesas. Putin cultivaba obsesivamente su imagen de líder fuerte, viril, capaz. Luego una ducha de agua fría que despejaba cualquier rastro de somnolencia, traje oscuro impecable de un gris antrasita que costaba más que el salario anual de un trabajador ruso promedio, camisa blanca almidonada sin una arruga, corbata de seda italiana en tono burdeos, gemelos de oro, zapatos italianos lustrados hasta parecer

espejos, cada detalle calculado para proyectar poder. control, superioridad. Sus asesores ya le habían preparado un dossier sobre cada líder con el que se reuniría ese día. Páginas y páginas de información, biografías, posiciones políticas, debilidades, fortalezas, qué querían, qué podían ofrecer, cómo manipularlos.

 Cuando llegaron a la ficha de José Mujica, Putin frunció el ceño. El dosier incluía fotografías. Mujica en su chakra, vestido con ropa de trabajo, con las manos sucias de tierra. Mujica conduciendo su viejo Volkswagen Escarabajo celeste del 87, un auto que cualquier persona con sentido común habría llevado al desguace hacía décadas.

 mujica en el palacio legislativo con sandalias, sin corbata, saludando a senadores con la misma naturalidad con la que saludaría a su vecino. El presidente que vive en una granja? preguntó Putin en ruso con un tono entre la incredulidad y el desdén, mirando a su consejero de asuntos exteriores, un hombre de mediana edad con lentes y un portafolio de cuero desgastado.

“Sí, señor presidente”, respondió el consejero ajustándose los lentes. Es conocido como el presidente más pobre del mundo. dona el 90% de su salario mensual a organizaciones sociales. Vive en su chakra, que es como llaman a una pequeña granja en Uruguay, con su esposa Lucía Topolanski. No tiene guardaespaldas permanentes, solo dos policías que cuidan de lejos.

Tiene un Volkswagen escarabajo del 87 que él mismo maneja. Rechazó vivir en la residencia presidencial. Su patrimonio declarado es de aproximadamente $0,000, la mayor parte correspondiente al valor de su chakra y su auto. Putin guardó silencio unos segundos mirando la fotografía de Mujica en el informe.

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