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Lo que José Mujica le dijo al Papa Francisco sobre la libertad interior — su mirada lo dijo todo

 No había lujos. una mesa de madera rústica, sillas de pararejas, estantes llenos de libros viejos y fotografías en blanco y negro que contaban historias de luchas pasadas. La carta tenía el sello del Vaticano. Mujica la miró con curiosidad, acomodándose los anteojos de Marco Grueso, que siempre colgaban de su cuello.

 Lucía se sentó frente a él expectante. “Es de Francisco”, murmuró Mujica mientras abría el sobre con cuidado. Sus dedos, curtidos por años de trabajo, temblaban ligeramente. Leyó en silencio, moviendo apenas los labios. Cuando terminó, dejó la carta sobre la mesa y miró por la ventana hacia el cielo que se teñía de naranja. Me invita al Vaticano.

 Dice que quiere conversar, que tiene preguntas que solo yo puedo ayudarle a responder. Lucía lo observó con esa mirada que había aprendido a descifrar en décadas de complicidad. Sabía que detrás de la aparente calma de su esposo había una tormenta de pensamientos. Mujica era un hombre que valoraba cada palabra, cada silencio. ¿Vas a ir?, preguntó ella.

 Mujica se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, el Volkswagen escarabajo azul claro del año 1987 descansaba bajo un árbol. ese auto que había rechazado vender por un millón de dólares, porque según sus palabras tenía valor sentimental y no necesitaba más de lo que tenía. En la distancia se escuchaban los ladridos de los perros de los vecinos y el murmullo constante del tráfico en la ruta.

“¿Sabes que no me gustan los viajes largos menos ahora?”, respondió finalmente, “Pero Francisco no es un papa cualquiera. Es un hombre que entiende lo que significa venir de abajo, de la calle, de la gente que trabaja con las manos.” Se hizo un silencio. Lucía sabía que cuando Mujica hablaba de Francisco, hablaba con respeto genuino, algo poco común en él hacia las figuras de poder.

Se habían encontrado dos veces antes, en 2013 y en 2015. En esas conversaciones había descubierto a un hombre que, a pesar de la investidura, conservaba la humildad de un cura de barrio, un hombre que elegía vivir en una residencia sencilla en lugar del palacio papal, que pagaba sus propias cuentas, que se preocupaba por los pobres, no desde un discurso vacío, sino desde una convicción profunda.

 El tema es que no sé si mi cuerpo aguanta”, agregó Mujica, volviendo a sentarse. El cáncer había sido cruel, los tratamientos lo habían dejado debilitado. Y aunque nunca se quejaba, Lucía veía como cada día costaba un poco más. “Pero tu espíritu sí aguanta”, dijo ella con firmeza. Y si Francisco te llama, es porque necesita ese espíritu, no tus fuerzas, no tu cuerpo, tu forma de ver el mundo.

 Mujica sonrió apenas, esa sonrisa torcida que asomaba cuando algo tocaba una fibra profunda en él. ¿Sabes qué es lo que me mata del mundo de hoy, Lucía? que la gente vive esclava, esclavos de las cosas que compran, de los trabajos que odian, del tiempo que nunca les alcanza. Y nadie se da cuenta de que la libertad no está en tener más, sino en necesitar menos. Lucía asintió.

 Había escuchado esa reflexión mil veces, pero nunca perdía su fuerza. Era el núcleo del pensamiento de Mujica, la brújula que había guiado cada decisión de su vida. Tal vez eso es lo que Francisco quiere escuchar”, sugirió ella. Mujica tomó la carta nuevamente y la releyó con atención. Francisco mencionaba que quería hablar sobre la libertad interior, sobre cómo encontrar paz en un mundo que había perdido el rumbo.

Hablaba de la necesidad de voces que no temieran decir verdades incómodas, que no estuvieran contaminadas por intereses políticos o económicos. dice que quiere grabar una conversación para los jóvenes”, comentó Mujica, “queitan escuchar que otro mundo es posible, que no todo se trata de consumir y acumular. Entonces tienes que ir”, afirmó Lucía con convicción.

 No por Francisco, no por el Vaticano, por esos jóvenes que necesitan saber que hay otra forma de vivir. Esa noche Mujica durmió poco. Desde su cama podía escuchar el viento que movía las ramas de los árboles y el canto lejano de algún gallo madrugador. Pensaba en su vida, en todo lo que había visto, los años de guerrilla, cuando creía que el cambio vendría por la fuerza de las armas.

 Los 14 años de cárcel, 12 de ellos en condiciones infrahumanas en un pozo donde apenas entraba la luz del sol, la tortura, el aislamiento, las noches interminables, preguntándose si volvería a ver el cielo abierto. Y sin embargo, de esa oscuridad había sacado la lección más importante de su vida, que la verdadera libertad no se la pueden quitar porque no depende de las circunstancias externas, sino de algo que habita en el interior de cada persona.

 Que un hombre puede estar encadenado y ser libre, o puede caminar por la calle y ser esclavo de sus propios deseos. Cuando amaneció, Mujica ya había tomado su decisión. Se levantó temprano antes de que saliera el sol y fue al invernadero. Necesitaba pensar con las manos en la tierra. Era su forma de meditar, de conectarse con algo más grande que él mismo.

 Mientras acomodaba las plantas de tomate que comenzaban a dar sus primeros frutos verdes, pensó en qué le diría a Francisco. No llevaría discursos preparados ni notas escritas. Hablaría desde el corazón, como siempre había hecho. Le contaría lo que había aprendido en los años de prisión, cuando lo único que tenía era su mente y su capacidad de soñar.

 le hablaría de la importancia de vivir con austeridad, no por obligación, sino por elección, porque cada cosa que uno posee, termina poseyéndolo a uno. Le diría que el tiempo es el verdadero tesoro, que cada minuto gastado en acumular dinero es un minuto robado a la vida. Lucía salió con dos tazas de café negro. Se sentaron en el banco de madera que Mujica había construido años atrás bajo la sombra del paraíso.

 El café estaba caliente y amargo, tal como a ambos les gustaba. Ya decidiste, afirmó Lucía. No era una pregunta. Voy a ir, respondió Mujica, pero no por mí. Voy porque creo que todavía puedo ser útil. Porque si mi vida sirvió para algo, fue para entender que la felicidad no está donde la mayoría la busca.

 Los días siguientes fueron de preparativos. Mujica rechazó la idea de viajar en avión privado que le ofrecieron desde el Vaticano. Iría en vuelo comercial como cualquier ciudadano. Lucía insistió en acompañarlo sabiendo que el viaje sería agotador para él. Álvaro Padrón, su asesor en temas internacionales, se encargó de los detalles logísticos.

 La noticia del viaje se filtró a la prensa. Periodistas de todo el mundo querían saber qué hablarían el expresidente más pobre del mundo y el Papa que había elegido el nombre de Francisco en honor al Santo de Asís, el que había renunciado a toda riqueza. Mujica evitó las entrevistas. No quería que el circo mediático distorsionara el propósito del viaje.

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