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LO QUE ESCONDIÓ EL INDIO EN SU CASA: La verdad que nadie se atrevió a revelar

La casa fuerte de Coyoacán, como se la conoce, se levanta en la calle Ignacio Zaragoza, pero llamar la casa es casi un insulto a lo que realmente es. Sus muros de piedra de tesont le tienen en algunos tramos más de 1 met y medio de anchura. Las ventanas son tan pequeñas que la luz del día apenas se filtra como si el arquitecto hubiera diseñado el edificio para resistir un asedio.

Hay troneras, que son esas aberturas angostas que en los castillos medievales servían para disparar sin ser visto. Hay almenas en la azotea, hay pasillos que no aparecen en ningún plano oficial y hay, según testimonios que llegaron a circular entre ciertos círculos del gremio cinematográfico de los 50 y los 60, habitaciones que ningún invitado vio  nunca, habitaciones a las que nadie, excepto el indio, tenía acceso.

Para entender qué pudo haber ocurrido dentro de esas paredes, hay que entender primero qué clase de hombre era Emilio Fernández. Y aquí es donde la historia oficial empieza a mostrar sus costuras. Nació en 1904 en Mineral del Hondo, Coahuila, hijo de un militar y de una mujer de origen indígena, Kikapu. Esa mezcla, esa tensión entre dos mundos que México nunca terminó de reconciliar marcó cada decisión de su vida.

Creció viendo como su país se destrozaba a sí mismo en la revolución. participó en ella siendo casi un niño y cuando la violencia terminó se encontró con que el México que había sobrevivido no sabía muy bien qué hacer con hombres como él. Hombres que habían visto demasiado, que habían hecho demasiado, que guardaban demasiado. Se fue a Estados Unidos en 1923 después de participar en una revuelta militar fallida que le costó casi la vida.

Vivió en Los Ángeles haciendo trabajos menores en la industria del cine, limpiando estudios, cargando equipo, mirando, siempre mirando. Aprendió el lenguaje de las imágenes de la manera más brutal que existe, desde abajo, sin que nadie le enseñara nada, robando con los ojos cada encuadre, cada sombra, cada decisión de un director que no sabía que estaba siendo estudiado.

Cuando volvió a México en los años 30, traía consigo algo que muy pocos artistas de su generación tenían, una visión, una idea muy precisa de cómo debía verse México en una pantalla. Y esa visión lo llevó a construir algunas de las películas más importantes de la historia del cine latinoamericano. María Candelaria en 1943.

Flor silvestre ese mismo año, La Perla en 1945. Enamorada en 1946. obras que ganaron premios internacionales que pusieron a México en el mapa cultural del mundo de la posguerra, que hicieron que un país en construcción permanente pudiera mirarse al espejo y ver algo hermoso. Entre los espejos del indio tenían otro lado, sus colaboradores más cercanos, los que sobrevivieron lo suficiente para poder hablar, y los que decidieron hacerlo describían a un hombre de contradicciones que rozaban lo clínico, generoso hasta el absurdo con quienes

quería, violento hasta el extremo con quienes lo contrariaban. Gabriel Figueroa, su director de fotografía y posiblemente el único hombre que lo conoció de verdad durante décadas, dejó registrado en conversaciones privadas que el indio era capaz de regalar su camisa y horas después apuntar con una pistola a alguien por una ofensa que nadie más en la habitación había percibido como tal.

La pistola no es una metáfora. Emilio Fernández disparó a personas. Eso está documentado. En 1976 mató a un hombre llamado Ignacio Ríos durante una discusión en su rancho en Tetipac, Guerrero. Fue procesado, juzgado y absuelto después de que sus abogados argumentaron defensa propia. Pero los que conocían al indio sabían que aquello no era un accidente ni una novedad.

Era simplemente la primera vez que la justicia oficial se había visto obligada a registrar algo que en su mundo privado llevaba décadas siendo un patrón y ese mundo privado tenía una dirección muy concreta. Ignacio Zaragoza, Coyoacán. Lo que voy a contarte ahora sobre los muros internos de esa fortaleza es información que durante décadas circuló en susurros entre el gremio.

Información que nadie quiso publicar mientras él  vivía y que después de su muerte en 1986 siguió siendo un secreto a voces que el establishment cultural mexicano prefirió dejar enterrado. Sigue viendo. La construcción de la casa fuerte comenzó alrededor de 1952 en el pico del poder del indio. Era el momento en que su nombre tenía más peso que el de cualquier político dentro del mundo del entretenimiento.

Las productoras lo cortejaban. Los actores más importantes del país trabajaban para él o querían hacerlo. Los estudios Churubusco eran en parte  un feudo que él gobernaba con una autoridad que nadie se atrevía a cuestionar en voz alta. diseñó la casa él mismo con la ayuda de un arquitecto cuyo nombre no aparece en ningún registro oficial del proyecto.

Eso ya es extraño. Cualquier construcción de esa magnitud en esa época, en ese barrio, debería tener una firma, un expediente en el registro de la propiedad,  una historia documental. La casa fuerte de Coyocán tiene una historia opaca desde sus cimientos mismos. Los vecinos de la época, los pocos que aún quedaban con vida cuando periodistas independientes empezaron a hacer preguntas en los años 90, recordaban que las obras se hacían de noche, que los trabajadores llegaban cuando oscurecía y se iban antes del

amanecer, que nunca eran los mismos obreros dos noches seguidas. un vecino que vivió en la calle paralela durante toda la construcción y que pidió permanecer en el anonimato cuando fue entrevistado en 1994 por una revista de espectáculos que luego decidió no publicar el reportaje, describió haber visto en varias ocasiones  camiones sin identificación que descargaban materiales en la parte trasera de la propiedad a horas que él calculaba entre las dos y las cuatro de de la madrugada.

No era material de construcción convencional, eran cajas, cajas de diferentes tamaños, manejadas con una delicadeza que no correspondía a los objetos ordinarios de una obra. ¿Qué había en esas cajas? Es algo que ese vecino dijo no saber. Pero sí dijo que una noche, cuando el ruido lo despertó y se asomó a su ventana, vio al indio en persona de pie junto a los camiones, supervisando, con una linterna en una mano y algo que el vecino describió como un cuaderno o un libro en la otra.

Emilio Fernández supervisando una descarga nocturna de objetos no identificados en su casa Fortaleza de Coyoacán a las 3 de la madrugada. Eso no es el comportamiento de un hombre que está construyendo una casa. Para entender que pudo estar guardando, hay que explorar las obsesiones documentadas del indio.

Y una de las más conocidas dentro del gremio, aunque raramente mencionada en los perfiles biográficos estándar, era su colección. Emilio Fernández coleccionaba objetos prehispánicos con una intensidad que sus contemporáneos describían como compulsiva. Piezas arqueológicas, muchas de ellas de dudosa procedencia legal que fueron llegando a sus propiedades a lo largo de décadas.

La magnitud de esa colección nunca fue completamente inventariada. Cuando murió, sus herederos se encontraron con una cantidad de objetos que superaba cualquier  estimación previa. Objetos que en muchos casos no tenían historia documentada, que nadie podía explicar cómo habían llegado ahí ni de dónde venían originalmente.

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